Atrapados en la jugada (Corazones en juego 5) Capítulo 26
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Capítulo 26

CONOR

​ Un año antes…

Llegué a casa agotado después de una reunión interminable con el cuerpo técnico.

Tres horas encerrados revisando vídeos, analizando estadísticas y discutiendo ajustes para los próximos partidos.

Si tenía que volver a escuchar una sola vez más la palabra «transición», iba a acabar estampando a alguien contra una pared.

Lo único que quería era meterme en la ducha, dejar que el agua caliente me relajara los músculos y tirarme en el sofá sin pensar en hockey durante unas horas.

Nada más entrar, deposité las llaves sobre la encimera, me aflojé la corbata y entonces recordé que aquella mañana me había olvidado el teléfono en casa.

Lo encontré donde lo había dejado, sobre la barra de la cocina.

La pantalla se iluminó en cuanto lo cogí y resoplé al ver la cantidad de llamadas perdidas, mensajes y notificaciones que se habían acumulado.

La mayoría eran de Nathan, que llevaba horas intentando localizarme.

También había varios mensajes de mi hermana y de mi madre, pero los ignoré directamente.

Estaba revisando las notificaciones cuando el teléfono volvió a vibrar. Nathan no parecía dispuesto a rendirse, así que acepté la llamada.

—Como esto no sea una emergencia, juro que te voy a bloquear.

—Perfecto —contestó sin molestarse en saludar—. Entonces podrás hacerlo después de preparar una pequeña maleta y mover tu culo hasta Boeing Field. El avión nos está esperando. Nos vamos a Canadá, concretamente a Toronto.

Mi corazón comenzó a latir con fuerza en cuanto escuché la palabra «Canadá». Cuando mencionó Toronto, ya no me gustó nada hacia dónde apuntaban mis pensamientos y tuve que apoyarme en la encimera.

—Si esto es alguna clase de broma, no tiene ninguna gracia. Y, si no lo es, explícame qué cojones se me ha perdido a mí en Toronto.

—Ahora no. En el avión te lo cuento todo.

Su tono sonaba demasiado serio, casi nervioso. Mi mente fue directamente a Jerry Callahan, el antiguo presidente de los Toronto Wolves y abuelo de Jordan.

Sabía que JoJo había viajado a Canadá unos días antes, en cuanto le informaron de que Jerry había sufrido un infarto.

Aunque su relación nunca había sido especialmente cercana por todo lo que ocurrió años atrás, seguían hablando por teléfono y él incluso había viajado alguna vez a Seattle para verla.

Jordan, sin embargo, no regresó a Toronto.

Aquella ciudad siempre estaría ligada a una de las etapas más dolorosas de su vida; allí no solo la habían destrozado, también había perdido a sus padres.

—¿JoJo está bien?

—No, no lo está. Pero deja las preguntas y mueve el trasero. Despegamos en una hora.

Y me colgó.

Me quedé mirando la pantalla antes de soltar una maldición. Después me di una ducha rápida y metí un par de mudas en una bolsa de viaje. No creía que fuéramos a quedarnos mucho tiempo allí. Suponía que se trataba del funeral y poco más.

Antes de salir de casa busqué alguna noticia relacionada con Jerry. Nada. Ni una sola mención.

Quizá la prensa todavía no se había enterado. Durante los últimos años se había mantenido completamente alejado del foco mediático.

Cogí las llaves y salí de casa. A esas horas Seattle seguía siendo una pesadilla para conducir, así que tomé una ruta alternativa para evitar parte del tráfico. Aun así, el trayecto se me hizo eterno porque mi cabeza no paraba de dar vueltas.

Cuando por fin llegué a Boeing Field, uno de los asistentes de Nathan me esperaba junto a la pista y me condujo directamente hasta el jet .

Subí los escalones y encontré a mi amigo al fondo de la cabina, hablando por teléfono.

—Ya está aquí —dijo mientras se pasaba una mano por el rostro—. Sí, mañana el avión os recogerá. Dejadlo todo preparado en el club para nuestra ausencia, Hughes.

Guardó silencio unos segundos mientras escuchaba la respuesta y terminó colgando.

Aquella llamada terminó de convencerme de que había acertado.

Solo podía tratarse del funeral de Jerry.

Nathan no era de los que desaparecían en mitad de la temporada sin más, y mucho menos dejando instrucciones para ausentarse del club.

Si, además, otros miembros de la organización iban a viajar hasta Toronto, era porque aquello era importante. Porque Jordan nos necesitaba.

Fue entonces cuando se giró hacia mí y, joder, tenía un aspecto horrible. Los ojos completamente enrojecidos, como si llevara horas llorando. La mandíbula permanecía tensa y no fue hasta que apartó el teléfono de la oreja cuando me fijé en el vaso de bourbon que sostenía en la otra mano.

Aquello hizo que todas mis alarmas se dispararan. Fuera lo que fuese, era mucho peor de lo que había imaginado. Nathan no era de los que se ponían a beber alcohol en mitad del día.

Nos sentamos y la asistente de vuelo indicó que íbamos a despegar. Él permaneció en silencio y yo tampoco dije nada. Supuse que esperaba a que nos dejaran solos.

En cuanto el avión estuvo en el aire, pidió otro bourbon para él y un whisky escocés para mí. Rechacé el ofrecimiento. Lo último que me apetecía era ponerme a beber.

