Atrapados en la jugada (Corazones en juego 5) Capítulo 11
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Capítulo 11

CONOR

​ Dos años antes…

Mis manos seguían aferradas al volante, con la vista clavada en la que había sido mi casa.

Todo seguía igual y, al mismo tiempo, todo era distinto.

Miré el reloj. Habían pasado otros cinco minutos.

«Un poco más», me repetía. Y así se convirtió en media hora, como si en ese pequeño margen de tiempo fuera a encontrar el valor suficiente para enfrentarme a lo que me esperaba ahí dentro.

Y sí, aquella decisión había sido mía. Si íbamos a firmar un documento que rompería oficialmente lo que éramos y todo lo que habíamos construido, tenía que ser allí, en el que había sido nuestro hogar, y con él delante, dándome la cara.

Porque el muy cobarde solo aparecía por Seattle lo justo para desaparecer otra vez rumbo a Canadá.

Después del encontronazo en el aeropuerto no volvimos a hablar.

Ese mismo día recogí mis cosas y me instalé de manera indefinida en la casa de invitados de los Prescott, hecho una auténtica mierda.

Ni siquiera era capaz de hablar del tema con mis amigos; sentía que, si lo hacía, todo se volvería demasiado real.

Además, tenía a un equipo que me seguía necesitando y que confiaba en mí.

Liam volvió para disputar los últimos partidos antes de que cayéramos eliminados y nos quedáramos sin playoffs .

Después volvió a desaparecer y no dio señales de vida hasta el inicio del verano, cuando quedó con Nathan para una reunión de la que exigió secreto absoluto, incluso respecto a Jordan.

Ella estaba quemadísima porque lo veía distanciarse de todos.

Sin embargo, aquel día todo ese misterio saltó por los aires.

Mia sufrió una complicación con el embarazo en el propio estadio y fue Liam quien estuvo allí para echarle una mano. Como agradecimiento, Davenport y ella decidieron ponerle su nombre al bebé. Fantástico. Un recordatorio en miniatura de mi ex.

A partir de ahí, las cosas siguieron el cauce oficial.

Llegó la reunión con la directiva y fue entonces cuando soltó el bombazo.

Abandonaba la cúpula de los Rift y le cedía sus participaciones al pequeño Liam.

Aunque, si soy sincero, el primer golpe en toda la cara nos lo habíamos llevado mucho antes, al anunciar que dejaba el hielo y se retiraba del hockey para siempre.

Justo después de que me lo cruzara en Toronto con su nuevo novio.

Eso nos hundió a todos, pero a mí me dejó en ruinas.

Mis amigos evitaban sacar el tema por consideración, pero era evidente que también estaban dolidos y desorientados.

Nadie entendía qué cojones le pasaba a Liam para comportarse de esa forma.

Se había convertido en un desconocido de la noche a la mañana, como si ninguno de nosotros le importara lo más mínimo.

La última estocada fue la definitiva.

Contactó con el despacho de abogados que llevaba nuestros asuntos y exigió que redactaran una cesión de todos nuestros bienes a mi nombre. Absolutamente todo. Porque jamás había habido un «mío» o un «tuyo»; siempre fue de los dos. Aquello me destrozó, era la forma cobarde de pagar por su traición.

Me negué.

Impuse una sola condición: si pensaba firmar algo, tendría que dar la cara y hacerlo en esa misma casa. Quería arrancarle un poco de dolor. Que no le saliera gratis.

Aunque estaba claro que el que se estaba desangrando allí era yo.

Me miré las manos. Los nudillos estaban blancos de apretar el volante. Tenía la mandíbula encajada y una tensión insoportable en la cabeza.

«Vamos, Conor. Termina con esto de una puta vez. Él no te quiere. Quiere a otro. Lo ha elegido a él».

Me lo repetí una y otra vez.

Tomé aire y cerré los ojos para buscar un valor que no tenía. Salí del coche. Al cerrar la puerta, la mirada se me fue a esa casa donde un día fui ridículamente feliz. Avanzar hacia la puerta era como ir apretando un nudo corredizo en mi propio cuello.

