Atrapados en la jugada (Corazones en juego 5) Capítulo 24 #2
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Capítulo 24 #2

Lo primero que se me vino a la cabeza fue su amigo surfista y la posibilidad de que él o cualquier otro idiota decidiera acercarse demasiado. Así que cogí el coche y conduje hasta allí.

Fue durante el trayecto cuando se me ocurrió aquel plan. Una idea de mierda, sí, pero la única que encontré para mantenerlo cerca y, al mismo tiempo, alejarlo de los demás.

La intención era hablar con él, plantearle el acuerdo y esperar que aceptara.

Lo que no entraba en mis planes era que todo se torciera en cuanto nos encontramos.

Porque, joder, con él nada salía nunca como se suponía que debía salir.

Todo acababa desviándose del camino y, en lugar de sentarnos a tener aquella conversación, terminábamos encerrados en esa cabaña durante todo el día, olvidándonos del resto del mundo y pasando más tiempo desnudos que vestidos.

—Mmm... —murmuró Kieran, cogiendo un recipiente de comida y oliéndolo—. Estoy realmente muerto de hambre. Es como si llevara días sin comer.

Aquel comentario me arrancó una sonrisa.

Me senté en el suelo y él hizo lo mismo a mi lado.

Le di un trago a la cerveza hasta que me di cuenta de que ya estaba comiendo.

Bueno, comiendo no. Engullendo. Al notar que lo observaba, se quedó con el tenedor a medio camino de la boca y el color le subió a las mejillas.

Mo chreach , no podía ser más adorable.

—Perdón, es que no me puedo controlar. Prueba esto, está increíble.

Acercó la comida a mi boca y entreabrí los labios. Joder, no sabía si era la comida o el hecho de que me la estuviera dando él, pero en ese momento todo sabía mejor. Asentí mientras masticaba. Él sonrió y fue a por más comida.

—Oye, Price. ¿Te puedo hacer una pregunta?

Asintió con la boca llena.

—¿De qué es esa cicatriz en la pierna?

Esta vez se le cayó el cubierto al suelo. Se puso nervioso.

—Me lastimé cuando era más joven, antes de mudarme a Chicago. Iba en bicicleta con la tabla de surf bajo el brazo cuando choqué con un skater . Perdí el control, salí despedido y el hierro del sillín se me clavó en la cara interna del muslo. Desde entonces me quedó esa marca.

—Espera, ¿se puede llevar una tabla de surf en una bicicleta?

Su expresión se relajó al instante y sonrió.

—Sí. Algunos la llevan sujetada a un lateral de la bici con un soporte. Otros simplemente la llevan bajo el brazo en trayectos cortos.

—Eso suena peligroso. No sé cómo sigues de una pieza, Price.

—Soy más duro de lo que crees, Flanagan —aseguró, llevándose más comida a la boca.

—Doy fe de ello. Muy duro. Siempre tan duro, principito —solté con segundas intenciones.

Su mordida se detuvo y fui yo quien, esta vez, siguió masticando con una sonrisa.

Su móvil sonó. Los dos desviamos la mirada hacia la mesita.

Lo desbloqueó sin moverlo del sitio y una notificación de redes sociales apareció en la pantalla.

En la foto salía el idiota del surfista.

Cogí mi cerveza mientras él leía con atención el mensaje.

Después apartó la comida y, en silencio, empezó a responder.

Cuando terminó, volvió a dejar el teléfono donde estaba y, al ver que no tenía intención de decir nada, fui yo quien rompió el silencio.

—¿Va todo bien? —pregunté antes de darle otro trago a la cerveza.

—Sí. Es Cory, el chico que estaba surfeando conmigo.

—El niñato que te marcó el cuello —añadí con evidente molestia—. Y que, además, por lo que se ve, es un poco pesado.

—No, para nada. Es un buen tío. Solo me estaba avisando de que han cambiado la fiesta de esta noche de sitio.

—Qué considerado por su parte.

—Lo es.

—Y guapo.

—Mucho.

—¿Te gusta?

—No está mal.

—Pues nada, no te quito más tiempo. Vete a esa fiesta.

—¿Quieres que vaya, Flanagan?

«No».

—Eso lo decides tú, no yo.

—¡Que te den! No sé a qué estás jugando, pero no tiene ninguna gracia —masculló con frustración—. Así que, si no vas a ser sincero, lárgate.

Intentó levantarse, pero tiré de él hasta que volvió a quedar sentado a mi lado. Le sostuve el rostro entre las manos y apoyé la frente contra la suya durante un instante.

—No.

—¿No qué? —repitió, aún molesto.

—No quiero que vayas a esa fiesta. Tampoco quiero que estés con él ni con cualquier otro idiota. Y no quiero irme.

Acaricié su mejilla con la mía y después rocé mi nariz contra la suya, deteniéndome a escasos centímetros de su boca.

—¿He sido lo suficientemente claro?

—Muy claro —murmuró mientras se acomodaba a horcajadas sobre mi regazo.

Sus labios rozaron los míos, provocándome, tentándome, hasta que su boca golpeó la mía en un beso salvaje y exigente.

Nuestras caricias se volvieron más intensas y nuestras lenguas se enredaron, haciendo que todo mi cuerpo reaccionara.

Gemí; él gimió. Le mordí el labio, lo lamí y después volví a besarlo para calmarlo.

Kieran, en un gesto desesperado, alcanzó mis vaqueros y terminó de abrirlos. Me apoyé en una mano, levantando un poco el trasero del suelo para ayudarlo a bajármelos y sacar mi polla. Cuando quedó libre y empezó a endurecerse, fue directo a sus pantalones y también se los bajó.

—Quiero que nos corramos juntos —susurró con la boca pegada a la mía mientras movía la mano entre nosotros.

—Eres consciente de que vamos a hacer un desastre aquí, ¿no? —gruñí antes de tirar de su pelo, morderle el cuello y llevar la otra mano a su trasero para acercarlo más a mí.

—No me importa, mientras sea contigo.

—Solo conmigo —se me escapó sin darme cuenta, preso de la excitación.

A Dhia .

Estaba jodido.

Pero bien jodido.