Capítulo 12
KIERAN
—Buen trabajo hoy en el entrenamiento —Caden me dio un golpecito en el hombro antes de salir de los vestuarios.
—Sigue así, chaval —añadió Kai, que iba a su lado.
Sonreí como un idiota con cada palabra de reconocimiento y gesto de afecto que recibía a medida que mis compañeros abandonaban el vestuario. El último en quedarse fue Juraj.
—No esperes una palmadita por mi parte. Todavía no me he olvidado de que llevaste a mi novia a una fiesta de fumetas —bromeó mientras se colocaba la gorra del revés.
—A ella no pareció importarle. De hecho, se sintió demasiado cómoda rodeada de surfistas guapos y bronceados —lo piqué, enrollando la toalla para darle un azote en la pierna.
La verdad era que nos llevábamos muy bien. Siempre fingíamos tener algún pique absurdo que acababa cansando al resto del equipo, pero a nosotros nos daba igual.
—No me provoques, Price, porque me estoy planteando quemar todas tus tablas de surf —me revolvió el pelo antes de salir por la puerta.
Solté una risa y terminé de ponerme la ropa deportiva.
Para el resto, el entrenamiento había finalizado, pero no para mí.
Llevaba semanas quedándome más tiempo en el club, entrenando después de las prácticas oficiales.
Algunas veces bajo la supervisión de Jasper y otras solo, siguiendo una rutina específica para defensas que Conor había preparado para mí: ejercicios de posicionamiento, anticipación, reacción en transición defensiva, control de espacios y trabajo físico para mejorar la estabilidad sobre el hielo.
Y sí, había dicho Conor.
Porque después de aquel encuentro en la caseta del jardín, algo cambió entre nosotros.
Lo lógico habría sido que la situación se volviera insoportable o directamente un infierno para mí, pero, contra todo pronóstico, no fue así.
Tampoco es que ahora fuéramos amigos ni mucho menos.
Nuestra comunicación seguía siendo mínima, aunque ya no estaba cargada de odio constante.
Empezó a contar conmigo en el hielo. Me corregía durante los entrenamientos, me explicaba cómo cerrar líneas de pase, cómo anticiparme mejor a ciertos movimientos ofensivos y dónde debía colocarme para proteger más la zona defensiva. Y lo hacía sin gritos.
Un día, después de un entrenamiento, me llamó aparte junto a Jasper y ambos me explicaron exactamente en qué estaba fallando, qué debía trabajar dentro y fuera del hielo, cuáles eran mis debilidades y también mis puntos fuertes.
Me recomendaron aumentar las horas de entrenamiento y, por supuesto, acepté.
Quería estar a la altura.
Por mis compañeros. Por Nathan, que había confiado en mí. Y, aunque me fastidiara admitirlo, también por Conor.
Tenía una oportunidad y no pensaba desaprovecharla.
Así que sí, durante ese último mes el ambiente había mejorado bastante. Y mi técnica también. No sé si solo por las horas extra de práctica o porque, por primera vez en mucho tiempo, empezaba a confiar un poco más en mí mismo.
En cuanto al surf… no había podido volver al agua.
Estaba agotado con la exigencia física y mental de los entrenamientos, así que los días libres los necesitaba para descansar de verdad.
No significaba que estuviera renunciando al mar, porque jamás podría hacerlo, pero nunca había tenido tan claras mis prioridades.
Esta vez elegía el hockey, no por presión ni por obligación, sino porque era exactamente lo que quería.
—¿Estás listo, chaval?
Las puertas automáticas del vestuario se abrieron y Jasper apareció en la entrada. Asentí, me puse en pie y fui tras él.
Rápidamente empezamos a hablar del entrenamiento sobre el hielo.
Jasper estaba comentando lo bien que había cerrado líneas de pase durante los últimos ejercicios defensivos y cómo había conseguido anticiparme en varias transiciones ofensivas rivales sin perder la posición.
Entramos distraídamente en el gimnasio y, cuando alcé la vista, lo vi.
Conor.
Estaba de pie al fondo de la sala, apoyado contra una de las máquinas, con los brazos cruzados sobre el pecho.
La camiseta técnica se pegaba a sus bíceps y marcaba cada músculo de sus brazos; el pantalón deportivo descansaba bajo en sus caderas.
Daba igual lo que se pusiera. Con ropa informal o con traje el día del partido, siempre imponía.
Siempre.
Al levantar la mirada, nuestros ojos se encontraron.
Los suyos, verdes y fijos en mí.
