Atrapados en la jugada (Corazones en juego 5) Capítulo 19
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Capítulo 19

KIERAN

​ Año y medio antes…

Tras atravesar la puerta principal, sentí cómo aquel peso volvía a instalarse sobre mis hombros. Una sensación asfixiante que hacía que la mansión se pareciera más a una prisión que a un hogar.

Por lo tranquilo que estaba todo, mi padre no debía de andar cerca.

Rara vez estaba en casa y, cuando aparecía, el lugar terminaba patas arriba, como si hubiese pasado un huracán.

Lidiar con él era lo último que me apetecía en ese momento, cuando sentía que la cabeza me iba a explotar y era incapaz de olvidar cómo había perdido el control el día anterior con Conor Flanagan.

Cada vez que lo pensaba, una angustia opresiva me encogía el pecho.

Intentaba buscar explicaciones lógicas a lo sucedido, pero todas me sonaban a excusas baratas.

Al final, siempre terminaba repitiéndome lo mismo: «Un error provocado por las circunstancias no te define». Tenía que convencerme de ello.

Una luz se encendió a mi espalda. Me giré y me encontré con una de las empleadas.

Tras el intento de suicidio de mi madre, se había optado por aumentar el personal para evitar que volviera a ocurrir algo similar.

Bueno, «optar» no era la palabra exacta.

Más bien, mi padre se había visto obligado a hacerlo por culpa de mi tío.

Mi tío nunca había estado muy presente en nuestras vidas, y mucho menos desde que asumió el puesto de mi abuelo en la farmacéutica.

Tampoco es que le importara especialmente su hermana —saltaba a la vista que no era así—, pero sí le preocupaba la imagen de los Price.

Un escándalo de esa magnitud no beneficiaba en nada a la familia intachable y perfecta que intentaban proyectar de cara al mundo.

Ignoraba de qué habían hablado el día que se reunieron, pero, por alguna razón que probablemente jamás llegaría a conocer, mi padre acabó aceptando sus condiciones.

La mujer me sonrió y se ofreció a prepararme algo de comer, pero negué con la cabeza. Tenía el estómago completamente cerrado.

Subí directamente al cuarto de mi madre y abrí la puerta con sigilo. Dormía tranquila, en paz, igual que Charlotte, que ocupaba una cama supletoria junto a la suya para no dejarla sola en ningún momento.

Después fui al único lugar donde podía encontrar un poco de refugio, hacia la única persona que lo era todo para mí. Abrí la puerta de la habitación de mi hermano.

Estaba tirado sobre la cama, con los cascos puestos y varias partituras esparcidas por el suelo. A su alrededor reposaban los restos de lo que una vez fueron sus guitarras; me imaginé que aquel desastre era obra de mi padre.

Tampoco hizo falta ser un genio para notar el olor a hierba.

Había estado fumando de nuevo. Ya lo habían pillado en la universidad alguna que otra vez y aquello casi le había costado una sanción dentro del equipo.

Siempre pensé que lo hacía por pura rebeldía, por llevarle la contraria a mi padre y cabrearlo, aunque fuera a costa de jugarse el hockey.

Pero sus pequeñas guerras nunca duraban demasiado; mi padre siempre terminaba encontrando la forma de recuperar el control.

Cerré la puerta tras de mí, dejé la bolsa en el suelo —junto a un par de maletas abiertas a medio hacer— y caminé hasta el otro lado de la cama para tumbarme a su lado.

Fue entonces cuando reaccionó. Se quitó los auriculares y, pese a la escasa luz de la habitación, sus pupilas se veían demasiado dilatadas.

Seguía colocado.

—Kier, no me digas nada, ¿vale? Hoy lo necesitaba porque te juro que casi se me va la cabeza.

No contento con destrozarme las guitarras e intentar alejarme de la música, ahora me ha metido todo el verano en un programa intensivo para jugadores universitarios.

Entrenamientos, campus, preparación física...

toda esa mierda. ¿Sabes lo que significa?

Que no voy a poder ir con la banda. Se acabaron los conciertos, los festivales... Todo.

Dray estaba ilusionado porque él y sus amigos habían cerrado varios bolos por el país y, además, iba a sustituir al guitarrista principal.

Para mucha gente aquello quizá no significaría gran cosa, solo una banda de chavales persiguiendo un sueño.

Pero ahí estaba precisamente la clave, en el hecho de perseguirlo.

Lo peor era cuando ni siquiera te permitían luchar por lo que querías.

—Lo siento mucho, Dray. Siento que papá te esté haciendo lo mismo que me hizo a mí. No sé... Quizá si retomo mi relación con Avery y consigo que centre toda su atención en mí, a ti te deje en paz.

Se giró hacia mí tan rápido que casi me dio con el brazo.

—No lo hagas. Ni se te ocurra volver con esa tía, porque papá no se va a detener. Va a seguir interfiriendo igual en mi vida; para él nunca es suficiente. Tiene ese maldito complejo de inferioridad y esa necesidad enfermiza de demostrar que tiene poder sobre todo y sobre todos.