Al entrar, el olor me llegó al instante. Olía a hogar. A Liam. A los dos.

Apreté los párpados con fuerza para frenar las lágrimas. No iba a derrumbarme delante de él.

En el salón únicamente me esperaba el abogado, que se levantó para saludarme con un apretón de manos.

—¿Está preparado el documento? —fui directo al grano.

—¿Seguro que quieres hacer esto, Conor?

—Completamente. Dámelo.

Sacó el papel del maletín. En cuanto lo tuve delante, un temblor traicionero en las manos casi me impide sujetar el bolígrafo.

No repasé ni una sola línea; me había asegurado antes de que estuviera todo tal y como exigí.

Busqué el hueco para la firma y me llevó varios segundos conseguir que la tinta trazara mi nombre.

Firmé las demás páginas por pura inercia.

Terminado.

Solté el bolígrafo sobre la mesa y alcé la mirada.

—¿Dónde está?

—Ha subido. Dijo que necesitaba unos minutos.

Asentí en silencio y me fui directo a las escaleras. Me temblaban las rodillas al pensar que aquella podía ser la última vez que nos miráramos a los ojos. De lo único que estaba seguro era de que este era el fin de Liam y Conor.

Avancé en piloto automático hacia el único sitio donde podía estar.

Y no me equivocaba.

Estaba en nuestro dormitorio, tumbado en la cama.

Una opresión brutal me partió el pecho. Quería correr hacia él, abrazarlo y rogarle que no me dejara. Pero entonces recordé que ya no me amaba, y me odié por seguir sintiendo aquello, por seguir queriéndolo así después de todo. Era humillante.

Tragué saliva con fuerza para frenar el llanto, me apoyé en el marco de la puerta y forcé una máscara de frialdad antes de carraspear para llamar su atención.

Se sobresaltó y se incorporó de golpe. Antes de ponerse en pie, vi cómo se secaba los ojos a toda prisa. Mi mirada cayó en la almohada húmeda y, justo antes de sostenerme la vista, se colocó unas gafas de sol. No entendí el gesto. Quizá no quería mostrarme ni una sola rendija de duda.

Debería haber sentido alivio al comprobar que aquella casa aún tenía el poder de destruirlo. Pero no. Si tanto le dolía, no era suficiente como para quedarse ni para luchar por lo nuestro en vez de huir a otro país, con otro hombre.

Aun así, verlo de esa manera me destrozó por dentro.

Joder… Tenía un aspecto horrible. Había perdido su luz de siempre; estaba más delgado, apagado. Durante un segundo, me pregunté si de verdad su infierno estaba siendo tan oscuro como el mío.

Pero entonces me fijé en el tono bronceado de su piel y la compasión se fue a la mierda.

Seguramente había pasado los últimos días tirado en alguna playa de arena blanca, bajo el sol, con su nuevo novio.

—Conor, desde el bufete me han dicho que no estás de acuerdo con la cesión de bienes.

—No. Y no vas a limpiar tu puta conciencia regalándome todo lo que construimos juntos —negué con la cabeza—. El daño que me has hecho no se compensa con dinero, Liam.

—Te equivocas. Solo pensé que era lo más justo, teniendo en cuenta que voy a marcharme de Estados Unidos de forma permanente.

—¿Lo más justo? No me jodas —solté una risa seca, mordiéndome la lengua para no arrojar todo lo que de verdad quería decirle. Que lo único injusto aquí era haberme destrozado. Mentirme. Engañarme.

—¿Por qué me has hecho venir, Conor? ¿Qué pretendes con esto? ¿No ves que solo nos estamos haciendo daño?

—¿De verdad te duele estar aquí? —No le di ni un segundo para responder—. Entonces he conseguido exactamente lo que quería.

—Enhorabuena.

