Capítulo 29 #2
—Un poco, aunque todavía no tenemos definida la logística de nuestras pollas y culos.
Solté una carcajada.
—No te agobies por la logística. Marcaremos distintas rutas para que descubras cuál prefieres.
—Eso quiere decir...
—Que lo mejor es probar para saber qué es lo que realmente te gusta.
—Pero tú no eres... ya sabes, el que lleva el transporte al almacén.
—Por favor, ¿podemos dejar de hablar con eufemismos? Sí, normalmente soy activo, pero, si tú te sientes mejor dándome por culo, lo haré.
—¿Eso quiere decir que ya has probado el rol de pasivo antes?
—No. No hizo falta. Los dos teníamos claro lo que queríamos. Ahora es diferente, porque tú todavía no lo sabes. Lo único que nos queda es probar.
—Vaya. Eso significa que yo sería el primero en darte por detrás.
—Sí.
—Me encanta la idea. Aunque ¿qué pasa si los dos somos de los que quieren dar en vez de recibir?
—Maldito infierno —gruñí—. Pues tendremos que reajustar la logística, como tú la llamas, para satisfacernos mutuamente.
—Mmm, me gusta.
Se arrodilló sobre la cama hasta quedar sentado a horcajadas sobre mí. Me sostuvo la mirada mientras se inclinaba y bajaba un poco nuestros calzoncillos para juntar nuestras pollas.
—Quizá podría intentar llevar mi camión a tu aparcamiento —propuso.
Hizo girar las caderas sobre mí, aumentando la fricción mientras nuestros miembros se restregaban entre los cuerpos, antes de atrapar mi boca en un beso.
La habitación se volvió más caliente. Yo también. Mis manos descendieron hasta su trasero y tiraron de él para intensificar el movimiento de sus caderas. Lo hice rodar sobre el colchón y quedó de espaldas, conmigo encima.
—O puede que sea mi camión el que se cuele en tu túnel, principito —murmuré antes de besarle el cuello sin dejar de frotar nuestras pollas, clavando los huesos de mi cadera contra los suyos y sintiendo cómo su longitud estaba tan dura como la mía.
Estaba seguro de que, si la tocaba en ese momento, estaría goteando por mí.
Mo chreach , estaba perdido.
Unos golpes sonaron en la puerta. Los ignoré y seguí centrado en Kieran, pero cuando se repitieron y la voz de Kai resonó al otro lado llamándome por mi nombre, gruñí contra su boca.
—¡Conor!
—Joder —mascullé.
Toda la tensión acumulada se desinfló de golpe.
Cogí unos pantalones para cubrir la erección mientras Kieran recogía su ropa y se metía en el baño con ella. Cuando estuve seguro de que no había forma de que lo vieran, fui a abrir.
—¿Qué mierda pasa, Jones, para que casi tires la puerta abajo? —protesté.
—Qué mal despertar.
—¿Has venido hasta aquí para eso?
—No, es por Price —explicó, y me tensé de inmediato—. ¿Sabes dónde está?
—¿Y por qué cojones iba a saber yo dónde está?
—Le estamos preguntando a todo el mundo, relaja. Ya sé que el último que sabría algo de él serías tú. Pero los chicos no lo han visto desde anoche y Hunter dijo que no había dormido en su cuarto.
—No sé. ¿A nadie se le ha ocurrido que quizá pasó la noche acompañado?
—Puede, pero es raro que a estas horas todavía no haya aparecido.
Miré el reloj y solté una maldición por lo bajo. Teníamos que salir hacia el aeropuerto y se me había ido completamente la cabeza con Kieran.
—Bueno, te dejo para que te vistas. Es evidente que se te pegaron las sábanas.
—Sí, digamos que fue una noche complicada.
Cerré la puerta y me apoyé contra ella. Kieran salió del baño ya vestido.
—¿Lo has escuchado?
—Sí. Será mejor que me marche.
—Espera.
Abrí la puerta de nuevo, comprobé que el pasillo estaba vacío y me aparté a un lado.
—Sal ahora.
Kieran se acercó, rozó su boca con la mía y me dio un beso rápido antes de salir. Volví a cerrar la puerta y apoyé la frente contra la madera mientras soltaba el aire despacio.
¿Pero qué narices estaba haciendo?
***
La gala benéfica que los Rift organizaban junto al Ayuntamiento de Seattle para financiar programas deportivos juveniles se me estaba haciendo mucho más larga de lo esperado.
Sostuve la copa de whisky entre los dedos mientras escuchaba a Isla hablar por tercera vez de no sé qué entrevista que había hecho durante el verano. Estaba guapísima, como siempre. También demasiado cerca. Mucho más de lo que debía.
Cada vez que se reía encontraba una excusa para rozarme el brazo; cuando hacía una pausa, era mi antebrazo el que terminaba entre sus dedos o la distancia entre los dos volvía a acortarse. Las indirectas eran tan evidentes que casi resultaban enternecedoras.
La verdad era que, unos meses atrás, no habría dudado en acabar la noche con ella.
Ahora era distinto. Porque, por mucho que Isla estuviera prácticamente coqueteando delante de toda la sala, yo solo tenía ojos para una persona.
Kieran.
Estaba al otro lado del salón hablando con varios patrocinadores y representantes de programas juveniles de hockey. Sin embargo, cada pocos segundos su atención regresaba a mí. O, más concretamente, a la distancia cada vez menor entre Isla y yo.
