Capítulo 7 #2
—Sí, claro. Estás estupendo. Se nota que es tu mejor momento —ironicé, acercándome un poco—. Esto ha sido culpa mía, así que no pienso dejarte solo. Al menos hasta asegurarme de que llegas a casa y estás bien.
—De verdad, no hace falta.
—Sí hace falta. Te recuerdo que te abrí la puñetera cabeza, así que no insistas, esto no es negociable.
—Y yo también recuerdo que te corté el costado hace dos años. Así que estamos a mano.
—Ah, vaya, es verdad. Aunque aquella ocasión nadie acabó en el hospital… solo tú, de rodillas en un baño —bromeé, sonriendo al ver cómo se le subía el color a las mejillas, mostrando un lado más tímido.
—Venga ya… ¿No puedes tener un poco de compasión y fingir que eso no pasó? —resopló—. Creo que nunca he hecho tanto el ridículo en mi vida. Seguro que pensaste que era idiota.
—No. Pensé que eras adorable, señor «hetero» —solté una carcajada.
—Oh, por Dios, cállate de una vez. Esto es bochornoso.
—Vale, vale, paro ya —levanté las manos en señal de rendición, aunque me estaba divirtiendo provocándolo—. Kieran, recuérdame que te pase mi número para que me avises la próxima vez que vengas a Seattle.
—¿Para qué? —me miró, confundido.
—Para largarme a otro puñetero estado. Cada vez que nos cruzamos, uno de los dos acaba herido, y esto va a más. Prefiero no arriesgarme.
Se rio más fuerte y tuvo que llevarse la mano a las costillas.
Definitivamente, tenía que dejarlo descansar.
—Conor, aún estás a tiempo de quedarte aquí. El avión se puede caer, piénsalo.
—Esa ha sido buena, chaval, pero no ha colado. Iremos juntos a Chicago. Eso sí, por si acaso, me aseguraré de que llevemos paracaídas.
—Me parece bien. Mejor prevenir —respondió, con una sonrisa que se convirtió en una pequeña risa.
—Desde luego. Y ahora voy a prepararlo todo. No hagas ninguna tontería, Kieran.
—Prometido, Conor.
Su mano se soltó despacio, deslizándose por la mía hasta que nuestros dedos se separaron del todo. La sonrisa desapareció igual de rápido que había llegado y, por un segundo, el silencio se hizo incómodo.
Salí de la habitación sin mirar atrás. Aquel día había sido una locura. De las grandes. Primero lo de Liam y después lo de Kieran. Aunque, en el fondo, tenía que reconocer que preocuparme por él había conseguido mantener mis propios problemas a raya durante un rato.
Solo durante un rato.
***
Decir que estaba agotado se quedaba corto. Ya no sabía cómo colocarme en aquel asiento incómodo de la sala de espera del hospital donde tenían a la madre de Kieran, en Chicago. Y si yo estaba así, no quería ni imaginarme cómo debía de estar él.
Por suerte, todo fue rápido. Bastó una llamada a Nate para contarle el intento de suicidio de la madre de Kieran, lo destrozado que lo había encontrado y que lo acompañaría a Chicago.
Irónicamente, Nate me agradeció el gesto tan generoso, sin saber que de generoso no tenía nada porque yo era el causante de que hubiera acabado en el hospital.
Pero esa parte, evidentemente, me la guardé.
Después lo organizó todo enseguida para que nos pusiéramos en marcha.
El vuelo, dentro de lo que cabía, fue tranquilo. Pasamos casi todo el trayecto hablando de cosas sin importancia, intentando mantener su cabeza ocupada y alejarlo de los pensamientos que, inevitablemente, volvían a su madre.
Probamos con el hockey, pero no tardé en darme cuenta de que tampoco era buena idea. Todo acababa llevándolo a su familia. Bastó una frase para entenderlo.
«Me alegro de que me atropellaras. Así podré pasar más tiempo con ella e intentar que esta vez busque ayuda de verdad, aunque no creo que sirva de mucho. Pero al menos no tendré que pisar el hielo ni aguantar la presión de mi padre. Un pequeño respiro».
Me habría gustado preguntarle más, pero no lo vi apropiado. Menos aún cuando desvió la mirada hacia la ventanilla, dando por cerrado el tema.
Así que cambiamos.
Hablamos de lo único que teníamos en común, nuestros amigos: Jordan, Nathan y Kelsey. También sacó el tema del altercado con Juraj y su ataque de celos, y eso nos llevó a un terreno mucho más cómodo.
A continuación, pasamos a algo aún más absurdo, la comida.
Ahí fue cuando descubrió que era vegetariano.
Y así seguimos, sin darnos cuenta, dejando que la conversación fluyera.
Hasta que el ambiente cambió en cuanto entramos en el hospital.
Se cruzó con su hermano y con la mujer que lo acompañaba. Ambos lo abrazaron al instante, y Kieran soltó un leve gruñido de dolor que no pasó desapercibido.
Se separaron enseguida, mirándolo con preocupación.
—¿Qué te ha pasado?
Él dudó un momento y después me lanzó una mirada cómplice antes de responder.
—Nada, iba distraído con el teléfono y no vi un bordillo. Me caí.
Asentí desde donde estaba, acompañando la mentira con una media sonrisa.
Por suerte, no insistieron demasiado. Kieran cambió de tema casi de inmediato, preguntando por su madre, y en cuanto le informaron dónde estaba, no esperó más y entró.
Yo me quedé fuera con ellos dos.