Nathan vació el vaso de un solo trago y, cuando comprobé que la asistente se había alejado, se lo retiré de la mano antes de que pudiera pedir otro.

—¿Vas a decirme de una vez qué coño está pasando? Porque este comportamiento no es propio de don perfecto.

Ni siquiera se inmutó con mi comentario. Se frotó la cara, después se pasó una mano por el pelo y, finalmente, levantó la vista hacia mí.

A Dhia . Me estaba poniendo muy nervioso.

—Nate, ¿Jerry ha muerto? —solté sin rodeos.

—No. Por ahora está estable.

Aquello no hizo más que empeorar las cosas.

—¿Entonces qué sucede? ¡Joder, habla de una vez!

Nathan bajó la vista antes de responder.

—Hace un par de días Jordan creyó ver a la madre de Liam en el hospital. No le dio importancia. Pensó que simplemente se había confundido. Pero anoche coincidieron en un ascensor y estuvieron hablando.

—¿Y?

—Y descubrió que Liam está ingresado allí.

Mi corazón dio un vuelco. Después de varios meses, seguía bastando escuchar su nombre para que algo dentro de mí reaccionara.

—¿Qué le sucede?

Nathan no respondió de inmediato. Tenía los ojos llenos de lágrimas y las manos le temblaban. Verlo así hizo que una sensación desagradable se instalara en mi estómago.

—¿Nathan?

Se llevó una mano a la boca y cerró los ojos un instante antes de responder.

—Tiene un colangiocarcinoma.

—¿Un qué?

—Cáncer en las vías biliares.

Durante unos segundos me quedé observándolo sin terminar de procesar lo que acababa de decir. La palabra cáncer era aterradora, claro que lo era, pero mi cabeza se aferró de inmediato a lo único que podía. Hospitales. Médicos. Tratamientos. Opciones.

Porque aquello tenía tratamiento.

Tenía que tenerlo.

—Vale... —susurré intentando ordenar mis pensamientos—. Vale. ¿Qué tratamiento le están dando? ¿Cuándo lo descubrieron?

Nathan permaneció en silencio.

Y, de repente, ya no estaba tan seguro de querer oír la respuesta.

—Conor...

—¿Cuándo lo descubrieron?

—Hace tiempo.

—¿Cuánto tiempo?

No respondió. Me incliné hacia delante y le agarré la muñeca.

—¿Cuánto tiempo, Nathan?

—Meses.

Fue entonces cuando empecé a comprender lo que Nathan intentaba decirme. Porque, de repente, ya no estaba pensando en la enfermedad, sino en Liam enfrentándose a ella completamente solo.

—No.

—Conor...

—No.

—Se alejó de ti porque sabía lo que tenía. Desapareció y nos apartó de su vida porque era consciente de que se estaba muriendo.

Solté su muñeca y negué con la cabeza. Una parte de mí había entendido perfectamente lo que acababa de escuchar. La otra se negaba a aceptar que aquello pudiera ser verdad.

Liam, mi amor, se estaba muriendo.

Noté un hormigueo extendiéndose por todo el cuerpo mientras el corazón me golpeaba el pecho con una violencia que dolía.

Intenté respirar, pero el aire no llegaba.

Me quedé allí sentado, mirando a Nathan, tratando de encontrar algún sentido a aquellas palabras, alguna explicación que las hiciera menos terribles.

Aquello no podía estar pasando.

Simplemente no podía.

Porque Liam siempre había sido la persona más fuerte que había conocido. El tipo que sonreía cuando todos los demás se derrumbaban, el que encontraba una salida cuando parecía que no la había, el que daba la impresión de poder sobrevivir a cualquier cosa.

No podía morirse.

Me puse en pie tan deprisa que casi tiré lo que había sobre la mesa. Empecé a moverme por la cabina negando con la cabeza una y otra vez, buscando alguna lógica, alguna explicación, algo que desmontara aquella locura.

—No... no... no... No puede ser.

No podía aceptarlo. Esperaba que Nathan rectificara, que me dijera que había entendido algo mal, que los médicos se habían equivocado o que existía algún tratamiento capaz de salvarlo.

Pero nada de eso ocurrió. Nathan seguía llorando.

Y Liam seguía muriéndose.

—¡NO!

El grito me desgarró la garganta. Golpeé la pared con el puño una y otra vez, sin importarme el dolor, sin importarme nada.

Nathan se levantó para sujetarme antes de que siguiera destrozando todo lo que tenía delante.

Intenté quitármelo de encima, forcejeé, empujé, pero era inútil.

No podía escapar de aquellas palabras. No podía fingir que no las había escuchado.

No podía convencerme de que aquello era una pesadilla de la que iba a despertar en cualquier momento.

Las piernas dejaron de sostenerme y ambos acabamos en el suelo. Ya no sabía si estaba respirando o hiperventilando. Las lágrimas me nublaban la vista mientras me agarraba el pecho con una mano, como si pudiera impedir que aquel dolor terminara de partirme en dos.

—No puede ser...

Apenas podía hablar por el llanto.

Nathan también lloraba.

—Lo siento.

Negué con la cabeza una y otra vez mientras intentaba recuperar el aire.

—Él no puede morirse.