Capítulo 18 #3
Intentó abrir la puerta, pero apoyé la palma sobre la madera para impedírselo. Fue entonces cuando me di cuenta de que ahora nuestros cuerpos se rozaban por completo.
—Tienes dos opciones, según lo veo. Quedarte aquí y escuchar lo que te he venido a decir o regresar con el resto del equipo, que está emocionadísimo con la idea de que esta noche te diviertas con una chica.
—Volví a pegar mi mejilla a la suya, rozándolo con la sombra de la barba antes de hablarle al oído—.
Pero los dos sabemos que eso no es lo que quieres, principito.
Me empujó hacia atrás, encajando el antebrazo bajo mi cuello para impedir que me acercara.
—Tú no tienes ni idea de lo que yo quiero, así que cierra la boca.
—Por cómo te vi salir hacia los baños, yo diría que tu nivel de interés era bastante bajo. Aunque quién sabe... Quizá ahora haya mejorado al tenerme tan cerca.
—Guau. Resulta que ahora también eres un fanfarrón. Pues permíteme aclararte que a mi polla quizá le apetezca retomar viejas costumbres esta noche.
Esta vez fui yo quien lo empujó contra la pared. Presioné mi cuerpo contra el suyo y nuestras durezas se rozaron en el escaso espacio que quedaba entre los dos.
—No hagas gilipolleces, Price. No tienes que estar con nadie que no te apetezca. Creo que, a estas alturas, está bastante claro que tu interés no está precisamente en las vaginas, joder.
—¿Y el tuyo sí? —Giró la cara hacia un lado—. Porque, para gustarte tanto, te recuerdo que antes de estar con tu amiguita me tocaste la polla en el gimnasio y, después de estar con ella, estás en un baño presionando tu erección contra la mía.
Tuve que aguantarme la risa. Se veía increíblemente tentador así, celoso.
Le molestaba lo mío con Isla, y esa idea me calentó el pecho de una forma ridícula.
Fue justo entonces cuando lo liberé; un segundo más teniéndolo tan cerca y habría acabado besándolo.
Mierda, no había ido hasta allí para eso, pero Kieran me fundía la cabeza cada vez que invadía mi espacio.
—Si no supiera que te soy indiferente y que no significo nada para ti, diría que estás jodidamente celoso. ¿O me equivoco, Price?
—¡Que te den! Me importa una mierda lo que hagas con tu vida, Flanagan. Simplemente te pido que no interfieras más en la mía.
Solté una carcajada, aunque lo único que conseguí fue avivar su enfado.
—¿Para esto me has encerrado en un baño? ¿Tanto misterio para decirme esta tontería?
Esta vez fue él quien se acercó hasta pegarse a mi pecho y deslizó los labios por mi mejilla.
Me cago en mi vida.
Hasta me rozó el lóbulo de la oreja con la boca. Ese pequeño mierdecilla aprendía demasiado rápido. Retrocedió despacio hasta dejar su rostro a escasos centímetros del mío.
—Si no tuviera tan claro que no me soportas, diría que te estás muriendo de celos. Que por eso me has acorralado aquí, para asegurarte de que no haga nada esta noche.
El muy listo había usado casi mis propias palabras. Puede que una parte de lo que decía fuera cierta, pero no iba a ponerme a analizar esa mierda en ese momento. Lo único que tenía claro era que debía borrarle esa idea de la cabeza.
—Lo siento, pero en ninguna vida sentiría celos de ti ni de nadie. —Su expresión se apagó un instante, pero era mejor dejar las cosas claras—. Te he estado buscando porque hay algo que me inquieta: ¿cuánto sabe Kelsey de lo tuyo y de lo que pasó entre nosotros?
—Relájate, entrenador. No tienes de qué preocuparte. Ella se enteró hace poco de que..., digamos, me estoy descubriendo. Jamás te traicionaría. Tu sucio secretito está a salvo.
Aquello fue como una bofetada en la cara.
Vi cómo intentaba abrir la puerta y la empujé de nuevo hasta cerrarla de golpe. Lo sujeté por los hombros y lo giré hacia mí. Ya no había espacio para bromas.
—Nunca, pero nunca, vuelvas a referirte a ti mismo de esa forma. No eres nada de eso, Price.
Asintió con la mirada todavía apagada. Después volvió a girar el pomo. Esta vez no intenté detenerlo, pero una voz al otro lado nos hizo tensarnos al instante.
—¿Está libre?
Mo chreach .
—Eh... no, no. De hecho, me he vuelto a encontrar mal y necesito usarlo otra vez —soltó apresuradamente antes de echar el cerrojo de golpe.
Se llevó las manos a la cabeza, despeinándose, y apoyó la frente contra la pared, dándose pequeños golpecitos.
—Estamos jodidos. Es nuestro fin. Va a volver a pasar lo de la otra vez en Las Vegas y seremos noticia.
—No, eso no va a suceder.
Me pegué a su espalda y rodeé su cintura, atrapándolo entre mis brazos. Apoyé la cabeza en su cuello y deposité un beso allí. Después otro un poco más arriba, rozándole la mandíbula, y otro junto a la mejilla. Besos pequeños, suaves, casi reverentes.
De pronto, me di cuenta de que era la primera vez que lo abrazaba de un modo tan íntimo. Sin tensión, sin discusiones, sin el impulso urgente de follármelo o provocarlo. No lo sujetaba para impedir que se marchara ni lo acorralaba contra la pared. Solo lo estaba sosteniendo.
—Relájate —murmuré contra su piel, aspirando su olor de forma casi involuntaria—. Cuando no escuchemos ruido, saldrás tú. En cuanto estés con los demás, me mandas un mensaje y salgo yo.
Sentí cómo sus dedos acariciaban distraídamente mis antebrazos, los mismos que seguían rodeándolo. Permanecimos así, inmóviles, sin que ninguno pareciera tener demasiada prisa por apartarse. Ni él ni yo.
Aquello era un problema. Uno bastante grande, porque no quería soltarlo. No quería moverme ni salir de ese lugar. Me gustaba demasiado tenerlo así entre mis brazos y, de todas las formas posibles de meter la pata dentro de un baño, estaba bastante seguro de que aquella era la peor.
—Creo que ya no hay nadie —logré decir tras uno de esos momentos de silencio absoluto, reuniendo toda la fuerza de voluntad que me quedaba.
Me obligué a aflojar el abrazo. Abrió la puerta con cuidado y, antes de salir, volvió a girarse para mirarme.
—Dime la verdad. ¿Has salido esta noche con nosotros porque estabas celoso?
«Sí. Sí. Mil veces sí».
Mentí.