Capítulo 14 #2
Nos cambiamos rápido y entramos al agua con las tablas bajo el brazo.
El mar estaba templado y el silencio de aquella hora hacía que todo pareciera extrañamente irreal.
Solo se escuchaban las olas, el viento suave y el sonido del agua moviéndose alrededor de nosotros mientras nos alejábamos de la orilla.
Nos quedamos unos minutos sentados sobre las tablas esperando la siguiente serie de olas. Y joder... había algo casi mágico en aquello. En estar allí flotando mientras el mundo todavía permanecía dormido. Sin ruido. Sin teléfonos. Sin problemas. Solo el mar.
Kieran fue el primero en remar cuando vio acercarse una ola pequeña. Lo observé incorporarse sobre la tabla. Flexionó ligeramente las piernas y mantuvo el equilibrio mientras se deslizaba sobre el agua con absoluta soltura, sin el menor esfuerzo.
Yo duré exactamente tres segundos de pie antes de perder el equilibrio y salir despedido de cabeza al agua.
Cuando conseguí salir a la superficie, apartándome el pelo de la cara, el muy capullo se estaba riendo abiertamente.
—Kieran, estoy empezando a sospechar que me trajiste aquí para deshacerte de mí.
—Deja de protestar tanto y flexiona más las rodillas, Conor. Pareces una jirafa intentando surfear.
—Que te den, mierdecilla.
Pasamos más de una hora así. Yo cayéndome constantemente mientras él seguía deslizándose sobre las olas con una naturalidad irritante. Remaba rápido, giraba la tabla con precisión y cambiaba el peso de un pie al otro sin esfuerzo, manteniéndose estable incluso cuando las olas rompían más fuerte.
Entonces tuvo otra de sus ideas de mierda.
—Vale, ahora vamos juntos.
—Eso suena peligrosísimo.
—Confía en mí.
Sí, claro. Mala decisión.
Los dos nos colocamos sobre su tabla, más grande que la mía.
Fui el primero en incorporarme, con las piernas temblándome mientras intentaba encontrar el equilibrio.
Detrás de mí, Kieran seguía agachado, estabilizando la tabla.
Cuando vio que más o menos me mantenía en pie, se levantó despacio y me sujetó por la cintura.
Definitivamente, aquello había sido una pésima idea.
—No te pongas rígido —murmuró junto a mi oído cuando la tabla empezó a balancearse—. Sigue el movimiento del agua.
—Estoy intentando no matarme.
—Pues empieza por dejar de pelearte con la tabla.
Sentí cómo flexionaba las piernas detrás de mí para acompañar el movimiento de las olas. Durante unos segundos pareció que aquello podía funcionar. Conseguimos mantenernos en pie hasta que una ola levantó la tabla de golpe. Un instante después, los dos estábamos en el agua.
Salimos a la superficie riéndonos, pero otra ola nos arrastró varios metros y nos dejó prácticamente pegados.
Mi respiración seguía agitada mientras lo miraba demasiado de cerca.
Los primeros rayos de sol se reflejaban sobre su cabello rubio mojado y hacían que sus ojos azules parecieran todavía más claros, brillantes.
Bajé la vista hacia su boca húmeda y después hacia su nuez, moviéndose lentamente cuando tragó saliva.
Y me di cuenta de que yo estaba haciendo exactamente lo mismo.
¿Qué mierda me pasaba?
¿Por qué lo estaba mirando así?
A Dhia ...
Definitivamente tenía la cabeza hecha un desastre.
Intentando romper aquella tensión extraña que se acababa de instalar entre nosotros, le di un empujón en el hombro.
—Tu plan de no matarme está siendo un fracaso.
Kieran soltó una risa y trató de hundirme en el agua, aunque apenas conseguía moverme cuando el mar no lo ayudaba un poco. Porque fuerza, precisamente, no me faltaba.
Terminamos forcejeando como dos críos hasta que decidimos salir antes de morir agotados.
