Capítulo 17 #2
—Mmm. Puedo sentir tu polla dura a través de los pantalones, reclamando mi atención. —Me pasó la lengua por los labios una y otra vez, provocándome todavía más—. Solo di «para» y detendré toda esta locura. Pero, si no lo haces, vas a condenarnos a los dos.
Se frotó un poco más contra mí y, durante un segundo, pensé que iba a estallar solo por aquel roce.
Lo agarré con fuerza por un mechón de pelo y de mi garganta salieron dos puñeteras palabras que lo cambiarían todo.
—No... pares...
—Tus deseos son órdenes para mí, principito.
Me giró hasta pegar mi espalda contra la pared de la ducha y se dejó llevar por el ritmo, rozándose contra mí hasta que mi dolorosa erección se tensó aún más bajo los pantalones.
Su mano abandonó mi espalda y descendió lentamente, recorriendo mis abdominales y entreteniéndose sobre mi estómago hasta llegar a la cinturilla.
Enganchó los dedos en ella y tiró despacio hacia abajo, llevándose consigo los pantalones y los calzoncillos.
Lo observé hacer cada movimiento completamente fascinado y terriblemente excitado.
Mentiría si dijera que se me pasó por la cabeza detenerlo, porque no fue así.
Ni por un segundo.
Una sonrisa oscura se dibujó en su rostro mientras disfrutaba viéndome reaccionar al contacto de su mano alrededor de mi erección y, en ese momento, mis oídos empezaron a zumbar y noté cómo la visión se me iba nublando. Todo se volvió confuso. Sus manos, su cercanía, sus caricias.
Fue justo entonces cuando me di cuenta de que me había quedado sin voluntad. Toda se la había entregado al maldito Conor Flanagan.
Una corriente me recorrió el cuerpo y sentí cómo toda la sangre parecía abandonarlo para concentrarse exactamente donde él me estaba tocando. Pero, por alguna razón, aquello no era suficiente.
—¿Qué quieres, Kieran? —preguntó con la voz ronca.
—No lo sé. Yo... yo no sabría qué hacer.
—Solo haz lo que sientas.
Cerré los ojos. Dejé la cabeza en blanco y me centré en su mano sobre mi polla. Inmediatamente, las mías bajaron hasta sus vaqueros y, nervioso, con los dedos torpes, desabroché el botón y deslicé la cremallera.
Tuve que detener mis movimientos.
No porque dudara de lo que estaba haciendo. No, joder. Claro que no. Quería tocarla, sentirla. El problema fue que mi iniciativa tuvo un efecto inmediato en Conor. Comenzó a masturbarme más rápido y una sacudida me atravesó el cuerpo entero con una precisión demasiado cruel.
Fue entonces cuando el terror me frenó en seco. Al deslizar la mano por dentro de sus calzoncillos y sentir su polla, no fui capaz de mover ni un solo músculo.
Nunca había tocado otra que no fuera la mía. Sabía cómo darme placer a mí mismo, pero ¿sabría dárselo a él? ¿Le gustaría más fuerte? ¿Más suave? ¿Más rápido? ¿Más lento?
Miles de dudas se me cruzaron por la cabeza mientras me quedaba allí, quieto como un completo idiota.
—Rodea mi polla con la mano —su voz salió grave y autoritaria, pero también había algo en ella que me animaba a continuar, que me hacía sentir seguro—. Apriétala. No tengas miedo.
Me encontré haciendo exactamente lo que me pedía.
Joder.
Me gustó demasiado.
No solo porque me excité muchísimo más, sino porque sentí una especie de poder absurdo sobre él. Sobre sus emociones. Sobre todo, lo que era capaz de provocarle.
Lo hice con cuidado, con miedo a pasarme.
Aunque, siendo sincero, no parecía precisamente alguien a quien le gustaran los agarres suaves por cómo me devolvía el favor a mí.
No es que me importara demasiado.
Porque, mierda...
Era increíble.
—Más fuerte —ordenó antes de pasarme la lengua por la mandíbula y bajar por mi cuello.
Todo mi cuerpo se estremeció con cada roce suyo. Cada contacto parecía multiplicarlo todo: el calor, la tensión, el placer. Empecé a preguntarme en qué momento me había vuelto tan absurdamente sensible.
Seguía completamente borracho de su contacto cuando dio un paso atrás, liberó mi polla de su agarre, cambió el chorro del agua y cogió un poco de acondicionador de uno de los dispensadores de la ducha.
