Capítulo 25
KIERAN
Otra ola me tiró de la tabla.
Mierda.
Era un desastre.
Intenté calmarme mientras esperaba una ola que pudiera coger bien, pero mi cabeza seguía en cualquier parte menos allí. Todavía estaba en aquella cabaña. En aquella cama. En Conor.
En mitad de la noche me había despertado tumbado boca abajo, con parte de mi cuerpo sobre el suyo.
Tenía una pierna por encima de la de él, un brazo rodeándole la cintura y la cabeza apoyada sobre su pecho.
El brazo de Conor había quedado atrapado debajo de mí; el otro me mantenía abrazado.
Me pareció la sensación más increíble del mundo.
Alguna que otra vez había dormido con mi exnovia, pero siempre terminaba buscando mi propio espacio en la cama.
Con Conor había sido diferente. Estar entre los brazos de otro hombre debería haberme resultado extraño y, sin embargo, la sensación era de pura calma. Una mezcla perfecta de felicidad y paz.
Me había dormido otra vez observándolo, contemplando su rostro relajado, algo que rara vez le había visto.
Cuando desperté por la mañana seguíamos prácticamente igual.
Yo estaba de lado, con uno de sus brazos debajo de mi cuello y el otro rodeándome la cintura, mientras su pecho permanecía pegado a mi espalda.
Al principio volvió aquella misma sensación agradable de la noche anterior, aquellas ganas de quedarme allí para siempre.
Ese pensamiento me inquietó.
Todo lo que estaba pasando me confundía y me asustaba.
No paraba de pensar en que, probablemente, cuando regresáramos a Seattle, toda aquella magia desaparecería y mi corazón acabaría pagando las consecuencias.
Porque, mierda, estar como estábamos no ayudaba precisamente a frenar los sentimientos que crecían en mi interior.
Sin embargo, lo que de verdad me hizo reaccionar fue notar la erección de Conor contra mi trasero.
Hasta ese momento todo había sido sencillo.
Había disfrutado de sus brazos rodeándome, de su calor, de la sensación de seguridad que encontraba a su lado, pero aquello hizo que mi cabeza se precipitara hacia un lugar al que todavía no quería mirar.
Descubrir que me atraían los hombres ya había puesto mi mundo patas arriba.
Descubrir todo lo que me gustaba hacer con Conor era otra historia completamente distinta.
Pensar en seguir avanzando, en cosas para las que todavía no me sentía preparado, hizo que el miedo se apoderara de mí.
Una parte quería quedarse allí, seguir explorando aquello que estaba descubriendo a su lado.
Otra quería salir corriendo. Puede que algún día estuviera listo o puede que no, pero en ese momento no tenía ni idea de nada.
Así que me levanté con cuidado para no despertarlo, escapé de la cama y, después, de la cabaña.
Necesitaba aire. Necesitaba pensar. Necesitaba alejarme de todo aquello antes de que mi cabeza explotara.
Por eso había acabado refugiándome en el mar y quizá, solo quizá, si permanecía allí el tiempo suficiente, cuando Conor se levantara decidiría marcharse a Seattle.
Porque ahora mismo no estaba seguro de ser capaz de enfrentarme a él.
Intenté concentrarme en las olas. Ese era el plan.
Dejar de pensar. Cuando vi acercarse una que parecía buena, remé hacia ella y traté de ponerme en pie, pero lo hice tan mal que parecía un principiante.
Coloqué mal los pies, perdí el equilibrio y acabé cayendo al agua.
La tabla me golpeó el costado antes de alejarse unos metros.
—¡Mierda! —grité al salir a la superficie.
Golpeé el agua con frustración. Aquello era ridículo. Escuché que alguien se acercaba y, al levantar la vista, me encontré con Cory sobre su tabla.
—¿Estás bien?
—Sí.
—No tiene pinta.
Resoplé.
—Gracias por la confianza.
—Te estaba observando desde la arena. Creo que es la primera vez que te veo hacerlo tan mal.
—Siempre hay una primera vez.
—Pues deberías parar por hoy. En serio. Como sigas así, te vas a acabar lesionando.
Suspiré y terminé recostándome sobre la tabla.
—Sí, probablemente tengas razón.
Porque aquello ya era una pérdida de tiempo. Mi cuerpo estaba allí, pero mi cabeza seguía atrapada en aquella cabaña.
Cory permaneció unos momentos en silencio antes de hablar de nuevo.
—Pensé que aparecerías anoche.
—¿En la fiesta?
Asintió.
—Dijiste que intentarías pasarte.
Ah.
—Ya.
—A medida que avanzaban las horas y no llegabas, empecé a asumir que no ibas a venir.
Me pareció detectar una pizca de decepción en su voz.
Genial.
«No pude ir porque me pasé el día disfrutando de orgasmos. Ya sabes, esas cosas que se te olvidan mencionar. Como que soy jugador profesional de hockey y que me estoy liando con mi entrenador. Detalles sin importancia».
Por suerte, aquel pensamiento se quedó dentro de mi cabeza.
—Digamos que me surgió un asunto que no podía aparcar. Pero entre nosotros está todo bien. Te prometo que la próxima vez tomaremos esa cerveza.
—Lo has prometido.
Me lanzó agua a la cara y ambos nos echamos a reír, aunque su sonrisa desapareció cuando dirigió la mirada hacia la playa.
