Capítulo 13
CONOR
Año y medio antes…
El sonido de las olas y la humedad rozándome los pies habrían resultado agradables de no ser por el agujero que sentía perforándome la cabeza.
¡ Mo chreach , cómo dolía!
Parecía que me iba a explotar el cráneo en mil pedazos. Quizá me había pasado demasiado con la bebida la noche anterior. Aunque, siendo sinceros, aquello ya empezaba a convertirse en costumbre.
Llevábamos tres días en Hawái. Tres días de unas vacaciones a las que jamás había querido venir. Pero mis amigos me obligaron. O, dicho de una manera más suave, no me dejaron otra alternativa.
Cuando me negué a viajar, me encontré frente a un muro de idiotas decididos a arruinarme cualquier intento de encerrarme solo con mi miseria.
Caden fue el primero en atacarme.
—¿Tu plan es quedarte aquí lamiéndote las heridas?
Sí. Exactamente ese era mi puto plan.
Después, apareció Kai con su tono de terapeuta emocional barato.
—No te encierres en ti mismo. Es el momento de estar con tus amigos.
Amigos a los que iba a amargarles las vacaciones con mi humor de mierda, aunque eso no parecía preocuparles demasiado.
Nathan fue todavía peor.
—No te estamos preguntando. Te estamos avisando de que vienes con nosotros.
El muy idiota hablaba como si fuera mi padre.
Hasta Juraj, que normalmente evitaba meterse en conversaciones serias porque bastante tenía con ser un bocazas el resto del tiempo, decidió aportar su granito de arena.
—No importa dónde estés, vas a seguir jodido igual.
Dolió escucharlo porque tenía razón. Pero el cabrón todavía no había terminado.
—La diferencia es que te van a dar tanto por culo que no vas a tener tiempo ni de pensar.
Y, de nuevo, acertó.
Lo peor llegó cuando vi a todas esas brujas que se hacían llamar mis amigas cuchicheando juntas. Enseguida supe que estaban tramando algo. JoJo fue la portavoz oficial del desastre.
—Si Conor no viene, se cancela el viaje.
Mi respuesta fue sencilla.
—Pues canceladlo. Yo no voy a ninguna parte.
Entonces River, que hasta ese momento me parecía la más sensata de todos, soltó tranquilamente:
—Perfecto. En ese caso, las vacaciones serán en casa de Conor. Nos instalaremos allí.
Pensé que estaban bromeando. De verdad lo pensé.
Hasta que empecé a ver cómo llenaban la pequeña casa de bolsas, maletas y trastos. Las muy jodidas iban completamente en serio.
Así que Hawái terminó pareciéndome una opción bastante aceptable.
Aunque subir al avión y ver que Liam no estaba allí fue otra hostia de realidad.
Porque comprendí que aquello iba a ser mi vida a partir de entonces.
Miraría a mis amigos y siempre faltaría él.
Vería a todos besando a sus parejas y sería otro recordatorio constante de que yo ya no tenía a la mía.
Y cuando volviera al hielo, el dorsal número veintinueve ya no estaría allí.
Vacío.
Más vacío.
Y después la soledad.
Lo irónico era sentirme así estando rodeado de gente todo el tiempo.
Así que allí estaba yo, intentando no arruinarles demasiado las vacaciones.
Fingiendo durante el día que estaba mejor.
Dejando que me cuidaran como si fuera un niño roto al que no podían perder de vista ni un minuto.
Y por la noche, cuando conseguía despedirme de todos y encerrarme en mi habitación, empezaba el verdadero desastre.
Bebía un poco de whisky , esperaba para asegurarme de que nadie me seguía y me largaba solo.
Terminaba en algún chiringuito de playa abierto hasta tarde, entre música, luces y turistas borrachos, y seguía bebiendo hasta el cierre. Si alguien se acercaba a ligar, bastaba una mirada de pocos amigos para que se alejara rápido.
Y continuaba bebiendo. Hasta dejar de sentir. Hasta regresar tambaleándome al hotel.
La noche anterior ni siquiera había llegado a mi habitación. Me quedé dormido apoyado contra una puerta que no era la mía y me desperté cuando alguien la abrió por la mañana.
