Atrapados en la jugada (Corazones en juego 5) Capítulo 28 #2
56%

Capítulo 28 #2

Más tarde, cuando abandonábamos el pabellón, vi a Conor a unos metros de distancia hablando con varios jugadores del equipo rival.

Después se detuvo a intercambiar unas palabras con un par de chicas que esperaban cerca de la salida y volvió a regalarles esa sonrisa encantadora que reservaba para todo el mundo, excepto para mí.

Era desesperante, porque a todos les dedicaba tiempo. Con todos parecía mostrar su mejor versión.

Era amable, divertido y el tipo de persona que conseguía que cualquiera se sintiera cómodo a su lado a los pocos minutos de conocerlo.

Que le dieran. Aunque fuera un puñetero dios del placer, eso ya no me bastaba. Quería más tiempo, más atención. Algo que se negaba a darme.

Aquella mezcla de frustración, orgullo herido y sentimientos que no quería analizar demasiado provocó exactamente lo que cualquiera podría haber anticipado.

Bebí más de la cuenta. No era algo habitual en mí y, cuando ocurría, casi siempre terminaba convirtiéndose en una pésima idea.

Sin embargo, aquella noche me dio igual. Me reí con mis compañeros, disfruté de la música e incluso coqueteé con alguna chica sin ninguna intención real de que aquello llegara a más. Quería sentirme bien o, al menos, convencerme de que podía hacerlo.

Me acerqué a una de las camareras del reservado para pedir otra copa. No tenía ni idea de qué me estuvo diciendo después. Me limité a asentir un par de veces, fingiendo interés, hasta que terminó alejándose con una sonrisa.

Escuché entonces a varios de mis compañeros gritar mi nombre desde el otro lado de la sala.

Entre ellos distinguí a Hunter, mi compañero de habitación, delantero, rey de las fiestas y una auténtica máquina sobre el hielo. Iba a acercarme cuando una mano apareció de repente sobre mi pecho y me detuvo. Bajé la vista y me encontré con mi amiga.

—¡Kelssss! —pronuncié con demasiada emoción mientras la abrazaba con fuerza—. Qué guapa eres. —Besé su frente—. Novák es un tío afortunado.

—¿Estás borracho, Kier?

Por el tono de su voz estaba claro que no era una pregunta de verdad, así que me limité a encogerme de hombros.

—¿Por qué estás bebiendo así?

—Por lo que lo hace todo el mundo. ¡Para divertirme!

—Te conozco demasiado bien, y estar completamente ebrio en un local está muy lejos de tu concepto de diversión.

—Puede que haya llegado la hora de probar cosas nuevas. —Comencé a jugar con su pelo, tirando de un mechón que me arrancó inmediatamente de la mano.

—Guau. ¿Quién eres tú y qué has hecho con mi amigo?

—Tu amigo se cansó de esperar algo de alguien que jamás iba a darle lo que quería, así que ha decidido convertirse en una persona funcional, sociable y emocionalmente estable.

Kelsey soltó una carcajada.

—Vale, definitivamente estás borracho.

—Y tú eres una aguafiestas.

—Oh... Estás en modo amante despechado. ¿Las cosas no van bien con el hombre misterioso?

—Vamos, Kels. Tú y yo sabíamos que esto estaba condenado al fracaso antes de empezar.

—Kier... —Entrelazó sus dedos con los míos—. No hagas ninguna estupidez por resentimiento. No vale la pena. Nadie vale tanto como para que te rebajes de esa manera.

Negué de inmediato.

—Tú eres mucho más que eso, y si ese idiota no es capaz de verlo, él se lo pierde. No hagas como yo y aceptes situaciones que te hacen daño, porque te aseguro que ese camino no lleva a ninguna parte. Todo lo contrario, cada vez te hundes más y salir después es muchísimo más difícil.

—No te preocupes. Esto se acabó. Además, lo que yo tenía con él solo era sexo, carente de sentimientos. No se puede comparar con tu relación poliamorosa.

—Estas relaciones nunca se acaban cuando deberían. Siempre terminan arrastrándote un poco más de lo que crees. Así que no esperes un final feliz y perfecto, porque rara vez existe.

Había visto cómo sufrió por aquella relación, de modo que podía comprender de dónde venía su advertencia.

Sin embargo, mi caso era distinto. Hablar de una relación entre Conor y yo era una utopía que ni siquiera existía en su vocabulario, así que tendría que ser sencillo poner fin a aquel acuerdo de mierda que jamás debí aceptar.

Una palmada en el hombro me desestabilizó lo suficiente para obligarme a dar un paso atrás y regresar al presente.

—Joder, tío, vas fino —comentó Juraj.

Después rodeó la cintura de mi amiga y preguntó:

—¿Nos vamos?

Ella asintió y volvió a sujetarme la mano.

—Venga, Kieran, vente con nosotros. Ya has tenido suficiente fiesta por hoy.

—Kels, me quedo un poco más. Necesito esto. No quiero encerrarme en mi habitación y darle vueltas a la cabeza.

—Nada de alcohol y aléjate de Hunter. Tu compañero es una pésima influencia.

—Vale, mamá. —Tiré suavemente de uno de sus mofletes.

—Mañana, en el vuelo de regreso a Seattle, continuaremos esta conversación —me advirtió mientras agitaba un dedo delante de mi cara.

