Capítulo 15 #3
Su respiración chocaba directamente contra mi cara.
Jodidamente cerca.
—Ha sido muy fácil derrotarte, mira dónde estás.
Levanté la vista hacia él y vi la diversión brillando en sus ojos. Sus brazos estaban tensos a ambos lados de mi cabeza, sujetando parte de su peso, y el sudor le recorría el cuello perdiéndose bajo la camiseta negra pegada al cuerpo.
Mierda.
Todo en él era demasiado.
Reaccioné aprovechando el equilibrio de su postura y enganché una pierna alrededor de las suyas. Giré el cuerpo con fuerza y cambié las posiciones de golpe.
Ahora era yo quien estaba encima.
Conor abrió ligeramente los ojos durante un instante antes de recuperar su expresión habitual.
Incliné un poco la cabeza hacia él, manteniendo nuestras caras peligrosamente cerca.
—Flanagan, no siempre hay que estar en guardia —expuse—. A veces estudiar demasiado al enemigo hace que acabes creyendo que lo tienes todo bajo control. Y ahí es cuando te sorprenden.
Conor soltó una carcajada.
La primera carcajada real que le escuchaba.
Y joder.
Fue un sonido increíble.
Su rostro perdió parte de aquella dureza constante y durante unos segundos pareció incluso más joven. Más atractivo. Más humano. Mis ojos bajaron sin permiso hacia su boca y vi cómo se humedecía el labio inferior con la lengua.
Tuve que morderme el mío para no hacer una estupidez.
Porque tener debajo de mí a un hombre enorme, imponente y absurdamente guapo mirándome de aquella manera estaba empezando a destrozarme la cabeza.
Intenté apartar aquellos pensamientos antes de perder por completo la cordura.
Conor, en cambio, parecía insultantemente tranquilo. Colocó los brazos detrás de la cabeza con una calma desesperante, como si estar atrapado debajo de mí no le afectara lo más mínimo.
¿Cómo podía mantenerse tan sereno cuando yo sentía el cuerpo entero ardiendo? Bastaba una mirada suya para convertirme en un volcán a punto de explotar.
—Principito, ¿de verdad crees que puedes pillarme por sorpresa en algo? —cuestionó entre risas.
—No me llames así. No me gusta.
—Qué rápido se te fue la valentía. Creí que aguantarías al menos un intercambio más antes de rendirte.
Se estaba divirtiendo a mi costa.
Como si él siguiera teniendo el control. Como si el hecho de estar debajo de mí no cambiara absolutamente nada.
—Estás pensando una respuesta inteligente, ¿verdad? Déjame adivinar. No se te ocurre nada suficientemente bueno.
Capullo.
Lo agarré de la camiseta con un puño y levanté un poco su espalda del suelo, acercando nuestras caras hasta que nuestras respiraciones se mezclaron.
—Te apuesto a que esto no te lo esperas, entrenador.
Y lo besé.
El calor me recorrió de inmediato. Su barba rozó mi barbilla y una descarga me atravesó el cuerpo. Me quedé inmóvil durante un momento, esperando que reaccionara.
Quería su boca sobre la mía. Quería sentirlo besarme con firmeza, perder el control conmigo, romper esa calma que siempre parecía rodearlo.
Pero Conor no se movió.
Permaneció completamente inmóvil bajo mi cuerpo.
La había jodido.
Acabábamos de empezar a arreglar las cosas y yo iba y hacía aquello.
Me aparté despacio, encontrándome con sus pupilas dilatadas y la mandíbula tensa. Aflojé el agarre de su camiseta mientras el corazón me martilleaba el pecho.
—Lo siento... Yo no debería... La he cagado.
Conor negó lentamente con la cabeza. Un sonido grave, casi un gruñido, escapó de su garganta.
—No tienes ni puta idea de cuánto.
Acto seguido, enredó una mano en mi pelo.
Tiró de mí hacia abajo hasta que nuestras bocas volvieron a encontrarse.
El beso fue brutal. Intenso. Despiadado. Cargado de rabia y desesperación.
