Capítulo 15 #2
Yo de rodillas frente a él. Igual que aquel día en el baño donde nos conocimos. Conor de pie delante de mí, mirándome desde arriba. Solo que ahora mi imaginación añadía el sudor perlándole la piel, el pelo húmedo cayéndole sobre la frente y esa respiración pesada después del entrenamiento.
Joder.
Solo pensarlo hizo que algo dentro de mí reaccionara demasiado rápido.
¿Qué coño me estaba pasando?
¿En qué momento probar la polla de un hombre me había empezado a parecer una idea tan desesperadamente buena?
¿Y por qué tenía que ser precisamente la de él?
Aparté aquella imagen de mi cabeza antes de que cierta parte de mi anatomía decidiera despertar del todo. Y menos mal. Porque justo entonces escuché pasos acercándose de nuevo.
Levanté la vista.
Conor acababa de entrar con una bandeja en las manos y un par de botellas de agua sujetas en los bolsillos del pantalón deportivo. Dejó unos sándwiches en el suelo frente a nosotros y, durante un segundo completamente innecesario, mi atención se quedó atrapada demasiado abajo.
El peso de las botellas había hecho que el pantalón descendiera unos centímetros más de la cuenta. Lo justo para dejar visible el elástico de sus calzoncillos y esa maldita V marcada que desaparecía bajo la tela gris empapada de sudor.
Mierda.
Desvié la mirada demasiado tarde, delatándome frente a él.
Sin embargo, fingió no darse cuenta.
Se sentó a mi lado y dio un trago largo a la botella de agua.
Una gota resbaló por su barbilla, descendió lentamente por su nuez y terminó perdiéndose bajo el cuello de la camiseta.
Mis ojos subieron solos hasta su boca: labios húmedos, perfectamente perfilados, rodeados por esa barba corta y cuidada que todavía recordaba demasiado bien.
Aún podía sentir el roce áspero contra mi piel aquel día en que nos besamos.
Una sensación extraña. Nueva. Y jodidamente buena.
—Come —ordenó señalando la bandeja mientras cogía uno de los sándwiches.
Me quedé mirándolo, confundido.
¿Había preparado comida?
—¿Para mí? —pregunté, sonando bastante idiota.
—Para los dos. Supuse que tendrías hambre. Ya es hora de almorzar, pero si no quieres, déjalos.
Se encogió de hombros restándole importancia mientras seguía masticando con tranquilidad.
Miré la hora en el reloj y parpadeé sorprendido. No había sido consciente de lo tarde que era. El tiempo se me había pasado volando.
Estiré la mano y cogí uno de los sándwiches.
—Gracias —murmuré antes de darle un mordisco.
—No sabía qué te gustaba, así que los hice variados.
Frené el movimiento a mitad del bocado.
Se había preocupado por mis gustos.
Una sonrisa involuntaria se instaló en mi boca antes de seguir comiendo.
—¿Y cómo es que estás aquí? —preguntó después de aclararse la garganta—. Y no hablo solo de hoy. Me di cuenta de que llevas semanas sin tocar las tablas de surf.
No lo miré. Bajé el bocadillo y arranqué un trozo de pan con los dedos.
—Tenías razón en lo que dijiste. Necesito centrarme en el hockey. Debe de ser mi prioridad si quiero mejorar y estar a la altura de los Rift.
Me detuve un momento para masticar antes de continuar.
—Además, es lo mínimo que puedo hacer por la gente que confió en mí, como Nathan. No quiero decepcionarlos. Pero eso no significa que me vaya a olvidar del surf. Eso nunca pasará. El mar forma parte de mí.
Conor asintió lentamente mientras bebía agua otra vez.
—Está bien tener claras tus prioridades. Aunque supongo que tu novio surfista debe de echarte bastante de menos.
Casi me atraganto.
—¿Mi novio?
Tuve que coger la botella y beber rápido.
—Sí, el que te dejó la marquita.
Señaló mi cuello con toda la calma del mundo.
—Cory y yo solo somos colegas. Entre nosotros no pasó nada más de lo que viste en mi cuello.
Dejé la botella en el suelo antes de mirarlo fijamente.
—Espera... ¿cómo supiste ese día que era un hombre y no una mujer? El resto dio por hecho lo contrario.
Conor soltó una risa baja y apoyó los antebrazos sobre las rodillas.
—Mi trabajo consiste en analizar jugadores y observar lo que ocurre dentro del hielo.
Supongo que deformación profesional. No fue difícil atar cabos cuando salió la foto con el surferito y tú te empezaste a poner nervioso.
Después vino tu incomodidad cuando Nathan sacó el tema y JoJo se refirió a tu «rollo» hablando de una chica.
Me señaló con la botella.
—Pero lo que terminó de confirmármelo fue Kelsey. Estaba igual que tú, pegada al teléfono e incapaz de mirarlos a los ojos. Cuando alguien evita sostenerte la mirada normalmente es porque te está mintiendo o escondiendo algo. Y vosotros dos estabais haciendo ambas cosas.
Joder.
¿Había algo en lo que ese hombre no fuera bueno?
Y ahora ¿qué se suponía que debía decir? Negarlo resultaba absurdo. Sobre todo, delante de alguien que ya sabía que mi supuesta heterosexualidad tenía bastantes grietas.
Entonces el reloj inteligente de Conor se iluminó.
Mis ojos bajaron automáticamente hacia la pantalla.
Isla.
