Atrapados en la jugada (Corazones en juego 5) Capítulo 23
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Capítulo 23

KIERAN

Me quedé flotando boca arriba unos segundos, permitiendo que el agua me meciera mientras observaba el cielo gris sobre The Corner.

Había estado a punto de no venir. De hecho, cuando me desperté aquella mañana, mi intención era quedarme en Seattle y aprovechar el día libre para cualquier otra cosa.

Lo que fuera. Porque regresar aquí significaba arriesgarme a encontrarme con Cory después de cómo había terminado la última vez que nos vimos.

Salir corriendo no había sido precisamente mi momento más digno.

Sin embargo, permanecer en Seattle implicaba algo peor.

Conor.

No era que estuviera huyendo de él. Bueno, sí. Lo hacía desde aquella noche en su casa, desde los besos, desde las caricias, desde que volvimos a cruzar una línea que ninguno de los dos debería haber cruzado.

Intenté convencerme de que solo necesitaba espacio para ordenar las cosas, de que todo había sucedido demasiado rápido y de que lo mejor era mantener las distancias, pero la verdad era mucho más simple.

Me había asustado. No de los besos, ni de los orgasmos, ni siquiera de la forma en que Conor era capaz de hacerme sentir con una sola mirada. Lo que me aterraba era algo mucho peor.

Mi propio corazón.

Porque hasta entonces nunca había sido capaz de ponerle nombre a lo que sentía. Todo había sido una mezcla extraña de admiración, deseo, necesidad y cariño. Un caos difícil de ordenar. Pero ahora lo veía claro.

Me gustaba. No, me encantaba. Pero ni siquiera eso alcanzaba a describir lo que me hacía sentir.

Lo cierto es que me volvía completamente loco.

Aquello habría sido maravilloso si hubiera ocurrido con cualquier otra persona, pero tenía que ser Conor Flanagan.

Mi entrenador. Uno de los dueños del equipo.

Uno de los mejores amigos de Nathan y Jordan.

Nate había estado a mi lado cuando ni siquiera yo creía en mí mismo, y Jordan me había acogido en su casa como si fuera de la familia.

Cada vez que pensaba en lo que estaba pasando entre Conor y yo sentía que los estaba engañando.

Aun así, eso no era lo peor.

Lo peor era saber que Conor jamás sentiría lo mismo.

Estaba el dolor. Estaba ese pasado que seguía ocupando demasiado espacio en su vida.

Y, aunque volviéramos a intimar, aunque siguiera besándome hasta dejarme sin aliento, existía la posibilidad de que, después del deseo, llegara el arrepentimiento.

Que, una vez pasado el orgasmo, me mirara como si aquello hubiera sido un error.

Como si yo fuera un error. Y, joder, eso dolía demasiado.

Tan distraído estaba dándole vueltas a todo aquello que reaccioné tarde cuando llegó la siguiente ola. Remé para cogerla, pero la cresta me levantó de golpe y acabé saliendo despedido hacia delante.

—¡Mierda!

El agua me tragó durante unos instantes. Cuando volví a salir a la superficie, tomé aire y me aparté el agua de la cara con la mano enguantada. Fue justo entonces cuando lo vi.

Cory estaba unos metros más allá, subido a su tabla.

Justo lo que había intentado evitar.

Me quedé tumbado sobre la mía observándolo mientras esperaba alguna reacción incómoda, alguna mirada rara o cualquier referencia a la última vez que nos vimos, pero nada.

Él simplemente estaba allí, esperando la siguiente serie.

Cuando una ola comenzó a formarse a lo lejos, levantó la barbilla y me hizo un gesto con la cabeza.

—Tuya.

Asentí y, para mi sorpresa, parte de la tensión que llevaba encima desapareció.

Remé con fuerza, me puse en pie y atrapé la ola. Descendí por la pared de agua, giré hacia la derecha y dejé que la velocidad hiciera el resto. Detrás de mí escuché un silbido.

Cory.

Retándome, como siempre.

No pude evitar sonreír. Había convertido aquello en una competición otra vez y, durante un buen rato, fue exactamente eso.

Como siempre, terminaba llevándose las mejores olas mientras yo intentaba seguirle el ritmo, buscando líneas más limpias, giros más agresivos y cualquier excusa para picarnos mutuamente.

Poco a poco, paré de darle vueltas a todo. Solo existían el mar y las olas.

Cuando por fin salimos del agua, ambos íbamos agotados. Apoyé la tabla sobre la arena mientras recuperaba el aliento y fue entonces cuando lo sorprendí observándome. Había llegado el momento de hablar.

—Oye, colega, la otra noche me dejé llevar por la emoción. Quizá interpreté mal las cosas y te incomodé. Lo siento, ¿vale? —me tendió el puño para que se lo chocara—. Pero no dejes de venir a surfear con nosotros. Por mi parte, podemos olvidarlo, si es lo que quieres.

