Atrapados en la jugada (Corazones en juego 5) Capítulo 18
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Capítulo 18

CONOR

Quedaban menos de ocho minutos del tercer periodo y, aunque íbamos por delante, aquello estaba siendo un puto asedio. Desde la banda tenía las manos apoyadas contra el cristal y la mandíbula tan tensa que empezaba a dolerme.

—¡Presionad! ¡No os metáis atrás! —grité sin apartar la vista del hielo.

Las Vegas estaba jugando agresivo de cojones. Entraban fuerte, golpeaban tarde y buscaban romper el ritmo más que jugar. Ya habían sacado a Caden tras una entrada contra el cristal que lo dejó fuera de combate y, desde ese momento, tuve clarísimo quién era el siguiente objetivo.

Price.

Los muy cabrones habían cambiado su foco de atención.

Y Kieran lo tenía muy presente. Se notaba en cómo se movía, en cómo miraba por encima del hombro antes de recibir el disco, en cómo absorbía los golpes y volvía a levantarse como si nada.

Pero, joder... lo estaba clavando.

Kai ya nos había salvado el culo varias veces. Había parado tres tiros prácticamente seguidos en menos de dos minutos: uno con la hombrera, otro lanzándose al hielo y un tercero con la pala del stick en una parada que rozaba lo absurdo.

—¡Eso es, Kai! ¡Joder, sí! —rugió Jasper desde el banquillo.

Pero Las Vegas seguía encima.

Otro disparo.

Kai rechazó.

El disco quedó muerto delante de la portería.

Mierda.

Un rival apareció entrando directo a rematar. Kai estaba vendido. Completamente vendido. Aquello era gol.

Lo era.

Hasta que apareció Kieran.

Se lanzó de rodillas sobre el hielo, deslizándose y cruzando el stick justo delante de la línea de tiro.

CLACK.

Desvío limpio.

El disco salió despedido hacia la esquina y el pabellón entero soltó un sonido de frustración.

Golpeé el cristal.

—¡ESO ES, PRICE! ¡JODER, BIEN HECHO!

Kieran giró la cabeza hacia el banquillo y me miró. Solo fue un segundo, pero sonrió. Una sonrisa pequeña y rápida que desapareció casi al instante.

A Dhia .

Sentí aquella mierda en el pecho otra vez.

Antes de volver a colocarse, alcé una mano para señalarlo.

—¡Así! ¡Sigue presionando! ¡No bajes el ritmo! ¡Puedes con ellos!

Y vaya si podía.

Dos minutos después volvió a cortar otro disco en defensa. Lo robó limpiamente, giró sobre sí mismo para esquivar un placaje y lanzó un pase perfecto hacia Juraj.

—¡VAMOS!

Juraj salió disparado. Se quedó solo ante el portero, recortó, amagó y disparó.

Gol.

La red tembló y todo el equipo salió corriendo hacia él.

4-2 .

Quedaba poco más de un minuto. Ahí supe que estaba acabado.

La bocina sonó poco después y los jugadores saltaron al hielo entre gritos mientras Juraj desaparecía bajo media plantilla celebrando. Tardé exactamente cinco segundos en ver cómo varios se giraban hacia Kieran.

Kai fue el primero en lanzarse sobre él.

Luego Juraj.

Después, el resto.

Lo empujaban, le golpeaban el casco y le daban palmadas mientras gritaban todos a la vez:

—¡ERES UN ANIMAL!

—¡¿Has visto esa puta parada?!

—¡Price, cabrón! ¿De dónde coño saliste?

Kieran se estaba riendo.

Y verlo reír así...

Joder.

Llevaba meses observándolo entrenar hasta quedarse hecho polvo, aguantar mi mierda, dudar de sí mismo y volver a levantarse una y otra vez.

Y ahora estaba ahí.

Por fin.

Empezando a verlo él también.

En el vestuario todo era música retumbando, voces a grito pelado y botellas volando por el aire. En medio del descontrol, Juraj bailaba medio desnudo sobre un banco como un maldito idiota, esquivando la toalla que Kai acababa de lanzarle a la cara.

Entré y di una palmada fuerte.

—¡Eh! ¡Escuchad un momento, panda de animales!

Poco a poco fueron callándose.

—Buen partido. Muy buen partido. Jones, nos salvaste el culo más veces de las que soy capaz de contar. Novák, gran remate.

Juraj hizo una reverencia absurda.

Idiota.

Después miré a Kieran.

Lo encontré al fondo, despeinado, sudado y todavía con la cara roja por el esfuerzo.

—Y tú, Price.

Levantó la cabeza de inmediato.

—Sigue jugando así. No bajes la guardia, porque este es el defensa que el equipo necesitaba. Voy a decirte una cosa. Estoy seguro de que todavía hay muchísimo más ahí dentro y no pienso parar hasta sacarlo y pulirlo.

Hubo un segundo de silencio.

—Uf... —Juraj hizo una mueca—. Tío, eso significa que te va a desangrar.

Las carcajadas estallaron.

Kai levantó una mano.

—Lo he vivido en mis propias carnes.

—Más horas de entrenamiento —soltó otro.

—Descansa en paz, Price.

Kieran soltó una carcajada mientras abría la bolsa y sacaba el Rift Helmet , un casco viejo con una grieta azul cruzándole el frontal. Era nuestra tradición para el jugador del partido.

El vestuario se quedó en silencio.

Caminé hasta él, le coloqué el casco sobre la cabeza y le apreté el brazo.

—Buen trabajo —lo miré directamente a los ojos—. Lo único que te faltaba para brillar era creértelo. Sigue confiando. Nunca dudes de tu potencial ni de lo lejos que puedes llegar, porque eso es lo que va a convertirte en una bestia en defensa.

