Capítulo 8
KIERAN
Mis ojos estaban puestos en el mar. Las olas entraban ordenadas. Buen tamaño, buena frecuencia. Un día perfecto para surfear.
Me coloqué la capucha del neopreno, ajustándola bien antes de cerrar la cremallera, y caminé hacia la pickup aparcada junto al acceso. Bajé el portón trasero y saqué un par de tablas de la caja, deslizándolas con cuidado sobre la arena.
Sí, esta vez no estaba solo.
Kelsey se había apuntado a acompañarme. Juraj hizo un viaje exprés a la universidad, donde Anica tenía un evento importante, y ella prefirió no ir con él para darles su espacio a los hermanos.
No es que no me agradara tenerla conmigo. Al contrario. Kels tenía una energía que convertía cualquier plan en algo mejor.
Solo había un pequeño inconveniente. Era una novata. Y eso era decirlo con generosidad.
Por mucho que hubiera vivido en lugares donde el surf era algo habitual, le faltaban horas y técnica en el agua para meterse en un lugar así.
No paraba de repetir que, si sabía manejar una tabla de snow , también podría con una de surf.
Negué para mí.
Definitivamente, mi buena relación con su novio tenía los días contados.
—Ya estoy lista para subir a la cresta de la ola —canturreó divertida.
Me di un golpecito en la frente y solté un suspiro de resignación.
—Toma —le entregué su tabla—. Kels, no te apartes de mi lado, ¿me oyes?
—Uf, sí, pesado. Afloja un poco. Hoy es nuestro día de descanso.
«Descanso».
La palabra desapareció en cuanto decidió surfear.
A medida que avanzábamos hacia la orilla, vi que el grupo de Cory estaba allí.
Solía hablar con él por redes, seguir sus pasos e intentar coincidir, pero esta vez, con Kels conmigo, no le comenté nada.
Me quedé observándolo. Era jodidamente bueno.
Daba igual la disciplina, surf o kitesurf, dominaba la tabla como si fuera parte de él.
A veces me preguntaba qué habría pasado si no me hubiera alejado de las olas al irme a Chicago. Si podría haber llegado a algo. Pero no tenía sentido volver ahí.
Seguimos avanzando y la figura de Kainalu se fue haciendo más clara. Un surfista hawaiano, amigo de Cory, que trabajaba como instructor. Nos saludó y le devolví el gesto con la mano. Antes de llegar hasta él, detuve a Kels.
—Espera un momento. Hay algo que no te he dicho. Esta gente no tiene ni idea de quién soy. Aquí solo soy Kieran, sin el Price. Y tampoco saben que juego al hockey.
—¿Por qué?
—Porque por una vez solo quiero ser el chico de las olas.
Apoyó la cabeza en mi pecho y me abrazó. Correspondí al abrazo, besando la capucha de su neopreno.
—Te entiendo, Kier. Pero no podemos huir de lo que somos. Da igual si llevas un stick , una tabla o el apellido a cuestas. Nada de eso importa tanto como quién decides ser.
Se apartó un poco y ladeó la cabeza.
—Por cierto, ¿yo también voy a tener que fingir?
Solté una carcajada.
—Siento decírtelo, pero es bastante probable que alguien te reconozca por las redes. Así que no, te toca lidiar con ello.
—No importa —entrelazó su mano con la mía y tiró de mí—. Vamos a divertirnos.
Al llegar a la altura de Kainalu, los presenté. La conversación fluyó enseguida entre ellos, algo que no me sorprendió. Kelsey era así: sociable, cercana, siempre con una sonrisa en la cara.
Mis ojos iban de ellos al chico que cogía olas con una facilidad casi etérea, como si domara el mar, robando toda mi atención.
—Oye, Kieran —me llamó Kainalu, captando mi atención—. Vete a surfear. Yo estoy tocado, así que hoy iré más suave. Puedo quedarme con tu chica y echarle una mano.
—No es mi chica —aclaré rápido.
Y en cuanto lo dije, me arrepentí. Su expresión cambió al instante.
Genial.
—Solo somos amigos —añadió Kels.
—Me alegro —sonrió, sin disimular.
Di un paso hacia delante.
—¿Qué es lo que te alegra exactamente?
—Nada, tío. Estás un poco tenso hoy —me dio un golpecito en el hombro y volvió a centrarse en ella—. Kelsey, ¿quieres que te ayude?
Ella asintió y, sin pensarlo, tiré de su brazo y la aparté.
Error.
Traerla había sido un error enorme.
—¿Qué estás haciendo, Kels? Ese tío te está metiendo ficha.
Se encogió de hombros.
—Ese es su problema, no el mío. Yo he venido a surfear. Y solo estoy aceptando la ayuda de un instructor.
—No, tú lo que estás es loca. Como tu novio se entere, ese tío no sale de esta playa. Ni yo tampoco.
Soltó una carcajada.
—Kier, relájate. Hemos venido a disfrutar. Métete al agua y déjame esto a mí. Sé lo que hago. Además, voy a aprovechar las clases gratis.
Me guiñó un ojo, me dio un beso en la mejilla y volvió junto al hawaiano.
—Joder. Lo que me espera —protesté, echando a correr hacia las olas.
El agua estaba perfecta. Las olas rompían limpias y, durante unos minutos, conseguí centrarme en lo único que importaba: remar, levantarme y deslizarme.
Pero me duró poco.
Cory no tardó en acercarse, buscándome para comenzar el pique, como siempre.
En otra ocasión habría entrado al juego sin pensarlo, incluso en condiciones más complicadas, pero ese día no.