Se puso de puntillas para darme un beso en la mejilla y, cuando se apartó, Juraj se inclinó hacia mí antes de seguirla.

—A mí no me engañas. Tú esta noche no tienes pensado dormir solo.

Lo observé alejarse mientras soltaba una carcajada.

Sí, claro. Desde luego tenía pensado dormir acompañado, y su nombre era alcohol.

La camarera regresó poco después con mi bebida. Le di las gracias y acababa de llevármela a los labios cuando una mano se posó sobre mi bíceps. Desvié la mirada y me encontré con la rubia que Hunter me había presentado al principio de la noche.

Durante un instante ella y la camarera intercambiaron una mirada desafiante. No estaba seguro de si me lo estaba imaginando o si ambas habían decidido competir por el borracho de turno, pero la camarera acabó marchándose y me quedé observando cómo la rubia ocupaba su lugar.

La mujer se acercó hasta quedar prácticamente pegada a mí y apoyó una mano sobre mi abdomen mientras inclinaba la cabeza hacia mi oído para decir algo. Sin embargo, no escuché una palabra. Toda mi atención se concentró en el perfume que llevaba.

Era intenso. Demasiado.

Una mezcla empalagosa que, sumada al alcohol y a la ligera borrosidad que empezaba a instalarse en mi visión, hizo que el estómago se me revolviera de inmediato.

Mala idea.

Di un largo trago a la copa mientras giraba ligeramente la cabeza para ganar algo de distancia.

—Lo siento —murmuré—. Tengo que ir al baño.

La aparté con suavidad y me abrí paso entre la multitud. Llegué a los servicios justo a tiempo de encerrarme en uno de los cubículos antes de inclinarme sobre el retrete.

Cuando terminé de vomitar, me senté sobre la tapa cerrada del inodoro y permanecí allí unos minutos intentando recuperar algo de dignidad.

Después, en una decisión que probablemente definía bastante bien el estado en el que me encontraba, le di otro sorbo a la copa que todavía seguía sosteniendo en la mano.

La deposité en el suelo y apoyé la cabeza contra una de las paredes del cubículo.

Entonces pensé en Drayton. Siempre era él quien acababa metido en situaciones como aquella.

Él era quien llegaba a casa incapaz de caminar en línea recta mientras yo intentaba evitar que nuestros padres se enteraran.

Había pasado media adolescencia rescatándolo de fiestas, escondiéndole las llaves del coche o asegurándome de que llegara vivo a la mañana siguiente.

La imagen me arrancó una sonrisa, pero desapareció casi tan rápido como había aparecido.

Saqué el móvil del bolsillo y busqué su contacto. Lo llamé aun sabiendo que era una pérdida de tiempo.

No contestó. Tampoco esperaba que lo hiciera.

Lo peor era que ya casi ni siquiera podía hablar con mi madre.

A veces Charlotte conseguía ponerla frente a una videollamada para que pudiera verla unos minutos, pero rara vez estaba realmente presente.

Y, cuando lo estaba, terminaba llorando, gritando o perdiéndose en algún lugar al que ninguno de nosotros podía seguirla.

Según me había contado Charlotte, ya ni salía de su cuarto, y el poco interés de mi padre la había destrozado por completo.

Ella estaba así por él. Y yo no podía evitar preguntarme por qué mi propia ausencia nunca había parecido afectarle en nada.

Era como si me hubiera borrado de su vida.

Como si hubiera dejado de existir. En realidad, toda mi familia lo había hecho, pero, si había algo con lo que nunca había aprendido a convivir, era con haber perdido a mi hermano.

Porque Drayton lo había sido todo para mí y, por mucho que intentara convencerme de lo contrario, empezaba a asumir que yo nunca había significado lo mismo para él.

Busqué su nombre otra vez con la intención de escribirle un mensaje, pero las letras se balanceaban por la pantalla como si alguien hubiera decidido mover el teclado de un lado a otro. Resoplé, abandoné la idea y pulsé el icono del micrófono.

No sé si llegarás a escuchar esto o si lo borrarás en cuanto te entre, pero ya me da igual.

Estoy harto de que me ignores, cansado de buscarte y, sobre todo, decepcionado.

Porque no eres diferente a ellos. Ni al abuelo, ni a nuestro tío, ni a nuestros padres.

Tú también me has hecho sentir que no significo nada para ti.

La diferencia es que de ellos podía esperármelo, pero de ti no.

Yo creía que lo que teníamos era de verdad, que siempre estaríamos el uno para el otro, pero me equivoqué.

Así que enhorabuena, hermanito. Eres un digno sucesor del apellido Price.

Di un trago a la bebida antes de continuar.

Esta es la última vez que me pongo en contacto contigo. No voy a seguir buscándote ni arrastrándome detrás de alguien que no quiere formar parte de mi vida. Si algún día decides que quieres recuperar a tu hermano, ya sabes dónde encontrarme.

Adiós, Drayton.

Pulsé enviar y me quedé observando la pantalla, esperando que apareciera en línea o que ocurriera algún milagro de última hora.

Aunque no pasó nada. Que le dieran.

Era el momento de poner fin a todo lo que me estaba haciendo daño, y eso también incluía a cierto entrenador.