Atrapados en la jugada (Corazones en juego 5) Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

Ella sabía perfectamente que aquello no era buena idea. Primero, porque la última vez que Kieran se dejó llevar en ese lugar casi acabó siendo noticia. Segundo, porque seguramente su amiga pensaba lo mismo que yo. Meterle mujeres por los ojos no iba a ayudar absolutamente en nada.

—No doy crédito a lo que acabo de escuchar. —Kai soltó una carcajada—. El mismísimo Conor Flanagan defendiendo, nada más y nada menos, que a Price.

«Me cago en mi vida». Me reprendí mentalmente por haber abierto la boca.

—Te has delatado —continuó, captando toda mi atención y haciendo saltar todas mis alarmas—. Es obvio que tienes miedo de que tu nuevo defensa favorito rinda menos por andar en rollos de faldas.

Suspiré.

—Simplemente creo que no tenemos que meternos donde no nos llaman. Puede que todo este circo le incomode. Quién dice que no esté conociendo a alguien.

—Eso es bastante improbable. Primero, porque en Seattle solo está con nosotros y es evidente que no tiene ninguna opción dentro del grupo... —Mischa se encogió de hombros con total tranquilidad.

«Ninguna maldita opción».

Tuve que apretar la mandíbula.

Ni siquiera sabía por qué me había molestado escuchar eso.

—Y segundo, lleva tiempo sin ir a surfear y, aunque tuviera un rollo allí, no sería más que eso. Esa gente vive moviéndose por medio mundo, así que queda descartado.

—¡Ey!

La voz de Caden resonó a nuestra espalda y nos detuvimos. Venía acompañado de River y JoJo. Esta última se colocó a mi lado y la rodeé con un brazo mientras seguíamos caminando hacia la salida.

—Ha sido un gran partido. Una pena que esos cabrones me dejaran fuera, pero valió la pena ver cómo eso forzó a Kieran a darlo todo. Ahora tendrá más confianza en sí mismo. El tío es bueno.

Perfecto.

Otro que empezaba con el monotema de la noche.

—Vamos a ir a celebrarlo —comentó Mischa—. ¿Os apuntáis?

—Yo ni muerta. No puedo con mi alma. Rachel está enferma y no he dormido en toda la noche.

Unas horas de sueño no me vendrán mal. Además, quiero llamar a Susan para ver cómo sigue.

Pensé que era mejor que se quedara con los padres de Caden antes que meterla en un avión.

Más tarde he quedado con Nate para que me cuente cómo fue el evento.

Esta vez Nathan no nos había acompañado porque le habían pedido entregar un premio en una gala deportiva.

—Yo estoy lesionado. Necesito descanso y que me cuiden. —Caden sonrió con picardía y le guiñó un ojo a River.

—Tío, deja de mentirnos a la cara —protestó Kai—. Hace muchísimos años que nos conocemos y llevamos temporadas viendo estos escarceos en los viajes. Tú y tu chica vivís los partidos fuera como una luna de miel constante.

—Es lo que hay, colega, cuando tienes tres hijos.

Caden se rio.

—Deberíais hacéroslo mirar —Kai los señaló—. Lo vuestro roza lo enfermizo.

—Paso de escucharte, Kai. Eso se llama envidia. Tú te irías directo al hotel a encerrarte con la pequeñaja, pero te toca salir de fiesta con el equipo e intentar seguirles el ritmo, anciano.

Lo provocó vacilándolo porque aquello ya era un cachondeo habitual. Kai siempre salía con su chica, Kels y Juraj, bastante más jóvenes que él, y llevaban tiempo tocándole los cojones con el tema de la edad.

—Venga, Conor, vámonos para el hotel y dejemos a los jóvenes y al no tan joven dándolo todo por Las Vegas.

—Bueno... La verdad es que...

Me rasqué la nuca sin saber muy bien cómo soltar aquello.

—Yo también los voy a acompañar.

Señalé a Kai y a Mischa. Todos se giraron hacia mí al instante, tan sorprendidos que hasta dejaron de caminar.

Maldito infierno.

Jordan me puso una mano en la frente. No era para menos. Hacía muchísimo tiempo que no salía y ni siquiera recordaba la última vez.

—Venga, casi nos la cuelas —se rio River, pero al ver mi expresión dejó de sonreír—. Ah, que esto va en serio. Qué fuerte.

—No es para tanto. Simplemente creo que estaría bien celebrar la victoria con los chicos.

Mentía como un cabrón. No era por los chicos ni por la victoria.

Era por él.

Por toda la mierda que Mischa había soltado y que ahora no dejaba de darme vueltas en la cabeza. No sabía en qué momento aquello me había parecido una buena idea, pero iba a hacerlo igualmente.

—Además, creo que he estado demasiado tiempo obsesionado con ganar la Stanley Cup y me he olvidado de algo importante. Ya va siendo hora de recuperar las buenas costumbres.

—La hostia... —Caden meneó la cabeza antes de rodearme con un brazo—. Di que sí, tío. Joder, ya era hora de que regresaras.

De repente los tenía a todos encima, empujándome y abrazándome como una panda de animales. Y, joder, me sentí ridículamente bien. Volvió ese calorcito al pecho.

***

Cuando entré en la sala VIP todos mis chicos estaban allí celebrando. Bailaban, bebían, bromeaban y, sobre todo, se reían. Mientras me abría paso entre ellos, saludando y esperando que me trajeran una copa de whisky , vi a Kieran. Él también sonreía.

