Atrapados en la jugada (Corazones en juego 5) Capítulo 20
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Capítulo 20

CONOR

Davenport hablaba de lo fuerte que se estaba volviendo el equipo, de cómo los Rift ganaban peso en la liga temporada tras temporada y de que aquel año prometía.

Estaba convencido de que, en un futuro no muy lejano, acabaríamos levantando la Stanley Cup.

La recompensa a todo lo que habíamos construido, al trabajo, a las horas y al sacrificio de cada persona que formaba parte del club.

Me dio una palmada en el hombro y, al inclinarse un poco hacia mí, bajó la voz.

—Muchacho, cumplirás tu promesa de levantar esa copa.

Asentí y le devolví una sonrisa.

Quizá en otro momento, en otra vida, aquella conversación me habría entusiasmado tanto como al resto. Mis socios hablaban de los cambios que aún quedaban por hacer, de todo lo que podían mejorar, de la próxima temporada, de posibilidades y planes. Estaban emocionados.

En cambio, sentía que me asfixiaba allí, en aquel lugar que una vez había sido mi hogar.

De la antigua casa-iglesia apenas quedaban la entrada principal y la piscina cubierta. El resto había desaparecido bajo reformas, ampliaciones y otros dueños. Kels y Juraj la habían transformado; Kai y Mischa habían hecho lo mismo con la suya. Todo era diferente.

Aun así, mi cabeza seguía empeñada en reconstruir lo que ya no existía.

Los pasillos. Las habitaciones. Las voces. Los recuerdos.

Era la primera vez que volvía desde que mandé derribar aquel lugar y, cuando Kelsey me preguntó qué me parecía celebrar allí la fiesta sorpresa de cumpleaños de Juraj, llegué a creer que podría soportarlo. Incluso la animé a hacerlo.

Pero estaba claro que me había equivocado. No era solo la casa. Era verlos a todos juntos... sin él. Como si eso no fuera suficiente, la presencia de Kieran tampoco facilitaba las cosas.

Sentirme mal era quedarse corto. La tristeza, la culpa, la añoranza, el asco hacia mí mismo y una sensación constante de traición se mezclaban dentro de mí, formando algo tan pesado que apenas me dejaba respirar.

Mia apareció y dejó al pequeño Liam en brazos de Davenport. El bebé sonrió y alargó una manita hacia mí hasta alcanzar mi barba. La rozó un instante y frunció el ceño.

Le picaba. No le gustó.

Algo tan insignificante como aquel gesto me destrozó.

Porque hubo alguien a quien tampoco le gustaba que llevara barba. Alguien por quien ese niño llevaba su nombre.

La presión en el pecho se volvió insoportable.

Me disculpé con los chicos y dije algo sobre ir a por una copa. Estaba tan ido que, al pasar junto a River, choqué con ella y casi ni fui capaz de murmurar una disculpa antes de seguir caminando hacia la casa de Kai.

Justo al alcanzar el porche, me giré una última vez. Observé a mis amigos, aquel lugar, las risas, a los niños... y busqué con la mirada a Liam.

Pero no estaba.

Ya no estaba.

Cuando me alejé lo suficiente, apoyé una mano en la pared exterior de la vivienda de Jones y golpeé con la otra. Una vez. Y otra. Intenté ahogar el grito que amenazaba con escapar de mi garganta, pero no pude. Las lágrimas me nublaron la vista sin siquiera darme cuenta.

Caí de rodillas y volví a golpear el suelo sin fuerza, completamente roto, hasta que sentí unos brazos rodeándome. Terminé sentado allí, con el maldito Kai abrazándome mientras me derrumbaba contra su pecho.

—Shhh, tranquilo. Llora todo lo que necesites, ¿vale? Está bien. No te guardes nada —dijo, acunándome con la voz rota.

—No puedo, joder, no puedo. Estar aquí, caminar por este lugar, verlos a todos y que él no esté... es muy duro.

—Lo sé. Y me gustaría decirte que algún día nos acostumbraremos a su ausencia, pero creo que te estaría mintiendo. Nunca dejará de hacernos falta. Lo que sí llegará será un momento en el que su recuerdo deje de doler de esta manera. —Me apretó un poco más entre sus brazos.

—Lo odio. Lo odio con toda mi alma.

Kai soltó una risita ahogada y negó con la cabeza.

—No lo odias. Jamás podrías odiarlo.

Me sequé los ojos con el antebrazo.

—¿Cómo se atrevió a dejarme? ¿Por qué, Jones? ¿Por qué? No es justo.

Su mano subió hasta mi nuca y la apretó con suavidad.

—La vida no lo es, Conor.

Permanecimos en silencio un rato más, hasta que mi respiración empezó a calmarse poco a poco.

—Será mejor que volvamos antes de que noten que no estamos.

Rechacé la idea con un gesto de cabeza y me puse de pie.

—Jones, no voy a regresar. No puedo. Y tampoco quiero fastidiarle el cumpleaños al eslovaco. Ese cabrón se merece disfrutar de este día.