Al principio intentamos mantener una conversación normal, pero no fluía, se quedaba en silencios incómodos y frases a medias. Era un momento complicado para todos, y compartirlo con un desconocido no lo hacía más fácil.
Después de un rato, la mujer se despidió de mí y el hermano salió con ella para acompañarla.
Agradecí ese pequeño respiro. Al poco, las puertas automáticas volvieron a abrirse y Kieran apareció.
Tenía los ojos rojos, la expresión apagada y caminaba despacio, arrastrando un poco los pasos. Pero lo que de verdad me preocupó fue ver su rostro perlado de sudor, una señal clara de que no estaba bien.
Me levanté al instante y fui hacia él, sujetándolo por el brazo para ayudarlo a llegar hasta el asiento. No puso resistencia, se dejó guiar, y eso fue lo que terminó de confirmarme que estaba realmente jodido.
—¿Cómo está tu madre? —pregunté, sin soltarlo.
Se recostó hacia atrás hasta apoyar la cabeza en la pared, claramente agotado.
—La tienen medio sedada. Al parecer, cuando despertó tuvo una crisis, pedía que la dejaran morir.
Cerró los ojos. No supe si era por el dolor físico o por todo lo demás. Quizá por ambos.
—Está decidida a acabar con todo —añadió en voz baja—. No puede ser que mi hermano y yo le importemos tan poco como para no ser un motivo para seguir adelante.
Eso me removió más de lo que esperaba. No solo por lo que estaba pasando, sino porque entendía demasiado bien esa sensación. La de no ser suficiente para alguien a quien quieres, la de quedarte corto aunque lo intentes todo. En ese momento, él y yo no estábamos tan alejados.
Sin pensarlo demasiado, mis manos abandonaron sus hombros y subieron hasta su rostro, secando la humedad de sus mejillas con cuidado. No sé por qué lo hice. Simplemente salió.
Cuando abrió los ojos y clavó ese azul en mí, algo me empujó a no apartarme.
Deslicé los dedos por su pelo húmedo, retirándole un mechón del vendaje de la frente, pero apenas era consciente de lo que hacía. Estaba demasiado centrado en esa mirada rota.
—Kieran…, no sé qué decirte. Nunca se me han dado bien estas cosas —reconocí—. Y ahora mismo sería un hipócrita si intentara animarte. Lo veo todo tan negro como tú.
Entreabrió los labios, como si fuera a decir algo, pero se quedó en nada, con la lengua rozando el lateral de sus dientes en un gesto casi inconsciente.
Mi mano seguía en su mejilla, sosteniéndolo de alguna forma. Entrecerró los ojos, como si aquel gesto le diera un mínimo de calma.
A Dhia .
¿Qué cojones estaba haciendo?
Carraspeé y rompí el contacto visual. Sus ojos se abrieron del todo y su expresión volvió a tensarse.
—Tienes que descansar. Estás muy pálido. En cualquier momento te desplomas aquí.
—Estoy bien —aseguró, incorporándose de nuevo, aunque el sudor le seguía corriendo por el rostro.
—No, no lo estás. Y si crees que así la estás ayudando, te equivocas. Mira, te he apoyado en venir, pero no pienso mirar hacia otro lado mientras te veo hecho polvo delante de mí.
—Kier, tiene razón.
La voz de su hermano se coló entre nosotros.
—Tienes una pinta horrible —añadió, acercándose—. Y te necesito fuerte para lo que viene.
Apoyó su frente contra la de él.
—Sabes tan bien como yo que esto se va a poner peor cuando papá se entere. Por favor, vete y descansa. Si te pasa algo, no me lo voy a perdonar. Ya la he cagado bastante yéndome a Detroit. Puede que, si hubiera estado, esto no habría sucedido… Me estuvo llamando y ni siquiera oí el teléfono.
—No digas eso nunca más —lo cortó Kieran, sujetándole el rostro—. Ni tú ni yo tenemos la culpa de esto. Ni se te ocurra pensarlo.
Los dos se parecían. Mismos ojos azules, aunque uno era rubio y el otro tenía el pelo oscuro, y el hermano no debía de ser mucho menor que él.
Pero había algo en ellos que iba más allá del parecido.
Los dos tenían ese aire rebelde, cada uno a su manera, y aun así resultaba evidente de dónde venían. Aunque vistieran de forma más informal, incluso descuidada a propósito, había detalles que no podían esconder. Dinero. Mucho.
Tampoco era ninguna sorpresa.
Los Price estaban entre los nombres más fuertes dentro del negocio farmacéutico.
—Kier, mamá está dormida por la medicación y tardará horas en espabilar. No tiene sentido que nos quedemos los dos aquí —continuó—. El que necesita descansar ahora eres tú. Vete; si cambia algo, te aviso al instante.
—No quiero dejarte solo con todo.
—No estoy solo. Charlotte ha ido un momento a casa, se está encargando de organizar a los empleados para arreglar el desastre… y limpiar —añadió, bajando un poco la voz en esa última parte—. Regresará en cuanto termine. Está todo controlado —intentó tranquilizarlo.
Kieran negó con la cabeza.
—No me pidas que vuelva a esa casa ahora. Solo de pensarlo me falta el aire.
—Entonces vete a tu piso —indicó su hermano, separándose un poco antes de mirarme directamente—. ¿Te ocupas tú de él?
Asentí.
—Gracias, de verdad —dijo—. Tengo tu número y te llamaré si pasa algo. Aunque apenas nos conozcamos, sé que mi hermano está en buenas manos. Nadie se habría tomado la molestia de acompañarlo hasta aquí.