Y, por alguna estúpida razón, mi corazón comenzó a golpearme el pecho con fuerza. Igual que cada vez que lo tenía cerca. Odiaba lo nervioso que me ponía. Odiaba el efecto absurdo que tenía sobre mí.
—¿Sucede algo, Conor? —preguntó Jasper, tan sorprendido como yo de verlo allí.
—No, en absoluto —se apartó de la máquina y caminó hacia nosotros antes de darle un apretón en el hombro—. Vete al cumpleaños de tu madre. Me encargo yo.
—Gracias, Conor —Jasper sonrió y después se giró hacia mí. Me dio una palmada en el abdomen, en una especie de gesto de ánimo—. Aprovecha. Es el mejor.
Oh, no.
No, aquello tenía que ser una especie de castigo del universo.
Cerré los ojos, deseando que cuando los abriera él hubiera desaparecido, pero seguía ahí, plantado delante de mí.
—¿Tienes algún tipo de tic? —curioseó con una ceja arqueada.
Mierda.
Iba a pensar que era idiota.
Aunque lo peor era preguntarme por qué me importaba tanto lo que pensara.
—Vamos, Price. No tenemos todo el día.
Caminó hacia el centro del gimnasio y señaló una zona libre.
Empezamos con desplazamientos laterales usando bandas de resistencia atadas a la cintura, trabajo de estabilidad y reacción para fortalecer el tren inferior y mejorar el equilibrio sobre el hielo.
Después me mandó hacer ejercicios de cambios de dirección explosivos, simulando coberturas defensivas y cierres en zona.
Y no paraba.
—Más rápido. Baja más el centro de gravedad. No cruces tanto los pies. Otra vez.
Empapado en sudor y con la camiseta pegada a la piel, sentía cómo me exigía más y más sin llegar a subir el tono en ningún momento.
—Puedes dar más, Price —dijo con calma, observándome desde delante—. Ese no es tu límite y los dos lo sabemos.
Mi cuerpo parecía tener una opinión muy distinta.
No tenía ni idea de cuánto tiempo llevábamos entrenando cuando mis piernas empezaron a temblar de verdad. Acabé inclinándome hacia delante, apoyando las manos en las rodillas mientras buscaba el aire.
Conor me lanzó una bebida isotónica.
—Bebe.
La atrapé al vuelo y le di un largo trago, aunque todavía luchaba por recuperar la respiración.
—Ponte recto.
Hice el ademán de incorporarme, pero el agotamiento me hizo doblarme otra vez.
Entonces lo sentí detrás de mí.
Jodidamente cerca.
Sus manos se colocaron sobre mis caderas para ayudarme a enderezarme y mi respiración se entrecortó automáticamente. Noté el calor de su cuerpo a mi espalda mientras su voz sonaba baja, tranquila, muy cerca de mi oído.
—Tu estabilidad falla aquí —deslizó una mano por mi oblicuo—. Si esta zona no aguanta la carga, pierdes fuerza en el contacto sobre el hielo.
Sus dedos siguieron recorriendo mi abdomen despacio, señalando músculos mientras hablaba.
—También necesitas reforzar el core y la zona lumbar. Ahí es donde sostienes gran parte del impacto cuando bloqueas o entras al choque.
Su aliento rozó mi nuca y cerré los ojos un instante, completamente alterado por el contacto.
Mierda, me estaba poniendo literalmente malo.
Conor rodeó mi cuerpo hasta colocarse delante de mí. Sus manos volvieron a posarse sobre mi abdomen y después ascendieron unos centímetros hacia mi pecho.
—Y aquí —continuó, ajeno o fingiendo serlo al desastre que me estaba provocando entre las piernas—. Necesitas más resistencia para aguantar mejor los forcejeos contra la valla.
Sin embargo, yo apenas podía escucharlo.
De repente solo era consciente de lo cerca que estaba: de su respiración rozándome, de sus dedos aferrados a mis caderas y de esa mirada clavada en mí.
La última vez que habíamos estado así fue en la caseta del jardín. Y antes de eso… Hawái. Las dos veces habíamos terminado perdiendo el control.
Y lo peor era que seguía deseándolo igual.
No.
Mucho más.
Había intentado olvidarlo, fingir que aquellos momentos nunca ocurrieron, pero era inútil.
Conor se había instalado en mi cabeza de una forma enfermiza.
Me despertaba duro pensando en él y me acostaba luchando por no imaginar sus manos, su boca, la manera en que me besó, como si quisiera arrancarme la puñetera ropa.
