Atrapados en la jugada (Corazones en juego 5) Capítulo 17
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Capítulo 17

KIERAN

​ Año y medio antes…

Cerré la puerta corredera de la habitación de Conor, coloqué nuestro calzado junto a la entrada y apoyé mi cartera y el teléfono empapado sobre una de las mesitas auxiliares.

Al alzar la vista para buscarlo, me quedé quieto.

Conor se estaba sirviendo un whisky .

Lo observé incapaz de reaccionar. Después de todo lo que había pasado aquella noche, después del mar, del susto y de aquella discusión... ¿de verdad no había servido de nada?

Caminé hasta quedar frente a él.

Conor alzó los ojos y los clavó en los míos. Había algo extrañamente inquieto en su mirada.

—No te preocupes. No voy a hacer ninguna estupidez.

No pienso salir de esta habitación y te prometo que solo será una copa.

Lo necesito, no sabes cuánto. —Bajó la vista hacia el vaso, respiró hondo y, cuando volvió a mirarme, su expresión había cambiado.

Había una tensión difícil de descifrar—.

Ahora mismo tengo la cabeza hecha una mierda.

Estoy pensando cosas y sintiendo otras que ni siquiera deberían estar ahí.

La forma en que lo dijo me confundió. Porque, por alguna razón, sentí que aquellas palabras no hablaban solo de él. Que también tenían algo que ver conmigo.

Después dio un sorbo.

Sin pensarlo, agarré la botella que había sobre la mesa, desenrosqué el tapón y bebí directamente de ella.

Conor alzó la cabeza de golpe.

—¿Qué coño haces?

Seguí bebiendo.

Lo oí acercarse deprisa. Intentó quitarme la botella, pero retiré el brazo a tiempo. Parte del whisky terminó derramándose sobre los dos, resbalándome por el cuello y empapándole el pecho.

—Déjame —protesté, apartándolo—. No eres el único que tuvo un día de mierda. O una vida de mierda. Así que voy a seguir tus pasos. Igual consigo que todo me resbale tanto como a ti.

—¡Para! ¡Que pares, joder!

De pronto su cuerpo se pegó a mi espalda y me inmovilizó contra la pared. Me sujetó los brazos y me arrebató la botella.

Sentí su respiración rozándome la piel.

—No hagas esto...

Su voz sonó muy cerca. Peligrosamente cerca.

Noté cómo su nariz rozaba mi mejilla y un escalofrío me recorrió entero antes de oírlo murmurar, tan bajo que casi no lo entendí.

—Tú eres mucho mejor que yo, Kieran.

El corazón me golpeó el pecho.

—Eres jodidamente perfecto.

Se apartó.

Sin más.

Lo vi entrar en el baño todavía tambaleándose un poco y vaciar el resto de la botella por el retrete. Lo seguí despacio, apoyándome en el marco de la puerta porque empezaba a notar un ligero mareo.

Conor se giró hacia mí y señaló nuestros cuerpos empapados, cubiertos de arena y ahora también oliendo a whisky .

—Somos un puto desastre, principito.

Por primera vez en toda la noche, ambos sonreímos. Una sonrisa pequeña, pero real.

Acto seguido abrió el grifo de la ducha y, sin molestarse siquiera en quitarse los pantalones, se metió bajo el agua.

Me quedé observándolo desde la puerta.

Los chorros resbalaban despacio por su cuerpo, recorriendo el pecho y marcando las líneas de su abdomen firme. Las gotas descendían por sus brazos siguiendo el dibujo de las venas antes de desaparecer más abajo.

Mi mirada subió sin permiso hasta su rostro. A su mandíbula. A su boca.

Sentí una excitación completamente nueva para mí.

Era la primera vez que me ocurría algo así. Mucho menos con un hombre.

Lo normal habría sido asustarme. Dar media vuelta y salir de allí. Convencerme de que aquello era una locura antes de que fuera demasiado tarde.

Pero no quería marcharme.

Quería quedarme allí. Mirándolo. Disfrutando de aquel vértigo desconocido que me revolvía por dentro cada vez que nuestras miradas se encontraban.

Quizá era el alcohol. Quizá todo lo que había pasado aquella noche. O quizá tenía la cabeza demasiado rota para pensar con claridad.

—Deberías largarte —la voz de Conor sonó ronca, entrecortada.

—No pienso dejarte solo. —Avancé hacia él, tambaleándome un poco. Mierda, no debería haber bebido—. No me fío de ti.

—Haces bien en no hacerlo, porque ahora mismo yo tampoco me fío de mí.

Estiró el brazo y me sujetó por el codo antes de tirar suavemente de mí. Un segundo después estaba dentro de la ducha con él.

—Pero... ¿qué crees que estás haciendo? —pregunté. La voz me tembló más de lo que me habría gustado.

Conor apoyó una mano a un lado de mi cabeza y se inclinó hacia mí. Su pecho rozó el mío durante un instante y, joder, sentí que el aire desaparecía de mis pulmones. Entonces hizo un movimiento rápido y un chorro de agua helada cayó sobre los dos.

—¿Te has vuelto loco? —protesté, intentando apartarme.

—Estate quieto, Kieran. Deja de restregarte.

—Apretó la mandíbula y cerró los ojos un instante.

Fue entonces cuando comprendí que nuestros cuerpos llevaban varios segundos rozándose sin que yo hubiera sido realmente consciente—.

