Atrapados en la jugada (Corazones en juego 5) Capítulo 22 #2
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Capítulo 22 #2

—Te conozco demasiado, papá. Detrás de todo esto hay algún acuerdo importante. Así que te recomiendo que te tomes con el mismo humor que yo lo que te voy a decir. —Señalé mi propia oreja, obligándolo a prestar atención a cada palabra que iba a salir de mi boca—. Yo. No. Voy. A. Volver. Con. Avery.

Y, para mi sorpresa, él también se rio mientras rodeaba la mesa.

—Kieran, esto no es una petición, es una orden. No tienes elección, así que ve haciéndote a la idea de que tu destino ya está decidido. —Me dio una palmada en la espalda.

—Pues fíjate qué curioso, porque siempre hay elección. Y hasta hace poco no fui consciente de ello. Yo decido no casarme. Decido marcharme de esta casa y abandonar el equipo. ¿Qué te parece?

Su puño me obligó a ladear la cara. No mostré ni un gesto de dolor mientras él flexionaba los nudillos con rabia.

Maldito cabrón.

—Eres un estúpido si crees que podrás llevar a cabo alguno de esos planes. —Sacó el teléfono, buscó algo y me enseñó la pantalla.

El estómago me dio un vuelco.

Las imágenes de Las Vegas.

Apreté la mandíbula.

—¿Cómo coño tienes eso? Se suponía que habían pagado para destruirlo todo.

—Y así fue. El canal eliminó cualquier prueba, pero esas fueron las imágenes que le enviaron a tu tío cuando lo avisaron del material que tenían. En un arrebato de ira se las mandó a tu madre y yo decidí guardarlas.

Lo miré con auténtico asco.

—Eres repugnante. No entiendo para qué las quieres.

—Estuve a punto de borrarlas, pero pensé que quizá podrían servirme algún día. Y mira por dónde... acerté.

—No sé qué pretendes conseguir con eso, pero no te va a funcionar.

—Hijo, está en mis manos que puedas seguir llevando una buena vida o destruirte por completo.

Si esas imágenes salen a la luz, no habrá equipo que quiera contratarte.

¡Menuda vergüenza! Un jugador mediocre pillado en mitad de un escándalo sexual durante un evento relacionado con el hockey.

Eso supondría el final de tu carrera y también del respaldo que te brinda el apellido Price.

Mi padre nunca amenazaba en vano. Cuando quería algo, no había nadie capaz de detenerlo.

Pero no podía aceptar sus órdenes. No. Aquello no era una vida. Era una cárcel.

Prefería cualquier cosa antes que terminar roto y vacío como mi madre.

—Haz lo que te dé la gana. No me importa. Pero esta vez no vas a manipularme. Me voy a ir de aquí, papá, y tú no me lo vas a impedir.

No sé si fue la calma con la que lo dije, la firmeza de mis palabras o el hecho de que acabara de darse cuenta de que había perdido el control sobre mí, pero algo cambió en su expresión y, al instante siguiente, perdió completamente los papeles.

Empezó a insultarme, a gritar que era un desagradecido, un inútil, una vergüenza para la familia. No tuve tiempo de reaccionar antes de que volviera a golpearme.

Un puñetazo.

Y otro más.

Me empujó contra la mesa del despacho y varias carpetas cayeron al suelo antes de agarrarme otra vez de la camiseta y lanzarme contra la estantería.

—¡Te voy a destrozar! ¿Me oyes? —rugió, completamente fuera de sí—. ¡No eres nadie sin mí! ¡Nadie!

Sin embargo, yo no me defendí. Solo me reí. Una risa rota, cansada, casi histérica, que no hizo más que enfurecerlo.

—Mírate... —Me limpié la sangre con la camiseta mientras volvía a incorporarme—. Un cobarde. Eso es lo que eres de verdad.

Su puño volvió a alcanzarme.

Y otra vez.

Escuché gritos en el pasillo y, segundos después, mi madre apareció junto a Charlotte.

—¡Basta! ¡Dios mío, basta ya! —gritó corriendo hacia nosotros.

Charlotte intentó sujetarlo, pero mi padre estaba ciego de ira. Solo se detuvo cuando mi madre se interpuso entre los dos y, aun así, le dio un empujón que la hizo perder el equilibrio y caer al suelo a mi lado.

Mi padre nos observó unos instantes más, respirando con fuerza, antes de recolocarse la camisa con brusquedad.

—Esto no ha terminado, Kieran.

A continuación, se marchó dando un portazo que hizo temblar las paredes del despacho.

