Atrapados en la jugada (Corazones en juego 5) Capítulo 30
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Capítulo 30

CONOR

Entré en el vestuario unos minutos antes de que comenzara la reunión previa al partido. Los patines golpeaban el suelo, algunos jugadores terminaban de encintar los sticks y las bromas iban de un lado a otro mientras los últimos se colocaban el equipo.

Era una rutina que conocía de memoria.

Jasper repasaba las últimas correcciones tácticas junto a la pizarra mientras yo recorría el vestuario con la mirada. O, mejor dicho, buscaba a alguien.

Mi vista recorrió cada rincón del habitáculo sin encontrarlo. El cubículo de Kieran estaba vacío. Fruncí el ceño. Quizá estaba en fisioterapia, quizá en el baño o simplemente llegaba tarde, pero una sensación desagradable comenzó a instalarse en mi estómago.

Un mal presentimiento.

Llevábamos cuatro días sin estar juntos desde que Juraj y Kelsey nos descubrieron.

Desde entonces apenas habíamos cruzado unas pocas palabras. Había sido decisión mía.

Cuanto más pensaba en aquella noche, más consciente era de lo inconscientes que habíamos sido. Si, en lugar de ellos, hubieran abierto aquella puerta otras personas, todo habría terminado de la peor manera posible.

Había demasiadas cosas en juego: mis amigos, el club, los Rift, la carrera de Kieran, las comparaciones inevitables, los titulares y, por encima de todo, la memoria de Liam.

Mi cabeza y mi corazón llevaban días en guerra. Una parte de mí quería correr hacia Kieran; la otra quería alejarlo antes de que todo explotara.

Los ataques de ansiedad habían regresado. No con la misma intensidad que cuando murió Liam, pero sí lo suficiente para reconocerlos: la presión en el pecho, el aire que de repente no parecía suficiente y ese miedo irracional apareciendo de la nada.

Era agotador.

Jasper terminó de hablar y todas las miradas se dirigieron hacia mí. Me obligué a apartar aquellos pensamientos. No era el momento.

Di un paso al frente.

—Escuchadme bien. Quiero intensidad desde el primer cambio. Nada de regalarles espacio, nada de perseguir el disco cuando podamos obligarlos a perseguirnos a nosotros. Jugad como sabéis hacerlo y confiad en vuestro compañero. Si hacemos nuestro trabajo, este partido es nuestro.

Algunos golpearon los sticks contra el suelo y otros asintieron.

—Ahora salid ahí fuera y recordad quiénes somos.

El vestuario respondió con un grito de aprobación antes de que todos comenzaran a ponerse en marcha hacia el túnel que conducía al hielo.

Esperé unos segundos y entonces localicé a Caden.

—¿Dónde está Price?

—Ha venido su padre —respondió, y sentí cómo se me tensaba todo el cuerpo—, pero está tardando mucho. Ya debería estar aquí.

¿Qué quería ese hombre ahora?

—¿Sabes dónde está?

—En la sala de vídeo, junto a los vestuarios de mantenimiento.

No terminé de escuchar la frase. Ya me estaba encaminando hacia allí cuando Caden me sujetó del brazo.

—¿Adónde cojones vas? El partido va a empezar. Manda a alguien a buscarlo.

Me zafé de su agarre.

—No tienes ni idea de cómo es ese tipo. Nadie va a venir a mi equipo para desestabilizar a uno de mis jugadores antes de salir al hielo.

Le hice una señal a Jasper.

—Si no llego para el inicio, ya sabes qué hacer.

Asintió.

Noté las miradas de Kai, Juraj y Caden siguiéndome mientras abandonaba el vestuario, pero me daba exactamente igual. Lo único que sentía era una rabia creciente.

Todavía no había llegado a la sala de vídeo cuando empecé a escuchar voces al otro lado del pasillo. Reconocí la de Kieran al instante y reduje el paso.

—Mírate. Ahora resulta que eres una estrella. Qué curioso. Nunca te esforzaste así cuando jugabas en Chicago.

—Quizá porque allí tenía que preocuparme más de sobrevivir a ti que de jugar al hockey.

Apreté los puños.

—No empieces con tus dramas.

—No son dramas. Me pasé años escuchando que no valía para nada, que era débil, que era una decepción. Nunca te cansabas de recordármelo.

—Y aun así llegaste a profesional. Deberías darme las gracias.

—No. Llegué a pesar de ti. Y si ahora juego mejor es porque aquí hay gente que cree en mí. Personas que me apoyan y me ayudan a mejorar sin necesidad de humillarme constantemente.

Apreté los puños con más fuerza. Aquellas palabras me golpearon de lleno porque, durante demasiado tiempo, yo tampoco había estado tan lejos de parecerme a ese hombre.

—Ni sé para qué me molesto en darte explicaciones.

Tú solo sabes alcanzar tus metas pisando a quien haga falta.

Y, aun así, con todas tus artimañas, no dejas de ser un fracasado.

Porque por más que lo intentaste, jamás conseguiste que la gente con la que te codeas te mirara como a un igual.

Siempre fuiste, eres y seguirás siendo Sebastián Rodríguez.

—Mide tus palabras, Kieran.

—¿O qué?

Un golpe seco resonó al otro lado de la puerta.

Todos los músculos de mi cuerpo se tensaron.

No necesitaba verlo para saber lo que había pasado.

—No vuelvas a ponerme una mano encima, porque la próxima vez no voy a quedarme quieto esperando el golpe.

La risa de Sebastián sonó baja, desagradable.