Resaltaba entre todos. No solo porque el mierdecilla era tremendamente atractivo y su cabello rubio, con esas mechas más claras, llamaba la atención por sí solo; también por su estilo.

Seguía fiel a sus pantalones bajos, las deportivas y las camisetas básicas.

Se movía entre la gente enseñando parte de los calzoncillos, con un aspecto bastante alejado de lo que cualquiera esperaría de un jugador de hockey.

Brindó con los compañeros y dio un trago a su copa. Después cogió una cadena fina que llevaba al cuello, sencilla, sin ningún colgante, y se la metió distraídamente en la boca. Fue entonces cuando nuestros ojos se cruzaron.

La cadena se deslizó lentamente por sus labios antes de volver a caer sobre su pecho y fue evidente que la última persona que esperaba encontrarse allí era yo.

Percibí cierto nerviosismo. Su rostro se tensó.

Fue como ver desaparecer toda la alegría que había tenido un segundo antes, sustituida por algo mucho más incómodo.

No voy a negar que sentí una pequeña punzada de decepción.

Pero ¿qué coño esperaba?

Desde el «incidente» en el gimnasio de Nathan habíamos tomado distancia. Habíamos levantado un muro bastante sólido en lo personal, una especie de lugar seguro. Lo irónico era que, en lo profesional, apenas nos separaba una valla.

Brindé con los chicos. Algunos vitorearon mi nombre, otros me abrazaron y, durante un momento, fue agradable volver a sentirme parte del equipo, porque durante el último tiempo también me había alejado un poco de ellos.

Cuando fui a dejar el vaso sobre una mesa, Kieran ya no estaba donde lo había visto por última vez. Recorrí la sala con la mirada. Habían invitado a varias chicas al reservado. Todas mis alarmas saltaron.

La primera imagen que me vino a la cabeza fue él arrinconado con alguna de ellas y, por algún motivo que prefería no analizar demasiado, la mandíbula se me tensó. Pero ni rastro.

Hasta que lo vi a lo lejos.

Iba por el pasillo que llevaba a los aseos y lo entendí al instante. Si los chicos habían empezado con el tema de buscarle un ligue, no me extrañaba que se hubiera agobiado.

No me paré a pensarlo. Me excusé cuando alguien intentó detenerme; sonreía, asentía y me los quitaba de encima sin apartar la vista de él.

Cogí aire antes de entrar en los baños y lo encontré de pie, con las manos apoyadas sobre el lavabo, el grifo todavía abierto y la cabeza agachada. El sonido de la puerta hizo que levantara la vista y nuestros ojos se encontraron a través del espejo.

Se secó las manos rápidamente y se giró.

Casi ignorándome.

O yo estaba interpretando muy mal las señales o estaba molesto conmigo por algo.

¿Pero por qué?

Lo primero que me vino a la cabeza fue la última vez que nos habíamos visto. Cómo me fui. Cómo salí huyendo. Posiblemente fuera eso.

Cuando llegó a mi altura lo sujeté por el codo, impidiendo que saliera.

—Espera, espera. Te estaba buscando.

Frunció ligeramente el ceño, desconcertado, y giró la cabeza hacia mí.

Al hacerlo, nuestros rostros quedaron a escasos centímetros.

Se pasó la lengua por los dientes, nervioso, y la atrapó en un lateral.

Cada vez que hacía aquel maldito gesto solo podía pensar en que quería que fuera mi boca, y no sus dientes, la que la sujetara.

Aparté ese pensamiento de la cabeza a toda velocidad.

—Tenemos que hablar, pero ahí fuera, con todos delante, llamaría demasiado la atención.

—¿Y tu brillante idea es hacerlo en un baño? —contraatacó con tono duro, aunque sin soltarse de mi agarre. Eso, por alguna razón, me pareció una buena señal—. Por si no has caído, este es un sitio bastante concurrido. Cualquiera puede entrar.

Se había puesto irónico. Así que a eso íbamos a jugar.

Escuchamos una cisterna y los dos nos tensamos al instante. No lo solté. Ni de coña.

Tiré de él y nos metí dentro de un cubículo. Fue entonces cuando me di cuenta de un pequeño detalle. Aquel lugar era absurdamente estrecho. Cada uno quedó apoyado en una pared distinta y, aun así, casi nos rozábamos.

—¡¿Es que te has vuelto loco?! —murmuró, llevándose una mano a la sien—. Si alguien nos encuentra aquí metidos, ¿qué crees que van a pensar, genio?

Me apoyé contra la pared, disfrutando de su rabieta. Me ponía muchísimo cuando se enfadaba y, si no, que se lo preguntaran a mi polla, que ya empezaba a animarse.

—No tengo por costumbre montármelo en baños y tú —toqué su pecho con los dedos— tampoco deberías. —Acerqué el rostro a su oreja—. Y mucho menos en tus primeras veces.

Sentí un empujón en el pecho y casi se me escapó una carcajada al ver su enfado y aquel leve rubor que, con la poca luz, apenas se apreciaba.

—¡Que te jodan, Flanagan!

Le cubrí la boca de inmediato. No porque hubiera alzado demasiado la voz, sino porque, por primera vez, no me gustó que me llamara por mi apellido. Sonó distante. Hubiera preferido que me llamara Conor, como tiempo atrás.

Se revolvió hasta pegarme un pequeño mordisco, con la presión justa para que lo soltara sin llegar a hacerme daño.

—Me largo de aquí.