Mi puño golpeó el suyo.

—Cory, yo es que... mierda, no sé cómo decir esto.

Me levantó la barbilla, tiró del borde del gorro de neopreno y me revolvió el pelo.

—Estás con alguien.

La afirmación me dejó completamente desconcertado.

—¿Eh? ¿De dónde has sacado eso?

—No es muy difícil de adivinar. Hay un tío ahí que me está mirando con cara de querer matarme y nunca lo había visto por aquí. Además, no tiene pinta de haber venido a surfear.

Seguí la dirección de su mirada a lo largo de la playa hasta que mis ojos se detuvieron en una figura alta y corpulenta.

Conor.

Parpadeé un par de veces, convencido de que mi cabeza me estaba jugando una mala pasada. Pero no. Era real. Demasiado real.

Volví a mirar a Cory, que seguía esperando una respuesta.

—No, no. Estás equivocado.

—Entonces no conoces a ese tío.

—Sí, lo conozco, pero no estamos juntos. Él es... es...

Me detuve antes de mencionar nada relacionado con el hockey.

—Un compañero de trabajo.

—Pues tu compañero de trabajo —enfatizó las últimas palabras— no parece muy contento. Te diría de pasarte esta noche por la fiesta para seguir hablando o tomarnos una cerveza, sin presiones ni expectativas de ningún tipo. Pero supongo que vas a estar ocupado.

—Oh, no. Seguramente solo ha venido a decirme algo del trabajo y luego se irá. Así que sí, nos vemos esta noche. Creo que necesito esa cerveza.

—Genial.

Me pasó un brazo por encima de los hombros y, juro por Dios, en ese momento vi cómo la mandíbula de Conor se tensaba. Y, por alguna razón, aquel gesto me gustó.

—Oye, Kier.

—¿Eh? —respondí sin poder apartar los ojos de Conor.

—En un par de semanas nos vamos a Nazaré. ¿Por qué no te vienes a la competición? Es una locura.

—Eso sería genial —respondí sin pensar—, pero no va a poder ser. Tengo trabajo. Quizá en otra ocasión. Aun así, estaré pendiente. Estoy convencido de que te irá muy bien.

—Voy a por todas, tío.

Chocó su mano con la mía y después tiró de mí para darme un abrazo de despedida.

—Nos vemos esta noche.

Cuando se apartó, sus ojos se cruzaron con los de Conor durante unos instantes.

En la mirada de Cory solo había curiosidad.

En la de Conor parecía haber algo mucho más intimidante.

Caminé hasta quedar frente a él. Sus ojos abandonaron a Cory y volvieron a clavarse en mí. Estaban hechos una furia, así que decidí tomar la delantera. Antes de que pudiera abrir la boca, hablé yo, sin molestarme siquiera en saludar.

—No sé qué estás haciendo aquí, pero si has venido para decirme que no debería estar surfeando en mi día libre y soltarme todo ese bla, bla, bla de entrenador responsable, más vale que te lo ahorres.

Lo estoy dando todo con el equipo y, por un día libre que me tomo después de meses, no creo que sea para montar un drama.

Lo miré esperando encontrar una expresión de enfado, pero, joder, juraría que había un atisbo de diversión en sus ojos.

—¿Has terminado con el monólogo, Price?

—Sí —respondí secamente.

—Bien, porque no estoy aquí para hablar de surf. He venido para proponerte un acuerdo.

Fruncí el ceño.

—¿Un acuerdo?

—Sí. Llévame a tu habitación.

—¿A mi habitación?

—Joder, ¿vas a repetir todas mis frases? —protestó, exasperado—. Supongo que te estarás alojando en algún sitio. ¿O duermes en la playa?

—No, claro que no duermo en la playa.

—Perfecto. Pues vamos.

Señaló con la cabeza para que echara a andar delante de él. Comencé a caminar en silencio y, demasiado cerca para mi tranquilidad, lo escuché decir:

—Relájate. Solo pretendo hablar contigo en un lugar privado. Aunque ahora me entra curiosidad... ¿en qué estabas pensando exactamente, principito?

Me detuve en seco y su pecho chocó contra mi espalda.

Mierda.

Tomé aire y me giré. Él no retrocedió ni un paso, así que nuestros rostros quedaron a escasos centímetros el uno del otro.

—Cierra la puñetera boca, Flanagan.

Una sonrisa apareció en la comisura de sus labios.

—Mmm... Puedes cerrármela tú. Seguro que se te ocurre alguna forma.

Sentí el calor subir de golpe hasta mis mejillas. ¿Acababa de decirme eso? Oh, Dios. Sí, acababa de hacerlo.

Entonces soltó una carcajada. Una carcajada de verdad.

—Eres jodidamente adorable, principito.

Me adelantó y siguió caminando como si nada. Lo alcancé y le di un empujón en el hombro. Él volvió a reír.

