Capítulo 16 #3
Conor se aferró a mí al instante. Uno de sus brazos rodeó mi cintura y la otra mano acabó en mi rostro, sujetándome como si temiera que desapareciera.
Aparté el pelo mojado de su frente mientras mantenía el otro brazo firme en su espalda, atrayéndolo todavía más hacia mí.
Permanecimos así, inmóviles, con la frente y la nariz rozándose, compartiendo el mismo aire mientras nuestras respiraciones encontraban poco a poco el mismo ritmo.
Sus ojos seguían clavados en los míos.
Y los míos en los suyos.
Sentí cómo su mano descendía un poco más por mi cintura y mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza.
Una ola rompió contra nosotros de golpe, empujándonos y haciéndonos perder el equilibrio durante un instante. Con ella también desapareció aquella extraña burbuja que nos envolvía.
—Vamos. Salgamos de aquí.
Sin soltarlo, lo guie hasta la orilla.
Cuando comprobé que recuperaba el aire y volvía poco a poco en sí, el miedo dio paso a una rabia que me quemó por dentro. Porque podía haberlo perdido. Joder, durante unos segundos pensé que había intentado hacer lo mismo que mi madre. Rendirse. Dejarse arrastrar por el dolor.
Me pasé una mano por el pelo y, sin pensarlo demasiado, agarré la botella de whisky y la lancé con fuerza mar adentro.
—¿Se puede saber en qué coño estabas pensando?
Lo empujé en el pecho y retrocedió un paso sobre la arena mojada.
—¿Crees que morirte arregla algo?
Conor alzó la vista hacia mí todavía respirando con dificultad. El agua seguía resbalándole por la cara y su pecho subía y bajaba despacio.
—Venga, no seas exagerado. No quería quitarme la vida. Solo me apetecía darme un baño. Nada más.
Lo miré sin poder creer lo que estaba escuchando.
—¿Exagerado? —solté una carcajada sin humor—. Eres imbécil. Uno enorme. ¿Qué clase de idiota se mete borracho en el mar en mitad de la noche? Si no llego a encontrarte, ahora mismo posiblemente estarías muerto. ¿Lo entiendes? Muerto, joder.
—Pero no lo estoy —contestó, pasándose una mano por la cara—. Así que relájate un poco. Me está empezando a doler la cabeza de escucharte gritar.
Algo explotó dentro de mí.
Porque lo decía con una tranquilidad que me revolvía el estómago. Como si no entendiera lo que acababa de pasar. O peor, como si le importara una mierda.
No pensé.
Simplemente le pegué un puñetazo.
Conor cayó sobre la arena y me lancé encima de él. Lo agarré por la nuca y lo arrastré unos metros hasta la orilla antes de hundirle la cabeza bajo el agua durante unos segundos y sacarla de nuevo.
Se revolvió debajo de mí.
—¿Esto querías? ¿Eh? —grité fuera de mí—. ¿Te importa tan poco seguir vivo o muerto?
Volví a empujarlo hacia el agua.
—¿Porque te rompieron el corazón ahora crees que puedes hacer lo que te dé la gana?
Otra vez.
—Pues resulta que tu mierda también hace daño a otros. A la gente que tienes al lado. A quienes se preocupan por ti.
Otra vez.
En algún momento dejé de hablar solo de Conor.
También hablaba de mi madre. De mí. De toda aquella impotencia que llevaba demasiado tiempo pudriéndose por dentro.
—Pero te da igual, ¿no? Porque los demás nunca importan lo suficiente como para luchar por ellos.
Volví a agarrarlo, dispuesto a hundirlo otra vez, pero me detuve.
La vista se me nubló de golpe. Parpadeé, confundido, y fue entonces cuando me di cuenta.
Estaba llorando.
Las lágrimas se mezclaban con el agua salada y ni siquiera sabía en qué momento habían empezado a caer.
—Eres un maldito idiota... —murmuré con la voz rota—. No te mereces a toda esa gente que te quiere.
Iba a empujarlo otra vez cuando reaccionó. Me agarró de los brazos, me apartó y, en un abrir y cerrar de ojos, acabé tumbado sobre la arena con su cuerpo inmovilizándome.
—¡Basta! —gritó sin aflojar la presión—. ¡Ya es suficiente!
Seguí revolviéndome debajo de él, temblando, respirando mal, mientras las lágrimas seguían escapándose sin control.
—Lo siento, ¿vale? —dijo jadeando—. Fue una irresponsabilidad por mi parte. Lo sé. Pero te juro que no intenté hacer lo mismo que hizo tu madre.
Su voz fue apagándose hasta convertirse casi en un susurro. Después apoyó la cabeza sobre mi hombro.
Y algo dentro de mí se rompió.
O quizá se calmó.
Ya no lo sabía.
—Creí que te perdía —reconocí con la voz quebrada—. Me asusté muchísimo.
Conor alzó despacio la cabeza. Sus ojos buscaron los míos y, después, acortó la distancia hasta apoyar la frente contra la mía.
—Pero me salvaste, Kieran —susurró.
Sentí una lágrima suya resbalar sobre mi piel.
Poco a poco soltó mis muñecas y sus dedos húmedos, cubiertos de arena, ascendieron hasta mi rostro para secarme las lágrimas.
Mis manos le recorrieron la espalda casi por inercia, hasta instalarse en su cintura.
Sus dedos continuaron moviéndose despacio. Mi mandíbula. Mi cuello. Mi rostro.
Hasta que su pulgar rozó mi labio inferior.
Algo cambió.
La rabia, el miedo y la angustia se mezclaron con otra cosa mucho peor. Algo lento y abrasador que empezó a extenderse por todo mi cuerpo.
Porque, de pronto, fui demasiado consciente de lo cerca que estaba. De su respiración mezclándose con la mía. Del calor de su cuerpo sobre el mío.
Y joder...