Sonreí por encima del borde de la copa.
Tenía el ceño fruncido. Se le notaba el cabreo desde el otro extremo del salón.
Y, por alguna razón, me gustaba.
Quizá porque pocas veces dejaba ver esa parte de sí mismo. Esa faceta más posesiva que normalmente intentaba ocultar. Aunque, si era sincero, tampoco podía reprochárselo demasiado.
Yo era bastante peor. No quería que estuviera con nadie más. No quería que sonriera a otra persona como me sonreía a mí. No quería que se sonrojara, que discutiera o que se quedara dormido pegado a otro cuerpo como hacía conmigo.
Una parte de mí ya lo sentía como mío.
Ese era precisamente el problema, porque, tal y como había imaginado dos semanas atrás, la dinámica de nuestro acuerdo no solo había cambiado; se había ido a la mierda. Ahora buscábamos cualquier justificación para estar juntos y, sí, empezaba a ser preocupante.
Nuestros amigos ya se habían dado cuenta de que algo pasaba. No es que fuéramos imprudentes; todo ocurría dentro del ático, salvo las escapadas a la playa durante los días de descanso, donde al menos teníamos la sensación de respirar fuera de aquellas cuatro paredes.
Pero las excusas empezaban a agotarse. Quedarse más tiempo entrenando, pasar horas revisando vídeos, sesiones extra en el gimnasio o reuniones inventadas ya no colaban. Mucho menos para Nathan y Jordan. Así que todos llegaron a la conclusión de que Kieran y yo estábamos viendo a alguien.
Cuando lo escuché por primera vez pensé que lo habían descubierto todo, pero no. Nadie sospechaba de nosotros.
Todo el mundo asumió que Kieran estaba conociendo a alguna chica y que yo hacía lo mismo.
Alguna mujer misteriosa que no existía. Porque la realidad era mucho más simple.
Éramos nosotros.
Por suerte o por desgracia, esa posibilidad ni siquiera se les había pasado por la cabeza.
Aun así, me sentía como una basura. Sabía que Kieran tampoco llevaba bien aquella situación, aunque ninguno de los dos hablaba del tema. Lo evitábamos deliberadamente para no estropear los pequeños momentos que conseguíamos robarle al resto del mundo.
Porque sí, todo se nos había ido literalmente de las manos. No diría que éramos una pareja. Tampoco solo dos amigos. Éramos algo mucho más parecido a dos amantes que vivían con miedo constante a ser descubiertos.
Era una mierda. La gente siempre habla de la emoción del secreto, pero yo no le encontraba ninguna. Ni una sola.
Sin embargo, mientras observaba a Kieran al otro lado de la sala, con el ceño todavía fruncido cada vez que Isla volvía a tocarme el brazo, también tenía clara otra cosa.
Por mucho que aquello me estuviera volviendo loco, no estaba dispuesto a renunciar a él. No todavía.
—Conor, estoy pensando que quizá —dijo mientras fingía colocarme la corbata— después del evento te apetecería tomar una última copa en mi casa.
Mi mirada se cruzó con la de Kieran. Este dejó la bebida sobre una de las mesas con un gesto brusco, me hizo una señal seca con la cabeza hacia un pasillo y después se encaminó por él.
—Escucha, Isla. Será mejor que no.
Le sujeté la muñeca para apartarla de mí.
—Una pena, pero quizá podamos aplazarlo para otro día.
—Lo siento. No voy a volver a antiguas dinámicas.
Terminé el whisky y también lo deposité sobre otra mesa. Después seguí el camino por el que Kieran había desaparecido.
Aquel pasillo tenía varias puertas. No era el que daba a los baños, por eso estaba tranquilo.
Abrí una sala de juntas, otra de recepción y otra más destinada a eventos.
Cuando empujé la siguiente, a mi izquierda, encontré una estancia prácticamente a oscuras, iluminada únicamente por las luces de emergencia.
Al no verlo tampoco allí, me di por vencido y empecé a temer que se hubiera mosqueado de verdad y se hubiera largado. Iba a cerrar la puerta cuando una mano envolvió mi antebrazo y me estampó contra la pared antes de cerrarla tras nosotros.
Kieran se pegó a mí sin apartar la mirada. El enfado seguía escrito en su cara.
—¿Qué ha sido esa mierda, Flanagan? —me estrujó con más fuerza contra la pared. Sus ojos eran pura furia—. Tú y yo teníamos un acuerdo en el que éramos exclusivos.
—Y lo somos.
Intenté contener una sonrisa que amenazaba con escapárseme. No se hacía una idea de lo jodidamente sexy que era verlo así ni de lo mucho que me estaba poniendo.
—Pues a mí no me lo parece cuando te veo tonteando con una tía.
—Permíteme que te corrija. Ella era la que tonteaba conmigo, no al revés. Un detalle a tener en cuenta, Price.
Agarró mi corbata y le pegó un tirón.
—¿Esto te parece gracioso?
—No voy a negar que verte celoso me está poniendo muy cachondo —confesé junto a su oído, rozando con los labios el lóbulo de su oreja.
Entrecerró los ojos un instante, pero volvió a abrirlos sin que aquel fuego desapareciera de ellos.
—Que sea la última vez que dejas que alguien toque lo que es mío, joder. Ni siquiera esta maldita corbata.
Tiró de ella hasta deshacer el nudo de un golpe, sin apartar los ojos de los míos.
—Y menos esto.
Llevó las manos a mi entrepierna.