Capítulo 28 #3
Así que, sentado en un puñetero retrete y bastante borracho, reuní un valor que probablemente no habría tenido estando sobrio. Abrí la conversación con Conor, pulsé el icono del micrófono y grabé otro mensaje.
Flanagan, hoy termina nuestro acuerdo.
Era breve, conciso y, sobre todo, definitivo.
En cuanto el mensaje se envió, apareció el indicador de «en línea». Mis ojos se abrieron de golpe y el corazón comenzó a golpearme el pecho con fuerza, pero la reacción solo duró unos segundos.
Conor volvió a desaparecer y aquella agitación se apagó tan rápido como había llegado, dejando tras de sí únicamente decepción y la incómoda certeza de que había hecho lo correcto, aunque me estuviera destrozando por dentro.
Entonces la pantalla se iluminó. Me estaba llamando. Y, contra toda lógica, sentí que mi corazón volvía a la vida.
No debía contestar, lo sabía, pero quería hacerlo. Así que deslicé el dedo y acepté la llamada.
—Price, ¿qué mierda significa ese audio? —Su voz sonó molesta.
—Me dijiste que el día que quisiera terminar con nuestro acuerdo bastaba con un mensaje. Pues eso he hecho.
—No me fastidies. Eso era en el caso de que quisieras estar con alguien más. Porque no estarás...
—Eso no es asunto tuyo —hipé.
Lo escuché murmurar algo al otro lado de la línea. Habría jurado que estaba maldiciendo.
—¿Estás bebido?
Ignoré la pregunta. Me gustaba su voz, incluso cuando sonaba enfadado. Cerré los ojos, que empezaban a pesarme demasiado, y me limité a escucharla. Era agradable. Casi parecía que estuviera allí conmigo.
—Responde, joder.
Lo oía respirar con agitación al otro lado del teléfono y, por alguna estúpida razón, aquello me recordó a cómo sonaba después de que nos corriéramos juntos.
—Price, no hagas ninguna gilipollez.
Mierda.
Otra arcada me subió por la garganta y casi ni tuve tiempo de inclinarme sobre el inodoro antes de volver a vomitar.
Escuché a Conor decir algo que no llegué a entender.
Tiré de la cisterna y esta vez me senté en el suelo, apoyando la cabeza contra la pared. Tenía la frente perlada de sudor y el estómago completamente revuelto.
Cerré los ojos. Necesitaba un minuto.
No sé cuánto tiempo permanecí allí sentado.
En algún momento debí de quedarme dormido o perder el conocimiento durante unos minutos, porque el siguiente recuerdo que tuve fue el de un estruendo que me hizo dar un respingo.
Abrí los ojos desorientado y tardé unos segundos en adivinar dónde estaba. Seguía en el baño. Estaba tirado en el suelo del cubículo, con el cuello dolorido por la postura y la cabeza latiéndome con tanta fuerza que parecía que iba a partirse en dos.
Parpadeé varias veces intentando ordenar mis pensamientos. Lo último que recordaba era estar hablando con Conor.
Busqué el móvil a tientas y enfoqué la pantalla. Había pasado más de media hora.
Fue entonces cuando otro golpe resonó al otro lado de la puerta, seguido de una voz que gritaba algo que no comprendí.
Me costó varios intentos ponerme en pie y mantener el equilibrio.
Sentía el cuerpo pesado, como si me hubiera atropellado un camión, y cada movimiento me castigaba por todas las copas que había decidido beber aquella noche.
Los golpes se repitieron con más fuerza.
—Ya voy —gruñí, aunque ni siquiera estaba seguro de haber pronunciado bien las palabras.
Cuando abrí la puerta, un hombre vestido de negro comenzó a hablarme en un tono que dejaba bastante claro que se había quedado sin paciencia hacía rato. Casi ni entendí lo que decía; mi cerebro seguía funcionando a medio gas.
