Atrapados en la jugada (Corazones en juego 5) Capítulo 28
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Capítulo 28

KIERAN

Conor estaba de rodillas frente a mí sobre la cama, y yo había adoptado la misma postura.

Apenas nos separaban unos centímetros; entre su polla y la mía solo estaba el masturbador de doble entrada.

Su cadera se balanceaba hacia delante y hacia atrás al mismo ritmo que la mía, provocando que nuestras coronas se encontraran dentro del juguete cilíndrico y llevándonos a un placer extremo cada vez que se rozaban.

Su mano, además, ejercía una leve presión que intensificaba aún más la fricción.

Mierda, aquello era una locura. El sexo lo era; en realidad, todo él lo era.

Nunca en mi vida había tenido unos orgasmos así. Jamás me corrí tantas veces seguidas como con Conor, y era porque lo deseaba de una manera que no podría explicar. Mi cuerpo reaccionaba a cualquier acercamiento o caricia, siempre dispuesto para él.

Todo era diferente cada vez: la intensidad, el ritmo, las caricias, la fuerza...

menos su mirada. En esos momentos que compartíamos había algo especial, además de la maldita lujuria.

Me miraba de un modo más real, como si en esos instantes no solo nuestros cuerpos estuvieran desnudos, sino también nuestras almas.

Comencé a notar cómo mi miembro se hinchaba, cómo mis pelotas me anunciaban que estaba a punto de correrme. Lo miré. Apretaba la mandíbula; también estaba al límite. Lo sabía porque ese gesto, junto con las palabras en gaélico o los gruñidos, siempre lo delataban.

—Oh, joder... no aguanto. Córrete conmigo —balbuceé, porque, si había algo que me gustaba, era cuando nuestras pollas se sincronizaban. Esos orgasmos eran los mejores, no porque parecieran más intensos o liberadores, sino porque era el momento en que sentía que estábamos unidos de verdad.

— Mo chreach ! —bramó mientras su semen empezaba a golpear mi glande y llenaba el juguete.

Aquello desencadenó mi propio orgasmo. Comencé a correrme también y, por un pequeño orificio situado justo en el centro, empezó a salir la mezcla de nuestros fluidos.

Mierda, aquello era jodidamente excitante, tanto que ambos continuamos empujando solo para contemplar cómo brotaba aquel chorro hasta que nuestros miembros comenzaron a perder firmeza.

Conor tiró de mi cuello y atrapó mi boca en un beso desesperado.

Cuando nos separamos, todavía jadeantes, dejó el juguete sobre una toalla que había entre nosotros y me pasó otra para que me limpiara.

Se la devolví y me recosté en la cama, apoyado contra el cabecero, mientras lo observaba retirar también los restos de semen de su polla.

Lo dejó todo en el suelo y después se tumbó de espaldas. Su cabeza terminó encajada sobre mi pecho. Rodeé sus hombros con un brazo y, con la otra mano, le acaricié la barba mientras depositaba pequeños besos sobre su cabello.

Yo habría definido aquellos momentos como perfectos, pero la palabra que quizá mejor los describía era efímeros, porque duraban tan poco que se desvanecían casi tan rápido como un suspiro.

Conor siempre acababa rompiéndolos y nunca supe si lo hacía para marcar distancia conmigo o porque era él quien necesitaba recordarse que aquello solo era sexo.

—Voy a pegarme una ducha —comentó, separándose de mí, como hacía todas y cada una de las veces que nos reuníamos en aquel piso.

Llevábamos un mes viéndonos allí. La primera semana nos encontramos un par de veces, pero después esas ocasiones comenzaron a multiplicarse y, casi sin darnos cuenta, intentábamos vernos todos los días que podíamos.

Cualquiera diría que eso era bueno y, durante un tiempo, yo también lo pensé. Sin embargo, al final todo se resumía a lo mismo, encuentros que empezaban y terminaban en la cama. En cuanto el orgasmo desaparecía, todo lo demás se desvanecía con él.

Creo que la vez que más tiempo estuvimos juntos fueron dos horas, y eso ocurrió casi al principio. Después todo empezó a reducirse cada vez más. La mayoría de las veces ni siquiera llegábamos a una hora.

Ese era el tiempo que pasábamos en aquel lujoso ático de Seattle, tan frío y vacío como mi apartamento de Chicago y tan impersonal como el vínculo que existía entre nosotros fuera de la cama.

Porque, una vez abandonábamos aquel apartamento, cada uno seguía con su vida y apenas teníamos contacto más allá de lo relacionado con el hockey. Cuando acepté aquella situación tenía claro que no era una relación, pero tampoco imaginé que sería algo tan vacío.

No sé, quizá en mi cabeza seguía aferrándome al recuerdo de aquel día en la playa y fantaseaba con que todo acabara pareciéndose a eso.

Pero no dejaba de ser un espejismo creado por mi estúpido corazón, que se había enamorado de una persona que jamás le iba a corresponder.

—¡Argg! Soy un idiota.

Alcancé mis calzoncillos, me levanté un momento para ponérmelos y volví a dejarme caer sobre la cama mientras me frotaba la cara.

De repente sentí un peso hundiendo el colchón y un olor a gel inundó mis fosas nasales. Conor apartó las manos de mi rostro, atrapó entre sus dientes mi labio inferior y después me dio un beso.