Clavamos las tablas en la arena y nos sentamos en la orilla, todavía respirando agitados, mientras observábamos el mar por última vez.
—Oye, ¿nunca te han dicho que pareces un principito?
Kieran giró la cabeza hacia mí frunciendo ligeramente el ceño.
Y sí, la comparación tenía todo el sentido del mundo. Con aquel cabello rubio cayéndole húmedo sobre la frente, los ojos de un azul demasiado claro y unas facciones prácticamente perfectas, daba la impresión de haber salido directamente de una película de Disney.
Niño rico. Apellido prestigioso. Un talento natural sobre el hielo y también sobre la tabla de surf.
El chico perfecto.
—Oh, vete a la mierda —bufó, aunque su tono perdió el matiz burlón—. No tengo nada de especial.
No lo decía por hacerse el humilde. De hecho, siempre me había dado la impresión de que ni siquiera era consciente de lo atractivo que resultaba; como si jamás se percatara de las miradas que atraía o de cómo la gente se giraba a su paso.
—Y no vuelvas a llamarme «principito» —añadió señalándome con el dedo—. No me gusta. Creo que ya has visto que mi vida no es precisamente un cuento de hadas.
No conocía toda su historia, pero sí sabía que el apellido Price le pesaba una barbaridad. Bastaba con ver cómo esquivaba ciertos temas o cómo intentaba mantenerse al margen de su familia.
Aunque de lo que sí estaba seguro era de otra cosa. Kieran Price era un buen tío. Uno que estaba sacrificando sus mañanas de sol y tranquilidad para evitar que terminara destruyéndome yo solo.
—Gracias —murmuré.
Él guardó silencio, pillado totalmente con la guardia baja.
—¿Por qué?
—Por todo esto. Y aunque no me crea ni yo mismo lo que voy a decir, hacer el ridículo contigo me ha ayudado más que el whisky .
Una sonrisa pequeña apareció en su boca y me dio un golpe suave con el hombro.
—Me alegro.
Mi vista volvió al collar de conchas que llevaba alrededor del cuello.
—¿Siempre lo llevas puesto? —pregunté estirando la mano hasta enganchar los dedos en él—. ¿Es tu forma de reivindicarte en el hielo o simplemente parte de tu estilo surfero?
Kieran soltó una carcajada auténtica.
—Ni una cosa ni la otra. En realidad, lo llevo porque me recuerda al mar. Cuando siento que todo me supera o que la cabeza no me da para más, lo toco y pienso en esto. En el agua.
Observé cómo bajaba la vista hacia el collar y deslizaba los dedos por las conchas hasta rozar los míos.
Mierda.
Seguía teniéndolo enganchado entre los dedos sin haberme dado cuenta.
Aparté la mano de golpe para disimular. O al menos eso intenté.
—No seré yo quien critique tu sentido de la moda —comenté aclarándome la garganta—, pero admitámoslo, debe de ser raro estar patinando sobre hielo o en medio de una nevada brutal llevando conchitas al cuello.
—Pfff. Gracias por el apunte —se rio—, pero no te preocupes, tengo más modelos para combinar según la estación. Este es exclusivo de verano.
—Ah, vale. Ya me quedo más tranquilo.
Dejé las bromas a un lado y volví a mirarlo.
—Ahora en serio, creo que es un buen amuleto.
Kieran guardó silencio un instante. A continuación, se quitó el collar despacio, lo envolvió en el puño y buscó mi mano.
Colocó las conchas sobre mi palma y cerró mis dedos alrededor de ellas.
—No espero que te lo pongas porque claramente no va contigo —se burló suavemente—, pero si algún día vuelves a sentirte perdido, míralo y recuerda el mar. Aquí no hay dolor.
Asentí lentamente mientras desviaba la mirada hacia el agua, desarmado por un gesto tan simple que, aun así, había conseguido calarme hasta el fondo.