—Vaya, casi me dan ganas de consolarte —ironicé—. Casi. Pero luego me acuerdo de que has sido tú quien me ha jodido la vida con tus decisiones.

—Conor…

—No. Liam, solo respóndeme a una cosa, ¿en algún momento de todo este tiempo te planteaste luchar por nosotros? ¿Por la vida que teníamos?

Silencio.

—¡Respóndeme, joder! —exclamé—. Sé sincero de una vez.

Liam agachó la cabeza antes de soltarlo:

—No. Porque lo nuestro acabó. Y cuanto antes lo aceptes, mejor.

Fue como si me clavaran un cristal en las entrañas.

—Vaya. Ni un solo temblor en la voz —me reí sin ganas—. Pero te lo agradezco. Al menos no me has vuelto a mentir.

La habitación quedó sumida en un silencio absoluto. Seguir allí era un masoquismo absurdo. Exigir este encuentro había sido una pésima idea. Jamás imaginé que se pudiera romper lo que ya estaba totalmente destruido.

—Le he pedido al abogado que redacte un nuevo acuerdo.

Pondremos todo a la venta: la casa, las inversiones, absolutamente todo.

Repartiremos las ganancias al cincuenta por ciento y ya está.

Fírmalo y no tendremos que volver a vernos nunca más —sentencié, buscando ponerle un punto final a esa pesadilla.

—¿La casa también?

—Todo, Liam. No quiero conservar nada que me recuerde que alguna vez formaste parte de mi vida.

Vi cómo le costaba tragar saliva.

—Conor, lo comprendo. Y créeme si te digo que lo siento. Ojalá hubiera otra manera de hacer esto, pero no la hay.

—Me has arrancado algo que no voy a recuperar jamás —lo interrumpí—. Pero te aseguro una cosa. Cuando cruce esa puerta, Liam MacAllister, estarás muerto para mí. Y algún día enterraré todo lo que siento en el lugar más oscuro que exista.

Me di la vuelta y bajé las escaleras a toda prisa. Ni me despedí del abogado. Salí de la casa necesitando aire desesperadamente y, al abrir la puerta del coche, la mirada se me fue hacia la ventana de nuestro dormitorio.

Allí estaba él.

Mirándome en absoluto silencio.

Y, aunque sabía que no iba a escucharme, me despedí de la única forma que me quedaba:

«Adiós para siempre, mi amor».

***

En cuanto crucé la verja de la entrada y bajé del coche, Nathan y Jordan vinieron directos hacia mí. No hicieron falta grandes explicaciones. Un simple «ya está, se acabó» bastó para que lo entendieran todo.

Jordan fue la primera en reaccionar.

Se negó a aceptarlo y salió disparada en el coche a buscar a Liam, convencida de que todavía podía hacerlo entrar en razón.

Yo, en cambio, sabía de sobra que estaba perdiendo el tiempo.

Tras derrumbarme en los brazos de Nathan y llorar hasta quedarme vacío, me llevó a la casa de invitados.

Sacó una botella de whisky irlandés, sirvió dos vasos y acabamos sentados en el suelo del salón, con la espalda apoyada en el sofá, bebiendo en silencio.

—Creo que lo necesitábamos —murmuró antes de darle un trago.

Pero ambos sabíamos que el alcohol no iba a reparar nada. Mucho menos a anestesiar el dolor.

Y no era únicamente yo quien estaba sufriendo. Liam no se conformaba con haberme dejado a mí; se estaba alejando de todos. Éramos una familia y perderlo dolía como perder un miembro del cuerpo. Podías aprender a seguir adelante, sí, pero la ausencia se quedaba ahí, constante y difícil de ignorar.

No sé cuánto tiempo pasó exactamente. Solo tenía claro que fuera empezaba a anochecer cuando la puerta de la casita se volvió a abrir. Vi cómo Nathan alzaba la cabeza con un chispazo de esperanza, creyendo tal vez que Liam aparecería tras ella o que Jordan traería alguna buena noticia.

Yo no esperaba nada.