Por cómo me miró... supe que había escuchado cada palabra.

Más tarde, después de comprobar que Caden estaba bien y que el golpe había quedado en un buen susto, terminé delante de la prensa. Uno de los periodistas levantó la mano.

—Conor, Price está destacando en Seattle y su juego es muy distinto al que vimos en Chicago. ¿Cuál es el secreto?

Sonreí un poco.

—No hay ningún secreto. El mérito es suyo. Trabajo, constancia y muchas horas. Lo único que le faltaba era creer en sí mismo.

Bajé la mirada un momento y negué suavemente con la cabeza.

—Os digo una cosa. Todavía no habéis visto ni la mitad de lo que puede llegar a hacer.

Después de la rueda de prensa todavía tuve que cruzar un par de palabras con gente del equipo local, uno de los patrocinadores y un tipo trajeado que no dejó de sonreír ni un solo segundo mientras hablaba de números y no sé qué mierda más.

Asentía por educación, fingiendo escuchar la mitad del tiempo, hasta que por fin conseguí librarme y empecé a caminar por el pasillo en dirección a los vestuarios.

—¡Entrenador!

La voz de Kai me llegó desde el otro extremo.

Giré la cabeza justo a tiempo para verlo correr hacia mí. El muy cabrón me alcanzó en dos zancadas, me pasó un brazo por encima de los hombros y empezó a zarandearme de un lado a otro con energía.

—¿Se puede saber por qué me llamas así y no por mi nombre?

—Porque sé que te molesta, entrenador.

Le eché una mirada de advertencia.

—Vale, vale, ya paro. ¡Menudo partidazo! —soltó, todavía con esa sonrisa de idiota feliz pegada a la cara—. Joder, hemos jugado de puta madre.

—Hubiera estado mejor si casi no se cargan a uno de mis jugadores.

—Lo de Caden fue una entrada de auténticos animales.

—Sí —gruñí—. Menos mal que quedó en un susto.

—Pero al final los hemos machacado y, sinceramente, mucho fue gracias a Price. Su apoyo fue clave para mí.

—Lo sé. Por eso se merecía el Rift Helmet .

—Es un buen defensa, tienes que reconocerlo. —Se quedó pensativo un momento antes de sonreír de lado—. Y también tienes que admitir que nosotros teníamos razón al contratarlo y tú te equivocabas. Admítelo. Estoy deseando oírlo.

—No seas idiota, Jones —le di un empujón con el hombro—. Puede que sea mejor defensa de lo que esperaba, pero sigo sin pensar que fuera buena idea que formara parte de los Rift.

Kai soltó un bufido exagerado.

—Uf, eres un cabezota. Nunca quieres dar tu brazo a torcer, ni aunque te estampen la verdad delante de la cara.

Pero aquello no iba de cabezonería.

Iba de realidades.

De una realidad que llevaba temiendo desde el mismo momento en que decidieron que entrara al equipo. Mis razones estaban muy lejos del hielo.

Estaban en otro lugar, capaz de complicarlo absolutamente todo.

Tanto como para acabar tocándole la polla en casa de mi mejor amigo. En ese mismo sitio donde tiempo atrás había compartido momentos íntimos con él, con JoJo y con...

Mierda.

No importaba.

Y, aun así, los remordimientos llegaron igual.

Sentí que había ensuciado algo, como si hubiese traicionado una parte de mi vida que todavía dolía tocar.

Pero mientras lo tenía entre mis manos y su boca estaba sobre la mía, no podía pensar en absolutamente nada más.

Maldita sea, siempre era igual con él. Había ocurrido en Hawái. Y acababa de repetirse.

Porque ¿cómo coño le explicaba a alguien, o incluso a mí mismo, que la única persona capaz de hacerme sentir un poco vivo era justo aquella a la que menos debía acercarme por una cantidad absurda de razones?

Todavía recordaba cómo me fui del gimnasio de Nathan.

No.

Cómo hui.

Porque sí, aquello fue huir.

Fue una mierda dejarlo ahí tirado, pero no podía soportar lo que había hecho.

La culpa se apoderó de mí hasta hacerme sentir la peor persona del mundo y, desde aquel día, los dos empezamos a mantener las distancias.

O eso quise creer, porque al final seguía pendiente de él de una forma completamente inconsciente y, por más que lo intentara, ese pequeño mierdecilla se me había metido en la cabeza.

Intenté estar con Isla un par de veces. La primera fue un desastre absoluto.

Estuve semiduro todo el tiempo y me costó horrores terminar.

La segunda fue todavía peor, porque Kieran apareció en mi cabeza mientras la estaba besando.

Así que la detuve y puse fin a una historia que, aunque no fuera más que encuentros sexuales, no llevaba a ningún lado.

Lo más justo era que cada uno siguiera su camino.

Noté un cuerpecillo colándose entre Kai y yo y un brazo rodeándonos la cintura a ambos, devolviéndome de golpe al presente. La pequeña pelirroja. Bajé la cabeza y le di un beso en los rizos.

—Los vestuarios están que arden. Todos los chicos tienen ganas de celebrar la victoria y, qué mejor sitio que Las Vegas. Además, el equipo se ha propuesto buscarle un ligue a Kieran esta noche.

Las palabras de Mischa hicieron que me pusiera rígido de golpe. No me gustó una mierda la reacción que provocaron en mí.

—Creo que no deberían meterse. El chaval ya es mayorcito para saber lo que tiene que hacer. No necesita niñeras —solté con un tono demasiado seco.

Mischa giró la cabeza hacia mí.

—Kels dijo exactamente lo mismo.