—Mira qué valiente te has vuelto.

—Lárgate.

—Voy a acabar con tu carrera, hijo. Me dejaste en ridículo delante de los socios, pero ya sé cómo recuperar su confianza. Tu reputación a cambio de la de Avery. Un intercambio bastante justo.

—Que te den. Haz lo que te dé la gana. Me da igual, ¿me oyes? Ya no puedes hacerme daño.

—¿Estás seguro de eso? Ya veremos qué opinas cuando te conviertas en noticia.

Sentí cómo la sangre empezaba a hervirme.

—¿Cómo puedes amenazar con destruirme y al mismo tiempo llamarme hijo?

Durante un instante solo hubo silencio.

—Yo no soy tu hijo, joder.

Entonces Sebastián respondió:

—Claro que no. Lo que eres es una vergüenza para cualquier padre. Me asquea pensar que alguien como tú lleve mi sangre.

Algo se rompió dentro de mí.

Y dejé de escuchar.

Entré en la sala justo cuando la puerta golpeó contra la pared al abrirse. En dos zancadas me planté frente a él, lo agarré por la solapa del traje y lo estampé contra el muro.

—No voy a consentir que nadie venga a mi club a amenazar e insultar a... —dudé un instante— ningún miembro de este equipo.

Lo solté empujándolo hacia la salida. Trastabilló antes de recuperar el equilibrio y recolocarse la chaqueta.

—Aquí no eres bienvenido. Largo.

Me di la vuelta y fui directamente hacia Kieran. Me estaba mirando con sorpresa. Tenía el pómulo enrojecido y necesité reunir toda mi fuerza de voluntad para no destrozar a aquel cabrón allí mismo.

—¿Estás bien? —Le cogí el rostro con cuidado para examinar la marca.

Asintió.

—No es nada que no pueda soportar.

Nuestras miradas se sostuvieron un instante, hasta que la voz de su padre volvió a sonar a mi espalda. Seguía allí.

—Hijo, ¿le has contado a tu entrenador a qué jugador seguiste durante años? ¿A quién siempre te quisiste parecer?

Percibí cómo se ponía rígido mientras se apartaba de mí para mirarlo.

—Cierra la puta boca y déjame en paz.

—Ya veo que no sabe nada —la risa que soltó me revolvió el estómago—. Mi hijo tenía una fijación obsesiva con Liam MacAllister.

Durante un instante fui incapaz de moverme.

—Eso no es así. No como él lo cuenta —se apresuró a decir Kieran.

Su padre volvió a reír.

—¿Ah, no? ¿No ansiabas ser como él?

—En el hielo. Lo admiraba como defensa, nada más.

—Claro. Siempre quisiste ser el nuevo MacAllister. Acabaste en su maldito equipo, jugando en su puesto y hasta te has hecho maricón. ¿Qué será lo siguiente? ¿Seducir al hombre que fue su pareja?

No recuerdo haber tomado la decisión. Solo recuerdo mi puño impactando contra su mandíbula.

El golpe lo lanzó varios pasos hacia atrás.

—Lárgate ahora mismo o llamo a seguridad.

Mi voz salió baja y cortante.

El hombre se limpió la sangre del labio partido y sonrió.

Lo peor fue, precisamente, que sonrió.

Yo permanecí inmóvil en mitad de la sala, intentando controlar la maldita respiración.

—Escúchame.

Kieran me tocó el brazo, pero lo aparté.

No podía mirarlo.

—Te juro que lo que ha dicho no es cierto. Sí, MacAllister era mi referente en el hielo y también lo admiraba porque siempre me pareció una persona increíblemente valiente. La forma en que se enfrentaba al mundo, la fortaleza que tenía... Pero yo nunca quise ser él. Tienes que creerme.

Caminó hasta colocarse frente a mí. Sus ojos estaban húmedos y probablemente los míos también. Mientras tanto, todo daba vueltas dentro de mi cabeza. Las palabras de su padre, Liam, Kieran, el pasado y el presente se mezclaban de una forma tan absurda que no podía soportarlo.

—Por favor. —Apoyó una mano sobre mi pecho.

Bajé la vista hacia ella y después volví a mirarlo. El dolor que sentía era tan profundo que ya no lograba distinguirlo de la rabia.

—Price, no eres ni serás nunca Liam. Ni en mi vida ni sobre el hielo. —Le retiré la mano del pecho—. No vuelvas a acercarte a mí.

Salí de aquella sala con la sensación de que me faltaba el aire.

La presión en el pecho había regresado con una fuerza que no sentía desde que todo se había ido a la mierda con Liam y, por mucho que intentara respirar hondo, era incapaz de librarme de ella, hasta el punto de que terminé refugiándome en uno de los pocos lugares a los que nunca iba, la sala de trofeos.

Todo el estadio estaba impregnado de su recuerdo.

Lo había estado desde el día de su muerte y probablemente lo estaría para siempre, porque Liam había sido los Rift tanto como los Rift habían sido Liam.

Su nombre seguía grabado en la placa de bronce situada junto a la entrada principal, esa que los aficionados rozaban al pasar casi por superstición, y sobre el hielo colgaba la enorme réplica de su camiseta, visible desde cualquier rincón del pabellón.

El dorsal 29 había sido retirado para siempre en su honor y, con el paso del tiempo, se había convertido en una especie de ritual que los jugadores levantaran la vista hacia él antes de cada partido.

Decían que era una forma de recordar a un compañero, pero todos sabían que también les daba suerte.

Como si Liam siguiera allí arriba, vigilándolos.