El hombre me agarró del brazo y empezó a tirar de mí por el pasillo mientras continuaba soltándome una bronca que, definitivamente, no conseguía seguir. Intenté protestar, pero no tenía fuerzas ni para discutir. Bastante hacía con mantenerme en pie mientras aquel tipo me arrastraba hacia la salida.
Se detuvo de golpe y el tirón desapareció. Terminé chocando ligeramente contra uno de sus brazos y, cuando levanté la cabeza, vi a Conor frente a nosotros.
Estaba hablando con el hombre de seguridad con una falsa calma que resultaba jodidamente intimidante.
No llegué a escuchar bien la conversación, pero sí vi cómo el agarre desaparecía de mi brazo y cómo el otro hombre acababa apartándose después de dedicarme una última mirada de advertencia antes de marcharse.
Ni siquiera le presté atención. Toda ella estaba puesta en Conor.
Llevaba varios días sin tenerlo cerca y, aun así, seguía siendo capaz de absorber por completo mi atención con una simple mirada.
Se volvió hacia mí y llevó una mano hasta mi rostro.
Sus dedos recorrieron mi mejilla y se detuvieron allí unos instantes, como si estuviera comprobando que seguía entero o asegurándose de que no iba a desplomarme delante de él.
—¿Estás bien?
Asentí. Cerré los ojos y disfruté de aquel contacto, de sus manos sobre mi piel, de su cercanía y de todo aquello que había echado de menos.
—Venga, nos vamos de aquí.
Soltó mi rostro y me colocó delante de él para guiarme hacia la salida.
Me giré de golpe, una pésima idea teniendo en cuenta el estado en que me encontraba. El mundo giró peligrosamente y acabé tambaleándome hasta chocar contra su pecho.
—¿Cómo has sabido que estaba aquí?
—Venga ya, ¿de verdad tenemos que hablar de eso ahora, Price?
Asentí. Conor soltó un bufido.
—En el chat del equipo tus compañeros subieron fotos y no fue muy difícil averiguar dónde estabais. Cuando estaba llegando al reservado, escuché al personal de seguridad hablar de alguien que llevaba demasiado tiempo encerrado en los baños. Al parecer, se le veían los pies por debajo de la puerta.
Una oleada de vergüenza me recorrió de arriba abajo.
Joder.
Conor continuó hablando mientras yo intentaba concentrarme en sus palabras y no en el dolor que me estaba perforando la cabeza.
—Sospeché que podías ser tú. Mientras hablábamos por teléfono te escuché vomitar, luego tirar de la cisterna y después dejaste la llamada abierta. Se oía música de fondo todo el tiempo.
—Oh, vaya... —murmuré.
Entonces caí en algo.
—¿Y si no hubiera sido yo el que estaba en el baño? ¿Ibas a buscarme por todo el local? ¿A preguntar por mí a mis compañeros?
Su mandíbula se tensó. Ladeé la cabeza, esperando una respuesta.
—Sí.
—¿Así de simple? ¿No te preocupa levantar sospechas, entrenador?
—Que te jodan, mierdecilla. Claro que me importa. De hecho, estar aquí parados ya es un puñetero riesgo.
Una sonrisa se extendió por mi rostro.
—Pero aun así viniste.
Conor me sostuvo la mirada unos instantes.
—Sí, vine. Y si alguien empieza a hacerse preguntas, ya se me ocurrirá alguna mierda para arreglarlo. Ahora camina.
Me dio un pequeño empujón sin dejar de sujetarme para que avanzara. Alcancé a dar dos pasos antes de detenerme otra vez.
Esta vez no me giré. Fue mi espalda la que acabó chocando contra su pecho. Eché la cabeza hacia atrás hasta acercar mi boca a su oído.
—¿Te importo?
—¿Qué coño dices?
—Que si has venido hasta aquí es porque te importo, Flanagan.
No pude evitar sonreír.
—Déjate de gilipolleces. Esto lo hago por el equipo. No quiero que acabemos siendo noticia.
Solté una carcajada. Si aquello fuera cierto, el primero al que tendría que vigilar sería a Hunter.