Siempre acababa perdiendo esa batalla contra mi propio cuerpo. Por más que intentaba sustituir su imagen por la de Cory, mi mente regresaba de forma inevitable al mismo lugar, a él. Al moreno de ojos verdes que ahora me miraba con las pupilas dilatadas y la respiración tan alterada como la mía.
Aquella tensión volvió a instalarse entre nosotros, la misma de Hawái y de aquel beso. Y supe, por cómo se oscurecía el verde de sus ojos, que él también la estaba sintiendo.
Entonces Conor carraspeó de golpe y dio un paso atrás.
—Muévete. Terminemos con esto.
Se acomodó en la colchoneta y cruzó los antebrazos detrás de la cabeza.
—Vas a hacer abdominales con peso. Yo soy el peso. Aguanta el ritmo y no te vengas abajo ahora, Price.
El estómago se me tensó de golpe, y no por el ejercicio.
Por él.
Por el simple hecho de saber que iba a tenerlo encima.
Conor Flanagan demasiado cerca era un puto peligro para mi autocontrol, y siempre lo había sido.
Yo no era impulsivo, nunca perdía la cabeza ni dejaba que el cuerpo mandara sobre la razón.
Pero con él, todo ese control saltaba por los aires.
Bastaba una sola mirada, una orden seca pronunciada con esa voz grave y cansada, para que algo en mi interior despertara de una forma que ni siquiera comprendía.
Y me aterraba.
Porque no tenía ni idea de cómo frenarlo.
Me coloqué sobre la colchoneta intentando ignorar el temblor ridículo que me recorría las manos. Conor se acomodó encima de mí sin ninguna clase de cuidado, firme, sólido, con el peso de su cuerpo aplastándome las caderas. El aire se me quedó atascado en los pulmones.
—¿Qué pasa? —protestó al notar que tardaba en moverme—. ¿Ya estás cansado?
Negué rápido.
Error.
Porque al levantar la cabeza para hacer la primera abdominal quedamos demasiado cerca. Su respiración me golpeó en la boca, tibia y agitada. El roce no duró ni un segundo, pero sentí una descarga atravesarme el pecho.
—Otra vez —ordenó.
Bajé. Subí.
Cada repetición era peor.
O mejor.
No lo tenía claro.
El esfuerzo me quemaba el abdomen, pero el verdadero problema era la manera en que nuestros cuerpos se deslizaban unos centímetros en cada movimiento.
El roce involuntario de sus muslos contra los míos.
Su mano sujetándome el hombro para mantenerme estable.
Su aliento mezclándose con el mío mientras seguía marcándome el ritmo sin apartarse.
—Más arriba.
Subí otra vez.
—No aflojes ahora, Price.
La distancia entre nuestras caras desaparecía un poco más con cada abdominal. Mi respiración ya no seguía ningún patrón coherente. El pulso me golpeaba tan fuerte que empezaba a marearme. Conor también respiraba más pesado. Lo percibía. Lo escuchaba. Y eso solo empeoraba las cosas.
—Vamos. Otra.
Su voz salió más ronca esa vez.
Me incorporé de nuevo y el movimiento nos dejó absurdamente cerca. Tan cerca que, si alguno avanzaba un centímetro, nuestras bocas iban a tocarse.
El tiempo se detuvo.
Los ojos de Conor bajaron un instante a mis labios y un latigazo me atravesó entre las piernas con tanta fuerza que casi dolió. Mi polla reaccionó antes que mi cabeza, endureciéndose bajo su peso con una urgencia humillante, casi desesperada.
Conor sacudió la cabeza, como si acabara de despertar. Se apartó de golpe y se puso en pie antes de que pudiera procesarlo, pasándose una mano por el pelo revuelto mientras respiraba hondo y evitaba mi mirada.
—Ya está. Hemos terminado.
La brusquedad de su tono rompió con la tensión que todavía seguía atrapada entre nosotros. Caminó hacia la puerta sin añadir nada más y yo me quedé tumbado, todavía intentando recuperar el aire y algo parecido a la cordura.
Pero justo antes de salir, Conor se detuvo.
Giró la cabeza por encima del hombro y clavó los ojos en mí.
—Estás haciendo un buen trabajo, Price. No te rindas. Empieza a confiar de una vez en el potencial que tienes.
Después se marchó.
La puerta se cerró y yo permanecí de espaldas sobre la colchoneta, incapaz de contener la sonrisa que me curvó los labios.
Porque esas palabras...
Joder.
Significaban demasiado viniendo de él. Demasiado para mi propio bien.