Capítulo 15
KIERAN
Bebía café apoyado en la encimera, con la vista clavada en la casa de enfrente. En la de Conor.
Buscaba cualquier movimiento en las ventanas, una sombra tras las cortinas, alguna señal de vida. Pero todo seguía tranquilo. Su coche continuaba aparcado junto al porche y no había rastro de aquella mujer con la que parecía tener algún tipo de rollo.
Pensándolo bien, no había vuelto a verla por allí desde el día en que nos besamos.
Casualidad. Seguramente era pura casualidad.
Y aun así, cada vez que me asomaba a la ventana temía encontrar el coche de ella aparcado o, peor, verla salir por la puerta junto a un Conor despeinado.
Al comprobar que no estaba, una parte patética de mí sentía alivio.
Un alivio absurdo, en realidad, porque la vida privada de Conor Flanagan no me importaba lo más mínimo.
O eso intentaba repetirme para ver si acababa creyéndomelo.
—Eh, ¿vas a salir a correr con la que está cayendo?
La voz de Nate irrumpió en la cocina y me arrancó de golpe de mis pensamientos. Señaló mi ropa deportiva mientras abría la nevera.
—Sí. Solo son nubes.
Nathan soltó una risa breve y miró hacia las ventanas empañadas por la lluvia.
—Chaval, eso no son nubes; parece el puto apocalipsis. ¿Por qué no descansas en tu día libre? —Se acercó y me apretó el hombro con familiaridad.
—He quedado más tarde con los chicos.
No hacía falta especificar nombres. Nate sabía perfectamente que hablaba de Kelsey, Mischa, Kai y Juraj.
Caden y River, en cambio, iban a acompañarlos a él y a Jordan a la comida familiar que organizaban los padres de Hughes.
Un plan rodeado de niños pequeños que, sinceramente, sonaba como una tortura.
—¿Hay café para mí? Mi cafetera esta mañana ha decidido no cooperar.
La voz grave resonó a nuestras espaldas antes de que pudiera prepararme.
Conor.
Entró en la cocina con el pelo aún húmedo y despeinado, una camiseta negra ceñida y esa expresión seria que parecía fija en su rostro. Nathan le tendió una taza recién hecha mientras se giraba a por otra, y ese simple movimiento me dejó completamente al descubierto.
Nuestras miradas se cruzaron. Y ahí estaba de nuevo. Ese maldito efecto.
El olor a lluvia mezclado con su perfume me alcanzó de lleno al pasar a mi lado.
Un hormigueo incómodo me recorrió el pecho y el corazón se me disparó, como si mi cuerpo hubiera olvidado de repente cómo reaccionar.
Odiaba ponerme así cada vez que lo tenía cerca.
Odiaba el modo en que mi respiración se descontrolaba y la fuerza con la que tenía que tragar saliva para que no se me secara la garganta.
Nadie me había provocado nunca algo semejante.
Y, por supuesto, tenía que ser él.
—¿Qué vas a hacer hoy? —preguntó Nate, apoyándose en la isla de la cocina.
Conor bebió un sorbo de café antes de responder.
—Tengo que revisar vídeos del último partido. Quiero analizar un par de errores defensivos antes del entrenamiento del lunes y preparar algunas modificaciones para las transiciones en zona neutra.
Nathan negó lentamente con la cabeza.
—Sois igual de aburridos los dos.
Nos señaló a ambos y entrecerré los ojos. Conor detuvo la taza a medio camino de la boca.
—Uhh, perdona. Una comida familiar rodeado de críos suena muchísimo más emocionante. Casi me muero de la envidia, colega —se burló.
—Oh, claro, porque pasarte el domingo viendo partidos de hockey es una aventura extrema. Mis disculpas, señor diversión.
Conor soltó una risa corta y dejó la taza en el fregadero.
—Que te den, Prescott. Voy a bajar un rato al gimnasio.
—Pues llévate a Kieran contigo. Él también se ha levantado con ganas de machacarse.
Abrí los ojos de golpe.
Mi mirada voló hacia Nathan, que sonreía como si acabara de tener la mejor idea del mundo. Joder. Era demasiado transparente. Intentaba por todos los medios que Conor y yo pasáramos tiempo juntos, que nuestra relación mejorara, que termináramos siendo algo parecido a amigos.
Si supiera la verdad...
—Yo solo iba a salir a correr —me apresuré a decir.
Como si aquello fuera una excusa razonable para rechazar pasar tiempo con mi entrenador. Otra vez solos. Otra vez sudando, respirando demasiado cerca, provocando pensamientos que definitivamente no debería tener.
Desde aquel día en el gimnasio, Conor no me había vuelto a entrenar a solas. Siempre era Jasper quien se encargaba. Y una parte bastante patética de mí odiaba esa distancia.
—Mira cómo está lloviendo ahí fuera —recalcó Nathan—. No vas a poder correr ni cinco minutos sin ahogarte. Haz lo mismo en una cinta.
Mierda.
Tenía razón.
Mi mirada terminó desviándose hacia Conor. Su expresión seguía siendo ilegible, tan fría y controlada como siempre. No tenía ni idea de si aquello le molestaba o le daba exactamente igual.
—Por mí no hay problema —se encogió de hombros—. Si quieres, entrenamos juntos. No tengo nada mejor que hacer.
Oh, joder.
¿Eso era bueno? ¿Malo? ¿O un maldito suicidio?