Un espectáculo patético, humillante y destructivo.
Pero nada calmaba el agujero que llevaba dentro. Era mi forma de llorarlo, de echarlo de menos. Porque decir que intentaba olvidarlo sería ridículo; sabía que eso no iba a pasar jamás.
Luego llegaba el día siguiente. Me duchaba, desayunaba con ellos, sonreía cuando tocaba y fingía estar mejor mientras participaba en todas las estupideces que se les ocurrían. Aunque la mayor parte del tiempo mi cabeza ni siquiera estaba allí.
Me estremecí al sentir el agua golpeándome los pies. Abrí la boca con una mueca y noté la sal y la arena pegadas a mis labios, pero intenté incorporarme a pesar del dolor punzante que me atravesó la cabeza.
La tenue claridad de la mañana me escocía en los ojos. Me pasé la mano por la cara y bajé la vista hacia mi brazo, cubierto de arena y tierra.
A Dhia.
Había acabado la noche tirado en la playa, borracho y sin recordar absolutamente nada de cómo demonios había terminado allí.
Me froté el rostro para quitarme la arena. Cuando llegó otra ola, mojándome las rodillas, aproveché para aclararme las manos, la cara y el pelo. Luego me puse en pie, aunque con bastante menos equilibrio del que me habría gustado.
Me quité las sandalias y dejé la camisa en la zona seca de la playa, junto a la cartera y el móvil, que milagrosamente seguían intactos. No podía volver al hotel con esa pinta. Si alguno de los chicos me veía así, se encenderían todas las alarmas.
Entré directamente en el agua con los pantalones cortos puestos; total, ya estaban empapados. Me limpié la arena del cuerpo e intenté que el olor salado disimulara un poco el rastro de whisky que todavía debía de desprender.
Algo más despejado, regresé hasta donde había dejado mis cosas y me senté sobre la camisa mientras intentaba secarme un poco antes de volver.
La playa estaba prácticamente vacía a esas horas.
Solo había un par de personas corriendo por la orilla y varios surfistas aprovechando las primeras olas de la mañana.
Me quedé observándolos, hipnotizado. Aunque, para ser sincero, nunca había entendido del todo esa obsesión por pasarse la vida luchando contra el mar; siempre he preferido enfrentarme a algo de carne y hueso. Resulta mucho más predecible.
De pronto, la pantalla de mi teléfono se iluminó con un mensaje.
Jones
¿Dónde estás?
Genial. El chico empezaba a perder los modales. «Buenos días a ti también», pensé mientras veía el aviso de escribiendo... aparecer otra vez en pantalla.
Jones
Mischa y yo hemos pasado por tu habitación para recogerte y nadie abrió.
Mierda.
Podía decirle que había salido a correr. No, eso no colaría si me veían aparecer con aquella pinta.
«Piensa, Conor».
Yo
Me desperté temprano y me estaba agobiando encerrado en la habitación, así que salí a caminar y terminé dándome un baño.
Bueno, técnicamente esa última parte no era mentira.
Jones
Te esperamos para desayunar.
Yo
No hace falta. Nos vemos más tarde.
El indicador de escribiendo... apareció casi al instante otra vez.
Jones
Conor, mejor que no faltes porque todos van a empezar a ponerse nerviosos.
Debajo apareció otro mensaje segundos después.
Jones
¿Va todo bien?
Solté el aire lentamente mientras miraba el agua delante de mí.
Yo
Mejor imposible.
Jones
Hablo en serio.
Yo
Yo también .
Le hice una foto al mar y se la envié.
Yo
¿Ves? Todo OK.
Jones
Estamos aquí, ¿lo sabes, verdad?
Yo
Lo sé.
Dejé el móvil a un lado y me pasé una mano por el pelo húmedo. No me sentía bien mintiéndoles, pero prefería eso antes que preocuparlos todavía más.
Al alzar la vista, una sombra se proyectó sobre mí. Entrecerré los ojos intentando enfocar contra la luz y me encontré con un cuerpo alto, definido y cubierto solo por unos pantalones de surf negros. Llevaba una tabla bajo el brazo y el cabello rubio revuelto por el viento y el agua salada.
