Atrapados en la jugada (Corazones en juego 5) Capítulo 14
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Capítulo 14

CONOR

​ Año y medio antes…

¿Dónde narices se había metido Kieran? Se suponía que me recogería a aquellas horas intempestivas en las que ni siquiera había salido el sol.

Había alquilado un coche y todo el material de surf porque, según él, la playa a la que íbamos era perfecta para principiantes.

Sí, principiantes. Supongo que eso era yo ahora.

Resultaba irónico, porque si alguien me hubiera dicho una semana atrás que terminaría levantándome antes del alba para aprender a surfear, me habría reído en su cara.

¿Y cómo había acabado aceptando semejante locura?

Sencillo.

Después de pasar el resto del día con mis amigos, tomé la decisión de que no podía seguir ahogando todo lo que sentía en una botella de alcohol. Y no lo hice por mí, sino por ellos. Porque empezaba a ver demasiado claro el miedo constante con el que me observaban.

Aunque aquella determinación duró exactamente hasta que llegó la noche.

Encerrado en mi habitación, la idea de beber volvió a parecerme una opción tentadora.

Pero conseguí resistir gracias a los mensajes de mi madre.

Tanto ella como mi hermana, desde lo de Liam, estaban demasiado pendientes de mí.

Ninguna mencionaba el tema directamente —supongo que respetando mi decisión de no hablar de él—, pero ambas insistían más de la cuenta.

Hasta mis padres habían considerado viajar unos días para verme, y eso sí que era grave. Mi padre necesitaba prácticamente sedación para subirse a un avión. De hecho, llegué a escucharlo protestar de fondo mientras mi madre me proponía la idea:

—¿Y no podemos ir en barco?

Por suerte conseguí quitarles aquella locura de la cabeza prometiéndoles que iría a Irlanda unos días antes de empezar los amistosos.

Tampoco podía pasar demasiado tiempo allí.

Aquella temporada iba a ser todavía más caótica porque ya no solo éramos jugadores y entrenador de los Rift, sino que ahora también teníamos otras responsabilidades dentro del equipo.

Para colmo, este viaje con los chicos ya se había retrasado más de la cuenta por todo lo ocurrido con Liam.

Mi hermana, aun así, se emocionó muchísimo con la idea de verme.

Ella no podía volar; seguía atrapada en sus tratamientos de fertilidad, una historia interminable que parecía desgastarla un poco más cada vez.

Se moría por ser madre, pero los resultados nunca eran los esperados y, en cuanto aparecía un mínimo rayo de esperanza, todo volvía a derrumbarse de golpe.

A veces me daban ganas de gritarle que parara. Que necesitaba descansar. Que su cuerpo y su cabeza ya no podían soportar más presión. También me preocupaba que toda aquella obsesión terminara pasando factura a su matrimonio, aunque, por suerte, mi cuñado era un pilar constante para ella.

Quizá darle vueltas a su situación me llevó de forma inevitable a Liam y a mí.

A todas aquellas conversaciones sobre la adopción y sobre un futuro que nunca supimos manejar del todo bien como pareja.

Tal vez jamás estuvimos en el mismo punto respecto a eso.

Pero alguien tenía que ceder y ese terminé siendo yo, y no porque me pesara; con Liam lo quería todo. Absolutamente todo.

Aparté el pensamiento de mi cabeza antes de que volviera a arrastrarme al mismo agujero.

Supongo que el recuerdo de mi familia fue lo único que me mantuvo lejos del alcohol aquella noche. Las personas a las que quieres terminan convirtiéndose en una especie de cuerda a la que aferrarte cuando ni siquiera sabes cómo salvarte a ti mismo.

Aunque aquello no evitó que la noche fuera una completa mierda. Todo lo contrario.

Sufrí una ansiedad horrible. Pasé por todos los estados posibles: rabia, dolor, impotencia, odio, nostalgia. Una mezcla lo bastante peligrosa como para destrozarte la cabeza por dentro. Así que se puede decir que no dormí absolutamente nada.

Y cuando empezó a clarear, tomé una decisión sin pensarlo demasiado.

¿Qué coño podía perder?

Me puse el bañador y caminé hasta la playa. Acabé sentado frente al mar viendo cómo la luz empezaba a colarse por el horizonte, hasta que Kieran apareció con la maldita tabla bajo el brazo.

El primer día casi ni me dejó entrar al agua.

Me tuvo la mayor parte del tiempo sobre la arena enseñándome cómo colocar el cuerpo, cómo distribuir el peso sobre la tabla y en qué momento debía incorporarme.

Después practicamos cómo remar tumbado, cómo ponerme de pie en un solo movimiento y cómo caer sin partirme la cabeza.

Cuando por fin nos metimos, descubrí que el surf era mucho más humillante de lo que parecía desde fuera.

Tragué agua. Muchísima. La tabla me golpeó las piernas más de una vez y creo que pasé más tiempo bajo la superficie que sobre ella.

Aun así, volvimos al día siguiente.

Y al otro.

Y al otro.

Para el cuarto día ya conseguía mantenerme unos segundos en pie antes de caerme e incluso había logrado deslizarme sobre un par de olas pequeñas sin parecer un completo inútil.

