Capítulo 26 #3
—Me ofrecieron quimioterapia paliativa. No iba a curarme; solo podía darme algo más de tiempo, quizá unos meses.
Pero tampoco había garantías y los efectos secundarios eran duros.
No quería pasar el tiempo que me quedaba enfermo en una cama.
Preferí vivirlo. Disfrutar del hockey, de mis amigos, de mi familia y de los momentos que todavía podía tener.
—Lo siento, Conor —dijo Caleb apoyando una mano sobre mi hombro—. Si hubiera existido una opción real, lo habríamos intentado.
Me quedé mirando las sábanas de la cama sin atreverme a levantar la vista.
Había una única pregunta rondándome la cabeza desde que Nathan me habló de Liam. Una pregunta cuya respuesta no quería conocer.
—¿Cuánto tiempo?
Caleb no respondió enseguida.
—No podemos saberlo con exactitud, pero estamos en la fase final de la enfermedad. El cáncer ya se ha extendido fuera de las vías biliares y, siendo sinceros, queda poco tiempo.
Sentí un dolor tan intenso en el pecho que tuve que dejarme caer contra el respaldo de la silla. De pronto, me costó respirar y un zumbido sordo me llenó los oídos, aislándome de todo lo demás.
—Caleb... gracias por todo. —Liam le dedicó una pequeña sonrisa—. ¿Podrías dejarnos solos un momento, por favor?
No sé qué respondió ni cuánto tardó en salir de la habitación. Lo único que recuerdo es sentir los besos de Liam sobre la piel de mi mano mientras yo mantenía la vista perdida en el techo.
—Conor, mírame, amor.
Obedecí.
—¿Quieres hacer algo por mí?
Asentí, incapaz de hablar.
—Entonces túmbate aquí conmigo y abrázame como siempre lo has hecho. Quiero llevarme momentos contigo.
Me levanté de la silla y me acomodé con cuidado a su lado.
En cuanto estuve a su lado, lo rodeé con los brazos y escondí el rostro en su cuello mientras las lágrimas volvían a deslizarse por mis mejillas.
Lo besé una y otra vez, incapaz de aceptar que aquello pudiera terminar, aferrándome a cada segundo como si así pudiera detener el tiempo.
Liam se acomodó contra mí y llevé una mano hasta su pecho. Bajo mi palma seguía latiendo su corazón. Cerré los ojos y traté de memorizar aquel sonido, el calor de su cuerpo, la forma en que encajaba entre mis brazos, el tacto de su piel y su respiración contra la mía.
Quería recordarlo todo.
Porque sabía que llegaría un día en que ese corazón dejaría de latir y, cuando eso ocurriera, solo me quedarían los recuerdos.
***
Acabé saliendo de la habitación porque ya no podía soportarlo más.
En cuanto crucé la puerta me apoyé contra la pared y me sequé las lágrimas con el antebrazo mientras la otra mano se aferraba a mi pecho.
Dentro estaban todos nuestros amigos, los que habían viajado desde Seattle para acompañar a Liam, y, aunque llevaban horas intentando mantener el ánimo alto, contar anécdotas y llenar la habitación de risas, era imposible ignorar la realidad.
La muerte sobrevolaba aquel lugar y todos lo sabíamos.
Davenport había puesto varios vídeos para él.
Primero apareció Mia junto al pequeño Liam y Rachel.
Después llegaron los Hughes acompañados de sus nietos, los hijos de Caden y River, que enviaban saludos entre risas sin terminar de comprender lo que estaba ocurriendo.
Todos compartían recuerdos, palabras de cariño y despedidas disfrazadas de alegría, pero acababan rompiéndonos un poco más por dentro.
Yo había permanecido sentado junto a Liam, aferrado a su mano como si eso pudiera impedir que se fuera, pero cuando comenzaron a aparecer los mensajes de los hermanos de Juraj ya no fui capaz de seguir allí.
No soportaba ver cómo las personas que lo querían se despedían de él.
Me negaba a aceptar que aquello estuviera pasando.
La puerta se abrió poco después y Nathan salió al pasillo. Bastó una mirada para comprender cómo estaba, porque enseguida me rodeó con los brazos. Me aferré a él con fuerza y permanecimos así durante unos minutos, intentando sostenernos mutuamente mientras todo se derrumbaba a nuestro alrededor.