Tenemos que bajarnos el puñetero alcohol de encima.

Está claro que está haciendo estragos en los dos. ¿Lo entiendes?

Asentí.

Temblando.

Y no era por el agua fría.

Era por él.

Porque casi no quedaba espacio entre nosotros.

Porque nuestras respiraciones salían algo agitadas y, cada vez que uno de los dos cogía un poco más de aire, nuestros pechos volvían a rozarse.

Porque sus ojos seguían clavados en los míos.

Porque, poco a poco, aquello empezaba a transformarse en algo peligrosamente intenso.

Conor volvió a mover la mano y, un instante después, el agua cambió. El calor cayó sobre nosotros de golpe, resbalando por mi cuello, los hombros y la espalda.

En un intento bastante patético por recuperar un poco de espacio, de aire o de control, apoyé la palma sobre su pecho.

Pésima idea.

Los dos bajamos la mirada al mismo tiempo.

Sentí su respiración bajo mi mano. Al principio, el movimiento lento de su pecho; después, uno más irregular, más profundo.

No sé cuándo ocurrió exactamente. Solo sé que mis dedos avanzaron unos centímetros, rozándolo casi sin querer, como si mi cuerpo hubiera decidido ignorar por completo a mi cabeza.

Aquello era nuevo. Completamente desconocido para mí.

Nunca había tocado a otro hombre de esa manera.

Nunca me había fijado en cosas tan pequeñas: el calor de una piel, unos músculos tensándose bajo mi mano o la cercanía de un cuerpo.

Pero había una fuerza extraña en todo aquello, una sensación que me mantenía inmóvil mientras una parte de mi cabeza me gritaba que me apartara de una vez.

Alcé la vista.

Vi cómo tragaba saliva y, acto seguido, sus ojos encontraron los míos.

Había algo distinto en su mirada. Las pupilas demasiado dilatadas.

La expresión seria. Tan seria que, durante un instante, sentí un vuelco horrible en el estómago.

Pensé que me había pasado. Que había cruzado una línea.

Que iba a apartarse o a soltar uno de sus comentarios de mierda para romper aquella tensión insoportable.

Pero no dijo nada.

Solo siguió mirándome.

Cuanto más lo hacía, más difícil resultaba apartar los ojos de él. Del agua deslizándose por su rostro. De las gotas atrapadas en sus pestañas. De su boca húmeda. De la distancia ridícula que quedaba entre nosotros.

Entonces levantó la mano.

Bastó con que sus dedos me sujetaran la mandíbula para que una descarga me atravesara la entrepierna.

Su agarre firme me mantuvo inmóvil mientras rozaba mi boca con la suya en un gesto duro. Me mordió el labio inferior, tensando la piel y despertando cada terminación nerviosa que hubiera permanecido dormida hasta ese momento.

Su lengua recorrió mis labios. Una petición silenciosa para que los abriera.

El corazón me zumbaba en el pecho y mis pensamientos eran un caos absoluto, atrapados entre el miedo a lo desconocido y una necesidad cada vez más intensa de dejarme llevar.

Mi cuerpo decidió por mí.

Entreabrí los labios y Conor soltó un sonido casi salvaje. Entonces sentí cómo me atraía todavía más hacia él, como si estuviera peleando por arrancarme el último pedazo de autocontrol que me quedaba.

Gemí.

Joder.

En cuanto el sonido escapó de mi garganta, me horrorizó lo ajeno que me resultó, como si no me perteneciera.

Aquello sabía a algo prohibido, a algo salvaje. A una tentación demasiado grande como para apartarme de ella.

Así que permití que mis dedos recorrieran su espalda hasta que una de mis manos acabó rodeándole la nuca y me abandoné al momento.

Le devolví el beso con la misma intensidad que crecía dentro de mí, con la sensación absurda de estar entregándole una parte que ni siquiera sabía que existía.

Como si, por primera vez, me estuviera desnudando de verdad, mostrando algo que llevaba demasiado tiempo encerrado y que ahora me quemaba por dentro.

Noté su mano abandonar mi mandíbula, descender por el pecho, recorrer mi costado y perderse hacia mi espalda.

Volví a jadear.

Maldita sea.

Odiaba aquellos pequeños sonidos escapándose de mi boca.

Lo peor era que él parecía percibirlos todos.

No había control. Ninguno. Estaba tan perdido como yo, y eso lo volvía impredecible.

Peligrosísimo para mí.

Estaba lo bastante borracho como para no resistirme. Tenía que ser eso, me repetí. Tenía que serlo.

Aunque, en el fondo, sabía que el alcohol tenía muy poco que ver.

La mirada cargada de lujuria de Conor fue la señal, justo antes de que un movimiento de sus caderas y el empuje de su cuerpo contra el mío delataran lo duro que estaba.

Bueno.

Rectifico.

Lo duro que estábamos los dos.

Por alguna razón, descubrir que era yo quien provocaba aquello en él me gustó. Saber que podía llevarlo hasta ese punto.

Con las rodillas separó un poco más mis piernas y se encajó entre ellas como si aquel espacio hubiera sido hecho para él. El roce de su erección contra la mía hizo que un escalofrío me recorriera el cuerpo entero y tuve que clavar los dedos en su espalda.

Joder.

¿Qué clase de maldito delirio era aquel?