Vi cómo dejaba caer una buena cantidad sobre su palma y, después, cómo iba deslizándola poco a poco sobre mi longitud. Gota a gota.
Mis ojos siguieron cada movimiento, atrapados por una atracción que empezaba a darme miedo.
Su mano rodeó la mía, abrió mis dedos y la guio hacia mi pene, colocándola donde quería. Después acercó su miembro al mío y cerró mi mano alrededor de ambos hasta donde el grosor se lo permitió.
—Relaja la mano, Kieran.
Obedecí.
Oh, Dios.
Sentí que me iba a morir allí mismo.
Mis ojos siguieron nuestros movimientos con una fascinación casi enfermiza mientras, unidos, movíamos la mano con firmeza.
El placer volvió más pesados nuestros cuerpos, más calientes, más tensos.
Aquello solo empeoró cuando Conor comenzó a mover las caderas, empujando contra mi mano, haciendo chocar su corona contra la mía y marcando un ritmo que terminó arrastrándome con él.
Oh, joder.
Qué clase de maldito delirio era aquel.
Una y otra vez.
Al final, yo también acabé respondiendo a sus embestidas, siguiendo su ritmo, dejándome llevar mientras mi cuerpo, completamente desbocado, pedía más.
Las gotas de agua se mezclaban con el acondicionador y el líquido preseminal; todo era un caos, producto de la excitación y el descontrol.
Apretó mi mano y, con ello, aumentó también la presión sobre nuestros miembros.
Mierda.
Iba a destrozarme si seguía así.
Cada roce superaba al anterior.
Todo lo que podía hacer era mirarlo fijamente, completamente hechizado por todo lo que me hacía sentir. Estaba a punto de irme. Lo notaba. Mis pelotas iban a reventar.
— Mo chreach ... —gruñó, tensándose. Apoyó una de las manos en la pared, al lado de mi cabeza, como buscando un punto de apoyo—. No voy a aguantar mucho más. Quiero que te corras.
Apoyó la frente contra la mía, aislando nuestros miembros del agua y permitiéndonos una imagen mucho más nítida. Solo su polla y la mía.
Aquello era lo más erótico que había visto en mi vida, y yo formaba parte de esa fantasía.
Sin previo aviso, exploté. Mi esperma salpicó su abdomen, su pecho y llegó hasta su clavícula en varios chorros que parecían no terminar nunca. Cuando pensé que ya no iba a salir más, continuó. Una sensación febril me recorrió todo el cuerpo mientras lo miraba, mientras veía su piel marcada por mí.
Dios.
Nunca imaginé que algo así pudiera gustarme tanto.
Ver mi marca sobre él me provocó una sacudida completamente nueva, una sensación rara y salvaje que me agitó el estómago.
Mientras mi cuerpo seguía temblando por el orgasmo, su mano continuó moviendo la mía, exprimiéndome hasta la última gota, arrancándome pequeñas sacudidas que me dejaban sin aire.
Empujó contra mi mano y contra mi polla hasta que soltó un gruñido grave y provocó que mi cuerpo reaccionara otra vez.
—Oh... joder... me corro...
Sus músculos se tensaron mientras embestía un par de veces más y, un segundo después, sentí la humedad cubrir mi mano y toda mi ingle.
La cabeza me daba vueltas mientras bajaba la vista hacia nuestros cuerpos, salpicados por las consecuencias de lo que acabábamos de hacer.
Fue ahí cuando Conor soltó el agarre.
Dio un paso atrás.
Luego otro.
Y otro más.
Hasta que chocó con el cristal de la ducha. Lo seguí observando sin moverme.
Su cabeza golpeó suavemente la pared y se quedó inmóvil, respirando con fuerza. Parecía arrepentido.
Mis ojos descendieron lentamente por mi cuerpo y avancé un paso, metiéndome bajo el agua como si aquello pudiera cambiar algo de lo que acababa de pasar. Como si pudiera borrar lo sucedido.
Pero me di cuenta de que no era así. Cuando volví a mirarlo y la excitación empezó a amainar, la realidad me golpeó de lleno: había estado con un hombre, me había corrido con la polla de Conor y había tenido el orgasmo más intenso de mi puta vida.
No podía significar nada. Simplemente no podía.
Desvié la vista y salí de la ducha a toda prisa, resbalando por el suelo mojado mientras intentaba escapar de allí. Le eché un último vistazo antes de abandonar el baño y lo vi dejarse caer lentamente por la pared hasta quedarse sentado, con la cabeza entre las manos.
Mierda, ¿qué coño acabábamos de hacer?