Capítulo 28 #4
Sentí sus manos aferrarse a mi cintura y se me cortó la respiración. Entonces fue él quien acercó la boca a mi oído.
—Muévete de una puta vez, Price.
No discutí. Principalmente porque toda mi concentración estaba ocupada intentando caminar sin caerme mientras él me guiaba hacia la salida.
Antes de cruzar la puerta, me apoyó contra una pared y fue a por agua. Cuando regresó, salimos al frío. El contraste resultó agradable. Sentí cómo la temperatura de mi cuerpo descendía y, con ella, parte de la borrachera.
Caminamos un par de calles en silencio. Me entregó la botella y solo dijo:
—Bebe.
Estaba enfadado. Y también increíblemente guapo.
Por desgracia, aquella visión volvió a empañarse cuando otra arcada me subió por la garganta.
—Creo que voy a vomitar.
— Mo chreach —gruñó.
Me agarró del antebrazo y tiró de mí hacia un callejón, alejándome de la calle principal. Menudo espectáculo estaba dando.
Una vez allí volví a vaciar el estómago. Mientras observaba todo lo que salía de mí, llegué a preguntarme cómo era posible que hubiera almacenado semejante cantidad de alcohol. Parecía que me hubiera tragado un camión cisterna entero.
Cuando terminé, me apoyé contra la pared casi sin fuerzas.
Conor me condujo unos metros más allá, alejándome del desastre que acababa de salir de mi boca.
Abrí la botella y me la terminé de una sentada.
Él me la quitó de las manos, la lanzó a una papelera cercana y después sacó unos chicles del bolsillo.
—Toma.
Cogí dos y me los metí en la boca.
Debía de estar dando una imagen lamentable y no podía evitar pensar que me veía como un completo idiota.
—¿Estás mejor? —preguntó mientras me levantaba la barbilla con una delicadeza demasiado opuesta a su mal humor.
Asentí.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo y fue entonces cuando me di cuenta de que ya no llevaba mi chaqueta. Al parecer, no fui el único en percatarse, porque Conor se quitó la suya y me ayudó a ponérmela.
—Tengo que volver. Me dejé la cazadora en el local.
—No. Dame el móvil.
Estiró la mano y dudé unos segundos antes de entregárselo.
—Desbloquea la pantalla —ordenó.
Lo hice y observé cómo abría la aplicación de mensajes.
—¿Quién es tu compañero de habitación?
—Hunter.
Bufó.
—¿Qué estás haciendo?
—Pedirle que recoja tus cosas. Si es que le da por leer el mensaje.
—Gracias —murmuré—. Se me fue un poco de las manos.
—¿Un poco?
—Vale, bastante. Definitivamente, el alcohol y yo no somos buenos amigos.
—Espero que lo recuerdes la próxima vez que se te ocurra beber de esta manera.
Asentí y me separé de la pared, dispuesto a seguir caminando, pero Conor apoyó una mano sobre mi pecho y me detuvo, estampándome de nuevo contra ella.
—¿Has estado con alguien esta noche? ¿O pensabas estarlo?
No me miró al formular la pregunta, pero percibí la tensión en su voz y la rigidez de sus hombros.
—No y no.
Aquello hizo que levantara la vista para clavarla en la mía.
—Entonces ¿a qué vino ese audio?
—A que no quiero seguir con esto. Con lo que sea que tengamos.
—¿Por qué?
—¡Porque no me basta! Porque cada vez que sales por esa puerta me siento como una mierda y yo... yo tengo sentimientos, ¿sabes? No soy como tú. No puedo reducirlo todo al sexo.
Se frotó la cara con ambas manos. Después se pasó los dedos por el pelo, dio un par de pasos para alejarse y regresó enseguida al mismo sitio.
—¿Qué es exactamente lo que esperas de mí, Price? ¿Que tengamos una puñetera relación? ¿Que juguemos a las parejitas?
—¡Que te jodan! —Lo empujé con rabia—. No soy idiota, ¿vale? Me doy cuenta de cómo son las cosas, de quién eres tú y de quién soy yo, del equipo, de nuestros amigos, de todo lo que nos rodea y también...
Me callé.
Quizá aquello era precisamente lo que más me dolía.
—¿También qué?
Tomé aire antes de responder.
—Que tu corazón tiene dueño, Flanagan.
Las palabras salieron en voz baja y cargadas de tristeza.
—Por eso nunca pensé en un «nosotros», porque tengo muy claro que no va a pasar. Pero tampoco quiero ser solo un orgasmo para ti.
Conor cerró los ojos durante un instante. Cuando volvió a abrirlos, su voz sonó dura.
Agotada.
—Si tienes todo eso tan claro, ¿qué es lo que quieres?
—Que hagamos cosas juntos. No solo sexo. Ver hockey, jugar a algo, comer, hablar... No sé. Cualquier cosa.
—Eso es una maldita relación.
—Eso es ser amigos.
—Tú y yo no podemos ser amigos.
—Tienes razón. Quizá no podamos ser amigos. Pero entonces tal vez tampoco podamos ser nada.
—Mierda, joder.
Golpeó la pared junto a mi cabeza y después apoyó su frente contra la mía mientras soltaba una larga exhalación.
—Si hacemos alguna de esas mierdas que quieres de vez en cuando —recalcó—, solo de vez en cuando, ¿te olvidas de la idea de romper el acuerdo?
—Sí.
Percibí cómo parte de la tensión de su cuerpo se esfumaba y una absurda sensación de felicidad se instaló en el mío.
Porque aquello era un paso. Pequeño. Pero un paso al fin y al cabo.
—Bien. Zanjado este asunto, larguémonos al hotel.
Se apartó y reanudó la marcha.
Yo lo seguí mientras me permitía sonreír a sus espaldas, asegurándome de que no pudiera verla.