Capítulo 9
CONOR
Dos años antes…
Observé cómo los chicos iban desapareciendo uno a uno de la pista secundaria. Me hice el distraído, revisando la pizarra táctica, aunque en realidad solo intentaba ganar algo de tiempo para quedarme solo y poder respirar al fin.
Aunque Liam y yo estábamos siendo lo más profesionales posible, el nubarrón en nuestra relación se notaba en el ambiente del equipo. Quien diga que se puede separar lo profesional de lo personal miente, es prácticamente imposible.
Para mí, verlo todos los días allí me provocaba sentimientos contradictorios. Por un lado, ese entusiasmo de tenerlo «cerca»; por otro, el recordatorio constante de que estábamos más lejos que nunca.
Y es que, cuando regresé de Chicago, al entrar por la puerta me encontré con un Liam preocupado por si estaba bien.
Eso encendió en mí una chispa de esperanza, la idea de que su amor seguía ahí, intacto.
Pero bastaron cinco minutos para darme de bruces con la realidad de su actitud ambigua.
Evitaba cualquier conversación y lo único que ofrecía era silencio o mentiras.
Así que tomé la decisión de marcharme de casa, y esta vez de verdad. No me instalé en la de Kai y Mischa, justo enfrente, sino que acabé en la casa de invitados de Jordan.
Sin embargo, seguíamos atrapados en una dinámica de mierda que me estaba matando.
Era la incertidumbre de no saber dónde estás ni qué cojones te espera.
Porque él no era sincero. No sabía si amaba a ese otro hombre, si solo había sido un rollo o una confusión momentánea por todos los altibajos de nuestra relación, o si su amor por mí seguía ahí.
A veces creía una cosa; a la media hora, otra.
Me cabreaba con él. Parecía vivir en una indecisión constante, incapaz de dar el paso, y eso me estaba destrozando.
Aunque yo hubiera puesto distancia, tampoco era capaz de mandarlo a la mierda.
Seguía siendo un puñetero idiota enamorado; mis sentimientos por él no solo permanecían intactos, sino que eran más fuertes que el primer día.
Me estiré, deslizando los patines hacia atrás, apoyé la cabeza en la valla y di un par de golpecitos, soltando un gruñido.
—La valla no va a tener respuestas para tus preguntas —soltó una voz justo al alcanzarme.
Levanté la cabeza, aunque sabía perfectamente quién era. Caden se sentó al otro lado de la pista, quedando a mi altura. Lo imité.
—¿Ha sucedido algo con los chicos? —desvié el tema hacia el equipo. Muchas veces comentábamos juntos detalles del entrenamiento, confiaba en su criterio como capitán, en su experiencia y, sobre todo, en su sinceridad. Aunque, siendo honesto, tenía claro que no estaba allí por el hockey.
—Podría fingir que he venido a hablar del entrenamiento y dar un par de rodeos antes de sacar el tema, pero sabes que no va conmigo —apoyó los codos en las rodillas—. Estoy aquí por ti. Me tienes preocupado. Mira esas ojeras... Y no hablemos de la barba.
Tiró de ella y me sacó un quejido.
—Nunca te la había visto tan larga. Bueno, en realidad, nunca te la había visto. Joder, das pena.
Me robó una sonrisa, el cabrón. Tenía razón, nunca me la dejaba porque a Liam no le gustaba. Prefería que estuviera afeitado, y a mí no me importaba complacerle si eso lo hacía feliz.
Un tirón de pelo me devolvió al presente.
—Oye, si tu intención es animarme, te aviso de que lo estás haciendo de pena. Empezando por los piropos y terminando por tus caricias.
Le di un golpecito, riéndome.
—Me gusta cuando sonríes —rozó su hombro con el mío—. En realidad, cuando lo hacéis los dos. Vosotros sois la alegría, el ruido, el caos del grupo.
—Pues parece que eso se ha acabado, así que vete haciéndote a la idea —me encogí de hombros, rascando el hielo con la cuchilla del patín.
—No puedes ponerte así de derrotista. Ya pasasteis por baches antes y los habéis superado.
—Esta vez es distinto. No se trata de pelear contra el mundo ni de discutir por querer un futuro diferente. Esto toca la base de todo. El amor. Y cuando no es recíproco, no hay nada que hacer.
—Vuestra relación puede tener todos los problemas que quieras, menos la falta de amor. De eso vais sobrados —dijo con convicción.
Negué. Ninguno sabía el verdadero motivo de mi marcha.
Liam se había cerrado en banda, incluso con Jordan, así que era normal que pensaran que se trataba de otra de nuestras pequeñas discusiones.
Pero quizá nunca habían sido tan pequeñas.
Tal vez solo eran grietas que yo no quise ver. ¿Tan ciego había estado?
—Hughes, creo que los sentimientos de Liam han cambiado.
Él chasqueó la lengua y rechazó la idea con un gesto de la cabeza.
—Y han cambiado porque hay alguien más —confesé.
—Eso es imposible, Conor. Tiene que ser un error. Liam no tiene ojos para nadie más.
—Que te mienta, que te oculte cosas, que hable a escondidas y ponga la excusa de que es su madre...
eso te destroza. Yo fui el primero que intentó engañarse a sí mismo.