«Me cago en mi vida», mascullé para mis adentros. No podía tener peor suerte.
Kieran Price acababa de dar conmigo.
Quizá tendría que haber mencionado que aquel viaje también lo incluía a él, el excompañero y amigo de Nate.
Y, técnicamente, debería alegrarme de no ser el único soltero atrapado en medio de unas vacaciones románticas disfrazadas de viaje grupal, pero por lo poco que había escuchado, Price tampoco atravesaba precisamente su mejor momento sentimental.
No tenía claro qué había pasado exactamente. Me sonaba haber oído algo sobre una ruptura, un tiempo o incluso unos cuernos; ni idea, tampoco era asunto mío.
La diferencia era que él todavía era mucho más joven que yo y, con total seguridad, aquella relación acabaría siendo solo una más en una larga lista.
Además, el cabrón tenía la anatomía exacta para volver idiota a medio planeta: surfero, jugador de hockey y absurdamente atractivo. El típico chico capaz de sonreírte una sola vez y dejarte pensando en él durante días.
—¿Qué hay, Conor? —saludó, con una incomodidad casi tan evidente como la mía.
—¿Te levantas temprano para surfear?
—Sí. Quería aprovechar algunas olas, ya que estamos en Hawái, pero sin abandonar al grupo todo el día, ya me entiendes. Ahora iba a cambiarme para reunirme con ellos en el desayuno. ¿Y tú?
«¿Yo?».
Buena pregunta. Y una a la que no podía darle una respuesta sincera, así que le solté la misma historia que le había vendido a Kai:
—Me apetecía dar una vuelta y al final terminé dándome un baño.
Cuanto más escuchaba aquella excusa salir de mi boca, más absurda me parecía.
Kieran soltó aire por la nariz antes de clavar la tabla sobre la arena. Lo que no me esperaba en absoluto era que se sentara a mi lado.
Giré la cabeza hacia él, delatando mi desconcierto. Él se revolvió el pelo mojado antes de enganchar los dedos en el collar de conchas que llevaba pegado al cuello; supongo que era parte de su uniforme de surfero atrapado en el cuerpo de un jugador de hockey.
—Te vi cuando llegué esta mañana —confesó al cabo de unos segundos.
Me puse en tensión al instante.
—A ver, no sabía que eras tú. Creí que era un...
Se interrumpió a mitad de camino.
«Un borracho tirado en la playa». Eso era lo que había pensado. Y tampoco se equivocaba demasiado.
—Da igual —continuó—. Lo que importa es por qué estabas en ese estado y durmiendo aquí.
—No es asunto tuyo.
—Puede que no —reconoció sin alterarse—, pero, si esperas que mire hacia otro lado, lo siento, pero no va a suceder.
—¿Qué quieres, Kieran? Creo que es bastante evidente, ¿no? Estoy jodido. Me han traído a este puto lugar donde tengo que fingir que estoy bien cuando mi cabeza no se detiene ni un segundo. Y esto... —señalé mi estado lamentable— es la única forma que he encontrado de apagarla un rato.
—Es una tontería lo que estás haciendo. Y, sinceramente, no creo que te esté sirviendo de nada. ¿Vas a pasarte las vacaciones emborrachándote y quedándote tirado en cualquier esquina?
—Muy bien, genio, dime qué harías tú. Porque, si tienes la fórmula mágica para dejar de estar así, te escucho encantado. Y, si no, puedes cerrar la boca. Gracias.
Su mirada se perdió un momento en el mar, como si mis palabras hubieran removido algo en su interior.
—Puedo entenderte más de lo que crees —murmuró al final—. Hubo una época en la que yo tampoco sabía qué hacer con ese peso en el pecho que parece devorarte por dentro. Cuando estás así, acabas agarrándote a cualquier cosa.
Lo observé, esperando a que continuara, pero no lo hizo. Y tampoco insistí.
—¿Y qué hacías cuando te pasaba?
—Tomar decisiones de mierda. Igual que tú ahora.
Me sostuvo la mirada y, por primera vez desde que lo conocía, vi algo roto detrás de sus ojos claros.
