Capítulo 7 #3
Lo de estar en «buenas manos» habría resultado bastante irónico de no ser porque, si supiera la verdad, me habría arrancado la cabeza allí mismo.
***
Llegamos a un apartamento lujoso en Gold Coast, una de las zonas más exclusivas de Chicago.
Todo estaba cuidadosamente decorado, sobrio, elegante y frío.
Demasiado frío. Nada que ver con el chico de aire desenfadado que tenía delante, que, aun con la ropa que le había comprado, seguía manteniendo su estilo, con los pantalones bajos y esa forma despreocupada de llevarlo todo.
Cuanto más avanzábamos por la casa, más tenía la sensación de que nadie vivía allí.
Mis ojos se fueron a los grandes ventanales desde los que se veía la ciudad iluminada, mientras Kieran continuaba caminando y yo lo seguía hasta lo que debía de ser su habitación.
Muy señorial para alguien como él. Porque, al final, era un chico joven.
No sabía su edad exacta, pero rondaría la de Juraj, Kels o Mischa.
Siguió hasta otra estancia dentro del cuarto y allí apareció un vestidor imponente.
Fue verlo y, sin querer, pensé en Liam. Eran su obsesión.
Desde que nos mudamos a la casa-iglesia lo había cambiado tres veces.
Una sonrisa se me escapó, aunque desapareció igual de rápido.
No quería pensar en él. No en ese momento.
Volví al presente y me di cuenta de que la mayoría de los estantes estaban vacíos.
Camisas, trajes… casi todo ropa elegante y poco más.
—Voy a darme una ducha, estoy hecho un asco —indicó—. Como ves, no hay mucho donde elegir, pero creo que algo de ahí te puede servir, aunque igual te queda pequeño.
Señaló una zona con prendas más informales.
—No hace falta, estoy bien así. Pero sí que me vendría bien refrescarme un poco.
—Claro. Usa cualquier baño, debería haber de todo.
Hablaba como si no supiera muy bien qué había en su propia casa, lo que me llamó la atención.
—Cuanto más te escucho, más me da la impresión de que no vienes mucho por aquí.
—No —admitió—. Lo compré para salir de casa de mis padres y tener mi espacio. Pero todo se complicó. Al final esto se quedó como una inversión. Da igual dónde esté, nunca termino de encontrar mi lugar.
Desvió la mirada, cogió algo de ropa y señaló una puerta.
—Voy a entrar.
Asentí, pero antes de que llegara a cerrarla del todo, hablé.
—Oye, Kieran, voy a pedir algo de comer. ¿Qué te apetece?
—Lo que elijas estará bien —respondió desde dentro.
La frase se le cortó con un quejido.
Me quedé en silencio, atento.
—¿Estás bien?
No hubo respuesta. Me acerqué a la puerta justo cuando se abrió. Lo miré con preocupación y él hizo ese gesto que ya le había visto antes, pasándose la lengua por el lateral de los dientes mientras intentaba restarle importancia.
—No puedo quitarme esto —indicó, señalando la sudadera—. No consigo levantar el brazo, y cada vez que lo hago el hombro me da un latigazo y las costillas tampoco ayudan.
Joder. ¿Cómo no había pensado en eso?
—Déjame.
Se inclinó un poco, aunque se le escapó un gruñido.
Era la única forma. Agarré el bajo de la sudadera y tiré con cuidado.
Su cabeza terminó apoyándose contra mi pecho mientras iba subiéndola poco a poco, llevándome también la camiseta.
Su piel fue quedando al descubierto despacio, con cuidado de no hacerle más daño del necesario.
Cuando llegué a la cabeza, tiré hacia atrás y la saqué; después el brazo izquierdo, sin problema, y por último el derecho, que le arrancó otro gemido de dolor.
Intentó incorporarse, pero cerró los ojos con fuerza y apoyó una mano en mi pecho sin llegar a sostenerse.
—Eh, ¿qué pasa? ¿Te mareas?
Lo sujeté por la cintura y lo acerqué a mí antes de guiarlo hasta la cama, donde lo senté en el borde. Me agaché frente a él. Tenía la cabeza caída. La levanté con cuidado y noté que volvía a estar empapado.
—Olvídate de la ducha. Te tomas las pastillas y, si no mejoras, nos vamos a que te miren otra vez.
No protestó. Lo recosté y no paré de maldecirme por haberlo traído hasta Chicago en ese estado. Le quité los zapatos y fui a la cocina en busca de agua y la medicación. Tal como esperaba, en los muebles había lo justo.
Volví, lo incorporé con cuidado y le di las pastillas, asegurándome de que las tragara antes de acomodarlo de nuevo.
Fui al baño, mojé una toalla y regresé. Se la pasé por la cara, limpiando el sudor, bajando por el cuello y el pecho.
Su piel estaba caliente. Demasiado. Tenía unas facciones que llamaban la atención incluso así, agotado, marcadas pero suaves al mismo tiempo, y un cuerpo definido sin resultar excesivo.
Seguí pasando la toalla sin darme cuenta del tiempo, hasta que mis movimientos se detuvieron sobre los músculos de su abdomen.
Entonces sentí su mano cerrándose alrededor de mi muñeca.
—Gracias, ya estoy mejor. Creo que deberíamos ir a la sala —propuso en un tono algo más cortante.
Al principio pensé que quizá lo había incomodado al tocarlo con tanta familiaridad. Y sí, puede que hubiera sido imprudente, teniendo en cuenta que prácticamente éramos dos desconocidos, pero no lo había pensado. Solo quería aliviarle las molestias.
Me dije que hablaría con él más tarde, si realmente me había pasado, pero esa idea se esfumó en cuanto lo ayudé a ponerse en pie para que se apoyara en mí y me di cuenta del bulto en sus pantalones.
Apreté la mandíbula al instante.
A Dhia .
Le había provocado una erección.
Tragué saliva, maldiciéndome por dentro. Ahora entendía perfectamente su actitud. Desvié la mirada y fingí no haberme dado cuenta. Sí, eso era lo mejor.
Después de acomodarlo a lo largo del sofá, colocando cojines a su espalda y una sudadera abierta que pudiera quitarse con facilidad, decidí mantener cierta distancia.
Me senté en el extremo opuesto mientras esperábamos la cena. Encendió la tele, pero el silencio que se instaló fue cualquier cosa menos cómodo. Los dos mirábamos la pantalla, aunque estaba claro que ninguno prestaba atención.
Hasta que llegó la comida. De alguna manera, fue un respiro.