—Parece que tu «asunto» sigue por aquí —comentó, señalando hacia la orilla—. No te entretengo más. Voy a surfear un rato.
Seguí la dirección de su dedo y sentí que el corazón me daba un vuelco.
Conor.
Oh, mierda.
Mi pulso comenzó a martillearme el pecho. Cuando volví la vista hacia Cory, ya se alejaba sobre su tabla. ¿Molesto? No lo tenía claro, aunque tampoco tenía tiempo para preocuparme por eso. Ahora mismo tenía un problema mucho más importante delante.
Nadé hacia la orilla observando cómo la figura de Conor se volvía cada vez más nítida y, a medida que la distancia se acortaba, también más imponente.
Cuando llegué a su altura, clavé la tabla en la arena detrás de mí y la sujeté con ambas manos a la espalda, utilizándola como una pequeña barrera entre el mar y yo.
—Me desperté y no estabas en la cama, así que supuse que, teniendo tu coche fuera, no habrías huido muy lejos. Y aquí estás —su tono no era de enfado; diría incluso que sonaba divertido.
—No hui. Simplemente quería aprovechar para surfear un poco. Te recuerdo que para eso vine, y ya he tenido bastantes distracciones.
—Vaya. ¿Así que ahora soy una distracción?
Dio un paso al frente hasta quedar más cerca de mí.
—¿De las buenas o de las malas?
—Una distracción sin más, Flanagan.
—Eso dolió, Price. Has herido mi orgullo. La próxima vez quizá tenga que esforzarme más.
«¿La próxima vez?», repetí mentalmente.
—Debo regresar a Seattle. Tengo que preparar el entrenamiento de mañana y revisar unos cuantos asuntos pendientes que aparqué por una «distracción» —repitió antes de inclinarse hacia mi oído—. Aunque, en mi caso, una demasiado buena.
Sentí que el calor me subía a las mejillas y estuve bastante seguro de que tampoco pude ocultar la sonrisa de idiota que apareció en mi cara.
—Antes de irme me gustaría tener esa conversación que no llegamos a tener. Al fin y al cabo, fue uno de los motivos por los que vine.
No sabía muy bien por qué, pero algo en mi interior no quería escuchar lo que me iba a decir.
—Venga, volvamos. He pedido que nos traigan el desayuno.
Miró primero a la izquierda, después a la derecha y, tras asegurarse de que nadie prestaba atención, volvió la cabeza hacia mí y acercó su rostro al mío. Entonces me besó.
Fue un beso breve. Suave. Un roce.
Y, aun así, dejé de respirar. Aquello era lo último que esperaba.
Estaba bastante seguro de que, si me hubieran pinchado en ese momento, no habría sangrado.
Cuando se apartó, me di cuenta de que seguía con la mandíbula desencajada. Conor me la cerró empujándola suavemente con el pulgar.
—¿Pero por qué? —tartamudeé.
—Porque tengo hambre y tú también deberías comer, sobre todo si vas a seguir haciendo deporte.
—No me refiero al desayuno. No te hagas el tonto. Me acabas de besar en medio de una playa.
—Sí. Tranquilo, principito. No entres en pánico. Nadie nos ha visto. La tabla ha impedido que tus colegas surfistas se percataran de nada.
—¿Por qué lo has hecho? —pregunté, exasperado.
Me daba igual si alguien lo había visto o no. Lo que me importaba era el maldito motivo.
Se acercó otra vez, quedando a escasos centímetros de mi boca. Menos mal que tenía la tabla para apoyarme.
—Porque en Hawái, cada vez que te veía los labios mojados después de salir del mar, había una única idea que no dejaba de repetirse en mi cabeza.
El pulso se me disparó en un segundo.
—¿Y cuál era?
Una sonrisa ladeada apareció en su rostro.
—Probar a qué sabían.
Como si aquello explicara absolutamente todo, se apartó y comenzó a caminar por la arena.
Me dejó allí plantado, agitado, confundido y con una sonrisa completamente ridícula en la cara.
Joder.
Creo que llevaba desde que apareció el día anterior con expresión de idiota.
Terminé caminando tras él sin intentar alcanzarlo.
Tampoco tenía demasiada prisa cuando las vistas eran aquellas.
Conor avanzaba por la arena como si no acabara de dejarme el corazón dando volteretas y, para colmo, yo no podía parar de fijarme en su espalda, en sus hombros y en ese trasero que parecía hecho solo para arruinarme el juicio.
Me duché procurando no darle demasiadas vueltas a lo que quería decirme.
Mientras terminaba de vestirme, escuché movimiento al otro lado de la cabaña y el sonido de la puerta al abrirse y cerrarse. Supuse que había llegado el desayuno. Me puse la camiseta a toda prisa y salí del baño con el pelo aún húmedo.
Todo estaba servido sobre la mesa. El olor a café y comida recién hecha llenaba la estancia, pero la sensación acogedora que había tenido aquella cabaña parecía haberse desvanecido.
Tomé asiento y cogí el vaso de zumo. Conor, sin embargo, no se sentó. Permaneció apoyado contra la encimera de la cocina con una taza de café entre las manos. Ni siquiera me miraba. Se limitaba a beber a pequeños sorbos mientras observaba algún punto indefinido de la sala.
Algo había cambiado.