Mi respiración era pesada. Sentía el sabor metálico de la sangre en la boca y el dolor extendiéndose por toda la cara, pero no podía apartar los ojos de mi madre.

Charlotte se apresuró a ayudarla.

—Señora Price...

Mi madre negó con rapidez y se acercó hasta mí de rodillas.

—Trae el botiquín, Charlotte. Ahora mismo.

Intenté incorporarme, pero ella me sujetó y colocó mi cabeza sobre su regazo, como hacía cuando era pequeño y enfermaba.

Sus manos temblaban.

Entonces la vi romperse.

Las lágrimas empezaron a deslizarse por sus mejillas mientras me apartaba el pelo de la frente con una delicadeza que me destrozó mucho más que todos los golpes de mi padre.

Porque, en ese momento, era ella de verdad.

Estaba lúcida. Consciente. No perdida dentro de ese mundo que había construido en su cabeza.

—Hijo, ¿por qué se ha puesto así? —comenzó a limpiarme la sangre.

—Podría darte una lista muy larga, pero te haré un resumen. —Me incorporé hasta quedar sentado a su lado—. Para él soy un maricón que se niega a seguir siendo otro objeto más en sus puñeteras manos.

—No digas eso. —Se llevó una mano a la boca antes de continuar curándome—. Hijo, él no es así. Quizá le esté costando aceptar tu orientación sexual porque imaginaba otra vida para ti, pero con el tiempo terminará apoyándote. Es un buen hombre.

—¡Basta, mamá! Es un puto monstruo, solo que tú te niegas a verlo.

Pero el resto de los que vivimos con él sí conocemos su verdadera cara.

Ese hombre nunca nos quiso, ni a ti ni a ninguno de nosotros.

Solo nos ha utilizado y tú se lo has permitido.

¿Sabes qué? Estoy harto. Ya no puedo más con esto.

No quiero convertirme en alguien como tú, atrapado en un matrimonio sin amor mientras él controla cada detalle de mi vida.

—Hijo, ¿qué estás pensando hacer? —preguntó con la voz temblorosa y los ojos llenos de lágrimas.

—Largarme lejos de aquí con mi hermano. Ser libres.

—No... —sollozó.

—Sí, mamá. Dray y yo te pedimos en numerosas ocasiones que te separaras, pero nunca lo hiciste. Siempre lo elegiste a él por encima de ti y de nosotros. Este es el resultado de esa elección. Tú decidiste hundirte con él, pero lo siento, ni mi hermano ni yo vamos a hacerlo contigo.

—Kier... —Me sujetó de la muñeca y, para mi sorpresa, se inclinó para abrazarme. Besó mi rostro y luego me acarició el pelo—. Lo siento, hijo. Siento haberos hecho tanto daño.

Me sostuvo la cara entre las manos y me miró de una forma que hacía muchísimo tiempo que no veía en ella.

Estaba ahí.

De verdad.

—Vuela —susurró entre lágrimas—. Busca tu camino. Tu hermano y tú merecéis ser felices.

La dulzura de su expresión se apagó de golpe.

Sus ojos volvieron a endurecerse.

Me soltó y, acto seguido, me cruzó la cara de una bofetada. Charlotte, que seguía allí, corrió enseguida hacia ella.

No.

Ya no era mi madre.

Había vuelto a perderse dentro de su propia cabeza.

—Kieran, tienes que pedirle perdón a tu padre. No puedes alterar la paz de esta casa ni ser tan desagradecido con tu familia.

Me puse en pie, incapaz de seguir escuchando aquellas palabras, incapaz de soportar que, incluso después de todo, mi padre siguiera siendo la víctima en aquella casa.

Subí a mi habitación y cerré la puerta de un golpe. Me senté en la cama y agarré el teléfono.

Nathan, si la oferta sigue en pie, me gustaría formar parte de los Rift la próxima temporada.

Lo envié sin pensarlo demasiado y después abrí el chat de mi hermano.

Dray, todo se fue a la mierda. No puedo seguir ni un minuto más aquí. Llegó la hora de irnos. En cuanto regreses nos largamos de esta puñetera casa.

Te quiero, hermanito. No sé qué haría sin ti.

Tiré el móvil sobre la cama y me caí de espaldas mientras las lágrimas se deslizaban por mis ojos. Mi mano fue hasta mi muslo, hasta aquella herida que seguía escondiendo, y la apreté con fuerza mientras una idea horrible se abría paso en mi cabeza.

No podía seguir haciendo aquello.

Pero joder…

Solo una última vez.

***