Capítulo 9 #2
Yo tampoco estaba siendo mejor. Esa misma noche, después de salir de la que había sido nuestra casa, le escribí a Davenport para decirle que no podría estar en el último partido, que tenía que hacer un viaje urgente por un asunto familiar.
Todos dieron por hecho que me iba a Irlanda y, en cierto modo, no mentía.
Liam, hasta ese momento, había sido mi familia.
Pero me sentía una mierda por fallarle al equipo y dejar a Jasper, mi segundo entrenador, cargando con todo.
Allí estaba, dispuesto a enfrentarme a la verdad. ¿Preparado? Ni de lejos. Solo esperaba que hubiera una explicación lógica, que todo aquello fuera una cadena de malentendidos, algo que pareciera lo que no era. Pero la respuesta no tardó en llegar.
La puerta se abrió y apareció.
Se le veía agotado. Aunque la gorra le ocultaba la mirada, había algo en sus gestos, en la forma en que se movía, que lo delataba. Echó un vistazo a su alrededor y, por un segundo, creí que me había descubierto. Pero no. Echó a andar en dirección contraria.
Lo seguí, esquivando a la gente, sin perderlo de vista.
Entonces se detuvo junto a un chico de cabello castaño, más bajo y delgado que él, y ambos se fundieron en un abrazo.
Demasiado cercano, demasiado íntimo. El chico cogió la maleta de Liam y tiró de ella mientras lo guiaba con una mano en la espalda.
Me quedé clavado en el sitio, incapaz de reaccionar. Era como si mis peores presagios se estuvieran cumpliendo delante de mis narices y yo no pudiera hacer nada.
Sin dejar de mirarlos, eché a andar más rápido, chocando con la gente, hasta verlos entrar en el ascensor. Apreté el paso y, justo cuando las puertas empezaban a cerrarse, me colé dentro.
Los ojos de Liam se abrieron de golpe al verme.
El otro chico seguía hablando con él, ajeno a mi presencia, hasta que dio un paso hacia delante.
—¿Qué… qué estás haciendo aquí, Conor? —Su voz tembló.
—Vaya, Liam, qué gran coincidencia. Parece que hemos tenido la misma idea —solté con una sonrisa cargada de cinismo—. Yo he venido a recordar viejos tiempos en Toronto. ¿Y tú? —agregué señalando con la mirada al chico que lo acompañaba.
El ascensor se detuvo con un clic en el aparcamiento. Liam me empujó al salir, murmurando:
—Me falta el aire.
El otro chico fue tras él, pero me interpuse y le corté el paso.
—Cariño, cualquiera diría que no te alegras de verme.
Liam se giró al oír mis palabras y volvió hasta plantarse frente a mí.
—¿Cómo has sabido que estaba aquí? ¿Me estás vigilando?
—¿Yo? No, qué va. Si hace semanas que no compartimos casa, que no hablamos… y, por supuesto, que me dejas fuera de cualquier decisión de tu vida. Así que esto —abrí ligeramente los brazos— lo llamaría una jodida casualidad.
Mantuve ese tono frío, irónico, como un escudo para no venirme abajo en medio de aquel aparcamiento. Me giré hacia el chico.
—Soy Conor. ¿Y tú eres…?
Dudó un segundo, cruzando una mirada con Liam, antes de aceptar mi mano.
—Caleb.
Fue suficiente. Solo eso.
—Así que Caleb —repetí, soltándole la mano para lanzarle una mirada dura a Liam y volver a centrarme en el tío que tenía al lado—.
He oído hablar mucho de ti. Bueno, miento.
No directamente. Me enteré de que existías por las conversaciones a escondidas que tenías con él.
Con mi pareja, vamos... O con el que era mi pareja hasta este puto momento.
—Para, Conor. No hagas esto más difícil.
—¿Difícil? ¿Yo? —Me reí sin ganas, con puro cinismo—. Vete a la mierda. Me has destrozado. Después de tantos años, creo que me merecía al menos un final honesto.
Golpeé el botón del ascensor varias veces, como si eso fuera a hacerlo llegar antes. Parecía eterno. Sentí la mano de Liam en mi hombro y cerré los ojos, quizá esperando que dijera que todo era un error.
Pero no. Bastaron dos puñeteras palabras para confirmarlo todo.
—Lo siento.
El clic sonó. Las puertas se abrieron. Había gente dentro. Entré sin mirar atrás y, cuando me giré, vi cómo su imagen se hacía cada vez más pequeña mientras las puertas se cerraban, separándonos.
Esta vez para siempre.
El ascensor se abrió en la planta principal.
La gente salió, entró otra, me rodeó y yo seguía ahí, en trance, hasta que reaccioné y eché a andar de golpe, empujando a quien se cruzara.
El aire frío me dio de lleno en el rostro y, sin pensarlo demasiado, me dejé llevar por una idea absurda que me cruzó la mente.
Paré un taxi.
—Buenos días, señor. ¿A dónde lo llevo?
—Al estadio de los Toronto Wolves.
Me recosté contra el asiento, con la mirada perdida en la ventanilla, mientras una lágrima se escapaba sin permiso.
Al pasar junto al club, el pasado se me vino encima de lleno, aquel lugar donde todo empezó, donde dos críos se enamoraron y tuvieron que enfrentarse a todo —al equipo, a la presión, a las miradas— solo por estar juntos.
Después le pedí al conductor que pasara por el edificio donde habíamos vivido. Miré hacia nuestra planta, hacia lo que había sido nuestra vida caótica, imperfecta, hasta que todo empezó a tener sentido. Allí nos amamos por primera vez.
Seguimos. Pasamos por el local que había sido de Nathan, ahora convertido en un restaurante de lujo.
Le pedí que me esperara y subí. Atravesé la estancia ignorando al maître y salí a la terraza.
Allí fue la primera vez que nos dijimos «te quiero».
En aquel lugar supe que no habría nadie más. Ni hombres, ni mujeres. Solo él.
No tardaron en pedirme que me marchara, educados, pero firmes. Y sí, seguramente pensaron de todo al verme: despeinado, con la barba larga, sin dormir… Nada que ver con el chico que una vez jugó para los Wolves.
Regresé al taxi.
—Conduzca —murmuré—. Por donde quiera.
Puede que pareciera que me estaba recreando en mi propio dolor. Posiblemente, en parte, fuera así. Pero, en realidad, me estaba despidiendo.
De un amor.
De mi amor.