Atrapados en la jugada (Corazones en juego 5) Capítulo 16 #2
31%

Capítulo 16 #2

Kelsey y Juraj incluso se ofrecieron a acompañarme hasta la habitación, pero me negué enseguida y les prometí escribirles al llegar para que se quedaran tranquilos.

En cuanto me alejé del restaurante, aceleré el paso más de la cuenta. Necesitaba saber que Conor estaba bien.

Golpeé la puerta de su habitación una vez.

Nada.

Lo hice otra vez.

Silencio.

Entré en la mía con una idea clara y crucé directamente hacia la puerta trasera, la que daba a la pequeña cala privada del resort. Todas las habitaciones comunicaban por aquel tramo de arena y madera.

La puerta corredera de Conor estaba entreabierta. Por un segundo sentí alivio. Uno muy breve. Porque el lugar estaba vacío.

Lo único que encontré fueron varias botellas de whisky sobre la mesa. Había pedido alcohol. Y ahora no estaba allí.

—Mierda, joder... ¿Dónde coño te has metido? —murmuré, pasándome una mano por el pelo.

Intenté pensar rápido. Si las botellas seguían allí, seguramente había salido hacia algún bar de la playa. Tenía que empezar a buscar por la zona.

Mi teléfono comenzó a vibrar justo entonces. El nombre de mi madre apareció en la pantalla.

Perfecto. Nada podía salir peor aquella noche.

Descolgué mientras salía de la habitación de Conor y empecé a caminar por la playa.

—¿Mamá?

—Kier, cariño..., estoy muy triste.

Su voz sonaba pesada, lenta, igual que siempre después de tomarse la medicación.

—Tu padre y tu hermano tuvieron otra discusión horrible. No me gusta verlos así. Tienes que ayudarme a que vuelvan a estar unidos como antes.

Cerré los ojos un instante.

Mi padre y Dray jamás habían estado unidos.

—Hijo —continuó ella—, tenemos que intervenir. Somos una familia y no podemos permitir que una tontería como la afición de tu hermano nos rompa.

«No se puede romper algo que nunca existió, mamá».

Pero no fui capaz de decirlo en voz alta.

—No te preocupes. Todo va a estar bien —mentí, suavizando el tono—. Ahora intenta descansar un poco. Mañana será un día mejor, ya lo verás.

—¿Me lo prometes?

Siempre hacía la misma pregunta.

Y yo siempre respondía igual.

Otra mentira más.

—Te lo prometo.

Escuché cómo soltaba el aire al otro lado de la línea.

—Tu hermano quiso marcharse de casa, pero al final recapacitó. Sabe que aquí es donde debe estar. Además... no puedo perder a mis dos hijos a la vez. Tú ya no estarás a mi lado cuando te cases, Kier.

Apreté la mandíbula.

—Eso no va a pasar, mamá.

—Cariño, tu padre me lo contó esta mañana. Aunque me habría gustado que fueras tú quien me diera la noticia.

«Lo voy a matar».

La rabia me recorrió el pecho con tanta fuerza que tuve que detenerme un momento sobre la arena.

—Tenemos que organizar una gran fiesta en casa —continuó ella, completamente perdida en su propia ilusión—. También habría que empezar a pensar en la boda. Me encantaría reunirme con tu novia para hablar del vestido. Ay, hijo... ya tengo ideas preciosas.

Exhalé, agotado.

Porque nada de aquello iba a suceder. Ni el compromiso, ni la boda, ni aquella vida perfecta que ella imaginaba.

Pero aun así la dejé hablar. Sus fantasías eran lo único que le quedaba.

Mientras seguía divagando sobre flores, invitados y vestidos, aproveché para enviarle un mensaje a Kelsey diciéndole que ya estaba en la habitación y que no se preocupara por mí. Después volví a llevarme el teléfono al oído.

Su voz sonaba cada vez más lenta, más arrastrada, hasta que finalmente dejó de hablar.

Se había quedado dormida.

En cuanto escuché su respiración pausada al otro lado de la línea, me llevé el antebrazo a la boca para ahogar un grito.

Me doblé hacia delante, apoyé las manos sobre las rodillas y traté de contener la ansiedad, la rabia y la impotencia que me estaban devorando por dentro.

«Mira el mar. Escucha las olas. Es tu lugar seguro. Solo céntrate en eso. Después sal a buscar a Conor».

Eso hice.

Levanté la vista y permití que mi mirada se perdiera en el océano. El sonido constante de las olas, el agua rompiendo con suavidad contra la orilla y el viento húmedo golpeándome la cara consiguieron calmar un poco el caos que llevaba dentro.

Fue entonces cuando algo llamó mi atención.

A lo lejos distinguí una figura caminando por la orilla. No habría reparado en ella de no ser porque, de pronto, vi cómo intentaba quitarse los zapatos mientras avanzaba y, un segundo después, perdía el equilibrio hasta estrellarse contra la arena mojada.

Desde aquella distancia no distinguía nada. Ni siquiera estaba seguro de quién era.

Eché a andar deprisa.

Vi cómo el desconocido conseguía incorporarse a duras penas, arrojaba algo sobre la arena y se dirigía directamente hacia el mar.

Ahí eché a correr.

Fuera quien fuese, estaba claro que no se encontraba en condiciones de meterse al agua a esas horas.

—¡Eh! ¡Oye!

Vi cómo se adentraba tambaleándose entre las olas hasta que, de repente, desapareció.

Se esfumó.

—¡Joder!

Cuando llegué al lugar donde había estado, encontré unas zapatillas tiradas y una botella de Macallan medio vacía sobre la arena.

Conocía ese whisky . Había visto a Conor beberlo demasiadas veces.

Alcé la cabeza de golpe hacia el agua.

—¡Conor!

Nada.

Solo oscuridad. Las olas rompían una detrás de otra y era imposible distinguir nada ahí fuera. Lo único que tenía como referencia eran las cosas que había abandonado en la arena.

Me quité las zapatillas y la camiseta a toda prisa. Me lancé al agua.

—¡Conor!

Nadé mar adentro sin dejar de buscar entre la oscuridad.

—¡Conor! ¡Joder, respóndeme!

El corazón me golpeaba con tanta fuerza que me dolía el pecho. Seguía avanzando, apartándome el agua de la cara y girando una y otra vez en busca de cualquier cosa.

Entonces escuché algo.

Una tos.

O eso creí.

A varios metros vi algo emerger un instante antes de desaparecer de nuevo bajo el agua.

Nadé hasta allí tan rápido como pude.

Pero cuando llegué ya no había nada.

—¡Conor!

El agua no cubría demasiado, pero en aquella oscuridad era imposible ver una mierda. Solo olas agitándose y el rugido constante del mar.

Entonces sentí un roce en la pierna y me sumergí de inmediato. Mis dedos rozaron una tela. Tiré de ella con fuerza. Una camiseta emergió entre mis manos. La de Conor.

—No, no, no..., joder.

Volví a sumergirme sin pensarlo. Esta vez moví las manos a ciegas, palpando desesperado en medio de la oscuridad hasta chocar contra algo más sólido.

Un brazo.

Un cuerpo.

Lo agarré con todas mis fuerzas y tiré hacia arriba.

Cuando salimos a la superficie, Conor tosió violentamente, expulsando agua mientras intentaba recuperar el aire.

Sentí cómo algo dentro de mí volvía a ponerse en marcha.

—Ya te tengo.

Lo rodeé con los brazos, pegándolo contra mi cuerpo, y apoyé la frente sobre la suya.

No hizo falta nada más.

Respiré yo también.

Porque estaba bien.

Joder..., estaba bien.