Guardó silencio un instante antes de mirarme fijamente.

—Te mereces una relación donde la base sea el amor y, sobre todo, una mujer que te respete y te sea leal.

«Mujer».

«Mujer».

La palabra empezó a martillearme la cabeza.

—Tengo que contarte algo —logré decir mientras me giraba hacia él—. Yo... eh... creo que yo...

Mierda. No podía hacerlo. No estaba preparado para decir en voz alta lo que había pasado con Conor.

—¿Sucede algo? —Dray frunció el ceño—. Kieran, sabes que puedes contarme cualquier cosa. Soy tu hermano.

—Eh... yo... —Aparté la vista, intentando ordenar el caos que tenía en la cabeza y encadenar una maldita frase con sentido—. He pensado que ni tú ni yo podemos seguir en esta casa.

Solté lo primero que se me ocurrió para desviar la atención de lo que realmente iba a confesarle, aunque también era cierto que llevaba tiempo dándole vueltas a nuestro futuro durante las vacaciones.

—Ahora, cuando por fin sea agente libre, buscaré otro equipo. Tú podrás seguir estudiando, tocar con la banda o jugar al hockey si quieres..., pero lejos de aquí. Lejos de él.

—Yo también lo he pensado muchas veces, pero luego me acuerdo de mamá y la idea desaparece —admitió con voz apagada—. ¿Qué vamos a hacer con ella? No podemos dejarla con papá. Sin nosotros está perdida, y él es quien tiene la tutela legal.

—Dray, mamá lo eligió a él por encima de nosotros.

Estamos en esta situación porque se negó a ver la realidad, porque él siempre fue su prioridad.

No lo olvides. Aunque me joda admitirlo y me duela una barbaridad, yo ya no puedo más.

Estamos condenando nuestra vida por ella y él se está aprovechando de eso. ¿Es que no lo ves?

—Tienes razón en todo... pero no sé si puedo irme sin mirar atrás. Yo siempre estuve más unido a ella que tú.

Mi padre se las había arreglado desde pequeño para mantenerme a su lado, intentando moldearme a su imagen y semejanza.

Mientras tanto, mi madre llenó ese vacío con Dray.

Y no sé qué era peor, porque mientras a mí me mantenían fuera entre entrenamientos, estudios y mil historias relacionadas con el hockey, él se quedó en casa presenciando cada una de sus crisis.

Cuando mi padre aceptó que conmigo no estaba obteniendo el resultado que esperaba... empezó con él.

—Lo sé. Créeme, no te estoy pidiendo que la abandonemos —dije, tratando de calmarlo—.

Con lo que gano en el hockey podemos hacernos cargo perfectamente de sus cuidados.

Vamos a luchar por su tutela. Intentaremos negociar con él; que se quede con toda la fortuna de los Price si quiere, me da igual.

Y, si no, recurriremos a nuestro tío. Al final es su hermana.

—No, Kier. Siempre fuimos su vergüenza. Prefirieron fingir que no existíamos y no pienso mendigarle favores a nadie que lleve ese maldito apellido.

—Vale, cálmate. Lo haremos juntos. Tú y yo. Lo resolveremos.

—Suena bien —suspiró Dray.

Sonreí levemente.

—Demasiado bien.

Hubo unos segundos de silencio hasta que volvió a hablar:

—¿Y qué tal las vacaciones? No me has contado nada, aparte de que fuiste a surfear. ¿Pasó algo interesante?

Terriblemente interesante.

—Nada. Todo tranquilo —respondí demasiado rápido—. Ahora duerme. Estoy cansado y mañana te pongo al día.

Nos quedamos en silencio y, poco a poco, la respiración de mi hermano empezó a acompasarse hasta hacerse más lenta y profunda. Al final terminó quedándose dormido.

Yo, en cambio, seguía despierto, con la mirada fija en el techo y la cabeza yendo a mil por hora.

Cogí el teléfono y lo desbloqueé. Lo primero que vi fueron varias llamadas perdidas de Avery y una notificación de un mensaje.

Cariño, sé que estás muy enfadado y no te puedo culpar.

No sé por qué hice una estupidez así, simplemente no pensé.

Pero te aseguro que no volverá a suceder, jamás.

Seré la novia, la prometida perfecta, pero por favor no me des la espalda.

Mi vida se ha convertido en una pesadilla y mi padre me repudia.

Jamás me lo va a perdonar, pero sé que con el tiempo, cuando vea que estamos bien y que me estoy comportando como espera, todo se arreglará.

Mierda.

No me gustaba verla así de desesperada.

Todos los mensajes que me había dejado eran parecidos: súplicas, promesas y peticiones de una segunda oportunidad...

Pero los dos sabíamos la verdad. Ninguna de aquellas palabras nacía del amor ni de la añoranza.

Yo solo era su último salvavidas, la única opción que le quedaba para intentar limpiar una imagen que probablemente ya no tenía arreglo.

