Capítulo 10 #3
Me agarró de la sudadera y me estampó contra las tablas. Su cuerpo se pegó al mío, su cara demasiado cerca.
—Eres un puto cobarde —espetó—. Estás cargando contra mí tu mierda por lo que pasó aquella noche.
Respiraba agitado. Y yo también.
—Sí, fue un error —añadió—, pero de los dos. No actúes como si fuera solo culpa mía.
—¡Cállate, Price! —apreté la mandíbula y le agarré del pelo, echándole la cabeza hacia atrás—. Esa noche había bebido. Estaba hecho polvo. Eso no habría pasado de otra forma.
Soltó una risa cínica.
—¿Quién es el que miente ahora, Flanagan? Puedes engañarte todo lo que quieras, yo ya lo intenté. Pero no cambia lo sucedido. Los dos sabemos que pudimos detenerlo y no lo hicimos.
Le apreté el pelo con un poco más de fuerza.
Tenía razón. Eso era lo que más rabia me daba.
Todos mis esquemas se rompieron cuando lo vi entreabrir los labios, húmedos, mordiéndose el inferior. Mi mente viajó de golpe a la única vez que los probé sobre los míos, al único momento en mucho tiempo en que la sangre me había corrido de verdad por las venas.
«Si existe un puto infierno, voy a arder en él», pensé antes de lanzarme contra su boca.
Sus manos seguían aferradas a mi sudadera.
Incliné nuestros rostros y, en cuanto lo besé, el calor de aquella noche resurgió de golpe.
Emociones enredadas, mezcladas sin orden: rabia, ira, deseo…
un cóctel que me hacía sentir vivo, jodidamente vivo, algo casi olvidado para mí.
No podía ser él quien despertara esa parte muerta.
Rezaba para que me apartara, para que pusiera cordura donde yo ya no podía. Pero, en el fondo, deseaba que no lo hiciera. Quería quedarme un poco más ahí.
Entonces Kieran soltó un gemido contra mi boca.
Y todo se fue a la mierda.
Ese sonido no solo me empujó a seguir, sino a hacerlo con más intensidad, más profundo, a tocarlo otra vez. Mi lengua encontró la suya enseguida, colándose sin permiso, mientras atrapaba su labio inferior entre mis dientes antes de volver a su boca.
Mis dedos abandonaron su pelo y bajaron por su cuello hasta sujetarle la mandíbula, guiándolo, exigiendo más. Cada pequeño sonido que escapaba de su garganta tiraba de mí como una droga, un incentivo difícil de ignorar.
Si había algo que iba a recordar siempre era su boca.
La forma en la que se entregaba en cada beso, como si dejara una parte de sí en ese contacto.
Mi barba rozando su piel, su respiración mezclándose con la mía…
todo era demasiado intenso, demasiado único, casi como un regalo que no debería ser mío.
Había perdido irremediablemente la cabeza.
No podía apartarme de sus labios.
Sus gemidos, sus manos enredadas en mi pelo —no tenía ni idea de en qué momento habían acabado allí—, esa presión, esos tirones suaves… me estaban volviendo loco. Estaba jodido. O, más bien, lo estábamos los dos. Otra vez.
Algo, muy al fondo, intentaba alertarme. Decirme que aquello era una pésima idea, que teníamos que parar antes de cruzar otra línea. Pero, mierda, ¿cómo hacerlo? En cuestión de segundos no solo la habíamos cruzado, es que habíamos derribado todos los puñeteros límites.
No tenía que estar en Seattle. Ni en los Rift. Y mucho menos entre mis brazos, con su lengua enredándose con la mía y su erección rozando mi muslo.
—Deberíamos parar —gruñí contra sus labios, sin dejar de besarlo.
—Probablemente… —mordió mi labio—. Deberíamos hacerlo… —Un leve roce de su lengua me sacudió—. Oh, Dios… Cuánto odio que seas tú el que despierte esto en mí.
Clavó sus dientes en mi mandíbula mientras acomodaba el muslo, presionando justo ahí, hasta que la polla me dolía de tanta tensión.
A Dhia … Jamás me había sentido tan perdido ni tan vivo.
—Y yo odio cada puta cosa que me provocas —murmuré, devorándole los labios de nuevo, rozando su miembro con el mío hasta que se le puso tan duro que le costaba coordinar.
Aunque yo no estaba mucho mejor. Un latigazo de placer me recorrió la espalda con esa pequeña fricción a través de la ropa. Hasta que…
Mierda. La voz de Nathan, hablando con alguien.
Nos detuvimos en seco. Nos miramos un momento y soltamos cualquier agarre.
—Hughes, te lo llevo mañana sin falta —comentaba, ya muy cerca.
Levanté la vista, intentando controlar la respiración.
Kieran estaba hecho un desastre, con los labios hinchados, y, joder, yo no debía de estar mejor.
Me pasé la mano por el pelo; él hizo lo mismo, recolocándoselo.
Cuando nuestros ojos se volvieron a cruzar, vi en los suyos el mismo horror por lo que acabábamos de hacer.
No podía seguir allí.
De repente me faltó el aire. Aquel lugar se me hizo demasiado pequeño.
Salí a toda prisa. Sentí la mano de Nate en mi bíceps, pero no me detuve. No podía ni mirarlo.
—Conor, ¿estás bien?
—No. No lo estoy desde que decidiste meter a Price en nuestras vidas —respondí sin frenar, siguiendo adelante, buscando un sitio donde poder respirar, donde poder arrepentirme de lo que acababa de hacer. Necesitaba una ducha, quitarme ese olor, ese sabor de la boca…, uno que no debería estar.