Atrapados en la jugada (Corazones en juego 5) Capítulo 26 #2
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Capítulo 26 #2

El dolor era tan intenso que sentía que algo dentro de mí se desgarraba, como si me estuvieran arrancando una parte del alma con las manos.

Todos aquellos meses de rabia, de resentimiento y de preguntas sin respuesta dejaron de importar de golpe.

Ya no importaba el daño que me había hecho.

Ya no importaba nada, porque la realidad era mucho peor.

Mientras yo lo odiaba por haberse marchado, él había estado intentando aceptar que se iba a morir.

De pronto, todo resultó dolorosamente evidente. La sola idea de perderlo me estaba destruyendo. Pese a todo el tiempo transcurrido, pese a toda la distancia y a todo el dolor, seguía siendo Liam.

Mi amor.

***

A medida que avanzábamos por el pasillo del hospital, mi cuerpo no dejaba de temblar y las lágrimas seguían cayendo sin que pudiera hacer nada por contenerlas. Nathan me rodeó con un brazo y me atrajo contra él mientras me murmuraba al oído:

—Intenta ser fuerte por él. Que no te vea así. Esto es precisamente lo que no quería que pasara.

Asentí, aunque era incapaz de controlarme.

Supe que habíamos llegado cuando vi a Jordan junto a la puerta de la habitación, acompañando a la madre de Liam.

La mujer me abrazó al verme, pero no fui capaz de corresponderle.

Sabía que Liam había acabado perdonando a sus padres, pero yo jamás pude olvidar cómo le dieron la espalda cuando más los necesitaba.

Sin embargo, cuando Jordan me rodeó con los brazos, me derrumbé. Porque Liam lo había sido todo para nosotros y ahora íbamos a perderlo para siempre.

Nathan nos envolvió a ambos con los brazos. Él también estaba llorando, pero aun así intentaba mantenerse entero, ser el fuerte, el que sostenía al resto cuando todo se venía abajo.

—Tenéis que calmaros los dos. Esto no va a ayudarlo en absoluto y ahora mismo nuestra única prioridad es él.

Se apartó un poco y me sujetó el rostro entre las manos para secarme las lágrimas.

—Vas a entrar ahí dentro y vas a aprovechar cada minuto con él.

Después se volvió hacia Jordan, pasó un brazo por encima de sus hombros y besó su cabeza.

—Y tú, cariño, vas a venir a tomar algo conmigo. Más tarde iremos a ver a tu abuelo.

Por último, miró a la madre de Liam.

—Señora, usted también debería descansar un poco. Su hijo va a estar acompañado y creo que este tiempo les pertenece a ellos. Han perdido demasiados meses.

No necesitó señalar a quiénes se refería. Todos lo sabíamos.

La madre de Liam asintió con los ojos llenos de lágrimas. Parecía agotada, rota por dentro. Y, aun así, no fui capaz de empatizar con ella. Tal vez fuera injusto, pero el perdón nunca había sido una de mis virtudes.

Cuando me dispuse a entrar, me sujetó suavemente del antebrazo. Debió de notar cómo me quedaba rígido, porque me soltó al instante.

—Hijo, antes de que lo veas debes saber que el Liam que está en esa habitación no es el mismo que viste por última vez. La enfermedad lo ha consumido mucho.

—Señora, ninguna enfermedad va a cambiar la imagen que tengo de Liam. Ninguna.

Respiré hondo antes de empujar la puerta y entrar en la habitación.

Lo primero que hice fue fijarme en las máquinas. Solo había un monitor y un par de bolsas colgadas junto a la cama. No sabía si aquello era una buena señal o si simplemente estaba desesperado por encontrar algo a lo que aferrarme.

Sin embargo, en cuanto mis ojos encontraron a Liam, todo lo demás dejó de importar.

Me detuve a medio camino.

Estaba dormido y, aun así, tardé unos segundos en reconocer al hombre que descansaba en aquella cama.

La enfermedad había dejado huella en él.

Seguía siendo Liam, por supuesto que lo era.

Habría reconocido aquel rostro en cualquier lugar del mundo, pero estaba más delgado, más apagado, como si alguien hubiera ido arrancándole poco a poco parte de la luz que siempre había llevado dentro.

Sin embargo, lo que terminó de impactarme fue el color de su piel.

Aquel amarillo.

Hasta ese momento había escuchado diagnósticos, nombres médicos y explicaciones que casi no había sido capaz de procesar.

Había llorado, me había derrumbado y había gritado en mitad de un avión, pero nada de eso se parecía a tenerlo delante.

Porque allí ya no había informes, ni médicos, ni palabras complicadas que intentaran explicar lo que estaba ocurriendo.

Allí solo estaba Liam, la única persona que había amado durante toda mi vida, acostado en una cama de hospital mientras la enfermedad lo consumía ante mis ojos.

Me sequé las lágrimas con el dorso de la mano y recorrí la distancia que aún nos separaba.

Cuando llegué a su lado, me incliné despacio y posé mis labios sobre los suyos.

Cerré los ojos un instante, disfrutando de un contacto que había echado de menos durante meses. Después tomé asiento junto a la cama.

