Atrapados en la jugada (Corazones en juego 5) Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

—Eso de que se está adaptando es muy relativo —bufé, atrayendo todas las miradas—. Porque en el hielo está muy lejos de hacerlo. Parece que toda su energía está puesta en una tabla de surf.

Levantó la mirada. Sus ojos azules se oscurecieron, furiosos, y su pecho subía y bajaba con tensión.

—Lo que yo haga en mi tiempo libre no es asunto tuyo, Flanagan.

Sonreí. Me apoyé en la isla y me incliné hacia delante.

—Claro que lo es. Has firmado un contrato y lo que estás dando en el hielo es mediocre.

No estás al nivel del resto. Y, en lugar de esforzarte el doble, te vas cada día de descanso a disfrutar del mar con tus colegas y a que te marquen como si fueras ganado.

—Me giré hacia Nathan—. ¿De verdad pensasteis en algún momento que este tío era la solución en defensa?

—Baja el tono, Conor —intervino Nate—. En su tiempo libre puede hacer lo que quiera. Igual que tú.

—¡No es lo mismo! —espeté—. Te recuerdo que este tío se dedica al hockey, aunque no lo parezca, y se pasa el día subiéndose a una tabla.

Se está exponiendo a una maldita lesión y, por si fuera poco, no descansa.

Sabes de sobra que la disciplina y la recuperación son básicas, pero tú le aplaudes que someta al cuerpo a dos esfuerzos altísimos sin margen de descanso.

Y eso pasa factura: sobrecargas, lesiones y un rendimiento por los suelos.

Nathan no insistió más. Sabía perfectamente que tenía razón.

Kieran, en cambio, se movió. Pensé que se largaría sin decir nada, pero no. Se plantó justo delante de mí.

—Que te jodan, Flanagan —soltó Price—. Desde que puse un pie en el equipo no has hecho otra cosa que juzgarme y minimizarme en vez de entrenarme. Cuestionas cada uno de mis pasos como si tuvieras derecho a hacerlo.

—Te recuerdo, Price, que soy el entrenador —repliqué con frialdad—. Tengo todo el derecho y la obligación de velar por este equipo.

—Y yo te recuerdo a ti que formo parte de este equipo. Te guste o no.

Se hizo un silencio pesado. Kieran se dio la vuelta y se marchó a zancadas.

Apreté los puños mientras sus palabras me retumbaban en la cabeza. Iba a ir tras él, pero sentí la mano de Nathan en mi hombro, frenándome.

—Vale, en lo del surf tienes razón —concedió—, pero así no. Te estás pasando. No estás siendo justo con él y no puedes exigirle nada si tú eres el primero que lo deja fuera.

—Todos los que estamos en los Rift sabemos lo que costó llegar hasta aquí —apunté, con el tono más firme—. No hablo solo del hielo. Hemos levantado este club desde las cenizas. Es nuestra casa, nuestra maldita casa, y espero que quien esté dentro se lo tome en serio.

—Conor —Jordan me cogió la mano—. Te pasa algo. Estás fuera de ti. Tú no eres así. Siempre has sido el primero en ayudar, en entender a los demás y ahora no sé…, hay algo que te está removiendo por dentro y lo estás pagando con Kieran. Puedes contarnos lo que sea.

—Basta, JoJo —me solté—. ¿Cuándo vais a entender que el Conor que conocíais ya no existe? Se acabó. Murió el día que él se fue y me dejó —me señalé la sien—. Metéroslo en la cabeza.

Me di la vuelta y me fui de allí.

No había dado ni dos pasos cuando vi a Kieran recoger el material para meterlo en la caseta.

Sin pensarlo, fui tras él. Ni siquiera sabía para qué; solo sentía la sangre hirviéndome en las venas, un ardor demasiado fuerte como para ponerme a razonar.

Lo lógico habría sido marcharme a casa y dejarlo estar, pero no podía, joder.

Me odiaba por perder el control de esa manera, aunque, si era sincero conmigo mismo, hacía demasiado tiempo que no lo tenía.