Y, muy a mi pesar, Kieran tenía razón en algo.

Mientras estaba allí dentro, intentando no ahogarme y evitar que la tabla me partiera la cara, mi cabeza dejaba de pensar en todo lo demás. Toda mi concentración se reducía a mantener el equilibrio sobre aquella superficie inestable.

Sinceramente, dudaba muchísimo que algún día pudiera surfear de verdad o deslizarme sobre una ola grande sin acabar hecho mierda. Pero tampoco importaba demasiado. No era como si el surf fuera a convertirse en mi nueva pasión.

Lo que sí me gustaba eran los momentos después.

Me gustaba cuando terminábamos sentados sobre la arena, agotados y en silencio, viendo el mar como si nada más existiera por unos minutos.

O cuando nos quedábamos flotando sobre las tablas sin decir nada, hasta que Kieran soltaba alguna estupidez que me sacaba una sonrisa.

Nunca una carcajada escandalosa; algo pequeño, una risa floja o una mueca involuntaria. Pero aun así ocurría.

Después regresábamos con los demás y ninguno comentaba nada sobre aquellas mañanas. Era extraño, como si se hubiera convertido en una especie de secreto entre nosotros.

Las luces de un coche aparecieron a lo lejos, acercándose por la carretera. El vehículo no tardó en detenerse frente a mí.

Cogí la mochila, la lancé al asiento trasero y me senté a su lado.

—Chaval, ¿tú entiendes el concepto de puntualidad? —protesté nada más entrar, mientras me abrochaba el cinturón.

—Buenos días a ti también. Que yo sepa, no hemos dormido juntos para que me hables así.

La respuesta salió tan rápida que tardé un segundo en procesarla. Giré la cabeza despacio hacia él y me lo encontré con una leve sonrisa en la boca. Honestamente, no entendía cómo alguien podía estar de tan buen humor a esas horas.

—Así que no estaría de más que subieras al coche saludando como es debido. Y si encima dejaras atrás ese humor de perros, ya sería perfecto.

Bufé mientras me recostaba contra el asiento.

—Hola. ¿Contento?

—Tendré que conformarme. Toma.

Me entregó un vaso de café desechable.

—Paré en una cafetería antes de venir. Te he traído un americano, siempre te veo beber eso.

—Gracias.

Mi respuesta sonó borde, brusca. Él puso los ojos en blanco, pero juraría que tuvo que contener una sonrisa antes de arrancar el coche.

—¿No te parece irónico que, siendo irlandés, en vez de té bebas café aguado?

—Uf, ¿siempre hablas tanto a estas horas? —gruñí. Empezaba a sospechar que no iba a callarse en todo el trayecto.

—Solo cuando tengo algo que decir.

—Joder... Vale, ya veo que no vas a parar. Sí, tomo té, pero aquí nunca encuentro el que me gusta, así que prefiero el café. ¿Satisfecho con la respuesta? Pues ahora pon música y cállate hasta que lleguemos.

—Eres un plomazo, Conor.

—Kieraaaan... —alargué su nombre a modo de advertencia.

Levantó una mano del volante fingiendo rendición.

¿Se quedó callado? Por supuesto que no. Al cabo de unos segundos empezó a canturrear por lo bajo mientras tamborileaba con los dedos.

Y, aunque jamás lo admitiría, resultaba bastante entretenido mirarlo de reojo haciendo muecas mientras intentaba seguir la letra.

Cuando consideré que ya había tenido suficiente concierto privado y apagué la música, tardó exactamente dos minutos —sí, lo cronometré— en volver a abrir la boca.

Esta vez empezó a hablarme de su hermano y de cómo ambos habían acabado vinculados al hockey por culpa de su padre, aunque en realidad ninguno había soñado con aquello al principio.

Kieran quería ser surfista y pasarse la vida viajando con una tabla bajo el brazo, viviendo lleno de arena y oliendo constantemente a mar.

Su hermano, en cambio, estaba obsesionado con la música. Tocaba la guitarra y, según Kieran, era realmente bueno. De hecho, gran parte de su gusto por el rock venía de él, porque llevaba años obligándolo a escuchar las mismas bandas clásicas una y otra vez.

Aquel pequeño cabrón, sin que me diera cuenta, consiguió que yo también hablara de mi vida.

Acabé contándole cosas de mi hermana y de cómo me cubría cuando era más joven y regresaba hecho polvo a casa después de una fiesta en Irlanda. Luego desayunábamos juntos y terminaba metiéndome en su cama, porque siempre estaba caliente, quedándome dormido allí durante horas.

Eran buenos recuerdos. Sencillos. Reconfortantes.

Hasta que ella se casó y yo terminé mudándome a Toronto para jugar en la NHL.

Justo cuando otros pensamientos relacionados con mi vida en Canadá amenazaban con abrirse paso en mi cabeza, llegamos a la playa.

Era mucho más tranquila que las otras en las que habíamos estado aquellos días. Apenas había gente a esas horas y las olas rompían con suavidad cerca de la orilla, perfectas para principiantes torpes como yo.

—Aquí no morirás —aseguró Kieran mientras sacaba las tablas del coche.

—Qué considerado por tu parte.

Se rio por lo bajo antes de lanzarme unos pantalones de surf.