Nunca lo había visto llorar de aquella manera.
Nathan siempre había sido el más fuerte de todos, el que mantenía la cabeza fría cuando el resto la perdíamos, el que encontraba soluciones incluso cuando parecían no existir.
Sin embargo, durante aquellos días también él se había resquebrajado y, mientras me abrazaba, pude sentir cómo le temblaban los hombros.
—Sé que estás destrozado por dentro —murmuró con la voz ronca—. Todos lo estamos. Nunca en mi puta vida me había sentido tan impotente y créeme cuando te digo que daría cualquier cosa por poder hacer algo, por encontrar una solución, por evitar que pases por esto. Pero no puedo, Conor. Nadie puede.
Cerré los ojos con fuerza y apoyé la frente contra su hombro.
—Siento que me muero.
—Lo sé —respondió sin apartarse de mí—. Lo sé, tío. Pero ahora mismo no se trata de nosotros. Se trata de él. De darle todo el amor que podamos mientras todavía está aquí y de asegurarnos de que no pase ni un solo minuto sintiéndose solo. No le hagamos esto más difícil de lo que ya es.
Asentí despacio porque comprendía lo que intentaba decirme, aunque una parte de mí seguía rebelándose contra aquella realidad. Me negaba a aceptar que estuviéramos hablando de despedidas, que todo aquello estuviera ocurriendo de verdad.
Permanecimos un rato más en el pasillo hasta que conseguimos calmarnos lo suficiente para entrar de nuevo. Cuando regresamos a la habitación, Liam levantó la vista y, en cuanto me vio aparecer, me hizo un pequeño gesto con la mano para que me acercara.
Lo hice sin decir nada y me senté otra vez a su lado.
Entrelacé mis dedos con los suyos y mantuve la vista fija en nuestras manos, incapaz de mirar a ningún otro sitio.
Porque, si levantaba la cabeza y veía a Liam, o a cualquiera de nuestros amigos intentando sonreír mientras se les rompía el corazón, sabía que volvería a derrumbarme.
—Esta mañana Caleb me informó de que me van a dar el alta.
Me ingresaron para colocar el drenaje y aliviar la obstrucción de las vías biliares, pero ya no queda mucho más que puedan hacer aquí.
Si mi estado empeora tendré que volver al hospital, aunque últimamente empiezo a pensar que deberían darme una habitación fija porque paso más tiempo aquí que en cualquier otro sitio.
Intentó bromear, pero el comentario se perdió entre las miradas apagadas y los ojos llenos de lágrimas. Nadie se rio. Ni siquiera él.
—Por eso he estado pensando que ha llegado el momento de regresar a casa.
Levanté la cabeza de golpe y nuestras miradas se encontraron. La sonrisa que apareció en sus labios era pequeña, cansada y, aun así, seguía siendo la misma de la que me había enamorado tantos años atrás.
—Sí, amor. Quiero volver a Seattle. Quiero volver a nuestro hogar.
Sé que la casa-iglesia todavía no se ha vendido y me gustaría dormir allí contigo, despertar a tu lado y disfrutar de lo que me queda rodeado de las personas que quiero.
También me gustaría ponerme los patines una última vez, vestir la camiseta con mi número veintinueve y estar sobre esa pista con todos vosotros.
Su mirada recorrió la habitación, deteniéndose en cada uno de nuestros amigos. Nadie fue capaz de sostenerla demasiado tiempo. Algunos bajaron la cabeza. Otros se giraron discretamente. Todos intentaban ocultar unas lágrimas que llevaban demasiado rato conteniendo.
Incluso Jordan terminó apoyando la cabeza sobre las piernas de Liam mientras lloraba en silencio. Él le acarició el pelo con una ternura infinita antes de mirarnos otra vez.
—No quiero que esto se convierta en una espera.
No quiero pasar el tiempo que me queda encerrado en un hospital de Toronto pensando en lo que va a ocurrir.
Quiero estar con vosotros, reírme con vosotros y despedirme de este mundo recordando todo lo bueno que me ha dado.
Así que hagamos esto juntos una última vez.