Ni puñetera idea.
—Disfruta de tu apasionante día, Prescott —añadió antes de salir de la cocina riéndose de su amigo.
Nathan resopló divertido y luego volvió a mirarme.
—Ve con él.
—Nate...
—Conozco a mi mejor amigo, Kieran. Y créeme, eso ha sido prácticamente una invitación amistosa. Está intentando aceptarte. Dale una oportunidad. Estoy seguro de que acabaréis llevándoos bien.
¿Conor y yo siendo amigos?
Sí. Claro.
En ninguna vida.
Antes de que pudiera encontrar una nueva excusa, Jordan apareció en la cocina con Rachel en brazos. La niña soltó una carcajada en cuanto me vio y prácticamente se lanzó hacia mí. Sonreí al instante mientras la cogía con cuidado y le llenaba la mejilla de besos.
—Hola, princesa.
Rachel me agarró la sudadera entre risitas y Jordan soltó una sonrisa cansada.
—No le hagas mucho caso. Lleva toda la mañana acelerada.
Nathan se acercó para besar a su chica y después revolvió el pelo de Rachel antes de recoger las llaves del coche. Entre comentarios, despedidas y el caos habitual que acompañaba cualquier salida familiar de los Prescott, la cocina terminó vaciándose poco a poco.
Hasta que me quedé solo, mirando fijamente hacia la entrada.
Podía largarme; de hecho, era con diferencia lo más sensato.
Salir de la casa y correr bajo la lluvia aunque me congelara con tal de evitar meterme otra vez en terreno peligroso con Conor.
Porque eso era exactamente lo que ocurría cada vez que lo tenía cerca, mi cerebro simplemente dejaba de funcionar.
Di un paso hacia la puerta principal y luego otro, pero me detuve en seco.
—A la mierda... —murmuré para mis adentros.
Antes de darme tiempo a arrepentirme, giré sobre mis talones y bajé las escaleras del sótano, dejando que mis pies me llevaran en piloto automático directo al gimnasio.
Directo a él.
Esperaba encontrarme al Conor entrenador. El de las órdenes secas, las correcciones constantes y la mirada implacable mientras yo sudaba intentando seguirle el ritmo. Pero me equivoqué.
Porque aquello terminó convirtiéndose en una competición desde el primer minuto.
Empezó en la cinta de correr. Luego pasamos a las pesas. Después vinieron ejercicios de resistencia, dominadas, trabajo de piernas y un pique ridículo por ver quién soportaba más tiempo en plancha. Cada vez que uno acababa una serie, el otro subía la apuesta. Sin descanso. Sin piedad.
Conor era una maldita bestia.
Era diez años mayor que yo y, aun así, parecía tener una resistencia sobrehumana. Mientras yo sentía los músculos arder y el aire rasparme la garganta, él seguía moviéndose con una calma irritante, controlando cada repetición sin perder fuerza ni velocidad.
Aun así no podía dejar de disfrutarlo.
Estaba agotado. Hecho polvo. Pero había algo adictivo en aquella dinámica entre nosotros. En provocarlo. En intentar seguirle el ritmo. En ver cómo levantaba una ceja cuando conseguía completar una repetición más de las que esperaba de mí.
Una sonrisa idiota terminó instalada en mi cara más tiempo del necesario.
Y juraría que Conor también estuvo a punto de sonreír varias veces. Una mínima tensión en la comisura de su boca antes de volver a esconderla tras esa expresión dura y contenida.
Terminamos después de otro pique en la máquina de remo.
Yo estaba prácticamente muerto.
Él, en cambio, solo respiraba algo más fuerte mientras se secaba el sudor del cuello con una toalla.
—Price, no ha estado mal como calentamiento.
Solté una risa entrecortada, todavía intentando recuperar el aire, y le lancé la toalla que tenía sobre el hombro.
—Flanagan, respira. Ya tienes una edad en la que un calentamiento así debería ser más que suficiente.
Sus ojos se abrieron un poco.
Y esta vez sí vi claramente cómo una sonrisa tensaba una de las comisuras de su boca.
Me devolvió la toalla lanzándomela al pecho antes de empezar a caminar hacia la salida.
Sentí el cuerpo ponerse rígido al instante.
Mierda.
¿Lo había ofendido?
No era mi intención. Ni siquiera sabía por qué me había atrevido a decirle algo así. Pero con Conor me pasaba constantemente, hablaba sin pensar. Cerca de él había una especie de libertad extraña que me hacía bajar la guardia y olvidarme de medir las consecuencias.
—¿Adónde vas? —pregunté demasiado rápido. Enseguida añadí, en un intento desesperado de que no se marchara—: ¿Ya te has rendido?
Conor giró la cabeza hacia mí.
—Mierdecilla, voy a buscar algo de beber. Lo vas a necesitar, porque este vejestorio te va a aplastar en un entrenamiento de verdad.
Mi mandíbula prácticamente cayó al suelo.
¿Estaba bromeando?
Joder.
Por la mirada que me lanzó antes de desaparecer por la puerta, no lo estaba. Ese hombre no tenía ningún límite.
En cuanto salió de mi vista, me senté sobre una colchoneta y apoyé la espalda contra la pared mientras intentaba recuperar el aliento. Pero quedarme quieto fue un error.
Porque mi cabeza empezó a jugarme sucio.
Muy sucio.
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