Capítulo 25 #3
En aquel momento me repetí que aquello no significaba nada. Que solo quería tener la opción. Que no implicaba que fuera a aceptar.
Pero ¿a quién intentaba engañar?
Esa posibilidad siempre había estado ahí, esperándome.
—¡Bu!
Un golpecito en la espalda, acompañado por una voz familiar, me sobresaltó. El sobre cayó al suelo y vi cómo Kelsey se agachaba para recogerlo. Sus ojos se detuvieron un instante en el membrete de la clínica.
—¿Kier? ¿Estás bien?
Me lo entregó y se lo arrebaté de las manos con más brusquedad de la necesaria antes de guardarlo otra vez en el bolsillo.
—Sí. Estoy perfectamente.
La duda en su rostro me dejó claro que no me había creído ni una palabra.
—Sabes que puedes contar conmigo para lo que sea, ¿verdad?
Asentí.
Kelsey había sido la única que se dio cuenta de que, desde que regresé de mi día libre en la playa, evitaba ciertos temas y parecía más nervioso de lo normal.
Incluso llegó a preguntarme si había pasado algo con Cory.
Lo negué todo y recurrí a cualquier excusa relacionada con el hockey, la presión, las expectativas y demás mentiras.
—¿Kier?
Me zarandeó ligeramente y me di cuenta de que me había quedado atrapado en mis pensamientos.
—Kels... No, no estoy bien. Me ha pasado algo y no sé qué hacer.
—Ven.
Entrelazó nuestros brazos y me llevó hasta la sala de prensa. Se sentó en la última fila y señaló la silla de al lado para que hiciera lo mismo.
Apoyé los codos sobre las rodillas y me cubrí el rostro con las manos. Noté cómo me acariciaba la espalda, dándome tiempo para ordenar mis ideas. Al final giré la cabeza y la miré de reojo.
—He tenido algún que otro encuentro con un hombre.
Sus ojos se abrieron de golpe. Y sí, definitivamente había alegría ahí.
—Borra esa cara, porque estoy bien jodido. Y no de manera literal. Pero ese es otro tema.
La risa que soltó consiguió arrancarme una sonrisa.
—Ese hombre no es un desconocido para mí. Es el tío del que te hablé, con el que tuve mi primera experiencia. Digamos que nos reencontramos y que, sin buscarlo ni pretenderlo, pasaron cosas. Muchas cosas. Hasta apareció en la playa.
—Ohhh.
La forma en que me miró hizo que me arrepintiera inmediatamente de haber empezado a hablar.
—A ver, estuvo bien. No, estuvo increíble. Incluso dormí con él. Cuando estamos juntos todo parece sencillo. Me siento feliz, tranquilo, seguro... y también excitado prácticamente todo el tiempo.
—Pero eso es genial, Kier.
—No, no lo es cuando todo lo que rodea esos momentos es un nubarrón negro.
—No te sigo.
—Quiere seguir viéndome, pero para acostarnos a escondidas. En un apartamento. Como un secreto.
Su expresión perdió parte del entusiasmo.
—Vaya...
—Ya. Y eso ni siquiera es lo peor. Su corazón pertenece a otra persona. Estoy seguro. Nunca me lo ha dicho directamente, pero lo sé. Luego están nuestros trabajos, que también complican todo. Es que son tantas señales para salir corriendo que debería haberlo hecho hace semanas.
—Mírame. —Sostuvo mi rostro entre sus manos y apartó algunos mechones de pelo de mi frente—. Ahora dime qué sientes tú. Eso es lo único que me importa.
Bajé la mirada.
—Me gusta. No, creo que me estoy enamorando de él. Kels, ¿qué se supone que tengo que hacer?
Suspiró.
—Tú ya sabes cuál es la decisión correcta. El problema es que ambos sabemos que esa no es la que vas a tomar.
—Es alentadora tu confianza en mí.
—Cielo, solo estoy siendo sincera. Lo único que puedo decirte es que eres el único que tiene el poder de decidir sobre tu vida. Nadie más.
—Voy a equivocarme.
—Posiblemente.
—Y voy a sufrir.
—También, posiblemente.
La miré mal.
—Qué apoyo tan maravilloso.
—Kieran, de mis mayores errores aprendí algunas de las lecciones más importantes de mi vida. A veces la única forma de crecer es equivocándonos.
—Has encontrado una manera muy bonita de decirme que me voy a dar una hostia enorme.
—Todavía no sabes cómo va a terminar esto. Quizá se enamore de ti. Quizá encontréis la forma de que funcione.
Negué con la cabeza.
—Eso no va a pasar. Ya te lo he dicho. Su corazón no está libre. Tiene dueño y jamás podría competir con eso.
—La vida está llena de sorpresas. Nunca sabes qué puede pasar.
Resoplé y me hundí un poco más en la silla.
—Kels, tengo otro problema. Y me da muchísima vergüenza hablar de esto.
—Ahora necesito escucharlo.
—Todavía no hemos llegado a eso. Ya sabes... al sexo con penetración. Está siguiendo mi ritmo. Me doy cuenta de que en todo momento intenta que me sienta cómodo, pero llegará un punto en que esto no podrá sostenerse solo con lo que hacemos ahora. Habrá que dar ese paso y me da pánico.
—¿Por qué?
—Porque una parte de mí siente que, si llega ese momento, será la confirmación de que ya no puedo seguir diciéndome que estoy confundido o que esto es algo pasajero.
—Kieran, eso no tiene absolutamente nada que ver. Lo que hagas en la cama no va a definir quién eres. Da igual que te pongas de rodillas o que os deis como cajones que no cierran.
—Vale, suficiente. Demasiado gráfico.
—Tú has sacado el tema.
—Pero es que no sé si quiero ser el mueble al que le den. Puede que prefiera ser el cajón.
La carcajada que soltó fue tan fuerte que terminé riéndome con ella.
—Eso tendrás que hablarlo con él. Quién sabe, igual resulta que él prefiere ser el mueble.
—No lo creo. Él es un cajón. Uno de los grandes.
Esta vez nos doblamos de la risa.
—Pues tendréis que resolverlo juntos. Pero, independientemente de quién sea el cajón, eso no cambia tu orientación sexual.
—Tengo un caos enorme en la cabeza.
—No te obsesiones. Todos somos diferentes y vivimos las cosas de manera distinta. La sexualidad es más compleja de lo que parece. Lo importante es que te sientas bien contigo mismo.
—Gracias.
Me lancé a abrazarla.
—Menos mal que puedo contarle esto a alguien.
—Siempre. Pero ahora quiero más detalles sobre ese enorme cajón.
Definitivamente, nunca volvería a mirar un mueble de la misma manera.