Capítulo 25 #2
Hasta hacía apenas unos minutos estaba bromeando conmigo en la playa, robándome besos y haciéndome perder la capacidad de pensar con claridad.
Ahora era como si aquel hombre hubiera desaparecido.
En su lugar estaba el otro. El entrenador.
El hombre que marcaba distancias. El que escondía todo lo que sentía detrás de una expresión difícil de descifrar.
Le di un trago al zumo mientras esperaba que hablara, pero el silencio siguió alargándose.
Cuanto más duraba, más nervioso me ponía.
Finalmente terminó el café, depositó la taza sobre la encimera y cruzó los brazos sobre el pecho.
De golpe parecía más grande, más serio, más intimidante, y el estómago se me cerró.
—Es evidente que no hemos hecho las cosas bien. Dadas nuestras circunstancias, enredarnos era lo último que tenía que pasar, pero pasó, y el problema es que, si esto continúa, porque creo que a los dos nos cuesta frenar esta atracción...
Tomó una bocanada de aire. Me mantuve en silencio, pero no me estaba gustando nada por dónde iban las cosas.
La forma en que hablaba de lo que había ocurrido entre nosotros hacía que sonara como algo malo y, además, estaba el hecho de que lo redujera todo a una atracción.
Sí, joder, claro que la había, pero en mi caso ya no era solo eso.
—Estamos jugando con fuego, Price, y vamos a quemarnos.
Los dos sabemos que las consecuencias pueden ser terribles.
Por eso he estado pensando que, si vamos a cagarla, al menos deberíamos hacerlo bien.
Tú estás en pleno proceso de descubrirte y, para tu mala suerte, parece que conmigo te sientes seguro para hacerlo. Y yo... bueno...
No terminó la frase.
—El caso es que podríamos seguir teniendo momentos como los de ayer hasta que uno de los dos decidiera parar.
Intenté hablar, pero las palabras se me quedaron atoradas en la garganta. Creo que entré en pánico porque debía de estar interpretándolo todo mal.
—Encontraré un lugar seguro donde vernos...
—¡Para! —grité—. No sé si te estoy entendiendo bien. ¿Me estás diciendo que vas a buscar un sitio para que nos veamos a escondidas? ¿Es eso?
Se hizo un breve silencio. Entonces asintió.
—¿Y después qué?
—Después nada, Price. Cada uno continuará con su vida como siempre. Joder, no podemos seguir arriesgándonos de esta manera. Nos estamos exponiendo a que alguien se entere. Tu carrera y la mía están en la cuerda floja. Soy tu entrenador y juegas en mi equipo. Esto es una locura.
—Ya veo. Así que tu maravillosa solución es que disfrutemos de unas horas juntos y finjamos después que nos toleramos lo justo. ¿Qué mierda es esta?
—La única que se me ocurrió. Porque no tengo claro que pueda dejar de tocarte. ¿Tú puedes hacerlo? Porque, si es así, perfecto. Mantente alejado de mí y problema resuelto. Pero los dos sabemos que eso no va a suceder.
—Lo siento, pero no sé si quiero esto. Si ya me cuesta mirar a Nathan a la cara, aceptando este acuerdo me sentiría todavía peor.
—¿Te crees que yo estoy feliz con toda esta historia? ¡ Mo chreach ! Estoy poniendo en peligro todo lo que me importa por un puñetero calentón que no soy capaz de controlar.
Calentón.
Eso era para él.
Un simple calentón.
—¡Que te jodan, Flanagan!
—Lo siento. No debí decir eso. Entiendo que estés cabreado y que esta propuesta no te guste, pero es lo único que te puedo ofrecer. La decisión está en tus manos.
Me froté los ojos, apoyé los codos sobre la mesa y hundí la frente entre las palmas justo cuando mi móvil vibró.
Entorné los ojos. Era un mensaje de Conor. Desconcertado, levanté la vista hacia él.
—Te acabo de enviar la información de una clínica.
Si aceptas, me gustaría que te hicieras unas pruebas de infecciones de transmisión sexual.
Si vamos a continuar con esto, intentemos hacerlo bien a partir de ahora.
Y, si estás de acuerdo, no habrá nadie más.
Si eso llegara a ocurrir, dímelo. Un mensaje bastará.
No daba crédito a lo que estaba escuchando ni a la frialdad con la que pronunciaba aquellas palabras después de todo lo que habíamos vivido.
Y esa fue la primera vez que me rompieron el corazón. La primera vez que sentí aquella decepción clavándose en el pecho.
Empujé la silla y me puse en pie de golpe, apoyando las manos sobre la mesa.
—Me parece irónico que seas tú quien salga ahora con esta gilipollez. Sabes perfectamente que solo he estado con mi ex y contigo. Yo, en cambio, no tengo ni idea de con cuánta gente has estado y, aun así, me estás pidiendo que me haga esas pruebas.
—Yo también me las haré, ¿vale? Es solo prevención. No te lo tomes como algo personal.
—Ya solo me faltaba que me dijeras cómo me tengo que tomar las cosas.
—Yo te he expuesto lo que hay, Price. Tú tienes la última palabra.
—No. Voy. A. Aceptar. Esto. Ahora lárgate de aquí.
—Piénsalo.