—¿Y qué vas a hacer? Porque no quiero que te quedes solo, Conor.

—Pero eso es justo lo que necesito ahora. De verdad. Simplemente préstame las llaves de tu coche para volver a casa. He venido con Nathan y JoJo.

Arrugó el entrecejo.

—¿Y qué se supone que le digo al resto cuando pregunten dónde estás?

Me encogí de hombros.

—Algo se te ocurrirá. Cualquier excusa creíble.

Resopló. Sacó las llaves del bolsillo, pero antes de tendérmelas se quedó mirándome unos instantes.

—No hagas ninguna gilipollez, ¿me oyes?

—Prometido. —Lo estreché entre mis brazos—. Estaré bien. Te lo aseguro.

Asintió, aunque su expresión decía que no se creía ni una palabra.

***

La ducha no sirvió de mucho.

Permanecí un buen rato bajo el agua caliente, apoyado contra la pared, intentando que el ruido constante me vaciara un poco la cabeza, pero no funcionó. Seguía con el pecho dolorido y la sensación de que todo me estaba superando por momentos.

Liam.

Kieran.

La casa.

Los recuerdos.

Todo mezclándose ahí dentro, sin darme un respiro.

Al final cerré el grifo y salí del baño más agotado de lo que había entrado. Me sequé el pelo con la toalla de cualquier manera y me puse unos pantalones deportivos negros.

Fui hasta el salón, me serví un vaso de whisky y me acomodé en el sofá. Permanecí un rato entretenido con el vaso entre las manos mientras el líquido golpeaba el cristal una y otra vez.

Cogí el teléfono.

Había varios mensajes, pero el nombre de Sinéad hizo que pulsara directamente sobre el suyo.

Era un vídeo. En cuanto lo abrí, una sonrisa afloró sin que pudiera evitarlo.

Mi hermana estaba en la Calzada del Gigante, saltando de una columna de basalto a otra mientras el viento le revolvía el pelo y la cámara temblaba porque iba riéndose ella sola.

—¡Finn MacCool! —gritó señalando hacia delante—. Te estoy esperando, cobarde.

Fue como volver atrás en el tiempo durante unos instantes.

De pequeños siempre hacíamos lo mismo cuando íbamos allí.

Nos inventábamos que las columnas eran los restos del camino que había construido Finn MacCool para cruzar el mar y enfrentarse al gigante escocés Benandonner.

Uno era Finn y el otro, el rival. La última vez me tocó ser el gigante irlandés y Sinéad, que siempre había sido una tramposa, empezó a saltar de columna en columna para que la persiguiera.

Fui detrás, resbalé y terminé con el brazo roto.

La batalla quedó suspendida en el tiempo desde entonces.

Volví a mirar el vídeo y la sonrisa se desdibujó un poco.

Ojalá estuviera allí.

Ojalá pudiera volver a esa época en la que lo peor que podía pasar era acabar escayolado por hacer el idiota con mi hermana.

Iba a responderle el mensaje, pero una punzada de nostalgia me atravesó el pecho. En momentos así me habría gustado tenerla cerca, aunque fuera incapaz de estar callada más de treinta segundos seguidos.

Así que terminé pulsando el botón de llamada.

Uno.

Dos.

Tres.

Descolgó.

—¿Conor? —la voz de Sinéad sonó al otro lado, acompañada del ruido del viento—. Vaya, vaya... ¿Y este milagro? ¿Me estás llamando tú, a stóirín ?

Cerré los ojos un instante al escuchar el apodo.

—No me llames así, ya no soy un niño.

Ella soltó una carcajada. Puse los ojos en blanco mientras daba un pequeño trago al whisky .

—Vi el vídeo.

—¿Ah, sí? —Su tono se volvió más alegre al instante—. ¿Y qué pasa? ¿Te han entrado ganas de volver para romperte el otro brazo?

—Eso ya no va a pasar. Los dos lo sabemos.

Normalmente le habría seguido el juego, pero en aquel momento no me nacía. Debió de percibirlo enseguida.

— A stóirín ... Te conozco demasiado bien. Algo va mal.

No contesté. Me limité a hacer girar el whisky dentro del vaso mientras observaba los reflejos ambarinos del cristal.

—Conor —insistió con más cuidado—. No te cierres. Solo habla. Te prometo que voy a quedarme callada.

Solté una risa sarcástica.

—Eso no te lo crees ni tú.

—Lo intento, ¿vale?

Volví a guardar silencio.

Porque tenía miedo de decirlo en voz alta. Porque, en el momento en que lo hiciera, sería real. Pero ya no podía más con aquello.

—Hoy celebramos el cumpleaños del eslovaco en la que fue mi casa. La mía y la de Liam. Pensé que podría soportarlo, pero no fue así. Todo se me revolvió por dentro. A Dhia , Sinéad... siento que este dolor no va a abandonarme nunca.

Bebí otro trago antes de continuar.

—Pero no es solo eso. Es que... mo chreach . He estado con alguien.

—Uf, la reportera esa...

—Sinéad.

