Capítulo 27
LIAM
Un año antes…
Si alguien me hubiera dicho unos meses atrás que mi último partido de hockey sería así, probablemente me habría reído.
O quizá no.
La verdad era que, desde que me diagnosticaron el cáncer, había dejado de dar demasiadas cosas por seguras.
Durante años imaginé muchas veces cómo sería el final de mi carrera. Pensé en estadios llenos, en una despedida oficial, en un último partido rodeado de aficionados. Incluso llegué a fantasear con levantar una Stanley Cup antes de colgar los patines.
Nunca imaginé algo como aquello.
En el vestuario, mis amigos intentaban sonreír mientras se les rompía el corazón y los niños correteaban entre las bolsas de deporte. Conor me ayudaba a ponerme el equipo porque mi cuerpo ya no era capaz de hacerlo solo.
Hacía semanas que algo tan simple como vestirme me dejaba agotado. Cada vez tenía menos fuerza y mi cuerpo se encargaba de recordármelo constantemente, pero aquella tarde intenté ignorarlo.
Cuando terminé de colocarme la camiseta, pasé la mano por la tela durante unos instantes. Volver a vestir el número veintinueve fue como regresar a casa después de un viaje demasiado largo.
Levanté la vista y recorrí el vestuario con la mirada.
Nathan estaba terminando de colocarse la equipación de los Rift y aquella imagen, por sí sola, ya resultaba extraña.
Después de tantos años, después de todo lo que había vivido en el hockey, era la primera vez que se enfundaba los colores del equipo como uno más de nosotros.
Cerca de él, Davenport se ajustaba las protecciones mientras fingía que no estaba emocionado por formar parte de aquello.
Al otro lado del vestuario, Juraj había decidido que su misión del día era atormentar a Kai.
—Degenerado.
—¿Qué? —protestó Kai.
—Deja de mirarme el culo.
—No estaba mirando tu culo.
—Llevas diez minutos dándole con la camiseta.
—Porque ocupas medio vestuario.
—Pervertido.
Kai soltó una carcajada y volvió a lanzarle la camiseta, aunque esta vez apuntó directamente a su cabeza.
No muy lejos de ellos, Caden mantenía una batalla completamente distinta. River intentaba ayudar a sus hijos mientras terminaba de vestirse y él aprovechaba cualquier excusa para rodearle la cintura, besarle el cuello o distraerla.
—¿Me puedes dejar terminar una cosa sin tocarme durante cinco minutos?
—No.
—Caden.
—Ya he respondido a esa pregunta.
River puso los ojos en blanco, aunque la sonrisa que asomó a sus labios la delató de inmediato.
Jordan tampoco lo tenía mucho más fácil.
Intentaba vestir a Rachel con la pequeña moviéndose sin parar y Seany contribuía al caos con instrucciones que nadie le había pedido.
Un poco más allá, Mia sostenía al pequeño Liam mientras Kai lloraba cada vez que alguien intentaba acercarlo al hielo, algo que provocaba las carcajadas de Summer, convencida de que había nacido para vivir sobre unos patines.
Todo aquello ocurría mientras Mischa y Kelsey iban de un lado para otro comprobando cámaras, preparando planos y organizando cada detalle para que aquel día quedara grabado para siempre. Si no supiera que todo había sido improvisado, habría jurado que llevaban semanas preparando el evento.
Mientras observaba aquel desastre perfectamente organizado, me di cuenta de cuánto los había echado de menos.
Durante meses me había convencido de que alejarme era lo correcto. Había intentado cargar solo con el miedo, con la enfermedad y con todo lo que venía después, pero allí comprendí que nunca debí hacerlo.
La tristeza seguía presente, claro. Se escondía detrás de algunas sonrisas y de ciertas miradas que evitaban detenerse demasiado tiempo sobre mí, pero durante unos minutos la enfermedad había dejado de ser la protagonista.
Por primera vez en mucho tiempo no me sentí un hombre que se estaba muriendo. Sentado en aquel vestuario, rodeado de las personas que quería y escuchando el caos de siempre, volví a sentirme simplemente yo.
Aquello era mucho más de lo que me había permitido esperar.
—¿Estás listo? —preguntó Conor mientras se colocaba frente a mí.
Levanté la vista hacia él y sonreí.
La respuesta sincera era que no. No estaba preparado para despedirme de él ni del resto, y probablemente nunca lo estaría, pero sí para volver al hielo una última vez.
—Llévame a casa, cariño.
La emoción cruzó fugazmente su rostro antes de ayudarme a ponerme en pie. En cuanto mis piernas protestaron, su brazo rodeó mi cintura de manera automática, sosteniéndome con cariño. Había pasado meses intentando alejarlo y ahora era incapaz de dar tres pasos sin buscarlo instintivamente.
Avanzamos juntos hacia el túnel mientras nuestros amigos se adelantaban para salir primero a la pista. Entre bromas, empujones y amenazas de dudosa credibilidad sobre quién iba a ganar aquel supuesto partido, fueron desapareciendo uno tras otro hasta dejarnos solos a Conor y a mí.
—¿Preparado, amor?
Giré la cabeza hacia él y sonreí.
