Atrapados en la jugada (Corazones en juego 5) Capítulo 16
30%

Capítulo 16

KIERAN

​ Año y medio antes…

El teléfono volvió a sonar con el nombre de mi padre en la pantalla.

Lo había ignorado durante todas las vacaciones.

Bastante esfuerzo me costaba mantener la cabeza en orden como para dejar que él volviera a arruinarlo todo.

Cerca de mi padre jamás existía la claridad, solo presión, culpa y esa capacidad enfermiza para manipular a cualquiera hasta salirse de nuevo con la suya.

No le importaba utilizarnos a mi madre, a mi hermano o a mí con tal de alcanzar sus objetivos.

Pero esta vez no iba a ceder.

Mi relación con Avery había terminado, y no solo por la humillación pública de quedar como un cornudo ante todo el país cuando salió a la luz la verdad sobre aquella fiesta.

Las portadas llevaban semanas hablando de drogas, orgías y famosos; probablemente la mitad fuera mentira, pero, conociendo sus gustos, tampoco me sorprendía.

Al principio me dio un ataque de rabia, pero luego sentí un alivio enorme. Creí, ingenuamente, que ese escándalo sería la excusa perfecta para romper la farsa sin perjudicar la alianza de mi padre con el presidente de los Chicago Guardians y que, por fin, me dejaría en paz.

Qué equivocado estaba.

Lejos de rendirse, orquestaron un plan para limpiar la imagen de Avery... y yo formaba parte del control de daños. Sabía de sobra lo que me esperaba al regresar: más presión, más control y más decisiones tomadas en mi nombre.

A veces me daban ganas de quedarme en Hawái para siempre. Si no fuera por mi madre y por Dray, jamás volvería a esa casa.

El teléfono vibró entre mis manos. Esta vez era un mensaje de mi hermano.

Dray

Kier, no sé cuánto más voy a aguantar sin matar a ese cabrón.

Mamá tuvo otra crisis fuerte por su culpa.

Discutimos y me rompió las guitarras. También me prohibió tocar.

Lo odio con todo mi puto ser. Estuve a punto de largarme, ¿sabes?

Pero mamá se derrumbó y me pidió que no la abandonara. Y no pude hacerlo.

Algo se me rompió por dentro al leer aquello.

La historia de nuestra familia era siempre la misma: mi padre irrumpía para destruir un poco más todo lo que tocaba. Entendía el odio de Dray porque yo sentía exactamente lo mismo. Ese hombre había sido una sombra constante en nuestras vidas, condicionando cada paso que dábamos.

Su mejor arma para controlarnos siempre había sido nuestra madre.

Yo

Tranquilo. Mañana estaré en casa y solucionaremos esto juntos. Y si vuelve a romperte las guitarras, compraremos otras, pero tú no vas a apartar la música de tu vida como tuve que hacer yo con el surf.

Dray

Nuestra vida no tiene solución mientras ese cabrón siga en ella.

Lo más duro era saber que Dray tenía razón.

Mi madre jamás había sido capaz de dejar a mi padre; lo suyo era una obsesión enfermiza, una dependencia tan extrema que la destruía en cuanto sentía que lo perdía.

Después de varios episodios graves y de un último intento de suicidio que casi acaba con su vida, terminaron incapacitándola legalmente.

Ahora mi padre controlaba toda su vida, su fortuna y, por extensión, a nosotros.

Nos quería exactamente igual que a sus negocios: obedientes, útiles y fáciles de manejar. Dos máquinas de hockey. Nada más.

A mí me había arrancado el surf de las manos y ahora estaba haciendo lo mismo con Dray y la música.

Con la diferencia de que mi hermano no era como yo.

Dray era puro impulso y emoción, incapaz de controlarse.

La última vez que mi madre acabó en el hospital, le molió la cara a golpes a mi padre hasta que tuvieron que separarlo.

La música era lo único que lo mantenía cuerdo en esa casa, su única vía de escape del caos, las amenazas y los gritos entre los que habíamos crecido.

Si le quitaban eso, terminaría tan perdido como yo.

La pantalla se iluminó de nuevo con otro mensaje suyo.

Dray

Kier, escuché a papá hablando con el padre de Avery. Mencionaron organizar un evento donde os vieran juntos y después anunciar... tu compromiso. Dicen que así desviarían la atención del escándalo. No vuelvas con ella, por favor.

Seguí viendo cómo aparecía el aviso de escribiendo..., pero dejé de leer.

Sentí una ráfaga de rabia tan intensa que casi me impidió respirar.

—¿Un compromiso? ¿Pretendían comprometerme a mis espaldas?

Perfecto. Ahora el que tenía ganas de matar a alguien era yo.

Marqué el número de mi padre. Descolgó al segundo tono y hablé antes de que pudiera abrir la boca.

—Eres un maldito desgraciado. ¿Cómo coño me has hecho esto?

—Controla esa boca, Kieran. No te tolero ese tono. Soy tu padre.

Solté una risa seca, completamente vacía.

—No te has ganado el derecho a llamarte así. Tú no tienes hijos; tienes piezas de ajedrez que mueves a tu antojo. Pero escúchame bien, porque esta partida se ha terminado. Sé de sobra lo que planeas con Avery, así que ya podéis ir olvidándoos tú y su padre de ese compromiso. No va a pasar. Jamás.