Cuando entré, él acababa de colocar las tablas en su sitio. Me quedé en el umbral, intentando regular la respiración. Al girarse y descubrirme allí plantado, dio un pequeño respingo.

—Esto es increíble —negó con la cabeza, pasándose la lengua por el labio antes de morderse la comisura—. ¿No te cansas de toda esta mierda? —Abrió los brazos con desesperación y se pasó las manos por el pelo, enredando los dedos en sus mechones rubios—. ¿Qué más quieres, Flanagan?

Escuchar mi apellido en su boca sonaba jodidamente extraño. Todo el mundo, dentro y fuera del hockey, usaba mi nombre. Él no. Pero no iba a corregirlo. Esa distancia fría era lo único honesto que quedaba entre nosotros.

—¿Qué buscas? —vociferó, sacándome de mis pensamientos—. ¿Vas a volver a repetirme lo mediocre que soy? ¿A dejarme claro que no me quieres en los Rift? Pues ahórratelo. Te has encargado de que lo tenga presente desde el primer día.

Estaba exasperado, moviéndose sin parar como si yo fuera una amenaza, preparado para encajar cualquier ataque.

—Mientes —solté, con voz calmada y tono seco.

Se quedó quieto.

—Y no hablo solo de eso —añadí, señalando la marca de su cuello sin llegar a tocarla—. Estás aquí por algo más. Lo sé.

—Ya te lo he dicho, no tuve otra opción.

—Claro. Te pusieron una pistola en la cabeza para firmar el contrato. No me jodas.

—Vete a la mierda —me empujó, aunque apenas logró moverme—. ¿Quieres la verdad? —dio un paso hacia mí, con los labios apretados—. Pues escúchala.

Se acercó más.

—Estar contigo en Hawái me hizo un agujero en la cabeza. Todo lo que creía que era se vino abajo esa noche. No dejé de hacerme preguntas, de buscar explicaciones. Pero la duda ya estaba instalada.

Se pasó la lengua por el labio y luego lo mordió, como si buscara la manera de decirlo.

—Un día, intentando aclararme, cometí otro error.

Me dejé llevar con un tío. ¿Sabes qué pasó?

Que me hicieron fotos. Venga, ríete…, porque fui tan idiota que me expuse para nada.

Ni siquiera fui capaz de terminar lo que había empezado —soltó, decepcionado—.

Mi familia lo tapó y el cabrón de mi padre lo usó para chantajearme y obligarme a comprometerme con mi ex, como si yo fuera una puñetera moneda de cambio en sus negocios.

Apreté los puños. Sentí el dolor en sus palabras, la rabia que arrastraba. No podía imaginar a mi propio padre haciéndome algo así.

—Me opuse —se encogió de hombros—. Y me aferré a la única salida que tenía. Los Rift.

—Había más equipos —contradije—. No tenías por qué venir justo a este, donde estaba yo.

—Joder, así que todo esto va de ti —negó—. Eres un imbécil.

Puede que lo fuera. Pero tenerlo delante cada día me arrastraba a algo que prefería dejar enterrado.

—Flanagan —continuó—, ¿cuántos equipos crees que apostarían por mí?

A muchos ni siquiera les interesaría. Otros me cerrarían la puerta por la influencia del padre de mi ex.

Y de los pocos que quedaran… ¿qué pasaría cuando saliera una foto mía en una gala de hockey , borracho, con la boca de un tipo entre mis piernas?

Me quedé en silencio, sin nada que añadir.

—No hace falta que te lo explique. Tú lo viviste en los Wolves, sabes lo que viene después. Los Rift te dieron una oportunidad, apostaron por ti y fueron incondicionales. Eso es lo único que yo quería, un sitio donde no tuviera que esconderme.

Sus palabras me removieron por dentro. Había pasado por ese infierno.

—Es tranquilizador saber que los Rift son tu última opción —lancé con ironía, intentando no flaquear.

—¡Que te jodan!