Capítulo 22 #3
Mi hermano tenía que haber llegado hacía tres días.
El programa intensivo de hockey universitario ya había terminado y, desde entonces, no había dejado de llamarlo ni de escribirle, pero no respondía.
Era cierto que a veces podía despistarse bastante con el teléfono, aunque siempre acababa contestando, aunque fuera horas después.
Me habría gustado contarle que ya había firmado con los Rift y que Seattle se convertiría en nuestro nuevo hogar.
Subí las escaleras con la pequeña maleta y la dejé a un lado del pasillo antes de dirigirme a la habitación de mi madre.
Dormía sobre uno de los sofás de su cuarto, con Charlotte sentada a su lado, leyendo un libro.
Se la veía tranquila, pero, en cuanto desapareciera el efecto de la medicación, regresarían los gritos y los llantos.
Durante aquellos últimos días había sufrido más episodios de lo habitual.
Cualquiera habría pensado que era porque sospechaba que nos íbamos a marchar, aunque, en el fondo, todos sabíamos que ella solo reaccionaba así por una persona.
Me acerqué despacio. Charlotte me saludó con un gesto amable y le di un beso en la mejilla.
Aquella mujer siempre había sido discreta, pero en sus silencios nos había demostrado más comprensión y apoyo a mi hermano y a mí que la mayor parte de nuestra familia.
Y, sobre todo, estaba la paciencia infinita con la que cuidaba de mi madre.
Di un paso más y, procurando no despertarla, también besé su frente.
—Ya está hecho —le dije a Charlotte.
Se puso en pie, me sonrió y me abrazó.
—Bien, muchacho. No sé qué te deparará el futuro, pero, sea lo que sea, esta vez serás tú quien decida sobre él.
Asentí sin decir nada.
—Solo sé feliz —murmuró antes de estrecharme una vez más entre sus brazos.
Era agradable escuchar algo así. Sentir un apoyo sincero, aunque no viniera de mi madre, sino de la mujer que llevaba años cuidándola.
Salí de la habitación y, cuando iba camino de la mía, escuché varios golpes secos contra la pared procedentes del cuarto de mi hermano. Extrañado, llamé un par de veces, pero no respondió.
Abrí la puerta unos centímetros.
Estaba tumbado sobre la cama con unos auriculares puestos, lanzando una pequeña pelota contra una canasta de juguete colgada en la pared. Entré del todo y el olor a hierba inundó mis fosas nasales. Había fumado hacía poco. La ventana seguía abierta y todavía quedaban restos sobre el escritorio.
Me acerqué a la cama y le aparté uno de los auriculares para que me prestara atención. Ni siquiera se sobresaltó.
Eso me indicó que llevaba un buen rato siendo consciente de que estaba allí.
—Por fin apareces. Me tenías preocupado.
—Estoy bien, ¿no me ves?
La respuesta fue tan cortante y fría que me dejó descolocado.
¿Qué mierda le pasaba?
—¿Dónde has estado? Se suponía que llegabas antes de que me fuera a Seattle.
—Por ahí.
«¿Por ahí?».
Repetí aquellas palabras mentalmente, incrédulo.
Tomé aire para mantener la calma.
—¿Por qué no has respondido a ninguna de mis llamadas ni a mis mensajes?
—Se me pasó.
A la mierda.
Lo agarré de la camiseta y tiré de él hasta ponerlo de pie frente a mí. Sus ojos eran la prueba evidente de que iba bastante fumado, pero jamás se había comportado así conmigo.
Nunca.
—Dray, ¿puedes dejar de hacer el imbécil? Esto es serio, joder. Acabo de firmar con los Rift. Seattle será nuestro nuevo hogar. ¿No te das cuenta? Estamos a un paso de salir de aquí.
—Felicidades —murmuró antes de volver a sentarse en la cama.
Le alcé la barbilla para obligarlo a mirarme.
—¿Qué está pasando? Parece que te da igual nuestro futuro.
—No es mi futuro. Es el tuyo. Yo no me voy a ir a ninguna parte, Kieran. Mi vida está aquí.
Lo miré fijamente, incapaz de procesar lo que acababa de escuchar.
—Espera. Dray, tú y yo teníamos un plan.
—Lo he pensado bien y no es lo que quiero.
—¡¿Qué estupidez estás diciendo?!
—Ninguna. Solo te estoy informando de que yo me quedo.
—Esto tiene que ser una puta broma. ¿Cuándo has tomado esta decisión?
Entonces desvió la mirada.
Eso fue suficiente.
—No me jodas —espeté, incrédulo—. Ya habías decidido esto antes de que me fuera. Te callaste para que no me echara atrás y, una vez firmado el contrato, ya no tendría opción.
Me pasé las manos por el pelo, intentando asimilar que mi hermano me había mentido.
—¿Por qué?
—Porque no pienso abandonar a mamá. Vete, Kieran. Haz tu vida.
—Te dije que iba a sacarla de aquí. ¿Por qué coño no confías en mí?
—Porque ambos sabemos que eso nunca iba a suceder. Esta es mi decisión. Respétala.
—Que te den. —Noté cómo las lágrimas empezaban a acumularse en mis ojos—. Estás condenando tu vida. Papá te va a destruir.
—Ese es un problema mío. Soy adulto y no necesito que nadie me proteja. —Se quitó el otro auricular y lo dejó a un lado antes de mirarme directamente—. Es aquí donde nuestros caminos se separan, hermanito.
Sentí aquellas palabras atravesarme el pecho.
—Adiós, Kier.
Lo miré incapaz de reconocerlo.
Frío.
Distante.
Como si fuera otra persona completamente distinta a mi hermano.
Di un paso atrás sin apartar la vista de él y terminé saliendo de la habitación. La puerta se cerró despacio entre los dos y, con ella, sentí que también se cerraba algo entre nosotros.