—¿Tu hermano te ha ido con el cuento? —Se respondió a sí mismo antes de que dijera nada—. Hablaremos cuando regreses y te hayas calmado. Deja de dramatizar, no te vas a casar mañana. Solo es un compromiso para acallar a los medios.

—Busca a otro, porque yo no voy a ser partícipe de esta mentira. ¿Me oyes? No pienso hacerlo.

Le colgué antes de darle opción a replicar.

Esta vez no.

Solté el aire despacio, intentando aplacar la ira que me hervía por dentro, y me dirigí al restaurante donde estaban todos reunidos.

Necesitaba recomponerme antes de llegar.

Si esa iba a ser nuestra última noche en Hawái, al menos pensaba disfrutarla antes de volver a Chicago y enfrentarme a toda la mierda que me esperaba.

Al girar la esquina vi a Nathan y a Jordan junto a la entrada. Nate le estaba secando las lágrimas con los pulgares.

Genial. Definitivamente estábamos todos de puta madre.

Aceleré el paso, preocupado. Esa escena no era normal en ellos. Desde que los conocía vivían pegados el uno al otro entre besos, rozamientos y miradas cómplices. Parecía que les bastaba respirar cerca para sonreír.

Por eso supe al instante que algo grave estaba pasando.

—Hola, chicos —saludé al acercarme—. ¿Qué pasa?

—Nada —se apresuró a contestar Nathan.

—No tiene cara de «nada» —repliqué, mirándolos a los dos—. No sé si sirve de algo, pero si puedo ayudar en lo que sea, decídmelo.

—Lo sé, tío —Nathan me apretó el hombro con fuerza—. Es solo que mi chica se ha llevado un golpe duro. Quiso... joder, intentó contactar con Liam. Le pedí que no lo hiciera estando aquí; ya habría tiempo al regresar a casa.

Jordan se secó los ojos con el dorso de la mano y se unió a la conversación con la voz rota:

—Llevo semanas sin saber nada de mi mejor amigo. No me coge las llamadas, no contesta los mensajes... He estado teniendo pesadillas horribles estos días, así que hoy he llamado a su madre.

—¿Y qué te ha dicho? —pregunté en voz baja.

—Que Liam ya no está en casa. Que se ha ido para empezar de cero lejos de aquí y que, si de verdad lo queremos, dejemos de buscarlo. Nos ha pedido que lo aceptemos y pasemos página, porque no piensa volver.

—Joder... —musité, sin saber qué responder.

Sabía que estaban unidísimos, en especial ellos tres, pero me resultaba incomprensible cómo alguien podía esfumarse de esa manera y cortar de raíz con toda su vida sin mirar atrás.

Nathan volvió a abrazar a Jordan mientras le susurraba algo al oído para tranquilizarla, pero dejé de prestarles atención en cuanto vi a Conor unos metros más atrás.

Mierda. Lo había escuchado todo.

Lo primero que me impactó fue el dolor en su rostro. Después me fijé en sus puños apretados, la mandíbula encajada y esa expresión que apenas conseguía contener un torrente de rabia e impotencia.

Nuestras miradas se cruzaron. Entonces negó despacio con la cabeza.

No entendí qué pretendía decirme hasta que se dio la vuelta y se marchó en silencio. No quería que nadie lo viera así.

Cuando miré de nuevo a Nathan y a Jordan, ella ya parecía algo más calmada. Nate sugirió entrar al restaurante antes de que los demás empezaran a preocuparse por la tardanza.

Pero quien estaba realmente preocupado era yo. Saqué el teléfono a toda prisa y le escribí a Conor.

¿Dónde estás? Voy a buscarte. Te prometo que no diré nada, pero, por favor, habla conmigo. Estoy preocupado.

Nada. El mensaje ni siquiera llegó a enviarse.

—Dadme un minuto —les pedí, quedándome junto a la entrada.

Lo llamé. Teléfono apagado.

Dudé unos segundos entre contárselo a los demás o no. Él me había pedido discreción, pero si volvía a emborracharse y acababa tirado en cualquier parte, también sería culpa mía por quedarme de brazos cruzados.

Cuando regresé con el grupo, fingiendo una tranquilidad que no sentía ni de lejos, escuché a Caden comentar que Conor le había enviado un mensaje diciendo que no podría asistir a la cena. Al parecer, su hermana había tenido una crisis hormonal y no quería dejarla sola.

Mentira.

Aunque el resto pareció creérsela. Supuse que ese tipo de situaciones no eran nuevas para ellos.

Nos sirvieron el primer plato y todos continuaron hablando, bromeando y riéndose como si nada. Jordan incluso parecía bastante más tranquila y participaba otra vez en la conversación.

Pero yo no podía parar de pensar en Conor.

En dónde estaría.

En cómo estaría.

—Kier, estás muy callado esta noche —comentó Kelsey, sentada a mi lado.

No tenía cuerpo para fingir normalidad. Tampoco soportaba quedarme allí sin hacer nada. Simplemente no podía.

—No me encuentro muy bien —mentí, bajando la vista hacia el plato—. Creo que he comido algo que me ha sentado mal. Solo de mirar la comida se me revuelve el estómago.

—Pide otra cosa entonces —propuso Kai enseguida.

—No, chicos, en serio. Lo que necesito es meterme en la cama. He intentado venir para no perderme la cena, pero no puedo más. ¿Os importa si me retiro?

Pregunta trampa. Evidentemente nadie iba a decir que no.

Y así fue.