Atrapados en la jugada (Corazones en juego 5) Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

Me apoyé en una barra improvisada, agarré otra cerveza y busqué con la mirada, pero no lo vi. Mejor así; quizá todavía no había bajado de su cuarto. Terminaría la bebida e iríamos directos al plan: entrar, cumplir y salir.

—Hola, Kieran.

Su voz sonó a mi espalda.

Mierda. No había escapatoria.

Noté cómo se acercaba; el olor a hierba llegó antes que él.

—¿Quieres? —me ofreció el porro, apoyándose a mi lado.

Negué con la cabeza.

—¿Siempre te portas tan bien? ¿Nunca te saltas las normas? —murmuró cerca de mi oído.

—Procuro no hacerlo, porque cada vez que lo intento me meto en líos —respondí, más rápido de lo normal.

Sonrió y, sin dudarlo, entrelazó su mano con la mía. Bajé la mirada a ese gesto y luego recorrí la sala. Nadie estaba pendiente de nosotros. A nadie parecía importarle. Eso, al menos, me dio un mínimo de calma.

Lo seguí.

Salimos, bajamos hacia la playa y caminamos hasta un rincón apartado, entre dos árboles, donde había una hamaca colgada.

Se dejó caer en ella y tiró de mi mano para que lo acompañara.

Me senté a su lado, con la vista perdida en el mar, escuchando el romper de las olas mientras él fumaba y yo terminaba la cerveza.

Todo estaba en silencio, pero no era incómodo.

Cuando me incliné para dejar la botella en una bolsa cercana, noté el tirón en mi mano que me hizo volver a su lado. No me dio tiempo a reaccionar. Sus dedos se enredaron en mi pelo y, con un movimiento firme, me besó.

Me quedé quieto al principio, sorprendido.

Pero solo un instante.

El calor subió rápido, como si algo se activara dentro de mí, y cuando su boca se abrió paso con decisión, dejé de pensar. Tiré de su coleta, soltándola, y deslicé los dedos entre su pelo, acercándolo más.

Su mano subió despacio por mi muslo hasta detenerse en mi entrepierna, apretando con firmeza, mientras sus labios abandonaban los míos para deslizarse por mi mandíbula hasta mi cuello, donde se detuvo un momento, saboreando mi piel.

Se me escapó un gruñido bajo al comprender que ya era demasiado tarde para echarme atrás.

—Quiero probarte entero —murmuró, rompiendo el contacto.

Se puso de pie y la hamaca se balanceó detrás de él.

Sonrió y se agachó, colocándose de rodillas entre mis piernas. Sus manos ascendieron lentamente por la tela de mis pantalones hasta apoyarse con firmeza sobre mis muslos, mientras su boca rozaba el bulto que se escondía bajo el tejido.

Entrecerré los ojos y me recosté hacia atrás sobre los codos, dándole permiso sin necesidad de palabras.

Sus dedos, hábiles, volvieron a moverse, desabrochando mis pantalones con calma, marcando el ritmo.

Sus labios descendieron muy despacio hasta apoyarse sobre la tela de mis calzoncillos, dejando un rastro húmedo con la lengua.

—¿Qué eres, pasivo o activo? Me adapto a todo, soy versátil.

Todo mi cuerpo se paralizó al oírlo. Tenía la boca aún cerca de mi polla y sus dedos ya estaban bajando el elástico de mi ropa interior.

Me incorporé de golpe, quedando sentado, y toda la realidad me cayó encima de repente. Había un tipo de rodillas entre mis piernas. Como aquella noche.

Le aparté las manos y me puse en pie, abrochándome los pantalones.

—Eh, ¿pasa algo? —intentó detenerme, apoyando la mano en mi hombro.

—Lo siento, no puedo hacer esto. Yo… simplemente no puedo —balbuceé, empezando a caminar de vuelta hacia donde estaba Kels.

Al entrar la encontré hablando animadamente con un grupo. La agarré del brazo sin darle tiempo a despedirse y le susurré:

—Tenemos que irnos. Ya.

—Kieran, ¿qué pasa? —preguntaba una y otra vez.

No respondí. Solo apreté el paso, buscando salir de allí, buscando un sitio seguro.

En cuanto llegamos a la cabaña, fui directo a la cocina. Metí la cabeza bajo el agua del grifo y luego bebí un vaso entero de un trago. Kelsey me pasó una toalla para secarme mientras me miraba, claramente preocupada.

Joder.

No podía más.

Ella entrelazó su mano con la mía y me guio hasta el sofá.

—¿Me vas a contar qué está pasando, Kieran? Te conozco y nunca te he visto así.

—Sí, necesito soltarlo. Me voy a volver loco —apoyé la cabeza en el respaldo—. Pero tráeme un trago. Hay en la nevera. Lo que sea, lo voy a necesitar.

En aquel lugar tenía lo básico. Había llegado a un acuerdo con la administración de las cabañas y alquilé una de forma indefinida para cuando pudiera escaparme a surfear.

Mis días libres eran imprevisibles y no quería arriesgarme a no encontrar sitio.

Además, prefería estar allí antes que con los otros.

Siempre me gustó tener un lugar al que ir si todo se torcía.

Como aquella maldita noche.

Cuando Kelsey volvió con dos copas, no pregunté qué llevaba la mía. Le di un sorbo largo y la deposité sobre la mesita.

—Kier, me estás asustando —noté cómo su mano se posaba sobre la mía.

Sin romper el contacto, me recosté de nuevo contra el respaldo, solté el aire y me froté los ojos.