Envolví su mano con la mía y apoyé la cabeza sobre ella mientras las lágrimas seguían cayendo en silencio. No sé cuánto tiempo permanecí así. Quizá minutos. Quizá más. Lo único que sé es que, en algún momento, sentí unos dedos acariciándome el pelo.

Levanté despacio la cabeza y me encontré con él observándome.

Mi corazón se detuvo.

Tenía los ojos húmedos y cansados. Fue entonces cuando lo vi. El amarillo había borrado por completo el blanco de su mirada.

Maldito color.

Maldito y odioso amarillo.

Aun así, detrás de todo aquello seguía estando él.

Seguía estando Liam.

Mi Liam.

—Conor, estás aquí... —murmuró con la voz temblorosa.

—Y habría estado antes si lo hubiera sabido, cariño. ¿Por qué me alejaste?

—No quería que te quedaras con estos recuerdos de mí, viéndome apagarme poco a poco y viendo cómo nuestros sueños se iban muriendo conmigo. —Las lágrimas comenzaron a recorrer sus mejillas—. Amor, pensé que sería más fácil para ti y para el resto seguir adelante si creíais que ya no me importabais.

—Shh... —Me incliné y recogí sus lágrimas con los labios—. Eso nunca iba a pasar. Tú vives aquí. —Señalé mi pecho—. Estás anclado para siempre.

Apoyé mi frente contra la suya.

—Te amo. Nunca he dejado de hacerlo.

—Yo también te amo, mi amor. Lo has sido todo para mí. Me has hecho inmensamente feliz, Conor.

—No puedo perderte. No puedo. —Sollocé con fuerza—. Tiene que haber algo que podamos hacer. Me niego a aceptarlo.

—Cariño...

La puerta se abrió entonces y me vi obligado a separarme de él. Mi rostro se tensó al ver a Caleb allí.

Porque, durante mi ausencia, él había permanecido a su lado. No pude evitar preguntarme si había terminado ocupando el lugar que una vez fue mío.

—Perdonad la interrupción. ¿Cómo te encuentras hoy, Liam? —preguntó Caleb mientras le apretaba la pierna en un gesto cercano.

—Feliz.

Liam entrelazó sus dedos con los míos y me dedicó una sonrisa antes de volver la vista hacia él.

—Me alegra oír eso. Tengo los últimos resultados.

La bilirrubina ha descendido significativamente desde que colocamos el drenaje, lo que explica la mejoría que has notado estos últimos días.

Al menos hemos conseguido aliviar la obstrucción para que el hígado trabaje con menos dificultad, aunque el resto sigue igual.

Me lo quedé mirando, procesando la escena con escepticismo.

—¿Se puede saber quién eres tú?

Caleb sonrió levemente, pero fue Liam quien respondió.

—Caleb, además de mi exnovio, es médico digestivo. Nos reencontramos en el entierro de mi padre y, hablando, le comenté que llevaba un tiempo encontrándome raro. Mis heces se habían vuelto muy claras y él insistió en que me hiciera pruebas.

—Nunca me dijiste nada de eso, Liam.

—Porque al principio no le di importancia.

Pensé que era una tontería, algo pasajero.

Pero me hice los estudios que me pidió y, en una de las pruebas de imagen, encontraron el tumor en las vías biliares.

Después todo fue muy rápido. Me hicieron más pruebas y me dijeron que era inoperable, que me iba a morir.

Tuve que apartar la vista. Caleb aguardó unos segundos antes de continuar.

—Es un cáncer muy poco frecuente y extremadamente silencioso.

La mayoría de las veces se detecta tarde porque apenas produce síntomas hasta que bloquea las vías biliares.

Por eso aparecen la ictericia, la orina oscura o las heces claras.

Cuando encontramos el tumor de Liam, ya estaba demasiado avanzado.

—¿Recuerdas cuando firmamos los papeles? —apretó ligeramente mi mano y asentí—. Me costó muchísimo que no te dieras cuenta. Tuve que broncearme para disimular el color de la piel y no me quitaba las gafas de sol ni un momento. Me lo pusiste muy difícil, amor.

Una sonrisa triste asomó a sus labios mientras las lágrimas volvían a acumularse en sus ojos.

—Decirte adiós allí, en nuestra casa..., fue lo más duro que he hecho en toda mi vida.

Bajé la cabeza, incapaz de soportar aquello.

—Liam no quería que nadie lo supiera, especialmente tú —explicó Caleb—. Intentó terminar la temporada y fingir que nada ocurría, pero cada vez le resultaba más complicado. Muchas veces hablábamos por teléfono después de los partidos y apenas tenía fuerzas para mantener ese ritmo tan exigente.

Giré la cabeza hacia Liam.

—¿Por qué me hiciste creer que había algo entre vosotros? Me rompiste el corazón.

—Lo sé. Te juro que nunca fue mi intención. Pero comenzaste a sospechar y todo te llevó a pensar que te estaba siendo infiel. No podía contarte la verdad y acabé permitiendo que lo creyeras. En aquel momento me pareció que sería más fácil para ti odiarme que verte pasar por esto.

—No. —Negué con fuerza—. Perderte nunca será más fácil.

Miré a Caleb.

—Tiene que haber algo que podamos hacer. No importa el lugar ni el dinero. Tiene que existir algún tratamiento.

Liam cerró los ojos un instante antes de responder.