Pero esta vez no iba a ceder. Tenía que priorizarme, aunque solo fuera por una vez. Estaba cansado de los chantajes de mi padre; cansado de vivir condicionado por los demás para seguir siendo... nada.

Porque aquella sensación de no ser nunca suficiente, de no ser lo bastante bueno para importarle de verdad a alguien, me acompañaba desde que tenía uso de razón.

Dudé unos segundos antes de abrir el chat.

Avery, no estoy enfadado. Lo que pasó fue culpa de los dos. Tuya por pensar que iba a seguir aquí pasara lo que pasara y mía por seguir mirando hacia otro lado, porque era mucho más fácil que aceptar lo evidente.

Pero esta vez no. Vas a tener que enfrentarte a las consecuencias de tus actos sin que yo esté ahí para solucionarlos. Ya no quiero seguir viviendo una mentira.

Sé perfectamente lo que significa esta decisión. Tu padre y el mío se pondrán en mi contra, pero tendré que asumirlo. Es mi vida y, por primera vez, quiero ser yo quien decida sobre ella.

Solo voy a pedirte una cosa: vive. Hazlo como tú quieras.

Mandaré que te envíen las cosas que dejaste en mi apartamento.

Adiós, Avery.

Lejos de sentir miedo por todo lo que se me venía encima tras esos mensajes, sentí un alivio enorme en el pecho. Como si, por primera vez en muchísimo tiempo, pudiera respirar de verdad.

Fue justo entonces cuando volvió esa pregunta, la misma que llevaba clavada en la cabeza desde lo de Conor.

Abrí el buscador y mis dedos se quedaron suspendidos sobre el teclado unos segundos. Escribí algo, lo borré. Empecé de nuevo y volví a borrarlo, hasta que al final terminé escribiendo:

«¿Cómo saber si eres gay?»

Pulsé «buscar». Y ahí empezó el caos.

Primero aparecieron test absurdos con porcentajes ridículos, como si una página cualquiera pudiera decirte quién eras. «Descubre tu porcentaje de homosexualidad», «Diez señales para saber si eres gay», «Si has sentido atracción por un hombre...».

Mierda.

Seguí bajando y la cosa fue a peor. Empezaron a aparecer artículos preguntando si disfrutabas más con un hombre que con una mujer, si tus orgasmos eran más intensos o si habías tenido fantasías.

Dejé de respirar por un segundo porque, joder, mi cabeza regresó sola a aquella ducha.

A Conor. A sus manos, a su calor, a su boca.

Cerré la pestaña de golpe, pero abrí otra buscando foros. Fue un error.

Cada respuesta era más descabellada que la anterior. Algunos decían que siempre lo habían sabido; otros, que lo descubrieron a los veinte o a los treinta años. Unos hablaban de miedo; otros, de confusión, y algunos parecían tener la vida resuelta, mientras yo cada vez entendía menos.

Salté a vídeos, entrevistas y testimonios de gente contando cómo había descubierto su orientación, cómo había salido del armario o cómo se había sentido durante todo el proceso. Cuanto más veía, más nervioso me ponía.

Seguí bajando hasta que aparecieron vídeos explícitos de chicos. Quizá los abrí porque una parte de mí esperaba sentir rechazo y cerrar el teléfono tranquilo, con una respuesta clara. Algo que me dijera: «¿Ves? No eres gay».

Pero no ocurrió.

No podía con eso.

Lo tiré sobre la cama y me incorporé de golpe, intentando coger aire. De pronto todo era demasiado: lo de Conor, mi hermano, mi madre, mi padre... y esa sensación espantosa de no tener la menor idea de quién demonios era.

El aire empezó a faltarme y bajé una mano hasta el muslo. Mis dedos recorrieron distraídamente la cara interna por encima de la tela hasta detenerse sobre la cicatriz.

Cerré los ojos y apreté con fuerza. Más fuerte. Necesitaba sentir otra cosa, cualquier dolor físico capaz de tapar aquello que me estaba aplastando por dentro.

—¿Kier? ¿Estás bien?

La voz de mi hermano me sobresaltó tanto que retiré la mano al instante.

—Sí, claro —mentí, asintiendo a toda prisa.

Dray se me quedó mirando, como si estuviera sopesando si creerme o no. Al final suspiró, pasó un brazo por encima de mis hombros y tiró suavemente de mí hasta que terminé recostado a su lado.

—Ven aquí.

Cogió los auriculares de la mesilla, se colocó uno en la oreja y me puso el otro a mí.

—Esto te ayudará a relajarte —murmuró acomodándose de nuevo—. Mis listas de música son las mejores.

Giré un poco la cabeza para mirarlo.

—¿Sabes una cosa?

Alzó una ceja, intrigado.

—¿Qué?

—Que eres lo que más quiero en este mundo.

Su expresión se suavizó al instante y me dedicó una sonrisa de lado.

—Y tú también eres lo que más quiero, idiota.