Sentí un calor desagradable recorrerme el pecho al leer el nombre. Nada que ver con la sensación que él me provocaba normalmente. Esto era otra cosa. Más amarga. Más fea.
Conor pulsó el botón lateral y rechazó la llamada.
—Atiéndela —solté con más acidez de la necesaria.
—No es importante.
Mi cabeza repitió aquellas palabras de inmediato, aferrándose a ellas de una forma bastante patética.
—Oh, joder. Que digas que tu novia, tu rollo o lo que sea no es importante me parece un poco...
Conor soltó una carcajada que me frenó en seco.
—Vaya, resulta que ahora también eres un cotilla —se giró hacia mí, apoyando un brazo sobre la rodilla—. Voy a satisfacer tu curiosidad, Price. No tengo relaciones sentimentales con nadie. Solo follo.
Boom.
Lo lanzó con una naturalidad insultante mientras yo tragaba saliva.
—En esta vida no hay nada importante para mí aparte de mi familia, mis amigos y el hockey. Lo demás me da exactamente igual.
Volví a beber agua intentando procesar sus palabras. Al principio sonaron frías, vacías, casi mecánicas, pero esa última frase escondía algo más profundo. Algo roto. Dolor.
—Espero haber resuelto todas tus dudas. Pero si tienes alguna más, tú no te cortes —soltó con sarcasmo.
—La verdad es que sí me gustaría que me respondieras a algo.
—No lo decía en serio. ¿Te suena de algo el concepto de ironía?
—¿Siempre eres tan desagradable o solo es conmigo?
—No me jodas... ¿Esa es tu pregunta?
—A medias. Lo que realmente quiero saber es qué ha cambiado entre nosotros. Quiero decir, ¿por qué ahora eres distinto conmigo? Ya no me tratas como al principio.
Conor entrecerró los ojos y guardó silencio durante unos segundos. Cuando volvió a mirarme, la dureza de su rostro se había suavizado.
—Estuve pensando en lo que me dijiste en la caseta del jardín y tenías razón en dos cosas.
La primera, que cuando tenía más o menos tu edad pasé por algo parecido con el hockey, y fue una mierda enfrentarme a todo lo que vino después.
Pero los Rift me acogieron. Me aceptaron tal y como era, me respetaron y me trataron como a uno más.
Así que entiendo la decisión que tomaste. Hiciste lo correcto.
Aquella confesión me dejó descolocado. Jamás me habría imaginado que mis palabras le hubieran calado de verdad.
—¿Y la segunda? —pregunté, bajando el tono.
Conor se tomó su tiempo antes de responder.
—Que he sido injusto contigo. Volqué en ti mi frustración, mis remordimientos y mis cagadas, cuando el único responsable de mis actos soy yo. Lo siento, ¿vale? Digamos que todavía hay cosas en mi vida que no sé gestionar muy bien.
—Lo entiendo. A mí también me pasa. A veces no sé controlar mis emociones y termino haciendo estupideces solo para no sentirme tan insuficiente.
En cuanto las palabras salieron de mi boca, me arrepentí.
Necesitaba cambiar de tema antes de que se le ocurriera indagar en aquello; jamás le contaría a nadie mi secreto más vergonzoso. Ese que demostraba lo débil y patético que podía llegar a ser.
Forcé una sonrisa y le tendí la mano.
—En fin. Aclarado el malentendido, ¿empezamos de cero?
Conor bajó la vista hacia mi mano y una sonrisa pequeña se dibujó en su boca. La estrechó con firmeza y tiró de mí hacia arriba hasta dejarme de pie frente a él.
Su mano permaneció cerrada alrededor de la mía más tiempo del necesario antes de apartarse. Después, señaló con la cabeza la zona despejada del gimnasio.
—Ya que estamos empezando una nueva etapa, voy a corregirte una cosa.
—¿Corregirme qué?
Conor se colocó frente a mí y flexionó ligeramente las rodillas en posición defensiva. Todo en él cambió de golpe. La postura relajada desapareció y dio paso al entrenador. Al jugador profesional.
—En el último partido llegaste tarde en varias coberturas defensivas. Tu problema es que reaccionas después del movimiento del rival en lugar de anticiparte.
Hizo un gesto seco con la mano para que me colocara frente a él.
—Cuando un delantero entra en zona y cambia el peso del cuerpo, tienes que descifrar hacia dónde piensa romper la jugada antes de que lo haga. Si esperas a verlo, ya has perdido la posición.
Asentí, intentando concentrarme más en sus palabras que en el hecho de tenerlo tan cerca otra vez.
—Intenta detenerme.
Se lanzó de golpe hacia la izquierda. Yo reaccioné tarde y apenas conseguí tocarle el brazo.
—Fallaste —corrigió con calma—. Otra vez.
Esta vez fue más rápido. Su cuerpo chocó contra el mío y me desplazó sin esfuerzo.
—Muy lento, Price. Te comen vivo así.
Apreté los dientes.
—Joder, dame un segundo.
—En el hielo nadie te da un segundo. Otra vez.
Volvió a lanzarse hacia delante. En esta ocasión conseguí bloquearle el paso con el hombro.
—Mejor —admitió—. Pero sigues pensando demasiado.
Sin previo aviso, cambió el peso del cuerpo y me agarró del brazo. Un segundo después, acabé de espaldas sobre la colchoneta con Conor encima de mí.
—Jamás bajes la guardia —declaró con voz grave—. Pon toda tu atención en tu rival. Nunca sabes qué movimiento puede hacer. Anticípate a sus pensamientos o, mejor todavía, no le des tiempo a pensar.