Atrapados en la jugada (Corazones en juego 5) Capítulo 29
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Capítulo 29

CONOR

El agua de la ducha seguía corriendo. Sentía un calor horrible recorriéndome todo el cuerpo. Kieran estaba a solo una puerta de distancia, desnudo y mojado.

Maldita imagen.

Pero, por más que quisiera colarme en el baño y meterme bajo la ducha con él, castigarlo a besos y hacer que se atragantara con mi polla por haberlo complicado todo, no iba a hacerlo. Todavía estaba bajo los malditos efectos del alcohol.

Me quité el jersey junto con la camiseta y lancé el calzado de cualquier manera, cabreado con él y, sobre todo, conmigo. Esa noche no solo había aceptado aquella proposición de «más momentos juntos», sino que además lo había metido en mi cuarto. Sí, sí, en mi puñetero cuarto.

Al llegar al hotel, Kieran se dio cuenta de que la tarjeta de su habitación se le había quedado en la chaqueta. Su primera idea fue ir a recepción a pedir un duplicado, pero ¿qué hice yo? Detenerlo. Decirle que, con el aspecto que llevaba, solo conseguiría levantar cuchicheos.

¿En qué mundo me importaba lo que la gente murmurara?

Una excusa que él podía desmontar si quisiera, pero no quiso. Igual que yo.

Y, de un modo u otro, habíamos acabado allí. Empezaba a cruzar líneas con él, y eso no era bueno.

Me quedé solo con los calzoncillos. Esos debían permanecer donde estaban, como si fueran una barrera al tenerlo cerca.

El agua de la ducha se detuvo. Me senté en la cama y cogí el teléfono, nervioso. ¿Por qué narices estaba así?

Abrí el chat con mi hermana. Lo último que me había mandado era una foto de un test de embarazo positivo. Eso solo me provocó miedo; miedo a que otra vez todo se truncara y ella se viniera abajo.

Creo que intentaba desviar conmigo el tema de sus propios temores, preguntándome por mis sentimientos y demás tonterías. Desde que le hablé aquella vez de Kieran no había parado, aunque yo no había vuelto a decirle nada.

Sin embargo, ahora necesitaba desahogarme con alguna maldita persona. Era agotador no poder hacerlo.

Así que, sabiendo que era una pésima idea y que, posiblemente, al día siguiente me arrepentiría, le escribí a mi hermana.

ola, Sinéad. Sé que decirte esto es como echarle más gasolina al fuego, pero no sé qué cojones estoy haciendo con mi vida.

Esta noche se me ha ido la olla por completo.

Nos expuse a los dos solo porque sentí que podía perderlo, y ahora lo tengo metido en mi puñetera habitación de hotel.

Sé que debería parar esta locura, pero es que no puedo.

¿Qué coño me está pasando? ¿Es posible que esté sintiendo algo mucho más profundo por él?

A Dhia.

Lo borré todo. Enviarle eso a mi hermana era una bomba.

Además, no estaba preparado para hablar de sentimientos ni de cosas por el estilo, porque nada que ver.

Solo me atraía. Más que eso, quizá estuviera un poco obsesionado.

Aunque sonara horrible, esa palabra era mejor que cualquier otra relacionada con enamoramientos y mierdas de esas.

Tiré el móvil sobre la mesilla y me di cuenta de que Kieran todavía estaba en el baño.

—Price, ¿estás bien?

La puerta se abrió y salió él, con los mechones rubios mojados y revueltos, la piel todavía húmeda y mis calzoncillos puestos. La tela oscura se ajustaba a sus caderas y a esos muslos que tantas veces había tenido entre las manos. Aparté la vista antes de que mi cabeza siguiera por ahí.

—Sí. Me estaba lavando los dientes con el cepillo del hotel.

—Bien. Vamos a dormir, es tarde.

Caminó hacia el otro lado de la cama, levantó el cobertor y se metió debajo.

Aquello era incómodo de cojones, como si fuera la primera vez que compartíamos colchón.

Apagué la luz. Ambos permanecimos en silencio. Mi vista estaba clavada en el techo oscuro.

No tardé mucho en escuchar una respiración pausada y relajada. Se había quedado dormido.

Mi mano se deslizó por la sábana hasta alcanzar la suya y la acaricié. Aquel contacto hizo que se moviera.

Me quedé petrificado.

Él se giró hacia mí y se pegó contra mi cuerpo. Su boca alcanzó mi mejilla y murmuró:

—Me encantas.

Después colocó una pierna sobre la mía, rodeó mi cintura con un brazo y hundió la cabeza en la almohada, pegada a la mía.

Volvió a dormirse.

Llevé la mano que no estaba atrapada entre nuestros cuerpos a su rostro. Lo acaricié y después aparté los mechones de su frente. Entonces acerqué mi boca a la suya y respondí:

—Tú también me encantas. Mucho más que eso, Kieran.

Esa fue la primera vez en mucho tiempo que lo llamé por su nombre. Creo que también fue la primera vez que admití para mí mismo que me estaba pillando de verdad.

***

Desperté con Kieran entre mis brazos. Estábamos de lado, con su espalda pegada a mi pecho y mi brazo rodeándole la cintura. Hundí la nariz en su cuello y le regalé un par de besos suaves sobre la piel mientras lo acercaba un poco más a mí.

La noche anterior, cuando escuché aquel audio, sentí que algo se me rompía por dentro. Durante días me obligué a no escribirle, a no ceder, convencido de que sería él quien acabaría haciéndolo, pero, cuando decidió alejarse, tuve claro que no podía perderlo.

