Capítulo 22
KIERAN
Un año antes…
Me empujó contra la pared del oscuro pasillo y sentí cómo se arrodillaba frente a mí.
Abrió mis pantalones con soltura y, en un movimiento rápido, rodeó mi miembro con la mano.
Me lanzó una mirada lasciva —o eso me pareció bajo los efectos del alcohol— antes de apoyar una mano sobre mi pecho y usar la otra para masajearme lentamente antes de metérselo en la boca.
Cerré los ojos.
Cuando volví a abrirlos, vi a aquel desconocido haciéndome una mamada con una facilidad que me hizo pensar que debía de tener experiencia. Se notaba en sus movimientos, en la forma en que manejaba la situación, en cómo parecía saber exactamente lo que hacía.
Pero a mí me estaba costando disfrutarlo.
Puede que el alcohol me hubiera empujado a llegar hasta ese punto, pero no estaba lo bastante ebrio como para no inquietarme por el hecho de que estábamos en un lugar público y de que, en cualquier momento, las voces que se escuchaban a lo lejos podían alcanzarnos y descubrirnos así.
Tampoco ayudaba que mi cabeza regresara una y otra vez a lo que había sentido bajo la ducha con Conor.
Ese deseo. Ese fuego que me quemaba la piel y hacía que olvidara todos mis miedos.
Aquí no estaba. Nada era igual.
Ni su forma de tocarme. Ni de mirarme. Y mucho menos los besos, porque en ese momento ni siquiera los había.
Todo era rápido. Frío. Solo sexo..., supongo.
No sabía si estaba preparado para algo así. Para esconderme en cualquier esquina con tipos que ni conocía.
No.
Definitivamente no.
—Para, para —lo aparté—. No puedo hacer esto. Nos va a ver alguien.
Saqué mi polla semierecta de su boca y la guardé dentro del pantalón con manos torpes.
—Está bien, guapo. Vamos a tu hotel —presionó su cuerpo contra el mío y me apretó el trasero—. Me muero por follarte.
«Fo-llar-te».
Repetí la palabra mentalmente, aterrorizado por la idea.
Lo aparté de un empujón, trastabillando con el movimiento.
—Esto ha sido un error —solté, revolviéndome el pelo antes de echar a correr.
El pasillo era infinito. No terminaba nunca y, cada vez que creía haber llegado al final, la figura de aquel hombre volvía a aparecer frente a mí, girándose despacio para mirarme de esa manera.
Había otra puerta, otro corredor, así que echaba a correr otra vez, pero, al llegar al final, seguía allí esperándome.
Entonces dejaba de ser él. Era mi padre.
Retrocedía de inmediato, alejándome mientras él avanzaba hacia mí con aquella expresión de decepción que conocía demasiado bien.
Abrí otra puerta a mi espalda y una luz cegadora apareció de golpe.
Cuando conseguí acostumbrar un poco la vista, vi los flashes, los micrófonos, la prensa rodeándome.
Quise salir de allí, pero cada vez había más gente y el círculo se cerraba a mi alrededor mientras las voces se mezclaban unas con otras hasta convertirse en un ruido insoportable.
No.
No.
Gritaba, aunque nada se detenía.
Me desperté sobresaltado, intentando recuperar el aire. Estaba empapado en sudor. Alcancé el vaso de agua de la mesilla y me bebí lo poco que quedaba antes de sentarme en la cama.
Desde el día en que descubrí que se habían filtrado imágenes mías de aquella noche en Las Vegas, la misma pesadilla me perseguía una y otra vez.
Nos enteramos gracias a mi tío de que un canal tenía el material.
Alguien había utilizado las cámaras de seguridad para fotografiar y grabar fragmentos del momento en que me encontraba en aquella situación tan vulnerable.
La influencia de los Price y una cantidad obscena de dinero bastaron para que todo quedara enterrado, pero aquello abrió otra grieta dentro de mi familia.
Mi tío se enfrentó a mis padres y les advirtió que controlaran el comportamiento de sus hijos porque no iba a seguir cubriendo escándalos cada vez que no estuviéramos a la altura del apellido que llevábamos.
Después se giró hacia mi madre y le dijo que era una vergüenza para la familia haberse quedado embarazada del jardinero, un inmigrante latinoamericano sin dinero, sin apellido y sin nada que ofrecer a una familia como los Price.
Todavía recordaba la cara de mi padre al escucharlo. Llevaba toda la vida intentando que lo vieran como alguien digno de pertenecer a esa familia, pero nunca lo consiguió.
Después de abofetearme y decirme lo decepcionado que estaba conmigo, lo mucho que le asqueaba lo que había visto en aquellas imágenes, se marchó de casa. Llevaba días sin volver.
Mi madre me abrazó al principio, pero, cuando se dio cuenta de que él no pensaba regresar, dejó de verme como a su hijo y empezó a señalarme como el culpable de que la familia se estuviera «rompiendo».
El único que permaneció a mi lado fue mi hermano, aunque ni siquiera estaba en casa cuando todo explotó.
Pasaba el verano metido en un programa intensivo de desarrollo para jugadores universitarios y, aun así, me llamaba cada noche.