Joder. Aquello no era un maldito beso, era una lucha violenta entre nuestras lenguas, dientes y labios hambrientos mientras sus dedos tiraban de mi nuca, inmovilizándome contra él. Me besaba como si quisiera arrancarme el alma, como si no pudiera saciarse de mí por mucho que lo intentara.
Mierda.
Conor hacía que todo se sintiera así: intenso, desmedido y jodidamente adictivo. Mucho más peligroso que cualquier droga recorriéndome las venas.
Mis dedos se deslizaron alrededor de su garganta y mis pulgares rozaron la barba áspera de su mandíbula mientras sentía el pulso latiendo acelerado bajo mi palma. Había fantaseado demasiadas veces con volver a tenerlo así.
Me gustaba esa versión de él.
La entregada. La salvaje. La que dejaba de pensar y me arrastraba consigo a ese abismo de descontrol.
Respondía a sus besos con el mismo frenesí, pegando mi cuerpo al suyo mientras sentía sus músculos duros tensarse bajo mi contacto y el calor entre nosotros volverse cada vez más insoportable.
—Maldito mierdecilla —gruñó.
No tuve tiempo de pensar en sus palabras, que sonaron más a desesperación que a un insulto real.
Una pequeña sonrisa escapó de mi boca justo antes de que aprovechara para profundizar en el beso. Su mano subió hasta mi cabello y tiró de él con firmeza, arrancándome una sacudida feroz que me recorrió el cuerpo entero.
Todavía estaba embriagado por aquella sensación cuando dejó de besarme el tiempo suficiente para enganchar una de sus piernas entre las mías. Con un movimiento rápido, nos giró y me inmovilizó debajo de él.
El peso de su cuerpo cayó sobre el mío y su erección presionó la mía.
No pude contener el gemido que se me escapó.
Conor soltó una risa satisfecha contra mi boca y movió ligeramente la cadera, provocándome otro sonido todavía más vergonzoso.
Ahí fue cuando me di cuenta de que estaba completamente perdido.
Mi cabeza había dejado de funcionar hacía rato. Solo podía sentirlo a él. Su respiración. Sus manos. El calor abrasándome por dentro cada vez que me tocaba.
Dios.
Aquello era humillante.
Estaba dolorosamente duro. Tanto que podía sentir cómo mi polla palpitaba contra el pantalón cada vez que Conor rozaba su cuerpo contra el mío.
Resultaba ridículo que un simple beso suyo pudiera dejarme así.
Peor aún, me aterraba que cualquier movimiento un poco más fuerte de sus caderas terminara desencadenando una situación tristemente patética para mi dignidad.
Maldición.
Con mi exnovia me costaba horrores excitarme. Durante mucho tiempo pensé que el problema eran sus juegos extravagantes o todas aquellas ideas que a ella parecían volverla loca y a mí me dejaban completamente frío. Después llegué a creer que quizá era asexual.
Pero estaba claro que me había equivocado.
El orgasmo más intenso de mi vida y la sensación más brutal de liberación la había tenido con Conor Flanagan.
Más tarde, intenté convencerme de que aquello significaba simplemente que me gustaban los hombres. Pero incluso después de besar a otros, de probar cosas que jamás fueron demasiado lejos, nada había provocado este incendio dentro de mí. Ningún roce. Ninguna boca. Ninguna caricia.
Nada se parecía a esto.
A la forma en que mi cuerpo se precipitaba al vacío cada vez que Conor me tocaba.
—Joder... —rumió contra mis labios.
Y me di cuenta de algo todavía peor.
No lo estaba besando.
Lo estaba devorando.
Tiraba de su cabeza hacia mí, mordiéndole los labios, atrapando su lengua entre mis dientes mientras una de mis manos recorría su espalda empapada de sudor con una necesidad casi desesperada.
Se apoyó sobre un antebrazo, separando un poco nuestras caderas. Estuve a punto de protestar al dejar de sentir parte de su peso sobre mí, pero el pensamiento desapareció en cuanto su mano empezó a descender por mi pecho.