Capítulo 27 #3
Pero, cuando volví a mirarlo y vi el agotamiento en sus ojos, comprendí que seguir reteniéndolo era por mí, no por él. Eso era lo último que quería hacer.
Le pedí al médico que permitiera entrar a los demás. Uno a uno fueron pasando nuestros amigos. Después entró su madre, acompañada de Nathan por si sufría otra crisis.
Cuando todos tuvieron la oportunidad de despedirse, Jordan y yo regresamos a la habitación para quedarnos con él hasta el final.
Ella fue la primera en hablar.
—Fuiste mi única luz en un mundo de oscuridad.
Sin ti nunca habría conseguido sobrevivir a aquello.
No solo fuiste mi amigo, te convertiste en mi familia.
Liam MacAllister, siempre serás una parte de mí.
No importa adónde vayas ahora, porque nuestros caminos volverán a encontrarse algún día, igual que se encontraron una vez. Te quiero.
Llorando, besó su frente y después sus labios.
Cuando se apartó, regresó a mi lado y pasó un brazo alrededor de mi cintura para sostenerme. Apenas podía mantenerme en pie cuando llegó mi turno.
—Mi amor, cada minuto a tu lado ha merecido la pena. Has sido mi compañero, mi mejor amigo, mi familia y el gran amor de mi vida. Todo lo bueno que tengo empezó contigo. Y, aunque ya no estés aquí, no voy a dejar que desaparezcas porque vas a seguir estando conmigo.
Me llevé una mano al pecho.
—Vas a seguir viviendo aquí.
Las lágrimas me impedían hablar con claridad, pero continué.
—Este amor no termina hoy. No terminó cuando discutimos, no terminó cuando intentaron separarnos y tampoco va a terminar con tu muerte. Espérame, estés donde estés, porque todavía nos quedan demasiadas cosas pendientes. Pero tú... tú descansa. Ya no tienes que seguir luchando.
Me incliné y apoyé mi frente contra la suya.
—Gracias por elegirme.
Besé sus labios y le susurré un adiós que casi ni fui capaz de pronunciar.
Fue en ese momento cuando las máquinas comenzaron a sonar.
Durante unos instantes me negué a entender lo que significaba. Me aferré a su mano, le pedí que no se fuera, que se quedara conmigo, que aguantara un poco más. Repetía aquellas palabras una y otra vez mientras el personal sanitario entraba en la habitación y el mundo se derrumbaba ante mí.
Jordan estaba llorando.
Yo también.
Lo amaba más de lo que me amaba a mí mismo y, precisamente por eso, tenía que dejarlo ir.
Me acerqué a él una última vez, apoyé mis labios sobre los suyos y, reuniendo toda la fuerza que me quedaba, pronuncié las tres palabras más difíciles de toda mi vida.
—Vete, mi amor.
Cuando el recuerdo terminó, la casa ya no existía.
Solo quedaban montones de madera rota, vigas partidas y escombros desperdigados por el terreno donde durante años había estado el lugar más importante de mi vida.
Los trabajadores se marcharon poco a poco al caer la tarde.
Las máquinas se fueron apagando una tras otra hasta que el silencio se adueñó del lugar, pero yo permanecí sentado sobre la tierra removida, observando los restos de lo que había sido nuestro hogar mientras el cielo se oscurecía sobre mi cabeza.
Todo acababa convirtiéndose en algo irreconocible.
La enfermedad había convertido a Liam en una sombra de sí mismo. Después llegó la muerte y, cuando todo terminó, solo quedaron unas cenizas que su madre se llevó a Canadá para depositarlas junto a las de su marido.
Durante semanas aquella decisión me había removido algo oscuro por dentro. No lograba entender cómo Liam podía terminar descansando junto a un hombre que lo había rechazado durante gran parte de su vida y, cada vez que pensaba en ello, sentía una rabia irracional que no conseguía controlar.
Sin embargo, un día Jordan me confesó algo que Liam le había dicho tiempo atrás.
Lo había hecho por mí. Sabía que me aferraría a cualquier cosa que quedara de él.
Tenía claro que, si sus cenizas permanecían cerca, acabaría convirtiéndolas en una especie de santuario al que regresaría cada vez que la realidad resultara insoportable.
Liam no quería que me quedara atrapado allí.
Quería que me aferrara a todo lo que me había dado mientras estaba vivo y no a una urna que, por doloroso que fuera admitirlo, ya no era él.
Entenderlo no hizo que me doliera menos. Aun así, allí estaba, incapaz de soltarlo, de aceptar que se había ido del todo, atrapado en una mezcla de rabia, culpa, negación y tristeza que me consumía desde que respiró por última vez.
Las lágrimas volvieron a llenar mis ojos, pero en aquella ocasión no intenté detenerlas. Levanté la vista hacia el cielo oscuro.
—Te echo de menos, cariño —susurré.
El viento agitó suavemente los árboles que rodeaban el terreno mientras observaba los escombros desperdigados frente a mí. Sentado allí, comprendí que ninguna pared, ninguna habitación ni ninguna urna habrían conseguido retenerlo, porque Liam nunca había sido aquellas cosas.
Liam había sido cada risa, cada recuerdo y cada momento que disfrutamos juntos. Había sido una vida entera a mi lado y un amor tan grande que ni siquiera la muerte había conseguido arrebatármelo por completo.