Me quedé observándolo durante un instante.

Estaba riendo.

Conor Flanagan acababa de reírse dos veces en menos de un minuto. Aquello me sorprendió más que cualquiera de las estupideces que acababan de salir de su boca.

El resto del trayecto lo hicimos en silencio. Habría dicho que era incómodo, pero la verdad es que lo prefería a que siguiera hablando.

Cuando llegamos a la cabaña, apoyé la tabla junto al porche y entramos. Conor echó un vistazo a la estancia antes de dirigirse directamente hacia la chimenea.

—No está nada mal —murmuró.

Se agachó para colocar unos troncos mientras yo me quedaba plantado en mitad del salón, observándolo.

Al cabo de unos segundos levantó la vista.

—¿Piensas ducharte o vamos a tener esta conversación embutido en ese neopreno todo el día?

Rodé los ojos.

La verdad era que me había olvidado por completo del traje desde que apareció en la playa.

Sin responder, me dirigí al baño.

La ducha fue rápida. No tardé demasiado en quitarme el agua salada y el frío de encima. Lo que sí me llevó más tiempo fue reunir el valor para salir. Estaba nervioso, y eso me irritaba mucho.

Terminé envolviéndome una toalla alrededor de la cintura y abrí la puerta dispuesto a ir hasta el dormitorio para vestirme.

El calor de la chimenea me llegó de inmediato.

Di un par de pasos y entonces vi que estaba apoyado en el respaldo del sofá, con los brazos descansando a ambos lados. Se había quitado la ropa de abrigo y ahora solo llevaba una camiseta blanca de manga corta y unos vaqueros que... oh, joder.

Tragué saliva intentando disimular.

Ya tenía bastante calor después de la ducha, pero aquello no ayudó precisamente. Mis ojos buscaron los suyos y descubrí que me estaba observando con la misma atención. Su mirada recorrió cada detalle sin ningún disimulo y, contra toda lógica, en lugar de avergonzarme, consiguió el efecto contrario.

Mierda.

El ambiente cambió de golpe.

Los dos lo percibimos.

Conor se apartó del sofá y comenzó a caminar hacia mí despacio, sin prisas, con esa seguridad que siempre parecía tener. Mi corazón empezó a golpearme las costillas mientras reducía la distancia entre nosotros.

Cuando llegó a mi altura se detuvo. Tan cerca que casi no quedaba espacio entre los dos.

—Estoy jodido contigo, principito.

—No me llames así —logré decir, aunque mi voz sonó menos firme de lo que me habría gustado.

Una sonrisa se dibujó en la comisura de sus labios.

—¿Y si lo hago? ¿Qué vas a hacer al respecto?

Fue aquel tono, grave y provocador, el que terminó de romper mi escasa resistencia.

Le sujeté la mandíbula entre las manos. Mi mirada cayó sobre su boca y no dudé en pegar mis labios a los suyos. Era salvaje. Doloroso. Era exactamente lo que necesitaba.

Él me correspondió y las caricias se volvieron rápidas, desesperadas y profundas.

Cuando ambos entreabrimos los labios y nuestras lenguas chocaron, todo empezó a girar de un modo vertiginoso.

Mis manos alcanzaron su camisa y tiré de ella hacia arriba, obligándonos a separarnos un instante para sacársela por la cabeza antes de volver a devorarnos en otro beso exigente.

Mientras desabrochaba sus vaqueros, sentí cómo me guiaba de espaldas hacia el dormitorio.

No podía pensar en lo que iba a pasar ni en lo que vendría después porque, fuera lo que fuese, ya no había marcha atrás.

No quería detenerlo. Lo quería a él. Así.

Conmigo. En aquella maldita cama. Había fantaseado con ese momento un millón de veces y ahora estaba ocurriendo.

Seguimos besándonos mientras avanzábamos hasta el borde de la cama.

Tiré de sus pantalones y de sus calzoncillos y, cuando cayeron al suelo, mi respiración se volvió irregular.

Mi propia erección latía con fuerza bajo la toalla.

Conor atrapó mi labio inferior entre los dientes mientras terminaba de librarse de las deportivas y de la ropa que aún le cubría las pantorrillas.

Deslicé una mano por su pelo. Mi boca descendió por su mandíbula, recorrió su garganta y se detuvo bajo su oreja para morder suavemente aquella zona mientras acariciaba su polla. Él soltó un gruñido bajo que me hizo estremecer.

Acto seguido, me empujó. Caí sobre el colchón. Desde allí lo vi erguido frente a mí, completamente desnudo.

Era imposible apartar la vista de él. Todo en Conor reclamaba mi atención.

Se inclinó despacio. Sus manos alcanzaron la toalla que rodeaba mi cintura y, al abrirla, una sonrisa ladeada apareció en su rostro.

Joder.

Era imponente.

No, era peligroso.