Capítulo 21
CONOR
Me quedé mirándolo como un completo idiota.
—¿Price? —balbuceé, como si aún no terminara de creer que fuera él quien estaba frente a mi puerta.
—Eh… yo… —Se rascó la nuca y vi cómo enredaba un dedo en el collar, visiblemente nervioso—. Estaba preocupado por ti.
Apreté los labios para esconder la sonrisa que amenazaba con asomar.
—Te estuve observando. No en plan acosador —aclaró de inmediato, revolviéndose el pelo con torpeza—. O sea… sí, pero no. Joder, no sé explicarme. Solo… te vi mal. Y… mierda, soy un desastre. Como ya me he asegurado de que estás bien, mejor me voy.
Soltó el aire de golpe y se giró dispuesto a marcharse.
—¡Price!
Lo llamé antes de que pudiera avanzar más de dos pasos. Abrí un poco más la puerta y le hice un gesto con la cabeza para que pasara.
Sus ojos se abrieron por la sorpresa.
Metió las manos en los bolsillos del pantalón y el gesto hizo que este descendiera un poco más sobre las caderas, dejando ver la goma de los calzoncillos. Entró despacio y cerró la puerta tras de sí. Después apoyó la espalda en ella, tomando aire profundamente.
Y yo cometí el error de acercarme.
Un paso.
Luego otro.
Hasta quedar tan cerca que podía sentir su respiración mezclándose con la mía.
—Así que abandonaste el cumpleaños y viniste hasta aquí para comprobar que no estaba haciendo ninguna estupidez, ¿hm?
—No, simplemente…
—¿Simplemente qué, Price?
Tragó saliva.
—Sentí la necesidad de estar contigo. No me gusta verte mal.
Cerré los ojos un instante.
Estaba jodido.
Porque ¿cómo se suponía que iba a luchar contra él? Cada muro que intentaba levantar, cada distancia, cada maldita razón por la que aquello estaba mal..., Kieran las derribaba sin siquiera darse cuenta.
Cuando volví a abrir los ojos, seguía mirándome.
Tenía el pelo húmedo por la lluvia; algunas gotas todavía le resbalaban por la piel. Sus ojos parecían más claros de cerca, de un azul casi cristalino, y sus labios permanecían entreabiertos mientras el pecho subía y bajaba con fuerza.
Le aparté un mechón de pelo de la frente casi sin pensar.
Después llevé la mano a su mandíbula.
Noté cómo contenía la respiración.
Deslicé los dedos hasta su nuca y lo sujeté allí, suave pero firme, mientras la otra mano iba directa a la puerta, dejándolo atrapado entre esta y mi cuerpo.
Apoyé la frente contra la suya. Rozamos nuestras narices. Nuestros labios estaban a punto de tocarse.
—Es imposible resistirme, Price —murmuré contra su boca.
Una de sus manos terminó enredándose en mi pelo, mientras la otra se aferraba a mi cintura antes de deslizarse hasta la parte baja de mi espalda.
Y, si ya estaba perdido, terminó de hundirme cuando susurró:
—No te resistas..., por favor.
A la mierda.
Me lancé contra sus labios, atrapando el inferior entre los dientes. El sabor de su boca me golpeó las pelotas y mi polla se retorció. ¿Cómo coño podía excitarme tanto solo por besarlo?
Un pequeño gemido escapó de su garganta y su mano se perdió en mi pelo, tirando un poco para hacerme echar la cabeza hacia atrás. Aprovechó el movimiento para bajar a mi cuello. Joder...
Mo chreach .
Sus besos seguían teniendo algo torpe, inseguro, como si todavía estuviera descubriendo qué hacer conmigo.
Y eso me estaba matando. Porque, aun así, me besaba con hambre.
Con ganas reales. Dejando pequeños mordiscos, roces húmedos de su lengua y besos lentos que me estaban haciendo perder la cabeza.
Cuando me rozó justo debajo de la mandíbula, un gruñido bajo se me escapó.
Volvió a mi boca y pasó la lengua por mis labios cerrados. Después se apartó. Y volvió a hacerlo. El mierdecilla me estaba provocando.
Lo empujé contra la puerta y su espalda chocó contra la madera. Mi cuerpo quedó pegado al suyo al instante. Le sujeté la mandíbula, obligándolo a alzar un poco la cabeza, y lo besé otra vez. De verdad. Profundo. Hambriento.
Kieran respondió al instante, besándome con la misma necesidad. Y eso era lo que más me fascinaba de él. La forma en que se entregaba cada vez que lo tocaba. Sin fingir. Sin intentar hacerse el duro.
Sus dedos rascaron mi barba antes de volver a mi pelo, aferrándose con más fuerza esta vez. La otra mano recorría mi espalda despacio, alternando caricias suaves con pequeños apretones que parecían pedirme que no me apartara.
Como si pudiera hacerlo.
Los sonidos que escapaban de él empezaban a volverme completamente loco. Gemidos pequeños, contenidos, como si le diera vergüenza dejarlos salir. En cambio, de mi garganta solo salían respiraciones rotas y gruñidos roncos mientras sentía el calor de su piel incluso a través de la ropa húmeda.
Necesitaba tocarlo. De verdad.
Mis manos fueron al borde de su jersey casi por impulso y tiré de él hacia arriba. La camiseta se levantó también y, durante un segundo, Kieran separó la boca de la mía para ayudarme a quitársela.
La ropa cayó al suelo. Y me quedé mirándolo.
Su pecho subía y bajaba rápido por la respiración agitada. Todavía tenía gotas de lluvia deslizándose por el pelo y el frío le había erizado ligeramente el cuerpo... o quizá era yo. No lo sabía.