—Contigo siempre.
Conor me acercó un poco más a su cuerpo antes de ayudarme a dar los últimos pasos.
Cuando cruzamos el túnel y las luces de la pista principal aparecieron ante nosotros, me quedé sin aire.
Kelsey y Mischa habían preparado aquello como si se tratara de una noche de partido.
La música sonaba por los altavoces, los focos recorrían las gradas vacías y las pantallas gigantes proyectaban fotografías de nuestra historia.
Había imágenes de campeonatos, entrenamientos, celebraciones, viajes y momentos que ni siquiera recordaba que alguien hubiera fotografiado.
Todo estaba allí.
Toda una vida resumida en imágenes.
Mis ojos recorrieron lentamente las gradas, los banquillos, la cabina de prensa y cada rincón de aquel estadio.
Podía señalar exactamente dónde había celebrado victorias inolvidables con mis compañeros, dónde habíamos levantado títulos que, en su momento, parecían lo más importante del mundo y dónde me había quedado sentado durante horas después de una derrota, convencido de que jamás volvería a sonreír.
Qué poco sabía entonces.
Porque, al final, nada de aquello había sido lo más importante.
Lo más importante eran ellos.
Los amigos que ahora formaban un pasillo sobre el hielo mientras me observaban con los ojos brillantes. Los niños que agitaban los sticks como si estuvieran en una final. Jordan, Nathan, Davenport, River, Kai, los Hughes, Conor...
Mi familia.
Sin darme cuenta me acerqué un poco más a él y apoyé la cabeza contra su hombro.
Durante meses había cargado solo con el miedo, la enfermedad y la certeza de que iba a morir.
Sin embargo, allí, rodeado de todos ellos, aquella sensación desapareció por completo, sustituida por algo mucho más sencillo.
Gratitud.
Giré el rostro y besé a Conor. Después llevé una mano hasta su mejilla y la acaricié despacio, intentando memorizar cada detalle.
—Prométeme una cosa.
—Lo que quieras.
—Prométeme que algún día estarás aquí con todos ellos y levantarás una Stanley Cup. Y, cuando lo hagas, desde donde esté, me sentiré muy orgulloso de ti y de los Rift.
Los ojos se le llenaron de lágrimas, pero aun así sonrió.
—Te lo prometo, amor. Ganaremos esa copa por ti. ¡Esa Stanley Cup será para Liam!
Durante unas horas nadie pensó en hospitales ni en despedidas. Volvimos a ser simplemente nosotros: una familia construida sobre el hielo, un grupo de amigos incapaces de imaginar la vida sin uno de los suyos y, aun así, decididos a regalarme un último recuerdo que mereciera la pena conservar.
Porque el amor no siempre podía salvarte. Pero sí hacer que incluso el final mereciera la pena.
***
A medida que pasaban las semanas, sentía cómo se me agotaba el tiempo.
No era algo que necesitara que un médico me explicara.
Mi propio cuerpo se encargaba de recordármelo a diario.
Primero desapareció el apetito. Después llegaron los batidos.
Más tarde empecé a dormir durante horas sin darme cuenta y, poco a poco, cosas tan simples como levantarme de la cama o caminar unos metros se convirtieron en un esfuerzo titánico.
La casa nunca estaba vacía. Siempre había alguien.
Mis amigos, mi madre, Jordan, Davenport...
Todos encontraban alguna excusa para aparecer.
A veces me despertaba y escuchaba conversaciones en el salón.
Otras oía murmullos en la cocina o alguna discusión absurda sobre hockey.
Incluso con los ojos cerrados podía notar que estaban allí, acompañándome.
Me gustaba saber que estaban cerca.
Conor prácticamente dejó de tener vida propia.
Dormía conmigo, comía conmigo, me acompañaba a cada revisión y a cada ingreso.
Cuando el hospital volvía a llamarnos, era él quien me cargaba en brazos para subir al coche y quien me sostenía la mano mientras escuchábamos cómo las noticias empeoraban una vez más.
Siempre empeoraban.
Cada visita significaba descubrir una nueva parte de mí que estaba dejando de funcionar.
Pero nada de eso me asustaba tanto como aquellos momentos en los que mi mente se perdía. A veces las palabras se mezclaban. Otras olvidaba lo que estaba diciendo a mitad de una frase. En ocasiones despertaba rodeado de caras preocupadas sin recordar qué había ocurrido.
Yo no era consciente de todo. Ellos sí. Y, sinceramente, eso era lo que más me dolía.
No iba a fingir que no tenía miedo. Lo tenía. Estaba aterrado porque no quería irme, no quería dejar a mi madre, a mis amigos ni a Conor. Sobre todo, a él.
Cada vez que lo encontraba observándome cuando creía que estaba dormido, sentía cómo algo se rompía dentro de mí. Intentaba sonreírle. Intentaba hacerle creer que estaba bien. Pero a ninguno de los dos se nos daba demasiado bien mentir.
Aun así, una tarde ocurrió algo extraño. Me encontraba mejor, mucho mejor de lo que había estado en semanas. Tenía más energía de la habitual, podía mantener los ojos abiertos y mi cabeza estaba completamente despejada.