—¡Fuera! —señalé la puerta—. ¡Pírate ya!
Me miró por última vez y salió de la cabaña.
En cuanto la puerta se cerró, solté el aire de los pulmones y me desplomé sobre la silla, con la cabeza apoyada en la mesa.
Había pasado de vivir las mejores horas de mi vida a esta pesadilla.
Porque la elección que me estaba dando era sencilla, convertirme en un secreto o perderlo para siempre.
Solo de pensarlo me dolía el pecho.
Porque, joder...
Mierda.
Me había enamorado.
***
Me despedí de mi representante junto a los ascensores y observé cómo se alejaba por el pasillo mientras repasaba todo lo que acabábamos de hablar.
Era extraño. Durante años, la mayoría de las oportunidades que habían llegado a mi vida habían estado vinculadas, de una forma u otra, a mi padre o a mi relación con la hija del presidente de los Chicago Guardians.
Ahora era diferente. Me buscaban a mí. Mi nombre empezaba a aparecer en conversaciones importantes; había patrocinadores interesados, marcas que querían asociarse conmigo y los medios deportivos hablaban de mi evolución sobre el hielo, de cómo parecía un jugador completamente distinto.
Después de tanto tiempo, sentía que me estaba ganando aquel lugar. Que era mío. No el apellido de mi abuelo. No la influencia de nadie más.
Me habría encantado compartir todo aquello con mi madre y con Drayton. Sobre todo, con él. Siempre imaginaba que algún día estaría sentado en las gradas viéndome jugar, orgulloso, pero tenía claro que eso no iba a suceder.
La vibración del móvil interrumpió mis pensamientos. Bajé la vista hacia la pantalla y sentí cómo el corazón me daba un vuelco al leer el nombre.
Conor.
No habíamos vuelto a hablar de aquel acuerdo desde el último día en la playa, dos semanas atrás.
No sabía si él esperaba que fuera yo quien diera algún paso o si era yo quien esperaba que él sacara el tema de nuevo, pero tenía la sensación de que ninguno de los dos se atrevía.
Durante aquellos días habíamos cumplido nuestra parte.
Distancia absoluta. Hasta tal punto que, si uno aparecía en algún plan de grupo, el otro encontraba una excusa para no ir.
Una mierda.
Porque no iba a mentir diciendo que aquellas semanas hubieran sido fáciles.
Lo extrañaba. Extrañaba cualquier cosa relacionada con él.
Una conversación, una mirada, una broma estúpida, incluso nuestras discusiones.
El único lugar donde seguíamos coincidiendo era el hockey y, aun así, todo se había vuelto frío.
Aunque quizá no fuera frialdad. Quizá aquella fuera simplemente la relación normal entre un entrenador y uno de sus jugadores.
El problema era que ya conocía la otra cara de Conor y ahora la echaba de menos.
Vivíamos a unos pasos de distancia y, aun así, nunca me había sentido tan lejos de alguien.
Más de una vez me descubrí mirando por la ventana de casa, preguntándome cuánto tardaría en cansarse de esperar, cuánto tardaría en aparecer otro coche aparcado frente a la suya.
El de la reportera o el de cualquier otra persona.
Porque, tarde o temprano, iba a suceder.
En mis momentos de enfado intenté convencerme de que no lo necesitaba.
Pensaba en Cory y en que podía seguir descubriéndome con cualquier otro chico.
Sin secretos. Sin complicaciones. Sin aquella sombra constante amenazando con destruirlo todo a nuestro alrededor.
Pero después recordaba que Conor era Conor y que nada de lo que sentía cuando estaba con él me había pasado jamás con otra persona.
Aquello solo conseguía frustrarme más.
Así que ahí estábamos, atascados en tierra de nadie. Con miedo, con dudas y esperando.
Flanagan
Hola. Ha pasado ya bastante tiempo desde mi propuesta. Creo que el suficiente para que tomes una decisión. Por mi parte todo sigue en pie y espero, de verdad, que aceptes, porque estas semanas han sido jodidamente difíciles y mantenerme alejado de ti me ha costado más de lo que esperaba.
He encontrado un apartamento en una buena zona, con privacidad y lejos de miradas indiscretas. Te paso el enlace para que registres tu huella y puedas entrar cuando quieras. También adjunto mis resultados médicos.
Tuve que releer aquella frase. A él también le había resultado difícil. Había sido igual de duro para los dos mantener aquella distancia.
Sentí una felicidad instantánea que me apresuré a aplastar. No quería hacerme ilusiones, y mucho menos con Conor. Porque era especialista en levantar castillos de arena para después derribarlos de un solo soplido.
Seguí leyendo. Primero encontré un PDF con sus resultados clínicos. Después, el enlace del apartamento. Y, finalmente, otro mensaje.
Flanagan
Pasado mañana, después del partido, voy a estar allí esperándote. Recuerda que solo tú decides nuestro destino.
Apreté el teléfono con fuerza y apagué la pantalla. Al guardarlo en el bolsillo de la chaqueta, mis dedos rozaron algo.
Mierda.
El sobre.
Lo saqué despacio y me quedé observándolo entre las manos. Los resultados de mis pruebas de infecciones de transmisión sexual. Porque sí, me las había hecho.