Atrapados en la jugada (Corazones en juego 5) Capítulo 15 #4
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Capítulo 15 #4

Sus dedos recorrieron lentamente mi abdomen hasta detenerse en la cinturilla del pantalón, jugando con ella de una forma distraída y cruel que hizo que mi cabeza cayera hacia atrás.

Joder.

Su boca atrapó mi mentón en una mordida suave antes de seguir descendiendo. Besos húmedos. Dientes rozándome la piel. Su respiración caliente contra mi garganta mientras continuaba torturándome con aquel juego lento entre su mano y su boca.

Mi pulso.

Mi cuello.

Mi garganta.

Sentía cada roce demasiado intenso, demasiado profundo, hasta el punto de creer seriamente que iba a morir allí, debajo de él.

Esa certeza terminó de aplastarme cuando volvió a buscar mi boca.

Me besó con más rabia que antes, más hambriento, mientras su mano atrapaba mi polla a través del pantalón y tiraba de ella para rozarla con la suya.

—Oh, Dios... —se me escapó entre un jadeo tembloroso.

—Mmm. Así que ahora soy tu Dios —murmuró el muy idiota con ese tono arrogante que me daban ganas de estrangularlo.

—No. Tú eres... eres...

Las palabras murieron en mi garganta cuando deslizó los pantalones y arrastró su mano lentamente por mi dureza.

—Tu perdición —susurró junto a mi oído antes de atrapar el lóbulo entre sus dientes.

Una descarga me recorrió de arriba abajo.

—Mírate —continuó con la voz grave, pegada a mi piel—. Te estás deshaciendo y todavía ni siquiera he empezado. Eres jodidamente adorable, principito.

—No me llames así —protesté moviendo las caderas de forma involuntaria.

Error.

Conor aprovechó el movimiento para bajarme los calzoncillos. El aire frío chocó contra mi miembro caliente y una sacudida me atravesó la espalda cuando empuñó su mano alrededor de mi polla, recorriéndola despacio, disfrutando de cada reacción que conseguía arrancarme.

Tenía razón.

Él tenía todo el control sobre mí.

Tiré de su cabeza para volver a besarlo con desesperación mientras su mano seguía moviéndose por mi pene, acariciándolo y apretándolo con firmeza.

Un sonido ahogado escapó de mi garganta.

Estaba excitado a un nivel que ni sabía explicar. Estaba perdiendo la cabeza solo por la forma en que su mano grande y áspera se amoldaba a mi erección.

—Estás haciendo un desastre, principito —se rio mientras pasaba el pulgar por mi glande húmedo.

—Que te den, Flanagan —logré soltar entre respiraciones desordenadas.

Y no solo por la imagen obscenamente perfecta de su mano deslizándose desde la base de mi polla hasta la punta, sino porque odiaba que me llamara así. No era un jodido principito.

Respiré sobre su boca, atrapado en un maldito delirio donde ya no controlaba nada.

No podía pensar.

Ni procesar.

Ni respirar correctamente mientras me masturbaba él, apretando la punta y recogiendo el líquido preseminal en su palma. Lo usaba para lubricarme, deslizándose de arriba abajo en un movimiento lento y rudo.

—Oh, joder... oh... para... para o voy a...

Llevé una mano hasta su muñeca intentando detenerlo, pero Conor la retiró enseguida y la inmovilizó contra la colchoneta.

Estaba perdido.

Completamente perdido.

Al aumentar el ritmo, supe que no iba a poder aguantar mucho más.

Con la mano libre agarré su camiseta y la retorcí dentro de mi puño, tirando de él hacia abajo para atrapar su boca mientras me corría tan fuerte que el semen salpicaba por todas partes entre nosotros.

Percibí su sonrisa contra mis labios sin dejar de besarme ni un segundo, prolongándolo hasta asegurarse de que no quedaba una gota más en mí.

Fue ahí cuando me di cuenta de algo todavía más humillante.

Mis caderas seguían moviéndose solas, buscando su mano desesperadamente.

Con un beso mucho más suave, casi tierno, se incorporó despacio. Seguía mirándolo fijamente, todavía atrapado en ese fuego que continuaba ardiendo en sus ojos después de todo lo que acababa de pasar entre nosotros.

Entonces ambos bajamos la vista al desastre que habíamos dejado y una vergüenza horrible me invadió de lleno. Su mano. Su camiseta. Mis pantalones. Los suyos. También el evidente bulto que seguía marcándose entre sus piernas.

Levanté otra vez la mirada hacia él, pero algo había cambiado. Lo vi apagarse poco a poco ante mí. Toda aquella intensidad desapareció y el Conor frío y distante regresó de golpe. Aunque lo peor fue reconocer lo que había detrás de sus ojos cuando volvió a mirarme.

Arrepentimiento.

Siempre era lo mismo. Después de cualquier momento de cercanía, después de cada beso o de cada roce, terminaba apareciendo esa expresión que hacía pedazos todo lo demás. Como si compartir algo conmigo fuera un error del que se daba cuenta demasiado tarde.

Se levantó rápido, evitando mirarme. No dijo nada. Ni siquiera intentó explicarse. Simplemente salió del gimnasio casi huyendo, horrorizado consigo mismo.

Me cubrí el miembro flácido con la ropa y terminé dejándome caer hacia atrás sobre la colchoneta. Porque sí, la primera vez ambos sentimos que la habíamos cagado. Que había sido un error provocado por el momento y por todo lo que cargábamos encima.

Pero, por alguna maldita razón, ahora nada de lo que pasaba con Conor me parecía una equivocación.

Y dolía. Joder si dolía. Porque empezaba a cansarme de sentir que, para Conor, yo siempre terminaba convirtiéndome en su error.