Por eso acabé buscándolo y aceptando pasar más tiempo juntos. Aquella nueva versión de nuestro acuerdo probablemente iba a destrozarnos, pero, mientras lo tenía allí, caliente y medio dormido entre mis brazos, me costaba encontrar un solo motivo para arrepentirme.

La realidad era que me gustaba demasiado. Me gustaba respirar el olor de su piel y notar su trasero presionando contra mi erección.

Mi mano descendió lentamente por su abdomen hasta rozar su polla bajo el calzoncillo.

Soltó un gruñido somnoliento cuando la envolví y comencé a masturbarlo con un ritmo tortuoso, extendiendo su líquido preseminal por el eje.

Sonreí contra su cuello mientras se frotaba ligeramente contra mi miembro.

En cuanto giró la cabeza hacia mí, mis labios atraparon los suyos, creando un caos de gemidos y lenguas entrelazadas.

Nuestros cuerpos se retorcían con urgencia; su culo presionaba con fuerza contra mi erección y nuestras pollas palpitaban furiosas.

Vivíamos con la necesidad constante de perseguirnos, de tocarnos cada vez que podíamos, pero también con esa inquietud que parecía despertar siempre que estábamos cerca el uno del otro.

— A Dhia , mi cabeza no deja de imaginar millones de maneras de follarte: a cuatro patas, doblado sobre una mesa, contra la pared de una ducha o cabalgando sobre mi polla —murmuré contra su boca, casi sin pensarlo.

De golpe sentí cómo se tensaba y me maldije mil veces.

—Escucha, no he dicho que tuviera que ser ahora. Solo es que...

No me dio tiempo a terminar. Se puso de pie y comenzó a caminar por la habitación, todavía con una erección visible.

Me incorporé hasta quedar sentado sobre la cama y traté de sujetarle la mano. Se zafó de mi agarre, se mordió la lengua y se revolvió el pelo.

—No puedo —aseguró de inmediato.

—¿Qué no puedes, Price?

—Esto.

Señaló la cama, desconcertándome.

—No sé si todavía te dura la borrachera o si tienes algún problema al despertar.

—Que te jodan. No es gracioso.

—No creo que lo sea. Solo intento encontrar una explicación lógica para tu comportamiento, porque hace un minuto gemías mientras te tocaba la polla y ahora huyes de mí.

—Tienes razón. Es solo que yo no creo... No creo que pueda adoptar el rol femenino, ya sabes.

No pude evitarlo. Se me escapó una carcajada.

—Eres un gilipollas. Me piro de aquí.

—Eh, eh, eh.

Le agarré el antebrazo y tiré de él hasta que cayó sentado a mi lado.

—Disculpa, no debí reírme. Pero ese comentario me pilló totalmente por sorpresa. No entiendo de qué me estás hablando. No tienes que adoptar ningún tipo de rol, Price. Yo solo quiero que seas tú.

Le cogí el mentón y giré su rostro hasta que quedamos frente a frente.

—¿Estás así por el sexo?

—Supongo —exhaló con fuerza.

—¿Hay algo de lo que hicimos con lo que no te sintieras cómodo o que no te gustara?

—No. Sabes perfectamente que no es eso. Pero dime, ¿cuánto tiempo más vamos a seguir con estos juegos antes de follar? Ese día va a llegar y no sé si quiero ser el agujero para tu polla.

Mo chreach .

—Price, dime la verdad. ¿Qué es lo que realmente te preocupa?

—Todo.

Volvió a ponerse en pie.

—No sé si soy gay, bi... Bueno, hetero ya lo descartamos. Tampoco sé si soy pasivo, activo o versátil. Ni siquiera tengo claro qué es lo que realmente me gusta. Siento que, en el momento en que dé ese paso, ya no habrá vuelta atrás. Se acabarán las dudas sobre quién soy.

—Joder, gay, heterosexual, bisexual o lo que sea, ¿qué más da? Los sentimientos no tienen sexualidad. Me da igual cómo te definas, si es que algún día decides hacerlo. A mí me gusta quien eres y quiero estar contigo. Punto.

Se dejó caer a plomo a mi lado y se cubrió la cara con las manos.

—Esto no es fácil para mí. Estoy confundido con todo lo que siento cuando estoy contigo. Es demasiado... grande. Me asusta.

Lo entendía perfectamente. A mí también me estaba acojonando.

—Tampoco es sencillo para mí, ¿sabes? Puede que no tenga una guerra interna con mi polla porque se excite con un hombre, pero sí la tengo con mi cabeza.

Retiró las manos del rostro y me miró, confundido.

—¿Por qué?

Esta vez fui yo quien desvió la vista hacia un punto perdido.

—Porque, cuando te propuse este acuerdo, no solo lo hice para que tú te descubrieras o para disfrutar del sexo.

Menuda gilipollez. Podría follar con cualquiera.

Tenía otro motivo. Contigo he vuelto a sentirme jodidamente vivo.

Eso me aterra, porque esta sensación solo la tuve con una persona y, cuando murió, creí que esa parte de mí también se había ido con él.

»Y aquí estoy, joder. En la habitación de un hotel, con un jugador de mi equipo diez putos años más joven y engañando a todos mis amigos.

Kieran cogió mi rostro entre sus manos y me dio un beso tierno en los labios. Después apoyó la frente contra la mía.

—Gracias por decírmelo. Es reconfortante no estar solo en esta maraña de confusiones.

Sonrió y yo también.

—¿Más tranquilo? —Esta vez fui yo quien atrapó su labio.