No después de escucharlo decir aquello.

«Lo nuestro se acabó».

Todavía sentía esas palabras clavadas como un cuchillo en el pecho.

Jordan entró hecha polvo y se dejó caer a mi lado. Nathan le entregó su vaso de inmediato y ella le dio un trago largo antes de arrugar la cara.

—Nunca entenderé cómo podéis beber esto. Sabe como si estuvieras chupando la corteza de un árbol.

Aquello me arrancó una sonrisa ridícula, tan efímera que se esfumó en un segundo. El silencio volvió a envolvernos hasta que Nathan formuló la pregunta que llevaba rato flotando en la habitación:

—¿Hablaste con él?

—Sí. Llegué a tiempo de verle en el aeropuerto, pero casi no pudimos hablar porque iba a embarcar. Tampoco habría cambiado nada aunque nos hubiéramos tirado horas allí. Está completamente decidido.

Claro que lo estaba.

—No reconozco a mi mejor amigo —continuó Jordan mientras se secaba las lágrimas—. Me ha dicho que necesita espacio, que no lo agobie y que respete su decisión. Que no puede seguir anclado a la vida que tenía en Seattle. ¿Os podéis creer algo así?

—¿Pero qué coño le pasa a ese imbécil? —gruñó Nathan—. Nos está apartando de su vida. A nosotros, que somos su familia, por un tipo con el que lleva dos días. Joder… menos mal que no lo tengo delante, porque le partía la cara.

Podía entender perfectamente el dolor de ambos.

Jordan y Nathan no eran simples amigos para Liam.

Eran muchísimo más que eso. Ella había crecido a su lado y Nathan llevaba años compartiendo hielo, viajes y vestuarios con él desde la etapa de los Toronto Wolves.

Entre los cuatro habíamos construido algo difícil de explicar.

Compartimos los peores momentos, los mejores, las victorias, las derrotas e incluso aquella dinámica sexual extraña y caótica que solo nosotros comprendíamos.

Era un vínculo demasiado profundo para compararlo con cualquier otra relación.

Y ahora todo eso se había esfumado.

Todo lo que fuimos dejaba un hueco enorme, una herida que jamás terminaría de cicatrizar.

—Conor… —Jordan buscó mi mano y entrelazó sus dedos con los míos—. Tú no hagas lo mismo. No te alejes de nosotros, por favor. Te necesitamos tanto como tú a nosotros.

Apoyó la cabeza en mi hombro y cerré los ojos un instante.

—Sí, tío —añadió Nathan, apretándome el muslo con firmeza—. Esto va a ser una mierda. Para ti más que para nadie. Pero nos tienes aquí. Apóyate en nosotros; vamos a cuidar de ti.

Me besó la cabeza y sentí algo quebrarse un poco más por dentro.

—Y sobre este sitio… queremos que te quedes —continuó él—. Lo hemos hablado. Si vas a vender la casa-iglesia, necesitas un hogar, y esta propiedad está justo al lado de tu familia.

—Gracias. De verdad. Por ahora aceptaré vuestra oferta porque no tengo fuerzas para pensar en nada más. Pero no puedo quedarme aquí para siempre ni convertirme en una carga.

—No digas gilipolleces —Nathan me dio un golpe suave con el hombro—.

El terreno es enorme. Hay espacio de sobra para que tengas tu intimidad y, al mismo tiempo, estés cerca.

Además, tus alternativas son bastante lamentables: o esto o acabar durmiendo en el taller de pintura de Caden.

Y eso implicaría convivir pared con pared con toda la tribu de los Hughes.

Aquello sí consiguió arrancarme una sonrisa de verdad.

—Definitivamente somos tu mejor opción y lo sabes —remató Jordan.

Asentí, dejándome abrazar por el cariño con el que intentaban sostenerme. No borraba la herida que estaba abierta en el pecho, pero conseguía hacerla un poco más soportable.

Porque ahora mismo solo me quedaban ellos.

Ellos y el hockey.