—Me tengo que ir —murmuró contra mi boca.

Vi sus intenciones de levantarse y tiré de él para besarlo otra vez.

—Quédate un poco más —le pedí antes de rozar primero su labio inferior y luego el superior, colando después mi lengua en su boca.

Conor me correspondió y, durante unos instantes, se dejó llevar por el beso. Tanto que llegué a pensar que había desistido de marcharse, pero, como era evidente, me equivoqué. Terminó apartándose, me dio otro beso, esta vez más breve, y se puso en pie.

—No puedo. Tengo que recoger a Summer. Hughes está hasta arriba con lo de la galería de arte y River no sale hasta más tarde.

—Cada día pasamos menos tiempo juntos —señalé el reloj—. Cuarenta minutos.

—Mmm... —se rio—. Creo que alguien se volvió adicto a mí.

—Idiota arrogante —mascullé antes de lanzarle un cojín, que esquivó sin esfuerzo mientras terminaba de vestirse.

—Principito... —Acercó su boca a la mía y me robó un pequeño beso antes de continuar—. Como soy un hombre generoso, mañana puedo concederte otra dosis.

Seguramente sonreí ante su propuesta, pero, como no podía ser de otra manera, la frase no terminó ahí. Conor siguió siendo Conor.

—Tengo casi una hora en el almuerzo.

Una maldita hora. Eso era lo que me ofrecía después de que le acabara de decir, de manera bastante evidente, que quería pasar más tiempo con él.

Que le dieran.

—Imposible. Tengo planes.

—¿Planes?

—Sí, planes.

—Vale, vale. Pues ya me avisarás cuando estés libre, porque pasado mañana queda descartado. Jugamos fuera.

Esa era otra de las cosas que me sacaban de quicio.

Pensé que quizá alguna noche podríamos dormir juntos durante los partidos fuera de casa, pero me equivoqué.

Siempre acababa compartiendo habitación con algún compañero de equipo y, aunque él dormía solo, jamás salió de su boca una propuesta para que me escabullera en mitad de la noche y me colara en su cuarto.

Nada. Todo se reducía a ese espantoso ático de diseño y a encuentros que terminaban casi antes de que me hubiera dado tiempo a disfrutarlos.

Entonces se me ocurrió una idea. Un lugar donde pudiéramos estar juntos, pasar más tiempo sin sentir que los minutos jugaban en nuestra contra y donde no me sintiera tan asfixiado entre aquellas cuatro paredes.

—¿Y si vamos a la playa el próximo día libre?

Mi voz salió cargada de emoción, pero esta desapareció en cuanto vi cómo terminaba de sentarse en la cama para ponerse las deportivas.

—No.

—¿Por qué no?

Se giró y me miró de un modo que me heló la sangre.

—El acuerdo solo incluye sexo, nada más, Price. Creo que fui bastante específico cuando te expuse las condiciones.

Desvié la mirada, intentando ocultar cuánto me estaban lastimando aquellas palabras. Al instante sentí dos dedos sujetándome el mentón y obligándome a volver la cara hacia él.

—¿Tienes claros cuáles son los límites?

Aparté el rostro de su mano.

—Muy claros.

—Bien —se puso en pie—. Avísame para la semana que viene cuando quieras que nos veamos.

Chasqueé la lengua.

—Va a ser que no. Voy a estar muy ocupado.

Lo dije justo cuando se dirigía hacia la puerta.

Conor se giró y esbozó una media sonrisa mientras negaba con la cabeza.

—Pues cuando tengas libre tu agenda, ya sabes. Mándame un mensaje y veré si yo también puedo.

—Perfecto.

—Genial.

Continuó caminando y dio un portazo al salir.

—Que te den, Conor Flanagan —grité, cogiendo una almohada y ahogando en ella un grito de frustración.

***

El ambiente en el vestuario estaba por las nubes después de la victoria. Habíamos ganado fuera de casa y aquello siempre se notaba. Las bromas corrían de un lado a otro, alguien había puesto música en un altavoz y varios de los chicos ya estaban organizando planes para esa noche.

Nos quedábamos allí antes de regresar a Seattle al día siguiente, así que no tardaron en aparecer propuestas para salir.

Yo no solía apuntarme. Prefería quedarme en el hotel, pedir algo de comer o descansar un poco después de los partidos. Nunca había sido una persona especialmente aficionada a las fiestas, pero aquella noche era distinta.

O quizá quien quería ser distinto era yo.

Conor y yo llevábamos días prácticamente sin hablarnos desde nuestra última discusión en el ático. Había pensado que, si dejaba de aceptar siempre sus condiciones, acabaría cediendo un poco. Pero me equivoqué. Ninguno de los dos había dado su brazo a torcer.

Conor era tan orgulloso y cabezota como yo, y aquella situación empezaba a confirmarme que, para él, yo no era mucho más que un orgasmo.

Así que me cansé.

—Esta noche salgo con vosotros —anuncié, y la reacción fue inmediata.

Los chicos empezaron a vitorearme, a golpear las taquillas y a corear mi nombre como si acabara de anunciar algo histórico.

—¡Que alguien lo grabe!

—¡Price sale de fiesta!

—¡Esto hay que celebrarlo!

Las carcajadas inundaron el vestuario y sentí cómo me ardían las orejas de la vergüenza.