Pero todo saltó por los aires en el cumpleaños de la hija de Nathan.
Lo pillé hablando otra vez con ese tío para quedar en Canadá.
Y no es un desconocido, Hughes, es su ex.
—Imposible. Es tan surrealista como si me dices que la rubia me pone los cuernos —rehusó aceptarlo—. Alguna explicación lógica habrá.
—No. Ese es el puto problema. No dice nada, y cuando habla, miente. Ya no puedo más. Me siento atrapado en una mierda que no entiendo.
—Vale, vamos por partes. No podéis seguir así, ni tú ni él. Sea lo que sea que esté pasando, tenéis que hablarlo. Esto no es sano.
—Gracias por el gran consejo. No se me había ocurrido —solté con sarcasmo.
—Pues te va a tocar mover el culo, Conor. Regresa a casa y planta cara a Liam.
—¿Para qué? ¿Para volver a darme contra una pared?
—Que no te dé respuestas ya es una respuesta. Pero eso tú ya lo sabes, aunque prefieras mirar hacia otro lado porque asumirlo te obliga a tomar una decisión.
—No puedo…, no soy capaz.
Me resistía nervioso, sabiendo que tenía toda la razón. Me froté los ojos en un intento vano de contener las lágrimas, pero Hughes tiró de mí. Me rodeó con sus brazos y escondí la cara en su hombro. Fue entonces cuando me derrumbé. Sentí un beso en mi cabeza y su mano revolviéndome el pelo.
—Seguir atrapado en ese pozo no es vida. Te lo digo por experiencia —musitó—. Aunque duela, es mejor enfrentarte a la verdad.
—¿Y si no quiero saberla? —mi voz se quebró—. Siento que ya lo he perdido.
—Un final también es el principio de algo nuevo.
—Joder, Hughes, tus frases de taza de café no me están ayudando nada.
—Puede ser, pero la verdad es que ya no sé ni cómo hacerlo.
—Haces más de lo que crees. Con escucharme y estar aquí me basta.
—Siempre. Para eso estamos, somos familia.
***
Ya había anochecido cuando llegué a la casa-iglesia, mi hogar, siguiendo el consejo de Caden, aunque algo en mí me pedía que volviera al coche y me largara, una punzada incómoda que me advertía de que nada iba a salir bien.
Me quedé unos segundos en la puerta, con la mano en el pomo, dudando, hasta que, en un impulso, la abrí.
El silencio lo llenaba todo. Una luz tenue se derramaba por la entrada, la sala y parte de la cocina, y los recuerdos me asaltaron sin piedad.
Cada rincón llevaba nuestro nombre, marcado en momentos que parecían de otro tiempo.
Sentí cómo el corazón se me aceleraba mientras subía las escaleras, con ese miedo clavado en el pecho a no volver a tener aquello, esa vida, a él.
Avancé despacio por el pasillo, rozando la pared con la mano, como si así pudiera retrasar lo inevitable.
Al llegar a nuestro cuarto, una tristeza densa me envolvió.
No quería irme de allí, no quería volver a dormir solo.
Necesitaba su cuerpo pegado al mío, su olor.
Lo necesitaba a él. Apreté los ojos para contener las lágrimas justo cuando escuché el agua de la ducha.
En un arrebato, lo único que deseé fue entrar, meterme con él bajo el chorro como tantas otras veces, pero no lo hice. Había regresado para hablar.
Me quedé en la habitación, caminando de un lado a otro, hasta que vi su Mac abierto.
No pretendía mirar, pero mis ojos se clavaron en la pantalla.
Un billete de avión. Destino, Toronto. Salida, la madrugada posterior al último partido de la temporada regular, justo antes de que comenzaran los playoffs .
Se iba. Otra vez. Sin decirme nada, sin enfrentarme y huyendo.
Ahí estaba la confirmación. Lo nuestro había terminado, al menos para Liam.
Estuve a punto de estampar el portátil contra el suelo, de entrar en el baño y gritarle que se fuera a la mierda, que me había roto, que para mí estaba muerto.
Pero algo me detuvo. Una idea. Mala, terrible.
Porque lo que necesitaba no era romper nada.
Era obligarlo a mirarme a la cara y decirlo, escuchar de su boca esas cuatro palabras.
Ya no te amo .
Bajé las escaleras casi corriendo, abrí la puerta y salí sin mirar atrás, sin atreverme a volver la vista a ese lugar que un día fue mi hogar y que ahora solo guardaba recuerdos.
***
Estaba cerca de la puerta de llegadas por la que debía aparecer Liam en Toronto, pero no tanto como para que pudiera verme.
Aun así, el ajetreo constante de la gente a ratos me tapaba la vista y me obligaba a recolocarme para no perderlo.
Había seguido su vuelo; ya había aterrizado y, cuanto más se acercaba el momento, más me arrepentía de lo que estaba haciendo.
No solo me avergonzaba, también sentía, de forma irónica, que estaba traicionando la confianza en nuestra relación, en él.
Aunque, siendo sincero, su silencio y sus mentiras nos habían llevado hasta ahí.