—Perdón, perdón. Me callo.

Cerré los ojos un instante antes de continuar.

—Sí, con ella también, pero ese no es el problema. Lo importante es que he tenido un acercamiento con otro hombre. Con un jugador de mi equipo, diez años menor que yo.

Escuché cómo tosía al otro lado del teléfono.

—Espera, espera. No puedo quedarme en silencio después de eso. ¡¿Te has liado con un jugador de tu equipo?!

—No... Bueno, sí y no. No es que estemos juntos ni nada parecido. Solo fue un beso y... algo más.

—¿Algo más?

—Hace algún tiempo... y otra vez hace solo unas semanas.

—Frena, a stóirín , porque estoy intentando procesar esta bomba de información. Sitúame un poco, por favor.

—Ya lo conocía de antes. Es amigo de Nathan.

Jugaron juntos en Chicago y... nos liamos en Hawái cuando Liam y yo rompimos.

Aquello ya fue bastante complicado después de todo lo que pasó.

El problema es que ahora está aquí y, por alguna razón, es la única persona con la que consigo sentirme un poco vivo.

—Oh... Vaya.

—¿Sorprendida? Pues imagínate yo. Vivo en una guerra constante conmigo mismo porque Kieran es todo lo que no puede ser.

Tengo la sensación de estar fallándole a todo el mundo.

Lo estoy pasando fatal, pero, al mismo tiempo, me atrae y no dejo de darle vueltas a todo esto porque nunca pensé que pudiera interesarme otro hombre.

Creí que lo de Liam era... Liam. Él. Su persona. No que me gustaran las pollas como tal.

Me pasé una mano por la cara.

—Pero con Kieran es distinto. Con él hay deseo. Mucho. No sé qué narices me pasa, pero no puedo controlarme. De repente, mi polla manda más que mi cabeza.

—¿Puedo darte mi opinión?

Bufé.

—La vas a dar igual, aunque te diga que no.

—Correcto —contestó sin el menor remordimiento—. Pienso que estás muerto de miedo porque un escenario como este nunca entró dentro de tus planes y ahora mismo no sabes cómo manejarlo. Pero también creo que solo enfrentándote a ello podrás entender qué te está pasando.

—Venga, no me jodas. ¿Has escuchado la parte en la que juega en mi equipo? Sería un puto suicidio. Además, es aún más complicado. Él apenas está empezando a descubrirse.

— A stóirín , yo creo que aquí no es él el único que tiene que descubrir algo.

Me recosté en el sofá.

—Basta, suficiente. No quiero seguir hablando de este tema. No sé si me estás ayudando o alentando a tomar una pésima decisión, pero entre nosotros no va a volver a pasar nada. Te lo aseguro.

Sinéad soltó una carcajada.

—Ja. Eso no te lo crees ni tú. Te apuesto lo que quieras.

—No pienso apostar contigo.

—No lo haces porque sabes que vas a perder.

—Se acabó esta conversación —gruñí—. Voy a colgar. Saluda al mártir de tu marido y también a papá y mamá. Pero ni se te ocurra contarle nada a mamá cuando vayas a comer con ella, porque nos conocemos y las dos sois unas chismosas. Prométemelo.

—Que sí, pesado.

—Ya me estoy arrepintiendo de haberte dicho nada. Sé perfectamente que no vas a mantener la boca cerrada.

—Voy a ofenderme muchísimo, a stóirín . Solo te lo perdono porque eres mi hermanito pequeño favorito.

—No tienes otro.

—Pero, si lo tuviera, seguirías siendo tú.

No pude evitar sonreír un poco.

—Adiós, Sinéad.

—Te quiero, gruñón.

—Yo también.

Permanecí en silencio, dando otro trago a la bebida mientras el alcohol me quemaba suavemente la garganta.

No estaba más tranquilo. La inquietud seguía ahí, removiéndose dentro de mí sin concederme un segundo de paz, pero al menos aquella presión insoportable ya no me oprimía el pecho.

Decirlo en voz alta había ayudado. Un poco.

Fuera seguía lloviendo.

El sonido de un coche avanzando despacio por la entrada se mezcló con el golpeteo constante de la lluvia, y levanté la vista casi por inercia. Miré la hora en el móvil. Era muy temprano.

¿Y si los Prescott habían vuelto por mi culpa?

La sola idea me carcomió por dentro. Porque había preocupado a alguien otra vez. Porque ni siquiera en el cumpleaños de Juraj era capaz de dejar de ser un puto desastre.

Joder.

Me pasé una mano por la cara, cansado de mí mismo.

Los golpes en la puerta sonaron unos segundos después.

Coloqué el vaso sobre la mesa y fui a abrir convencido de que era alguno de mis amigos.

Pero no.

Kieran estaba al otro lado, con el pelo húmedo y varias gotas resbalándole desde la frente hasta el cuello del jersey. Tenía las mejillas ligeramente enrojecidas por el frío y los ojos clavados en mí de una forma que destruyó cualquier resistencia al instante.

— Mo chreach ...