Capítulo 10
CONOR
Odiaba los días de descanso. Si por mí fuera, los borraba del puñetero calendario deportivo.
Solo estaban ahí para recordarme la mierda de vida que llevaba.
Y no porque me quedara en casa lamiéndome las heridas, para eso no había tiempo.
Mis amigos siempre encontraban algún plan, cualquier excusa a la que no podía negarme.
Todo para que no pasara demasiado tiempo solo, como si fuera un crío. En eso me había convertido.
Pero tampoco tenía muchas más opciones, no nos engañemos. Siempre podía llamar a Isla, sí, pero aquello no era más que un rato de sexo, porque desde luego no iba a convertirse en nada más. Y, aun así, en esos últimos días ni eso me apetecía.
Estaba demasiado cabreado.
Primero, porque en el hielo las cosas no iban como yo quería.
Así no estábamos a la altura, ya no de pelear por la Stanley Cup, sino de llegar siquiera a los playoffs .
No iba a cumplir mi promesa de llevar a los Seattle Rift a ser campeones.
Todo porque cojeábamos en la puñetera defensa.
Por más que Kai y Caden lo dieran todo, no bastaba.
Para colmo, nuestra nueva incorporación estaba lejísimos de ser lo que necesitábamos para cubrir esa carencia con la que cargábamos desde que…
Corté ese pensamiento en seco.
Él.
Pensar en eso solo me empujaba a un abismo al que no quería ni asomarme.
Me senté en el sofá de la sala y noté un pinchazo en la espalda. Me aparté y descubrí al culpable, un muñeco. Y en el culo, una pieza de cera. Cojonudo. Al recorrer la sala, vi el desastre que se extendía por todas partes y solté una maldición. Aquello parecía una casa saqueada.
Y, en cierto modo, lo había sido.
Así eran los días en que alguno de los hijos de mis amigos se quedaba conmigo.
Pero esta vez había sido otro nivel. «Niños incívicos», murmuré, aunque no pude evitar sonreír.
No era verdad. Eran buenos críos. El problema radicaba en que era la primera vez que me quedaba con toda la tropa: los de Caden y la pequeña de Nathan.
Había montado el cuartel general en la sala para tenerlos controlados. Error. Joder, qué tarea la de tener hijos. No había dinero que pagara eso. Una cosa era un rato, pero un día entero, con su noche incluida, era otra historia.
El padre de Caden recibía un premio por su trayectoria en el ámbito educativo, y tanto Hughes como Jordan tenían que estar presentes. Para que pudieran asistir tranquilos con sus parejas, me ofrecí a quedarme con los niños. Una idea de mierda. Todos me lo advirtieron. No quise escuchar.
Cuando vinieron a recogerlos, los recibí con una sonrisa y fingí que todo había sido maravilloso.
Pero el agotamiento se me reflejaba en la cara.
Menos mal que Kai, Mischa y su perro, Hope, se pasaron un rato por casa.
Aquello fue un respiro. Aun así, llegó un punto en el que mi cabeza colapsó. Ya no sabía qué más inventar.
Definitivamente, lo mío no eran los niños. Aguantar ese ritmo cada día… ni el entrenamiento más duro se le acercaba.
Ahí fue cuando volví a pensar en él.
En qué habría pasado si hubiéramos formado la familia que una vez imaginamos.
Antes me hacía esa pregunta a menudo. Me montaba mil versiones en la cabeza, escenarios que parecían reales durante unos instantes.
Nos veía. Pero con el tiempo comprendí que esos momentos solo daban un alivio breve y que, después, la realidad dolía el doble. Así que paré de hacerlo.
El sonido de un coche atravesando el portón me sacó de ese lugar. No lo veía todavía, pero sabía perfectamente de quién se trataba. El motor de su pickup se me había quedado grabado.
Giré el cuerpo casi sin darme cuenta y miré hacia donde solía aparcar.
Primero bajó Kels y luego él. Abrió la caja, cogió una bolsa.
Las tablas seguían allí. Lo normal habría sido que las limpiara y las guardara junto al neopreno en la caseta del jardín, pero esta vez las ignoró.
Le pasó el brazo por encima a Kels y, por alguna broma, los dos se echaron a reír.
No me di cuenta de que estaba apretando los puños hasta que sentí el dolor.
Ese tío me sacaba de quicio. Me molestaba, me irritaba, no lo soportaba. Con esos aires de principito rebelde tenía a todo dios a sus pies, pero a mí no me engañaba. Yo había visto algo más. Mucho más que ese chico correcto, educado, siempre con una sonrisa perfecta.
Nunca debió venir a los Rift; lo peor era que, desde que pisó el equipo, no había hecho más que discutir con todos mis amigos. Por su culpa. Su jodida presencia lo alteraba todo.
Pero si creía que con el numerito del otro día en los vestuarios, dejándome con la palabra en la boca, iba a llevar las de ganar, se equivocaba de lleno. Ese mierdecilla no iba a poder conmigo. Nos distanciaban diez años... diez años que jugaban a mi favor.
Me levanté de un salto y agarré la sudadera.
Antes de salir me eché un vistazo al espejo.
Llevaba una pinta lamentable y el pelo hecho un desastre.
Traté de peinarme un poco con los dedos, sin éxito.
