Atrapados en la jugada (Corazones en juego 5) Capítulo 7 #4
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Capítulo 7 #4

—Es un lugar agradable. Tiene buenas vistas —comenté mientras masticaba. Fue lo primero que se me ocurrió para aliviar un poco la tensión. Nos quedaban muchas horas por delante.

—Supongo —se encogió de hombros—. La verdad es que solo vengo cuando quiero estar solo o con… —se detuvo un instante, bajó la mirada y dio otro bocado— mi novia.

Claro. Una novia. No sé por qué no lo había pensado antes. Quizá preferiría estar con ella y no con un desconocido.

—¿Quieres llamarla? Seguro que te vendría bien tenerla cerca después de un día como hoy —saqué el teléfono y lo deposité sobre la mesa—. Puedes usarlo.

—No hace falta. Te aseguro que lo último que necesito ahora es que esté aquí.

Me quedé pensativo. Había algo en él raro, como si todo le diera igual.

—Venga, dilo —soltó de repente, dejando el plato—. Me hago una idea de lo que te pasa por la cabeza.

—¿Decir el qué? Estoy comiendo. A diferencia de ti, yo sí tengo hambre.

—Mientes fatal.

—Vale —cedí—. Me da la sensación de que lo que tienes a tu alrededor no te importa demasiado. No te he oído hablar con ganas de nada en concreto.

—No te equivocas —respondió—. Muy pocas veces he podido decidir por mí mismo. Todo viene marcado por otros.

Lo miré y no fui muy discreto.

—Sí, incluso lo de mi novia. Nuestras familias decidieron hace años que nuestra relación era lo conveniente. Esa es la palabra.

—Vaya. No pensaba que a estas alturas alguien pudiera forzarte a estar con quien no quieres.

—Desde fuera mi mundo parece perfecto. Por dentro está completamente vacío. Y con mi novia supongo que hemos aprendido a querernos a nuestra manera.

—Joder. Menuda mierda —resoplé—. Yo te diría que salieras de ahí y vivieras como te dé la gana.

—Llegó un punto en el que dejé de saber qué quiero —reconoció—. Incluso olvidé lo único que me hacía sentir bien.

—¿El hockey?

Soltó una risa sin ganas.

—Podría haberlo sido si no fuera otra decisión de mi padre. No. El surf.

—¿El surf?

—En el agua todo depende de mí. Decido cuándo entrar, cuándo salir, cómo enfrentar cada ola. Es como si por un momento tuviera el control de algo en mi puñetera vida.

—El hielo también puede darte esa libertad.

—No cuando tu padre forma parte de ello —rebatió—. Pero bueno, cada familia tiene lo suyo.

—Yo no me puedo quejar. Tuve suerte. Más allá de discusiones tontas o de que mi padre finja que no soporta a mi cuñado por ser de Irlanda del Norte, poco más.

—Debe de ser bonito. Eres afortunado. ¿No los echas de menos?

—Mucho. Al principio Toronto se me hizo cuesta arriba. Extrañaba Irlanda y a ellos. A mi hermana metiéndose conmigo, a despertarme con el olor del desayuno… —sonreí levemente—. Pero al final me adapté. Ahora tengo otra familia en Seattle y no me vería viviendo en otro lugar.

Y con ese pensamiento apareció Liam.

Me levanté para recoger los platos, intentando apartarlo de la cabeza.

—Yo tengo a mi hermano —continuó desde el salón—. Es lo que me sostiene. No sé qué sería de mí sin él. Mi madre es buena, pero se perdió por amor. Se aferró a alguien que probablemente nunca la quiso, y cuanto más se alejaba mi padre, más se obsesionaba ella. Hasta llegar a lo de hoy.

Guardé silencio mientras lo escuchaba.

—¿Cuánto puede perderse una persona por otra? ¿Hasta dónde puede engañarse uno en nombre del amor?

Apoyé las manos en la encimera mientras preparaba un café, aunque en realidad solo le daba vueltas a todo, a Liam y a lo que llevaba tiempo evitando ver.

—Conor, tu teléfono está vibrando.

Su voz me sacó de golpe de ese bucle. Cogí la taza y regresé al salón.

—¿No estarás bebiendo eso? —señaló—. Esas cápsulas deben de estar caducadas.

No me moví.

Entonces soltó una carcajada y se llevó una mano al costado.

—Es broma.

—Serás gilipollas —bufé, cogiendo el móvil.

La pantalla se iluminó con el nombre de Liam. Me quedé mirándola antes de silenciar la llamada. Cuando terminó, vi que había varias más y algún mensaje que no abrí.

Apagué el teléfono.

—¿Va todo bien?

—No —abandoné el móvil sobre la mesa y me terminé el café de un trago.

—Si necesitas hablar en privado, puedes ir a…

—No. Lo último que me apetece es tener una puñetera conversación vacía —repliqué con aspereza.

—Lo siento. No pretendía incomodarte.

Suspiré.

—El que lo siente soy yo —me recosté frente a él, apoyando la espalda en el reposabrazos y estirando las piernas—. Últimamente tengo problemas y no sé cómo cojones enfrentarlos.

—¿Con tu pareja?

—Sí.

—Se arreglarán. Recuerdo el día del baño. Había mucha tensión entre vosotros y al final lo solucionasteis.

—No es lo mismo. Aquello fue una decisión complicada sobre la paternidad. Tuvimos que hablarlo mucho, ceder… y al final uno de los dos tenía que dar el paso. Fui yo. Y no me arrepiento. Con Liam lo quiero todo.

—Entonces también saldrá bien esta vez.

—Para eso ambas partes tienen que querer —murmuré—. Y me temo que en esta ocasión no es así.

—No te rindas. Quizá deberías llamarlo.

—Déjalo. No sé ni por qué te estoy contando esto. —Me hundí un poco más en el sofá y crucé los brazos—. Será mejor que descansemos un poco. Ha sido un día largo.

Se hizo un breve silencio.

—¿Conor?

—¿Sí?

—Gracias por estar aquí conmigo.