—Así que no existe ninguna fórmula mágica, ¿eh?
—Me temo que no.
Se encogió de hombros y esbozó una pequeña sonrisa.
—Pero quizá sí exista una buena distracción.
Bufé.
—¿Te parecen pocas las distracciones que tengo ya con todos ellos encima de mí las veinticuatro horas del día?
Kieran sonrió más abiertamente. El cabrón tenía una sonrisa peligrosamente bonita: los dientes blancos le resaltaban aún más sobre la piel bronceada y sus ojos azules brillaban con una intensidad ridícula bajo aquella luz.
—No están sirviendo de nada —negó con la cabeza—. Cuando estás con ellos, sigues ausente. Los acompañas, hablas con ellos, pero tu cabeza está en otra parte. Y créeme, todos se dan cuenta.
—Y yo creyendo que estaba haciendo el papel de mi vida. Vaya, parece que lo mío no es la interpretación —solté con sarcasmo.
—Deja de ser un capullo. Busca una motivación, algo que de verdad te mantenga la cabeza ocupada. De hecho, se me ocurre una idea.
Lo miré con desconfianza.
—Ven conmigo a surfear.
Solté una carcajada de inmediato.
—¿Yo? ¿Surfear? Kieran, ¿te has dado un golpe en la cabeza con la tabla o qué?
Punto número uno, jamás me he subido a una de esas mierdas.
Punto número dos, no me interesa. Punto número tres, no me motiva tragar agua salada.
Y cuatro, el más importante, ¿en qué coño se supone que me va a ayudar eso?
—Primero, yo te enseñaría lo básico. Segundo, empezaríamos en una playa tranquila. Y tercero —se inclinó un poco hacia mí—, mientras estés intentando no ahogarte ni caerte de la tabla, te aseguro que tu cabeza no va a tener tiempo para pensar en nada más. Supervivencia pura.
Lo peor era que hasta sonaba lógico.
—Además —continuó—, sería una buena excusa para que dejaras de emborracharte cada noche. Tendrías que madrugar.
Me giré ligeramente hacia él y nuestros brazos se rozaron por accidente. Ninguno de los dos se apartó.
—¿Y por qué ibas a tomarte tantas molestias conmigo?
Kieran bajó un momento la vista hacia la arena.
—Porque cuando estaba en el hospital tú no dudaste en acompañarme a Chicago. Moviste cielo y tierra para que pudiera viajar con mi madre y te quedaste allí cuidándome. Supongo que esta es mi forma de devolverte el gesto.
—Te recuerdo que fui yo quien te mandó al hospital atropellándote con el coche. Era lo mínimo que podía hacer.
—Yo no lo veo así.
Me dio un pequeño empujón con el hombro que me desplazó unos centímetros.
—Te quedaste a mi lado en uno de los peores momentos de mi vida cuando prácticamente ni me conocías. Eso no lo hace cualquiera.
Se puso en pie y levantó la tabla de surf.
—Mañana estaré en Ala Moana Beach temprano. Las olas allí son suaves, perfectas para principiantes.
—No voy a ir. No pierdas el tiempo conmigo.
Kieran se encogió de hombros mientras daba un paso hacia atrás.
—Eso depende de ti, Conor. Si no apareces, al menos aprovecharé para ver uno de los mejores amaneceres de Hawái.
Lo observé un instante antes de volver a hablar.
—Kieran... ¿Lo de esta mañana puede quedar entre nosotros? No quiero preocuparlos.
Su expresión se suavizó un poco.
—Procura que no vuelva a pasar. Si te vuelvo a encontrar ebrio, abriré la boca sin pensarlo.
—Mierdecilla. —Cogí un puñado de arena y se lo lancé.
Kieran dio un salto hacia atrás entre risas.
—Nos vemos en el desayuno, Conor. Y date una ducha, que apestas a alcohol.
Genial. El día no podía haber empezado mejor.
Me dejé caer de espaldas sobre la arena con una sonrisa derrotada. Estaba completamente loco si pensaba que iba a subirme a una maldita tabla de surf.
Eso no iba a pasar jamás.