Ni siquiera sabía por qué me molestaba en intentarlo.
Mi única misión era descolocar al principito; lo demás me traía sin cuidado.
Y no, no era una venganza por lo del vestuario. ¿Entonces qué era? Ni idea. Solo verlo llegar con esa sonrisa, como si viniera de una escapada perfecta, me había puesto de los nervios. ¿Había algo de él que no me molestara? No. Todo en él era un puto incordio. Y de los grandes.
Metí el código en la casa de los Prescott y entré sin llamar, como siempre. Desde que me mudé, aquello funcionaba así. Ellos hacían lo mismo en mi casa, salvo que estuviera acompañado. En ese caso, ni se acercaban. Para eso estaba el teléfono.
Sabía que les resultaba extraño verme con alguien, aunque no mencionaran nada. Todos me animaban a seguir adelante. Quizá no con Isla, pero sí a no cerrarme, a no negarme a enamorarme otra vez. Seguramente, en su cabeza, ese «alguien» era una mujer. Lo normal. Siempre me habían gustado.
Hasta donde ellos sabían, el único tío con el que había estado era él.
Pero no tenían ni idea.
De aquella noche. De aquel error. De que hubo alguien más. Nada importante, eso sí. Una borrachera, un momento de debilidad. Algo que no iba a repetirse.
Desde la sala llegaban voces y risas. Caminé despacio hasta la cocina. Kels hablaba sin parar, contando lo bien que se lo había pasado. Que incluso un instructor le había echado una mano. Que todos eran colegas de Kieran. Y que había respirado más hierba que en sus años de instituto.
Perfecto. Rodeado de fumetas, el muy idiota.
Apreté los puños sin darme cuenta, pero los solté enseguida y relajé la cara antes de entrar. Me quedé apoyado en el quicio de la puerta. Todos me saludaron con entusiasmo.
Todos menos él.
Ni abrió la boca.
El principito ya no era tan educado.
Nathan me ofreció un café recién hecho. Acepté, no porque me apeteciera, sino por tener algo entre las manos.
No dejé de mirarlo.
Kels enseñaba fotos en el móvil mientras los demás bromeaban con que, si Juraj la veía así de cerca con el instructor, la próxima vez se apuntaba seguro. Decían que hasta sería capaz de subirse a una tabla, aunque no hubiera surfeado en su vida.
Lo que me faltaba.
Que mi mejor delantero se pusiera a hacer el idiota en el agua.
Con lo grande que era, no se mantenía en pie sobre una ola ni con velcro en los pies. Supongo que como yo. Más o menos teníamos la misma estatura, aunque en la parte de abajo él estaba a otro nivel. Como diría Kelsey, sus glúteos jugaban en otra liga.
Me acerqué a la isla y me apoyé para ver mejor las fotos. Kieran estaba frente a mí, sin mirarme. Jordan y Kels a su derecha, Nathan a la izquierda.
Y yo ahí, justo delante.
—Este es Cory —señaló Kels.
En la foto se veía a un tío saliendo del agua, con la tabla en una mano y la otra apoyada en los hombros de Kieran. Los dos sonreían, demasiado cómplices.
—Es un surfista increíble, también hace kitesurf —añadió—. Ha ganado varios campeonatos y este año quiere intentar batir el récord en Nazaré. Si lo vierais… es una pasada. Y los piques que tiene con Kier son hipnóticos.
Aparté la mirada de la imagen y la clavé en él.
Estaba nervioso, se frotaba la nuca, mordía el interior de la mejilla.
Y, por alguna razón, yo también tenía la mandíbula tensa.
Volví al móvil cuando Kels pasó a un vídeo.
Era él surfeando. Verlo ahí, sobre la tabla, me transportó de golpe a Hawái, a esas vacaciones que llevaba tiempo intentando olvidar.
Lo miré otra vez y me lo encontré observándome.
Solo fue un instante, pero se alargó más de la cuenta, hasta que él retiró la mirada.
—Y esta es de una fiesta a la que fuimos —continuó Kels, pasando a otra foto—. Aquí terminó la escapada. La verdad es que ha sido muy divertido.
—Salta a la vista que lo pasasteis bien, ¿no, Kieran? —comentó Nathan.
Kieran lo miró desconcertado, hasta que Nate le bajó un poco el cuello del jersey, dejando al descubierto una marca. El color le subió de golpe a las mejillas y sus ojos se cruzaron de inmediato con los de Kels.
—¿Con cuál de esas chicas estuviste? —preguntó Jordan.
Se quedó callado demasiado tiempo.
—No sale ahí —se rascó la nuca otra vez, mordiéndose el labio inferior.
Mentía, lo tenía claro. No era una chica. Era el surfista.
—Así que detrás de tus escapadas hay algo más que no nos has contado —bromeó Nathan.
—No, no…, no es lo que pensáis. Fue algo puntual. No va a repetirse.
Si quedaba alguna duda, desapareció en ese momento. No solo por su nerviosismo, sino por Kelsey, que desvió la mirada hacia el móvil y se quedó en silencio, pasando fotos sin prestar atención. Ella lo sabía.
—Está bien que te diviertas —comentó Nate, dándole un apretón en el hombro—. Lo importante es que te estás adaptando y encontrando tu sitio.
Ahí exploté.
No podía seguir escuchando más tonterías.