Pero estaba nervioso. Mucho.
Lo veía en cómo retenía el aire cuando lo miraba. En cómo sus dedos se tensaban contra mi piel.
Aun así, no retrocedía. Ni un solo paso.
Como si estuviera asustado y decidido al mismo tiempo.
A Dhia .
Le acaricié el costado despacio, dándole tiempo para meditarlo. Notando cómo se estremecía bajo mis dedos. Cómo me miraba, pendiente de cada reacción mía, como si todavía estuviera aprendiendo todo aquello sobre la marcha. Sobre nosotros.
Volvió a besarme antes de que pudiera pensar demasiado y pegó el pecho desnudo al mío. Sentí el golpe acelerado de su corazón y mi autocontrol terminó de romperse.
Lo deseaba de una forma que me daba miedo admitir.
Quería memorizar cada reacción suya. Cada sonido. Cada pequeño temblor de su cuerpo cuando lo tocaba. Pero, sobre todo, quería hacerlo bien. Porque entendía lo que aquello significaba para él.
La inseguridad escondida detrás de cada beso. La manera en que se aferraba a mí. Todo era nuevo para él.
Bajé a su cuello más despacio esta vez, besándolo sin prisas. Mi barba rozaba su piel y los pequeños ruidos que se le escapaban hicieron que mi polla se tensara más.
Mordí suavemente su clavícula y después pasé la lengua sobre sus pezones.
Kieran jadeó.
Sus dedos se cerraron con más fuerza en mi pelo.
Seguí bajando poco a poco, recorriendo con las manos la línea de sus costillas y su abdomen mientras notaba cómo se contraía y temblaba bajo mis dedos. Mi boca siguió el mismo camino hasta detenerse en la cinturilla de sus pantalones.
Ahí me quedé quieto. De rodillas frente a él, alcé la vista lentamente. Necesitaba verlo. Comprobar si seguía deseando aquello.
—¿Quieres que pare? —pregunté mientras desabrochaba el botón de su pantalón vaquero.
Él negó con la cabeza.
—Dímelo con palabras, Price —ordené, deslizando la cremallera y pasando los labios por encima de la tela que cubría su erección.
—Sigue —balbuceó cuando sintió que le bajaba un poco los calzoncillos, liberando su miembro erecto.
Sus manos se enredaron en mi pelo, alentándome a continuar.
Pasé la lengua por toda la longitud y me detuve en la punta, jugando con ella antes de meterla en la boca y hacer un suave movimiento de vacío.
Escuché cómo su cabeza golpeaba contra la puerta mientras sus dedos tiraban de los mechones de mi pelo.
No tenía ni idea de la vista tan jodidamente sexy que me ofrecía.
—Price, has dicho que nunca llegaste a concluir nada con ningún hombre —musité sin dejar de jugar con su miembro entre mis manos y mi boca.
Volvió a gemir sin contestarme.
—¡Habla!
—No, joder, no.
—Eso significa que, si hago que te corras en mi boca, sería el primero.
—Uf..., ¿puedes callarte y continuar?
Esbocé una sonrisa. Me gustaba verlo al límite. Fuera de control.
Retiré la cabeza hacia atrás, rompiendo todo contacto. Su frustración fue más que evidente.
—Estoy esperando una respuesta, Price.
—Sí, Flanagan, serías el primero. ¿Contento?
—Mucho —murmuré antes de volver a llevármelo a la boca, cogiéndolo desprevenido y sintiendo cómo sus manos iban directas a la puerta, golpeándola con fuerza.
Los labios de Kieran estaban entreabiertos, hinchados por mis besos y enrojecidos por mi barba y la fuerza con la que nos habíamos besado.
Con una mano sostuve su erección, manteniéndola firme mientras mi boca se deslizaba sobre ella, succionando al llegar a la punta. Su rostro se contorsionó de placer y sus manos intentaban aferrarse a la madera una y otra vez.
—Oh, mierda... Mierda —gimió más fuerte—. Oh, Dios... no pares.
La súplica llegó acompañada de una mirada nublada y sentí cómo se endurecía todavía más sobre mi lengua.
Las caderas de Kieran se inclinaron hacia delante, persiguiendo cada uno de mis movimientos. Sus ojos luchaban por mantenerse abiertos cuando lo tomé más profundamente y me aferré a sus muslos para mantenerlo pegado a mí.
Temblores recorrieron sus piernas mientras lo chupaba, lo lamía y lo hacía perderse poco a poco bajo mi toque. Una de mis manos abandonó el agarre para deslizarse hasta sus pelotas, explorándolo lentamente, arrancándole otro jadeo roto.
A Dhia .
Mi propio cuerpo reaccionó con violencia solo al verlo así frente a mí.
Kieran se agitó y se mordió el labio, intentando ahogar los gemidos. Pasé la lengua lentamente y noté el sabor salado de su líquido preseminal mezclándose con mi saliva mientras aceleraba el ritmo, decidido a hacerlo perder completamente el control.
Llevó las manos a mi cabeza y tiró de mí, desesperado.
Estaba a punto de correrse.
Lo percibía en cómo le temblaba el cuerpo, en cómo los jadeos ya escapaban de su garganta sin que pudiera contenerlos.
Maldita sea.
Era tan cálido y suave bajo mi boca que estaba perdiendo la cabeza.
—Flanagan... retírate, yo... yo no aguanto más.
Escucharlo llamarme así despertó algo oscuro dentro de mí. Sujeté sus caderas con más fuerza, impidiéndole apartarse.
Quería castigarlo por eso. Por no decir Conor. Joder... Conor.