Mi cabeza no estaba ahí. Cada vez que intentaba concentrarme, mis ojos se iban solos hacia la orilla, hacia Kels o, más bien, hacia el hawaiano.
Parecía que todo estaba bajo control y confiaba en ella, pero a esa gente no la conocía de nada y eso me ponía en alerta.
Mi mayor miedo no era ni siquiera el tipo, sino que alguien la reconociera, sacara una foto o un vídeo fuera de contexto y aquello acabara donde no debía.
Ya había pasado por esa mierda y no entendía cómo ella, viniendo de ese mundo, podía tomárselo con tanta calma.
—Eh, tío —me golpeó la tabla Cory, colocándose a mi lado—, ¿estás aquí o te has ido ya?
Giré la mía para quedar frente a él mientras las olas nos mecían.
—No te hacía yo de los celosos, o igual ese rollo calmado es solo fachada.
—No me jodas —le lancé agua a la cara—. Kelsey y yo somos amigos, solo la cuido, punto.
—Guay, me alegra escuchar eso —me guiñó un ojo.
Parpadeé, descolocado. ¿Estaba ligando conmigo? Lo había visto irse con chicas en más de una ocasión, así que debía de estar interpretándolo mal, aunque había algo en la forma en la que me miraba que me hacía dudar.
—Porque lo que me gustaría de verdad es conocer un poco más al chico que hay debajo de ese neopreno y que esconde su timidez detrás de una tabla de surf.
Joder.
No lo estaba malinterpretando.
Me estaba tirando la caña. Y de forma bastante directa. Yo no tenía ni puñetera idea de qué hacer con eso. Siempre me había costado abrirme con la gente, daba igual quién fuera.
En ese terreno me sentía completamente fuera de lugar.
—Voy a salir, por hoy ya he tenido suficiente —solté de repente, dándome la vuelta antes de que pudiera añadir nada más.
Nadar hasta la orilla fue lo único que se me ocurrió para escapar. Mierda, Cory era atractivo, eso no se podía negar, y sí, me atraía. Quizá podría probar, salir de dudas de una vez; con él sería fácil, no sabía quién era yo. ¿Qué podía salir mal?
Abandoné el agua con la cabeza a mil. Levanté la tabla, me bajé la capucha del neopreno y me revolví el pelo. Le hice un gesto a Kels, pero no llegué ni a dar dos pasos cuando Cory apareció corriendo detrás de mí.
—¡Kieran, espera! —me alcanzó—. Oye, no quería incomodarte antes, igual fui demasiado directo o me equivoqué pensando que te interesaba.
Me detuve en seco, clavando la tabla en la arena.
—No, perdona tú —me pasé una mano por la nuca—. No sé qué me ha pasado. Está todo bien, de verdad. Y no, no te has equivocado.
Ahí estaba. Dicho.
Lo miré. Sonrió.
Apoyó la frente contra la mía y, en cualquier otro momento, no me habría molestado, pero ahora solo podía pensar en quién podía estar mirándonos. Di un pequeño paso atrás, intentando disimular, aunque fatal.
—Vale, lo pillo —sonrió, guiñándome un ojo—. Esta noche hacemos una fiesta, vente, igual podemos retomar esto.
—No puedo, estoy con mi amiga.
—Esa soy yo.
La voz de Kels irrumpió a mi lado. Apreté la mandíbula.
—Soy Cory —se presentó, acercándose a ella—. Le estaba diciendo a Kieran que esta noche hacemos una pequeña reunión. Podríais veniros.
—Sí, claro —respondió ella, encantada—, suena genial.
Perfecto.
—Pues listo, nos vemos esta noche —dijo él.
Al pasar por mi lado, se inclinó ligeramente y murmuró junto a mi oído:
—Te aseguro que va a merecer la pena.
Se apartó con una sonrisa y, al cruzarse con mi amiga, añadió:
—Encantado, Kelsey.
Me quedé ahí, con la tabla en la mano, viéndolo alejarse, con la sensación clara de que aquello no iba a acabar bien.
***
—Kels, estoy agotado. Los entrenamientos, el partido y ahora el surf, necesito descansar un poco. Mejor nos quedamos en casa.
—No seas aburrido —enredó su mano en mi brazo y tiró de mí.
—Vale, lo reconozco, lo soy. Y mucho. Demos la vuelta —pedí, frenando en seco.
—Kieran Price —se cruzó de brazos—, estás muy raro. Y eso solo significa que me ocultas algo. O me das una razón de peso para no ir a esa fiesta o mueves tu precioso trasero.
Mierda.
«¿Una razón de peso? Kels, hay un tío ahí que espera que nos liemos y estoy nervioso porque no tengo ni idea de cómo se supone que tengo que actuar. Y, por si fuera poco, resulta que igual no soy tan hetero como creía. Sorpresa».
No.
Mejor no entrar ahí.
—Es por ti —alegué, escudándome en lo fácil—. No quiero que se filtren imágenes tuyas, se malinterpreten y acabes metida en un lío.
—Oh, qué mono —dijo antes de darme un beso en la mejilla—. Tranquilo, esta gente pasa de todo ese rollo. La mitad, cuando no está en el agua, está fumada.
—Eso no mejora nada. Más bien al contrario.
Soltó una risa y volvió a tirar de mí.
—Solo un rato, nos lo pasamos bien y nos vamos.
«¿Un rato? Suficiente para liarla», pensé.
Cuando entramos en la fiesta, Kels no tardó ni dos minutos en integrarse. Cogió una cerveza y ya estaba hablando con todos los presentes como si los conociera de siempre. A mí me había costado bastante más integrarme con ellos.