Me escuchó cuando intenté explicarle mis miedos, lo perdido que me sentía, lo poco que entendía todo lo que estaba pasando dentro de mí y el terror constante a descubrirme de una forma que no pudiera controlar.
«Kier, me da igual con quién te acuestes o de quién te enamores. Para mí siempre vas a ser mi hermano, la persona que más quiero en este mundo, y eso no va a cambiar nunca».
Quiso volver en cuanto se enteró de todo, pero fui yo quien le pidió que no lo hiciera. Teníamos que ser más listos que él, no levantar sospechas y planear bien cómo salir de aquella casa sin que mi padre pudiera impedirlo.
En unas semanas iba a convertirme en agente libre y, además, ya había tomado una decisión que mi padre jamás me perdonaría: dejaría de gestionar mi carrera.
Hacía unos días había firmado con un nuevo representante recomendado por Nathan, alguien ajeno a los Price y a toda la influencia de mi familia.
Sabía perfectamente que no terminaría en un equipo importante de la NHL.
Lo más probable era acabar en alguna franquicia menor; jamás había sido un defensa imprescindible y, siendo sincero, si había llegado hasta allí era más por el apellido Price que por mi talento sobre el hielo.
Nunca fui el jugador al que recurrían en los momentos decisivos.
La mejor oferta que tenía era la del Seattle Rift.
Nathan, que había jugado conmigo tiempo atrás y ahora presidía el club, me había ofrecido un puesto.
Le estaba agradecido —había sido un apoyo enorme dentro y fuera del hielo—, pero todavía no había aceptado.
Sentía que solo intentaba ayudarme y quería conseguir algo por mí mismo; sentir que estaba allí porque lo merecía y no por pura lástima.
Cuando se lo dije, se negó a escucharme. Aseguró que veía en mí un potencial que ni yo mismo era capaz de ver. Yo, en cambio, lo dudaba.
Me incorporé, cogí el vaso y bajé a la planta inferior. Desde el salón vi la luz del despacho de mi padre encendida. Durante un segundo pensé en dar media vuelta, pero ya era tarde. Ya me había visto.
—Kieran.
Deposité el vaso sobre la mesita y me dirigí hacia allí.
Mi padre estaba bebiendo, despeinado, con la corbata medio deshecha y los puños de la camisa remangados.
Aquello nunca era buena señal.
—Llevo días pensando en qué he fallado para que mi hijo se convirtiera en un maricón. —Le dio un trago a su bebida—. Y, por más vueltas que le doy, siempre llego a la misma conclusión: todo mi esfuerzo por hacerte alguien no sirvió de nada. Eres igual que tu madre. Mediocre, débil y un fracasado.
Quizá en otro momento aquellas palabras me habrían destrozado, pero llegó un punto en el que me acostumbré a ellas y dejaron de doler. Las había integrado. La mayoría ni siquiera eran nuevas para mí.
Excepto «maricón».
—No pienses que voy a rendirme contigo, Kieran —continuó señalándome con el dedo—. Puede que no llegues a ser nadie, pero tampoco serás un desviado. Eso jamás.
—Que te jodan. —Golpeé la mesa con las manos, inclinándome hacia él—. Deja de ofenderme.
—¿Ofenderte? —Se rio sin humor—. Eso sí que es irónico, porque aquí el único que nos ha fallado a todos fuiste tú cuando permitiste que te chuparan la polla en un lugar público, pedazo de idiota. Ni para eso tienes luces.
—¡Basta! ¡Basta! —Volví a golpear la mesa varias veces, frustrado—. Me equivoqué, lo reconozco. No pensé y la cagué, pero para de machacarme, porque no va a volver a suceder.
—Eso dalo por sentado. No voy a permitir que un escándalo provocado por un desliz tuyo lo destroce todo. He peleado demasiado por llegar a donde estoy como para que tú, mocoso, vengas a destruir mi carrera y la tuya en el hockey.
—¿De qué coño estás hablando?
—De que, a partir de este momento, vas a ser más hetero que yo y nadie volverá a poner en duda tu hombría.
Solté una risa incrédula.
—¿Tú te escuchas cuando hablas? ¿Para ti ser un hombre qué es? ¿Casarte con una mujer por su dinero, volverla loca, utilizar a tus hijos y acostarte con chicas que podrían ser tus hijas?
La bofetada me giró la cara de golpe. Después me agarró del cuello de la camiseta y me obligó a acercarme a él. Un sabor metálico invadió mi boca y fui consciente de que me había partido el labio.
—No estás en posición de cuestionarme nada, hijo.
Así que cierra la puta boca y escúchame bien.
Mañana mismo vas a llamar a Avery. Vas a retomar la relación con ella, te vas a comprometer y dentro de unos meses te casarás.
Esa boda saldrá en todos los medios. Su padre estará encantado con la noticia y no solo seguirás jugando en Chicago cuando seas agente libre, sino que además arreglaremos toda esta mierda.
Y, de paso, nos aseguraremos de que vuelvas a disfrutar del sexo con una mujer, como siempre debió ser.
Aparté su mano de un tirón y me eché a reír. Una carcajada seca, desquiciada, impropia incluso de mí.
—Me alegra ver que te tomas tu futuro con tanta alegría, Kieran.